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Un edén a cielo abierto: Tropicana

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Cuando el año 1939 llegaba a su fin, La Habana lo despedía con la inauguración de un nuevo club nocturno en las afuera de la ciudad. En Marianao, justo al lado del Colegio de Belén, en el lugar donde Regino Du Rapaire Truffin había tenido una elegante finca de recreo, se abría el Beau Site (“hermoso sitio” en francés).

La viuda de Truffin estaba en aprietos económicos que pensó solucionar con una segunda boda, esta vez con un político norteamericano. Pero el mismo día de las nupcias el señor falleció y ella se vio obligada a arrendar su finca. Fue entonces que apareció el empresario ítalo–brasileño Víctor de Correa, a quien la atribulada mujer le rentó su finca de veraneo por la astronómica suma (recuérdese que estamos en la crisis de los años 30) de ¡100 pesos mensuales!

Rodeado de una exuberante vegetación bellamente iluminada, el nuevo cabaret contaba con una sala de fiestas para aproximadamente trescientas personas, una plataforma para los shows, una pista circular de baile y un bar. Y, en un salón en el interior de la casa, una pequeña sala de juegos.

Ya en la década del 40 el nuevo centro nocturno de la capital cubana encontró un fuerte escollo en el Colegio de Belén: los sacerdotes de esa institución intentaron que fuera clausurado porque el “ruido” de las noches, sobre todo, molestaba el sueño de alumnos y al personal que trabajaba en ese horario. Pero Correa pagó a buenos abogados y las exigencias de los clérigos no fueron aceptadas legalmente.

En esa misma década hubo dos acontecimientos que marcaron con ribetes muy exactos el futuro del hasta el momento nada relevante cabaret. Alfredo Brito ―director de la orquesta del lugar― propuso a su dueño una canción y un nombre para identificarlo: Tropicana. El trópico en la primera sílaba del término y la variedad de palmeras que pululan en el follaje del cabaret (palmas canas) fueron recibidos con los brazos abiertos por el señor De Correa. Ese es uno. El otro espaldarazo fue la aparición en aquel sitio de un desconocido (hasta entonces) aspirante a desarrollar un casino de juegos en el flamante cabaret: Martín Fox.

Martín Fox era un campesino agricultor que un día dejó la pequeña finca familiar y se fue a la ciudad más cercana ―Ciego de Ávila― a abrir una “vidriera” de juegos, una suerte de casino minimalista, para la gente pobre, donde se vendían legalmente billetes de lotería y diversos juegos de apuestas (estos ilegalmente). Tiempo más tarde, el ya triunfante personajillo del negocio de la suerte comenzó a visitar la capital en busca de nuevos horizontes, los que encontró en un muy atinado gestor de máquinas de juego ―Alberto Ardura― con el que hizo un experimento que resultó muy exitoso: hacer encierros de ludópatas de grandes capitales en casas apartadas de la ciudad y ofrecerles todas las modalidades de juegos de casinos que estaban prohibidas en ese momento. A estos encuentros los llamaron “encerronas”.

Martín Fox se enamoró literalmente de los predios de Tropicana y durante diez años fue urdiendo la mejor de sus encerronas: despojar a Víctor de Correa de su tacita de oro y hacerla suya, para renovarla y convertirla en un sitio idílico.

Lo logró con la complicidad de sus dos principales socios: el ya mencionado Ardura y Oscar Echemendía, un hombre que venía trabajando con él desde Ciego de Ávila, muy experimentado en asuntos de trampas y engañifas.

A finales de los 40 y principios de los 50, Martín Fox se quedó con todo el cabaret y Víctor de Correa tuvo que irse endeudado y con el rabo entre las piernas al Sans Souci, a trabajar como maître.

Entonces el nuevo dueño de Tropicana inició las reformas que lo convirtieron en el gran renovador, en el hombre que transformó el hasta entonces agradable cabaret en una de los mejores centros nocturnos del mundo.

Sin contar con formación académica alguna, lo primero que hizo Martín Fox fue trazar una estrategia para convertir en fortalezas los lados débiles que hundieron a Víctor de Correa.

De inmediato fundó la empresa Tropicals Night Club S.A., un verdadero acierto, porque sirvió de nicho legal al cabaret. Pero cometió un error: designar como presidente de ella y representante general de sus negocios a Echemendía. Y, por supuesto, el compinche del pueblo no tardó nada en enrolarse en turbias relaciones con el juego ilícito y puso la empresa en aprietos. Fox lo apartó del cargo, Echemendía regresó a Ciego de Ávila, pero de vez en cuando aparecía en Tropicana, según muchos, a cobrar el dinero de las acciones que tenía en el cabaret. Se dice que Martín Fox nunca le retiró su amistad y lo trató siempre con suma cortesía.

Como Víctor de Correa tuvo serios problemas con los suministradores de productos gastronómicos, Martín Fox llamó a su hermano Pablo, que trabajaba en la cafetería principal de la Estación Central en Nueva York, para que se pusiera al frente de ese rubro en el cabaret. Y siempre funcionó a la perfección.

Seguidamente decidió cambiar el entorno del lugar y llamó para ello a Max Borges Jr., uno de los más renombrados representantes de la modernidad en la arquitectura cubana. Borges cambió la faz del salón Bajo las Estrellas, que pasó de ser la terraza de una casa de recreo a un gran salón para el baile y el espectáculo, con el piso escalonado para permitir una mejor visibilidad de los shows, con pasarelas altas y una araña central única. Levantó el salón Arcos de Cristal, un verdadero alarde de modernidad, con líneas muy sugerentes, excelente empleo del espacio y otras virtudes. Max Borges encargó además a la destacada escultora Rita Longa la bailarina que recibiría al público en la entrada. Fue tan perfecta la imagen lograda por la artista que se convirtió en el logotipo del cabaret, reproducida en removedores, porta vasos, servilletas, carteles y toda la propaganda sobre el centro nocturno.

Una vez resuelta la parte empresarial y física del centro quedaba conformar el aspecto conceptual. Para ello era necesario encontrar un director artístico ―en los 50 se les llamaba productores― y lo hallaron en Sans Souci: Roderico Neyra (Rodney).

El impacto que le produjeron a Rodney la belleza y las posibilidades de los dos salones del nuevo Tropicana, las ideas de Martín Fox y Ardura sobre todo lo que se podía hacer en los espectáculos, las facilidades de trabajo que le ofrecían y el sueldo que le pagarían (500 pesos semanales, cifra desmesurada para la época) condujeron a que este, para cumplir con el compromiso contraído con el Sans Souci e iniciar el trabajo en Tropicana, simultaneara durante un tiempo ambas plazas.

Faltaban otros elementos a concretar que se podían ir resolviendo, pero uno era impostergable: la música. Rodney no lo pensó dos veces; él había trabajado con Armando Romeu en Sans Souci y no tenía la menor duda de que era el director musical que necesitaba el nuevo cabaret, pues tenía una rica trayectoria no solo en ese perfil, sino además como autor y arreglista. Romeu había trabajado con una gran cantidad de agrupaciones musicales y había viajado por América Latina, Estados Unidos y Europa. Era, sin dudas, uno de los músicos cubanos que más había interpretado jazz en la isla —incluso con orquestas norteamericanas— y había sido parte fundamental del grupo de artistas que dio inicio a una fusión que luego se desarrolló bajo el nombre de jazz latino. El formato big band era su preferido y se movía en él con absoluta soltura.

En la escenografía y el vestuario, por su parte, trabajó mucho Andrés García, el ilustrador de las portadas de la revista Carteles y diseñador de la célebre sala teatral Prometeo. La coreografía (definitivamente Rodney no era un gran coreógrafo) corría a cargo de Alberto Alonso, Luis Trápaga y Henry Bell.

Rodney había hecho teatro como actor —sobre todo en el rol del Negrito del teatro vernáculo—, había coreografiado algunos cuadros en el famoso teatro porno Shanghái, había estado en el primer Tropicana como figurante y asistente de coreografía en Congo Pantera, el único espectáculo de gran formato que presentó Víctor de Correa a finales de su gerencia allí… Después llegó al Sans Souci donde dirigía los shows y hacía las coreografías. Ahora era el gran director general del inmenso Tropicana.

Martín Fox perseguía un fin muy claro: que la gran fama de Tropicana le llegara por la vía de los espectáculos y no del casino. Rodney lo iba a lograr con una rapidez sorprendente. Y crearía, de paso, una estética del espectáculo que identificaría de una vez y para siempre al precioso edén a cielo abierto en que Martín Fox había convertido a un club nocturno más de la ya famosa noche habanera.

(Continuará…)

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