Los Llopis. Ilustración: Rubén Cabrera (Cabra).
Los Llopis. Ilustración: Rubén Cabrera (Cabra).

Tras los orígenes del rock en Cuba: Los Llopis

10 minutos / Julio Cid

09.10.2020 / Artículos

El rock and roll saltó al mundo en los ’50 del pasado siglo como un ritmo marginal, rompedor, gamberro y rebelde… La industria, entonces, creó dos iconos matizados por los dictados del mercado y las urgencias sociales de disfrutar de una música tan atractiva sin ningún prejuicio. Es así como lanzaron al ruedo de las discográficas y los medios de difusión a la más alta figura del ritmo en la segunda mitad del XX: Elvis Presley, y a una agrupación prácticamente modélica en el desarrollo ulterior del género: Bill Haley & His Comets.

También existieron otros como, por solo mencionar algunos, Big Joe Turner y Carl Perkins, este último pionero del rockabilly, o el multifacético Joe Brown quien, además de vocalista, era intérprete de guitarra, ukelele y banjo. Todo ese bagaje musical entra, primeramente, a dos países de Latinoamérica: Cuba y México. Después se expande por todo el continente y arrasa en Europa Occidental, con la excepción de la España de Franco, donde no es visto con buenos ojos por las huestes del caudillo.

En ese contexto, dos hermanos cubanos aficionados a la música, formados en una carrera de ingeniería —primero en Cuba, luego en la prestigiosa Universidad de Harvard de Estados Unidos—, deciden formar una pequeña banda para dedicarse profesionalmente a la música, después de probarse en fiestas de amigos y familiares.

Si bien en la Isla, desde muy jóvenes y como aficionados, Manuel (Ñolo) y Francisco Llopis incursionaban en la guitarra, en tierras norteamericanas amplían sus conocimientos musicales y definitivamente se inclinan más por corcheas y semicorcheas que por los cálculos de la carrera elegida. De manera que, en el nuevo grupo, Ñolo es el guitarrista y Francisco se inclina por la steel guitar, un instrumento de cuerdas con sonoridades hawaianas muy empleado en el country y el rock norteamericanos.

De regreso en La Habana aparece el compositor Ñico Rojas, quien les aconseja incorporar nuevos instrumentos e integrantes, sugiriéndoles a otro cubano, músico de profesión y pianista: Felipe Dulzaides. Para cerrar el cuarteto, Ñico los pone en contacto con el saxofonista Leandro Torres.

Bajo ese formato debuta el Cuarteto Llopis-Dulzaides. Pero, después de cinco años, mientras el repertorio se va decantando cada vez más por el rock and roll —cuya temperatura ha ido subiendo con la aparición de Presley—, Felipe Dulzaides decide que eso no es lo suyo; a él le interesa más el jazz, y abandona el cuarteto para formar uno propio, Los Armónicos, uno de los grupos más interesantes en el panorama musical cubano de los ’50 y ’60. Con su salida surgen Los Llopis, con los tres integrantes originales  —aunque Leandro Torres, además del saxo, se ocupa del piano y el acordeón— y Manolo Vegas, un gigantón de voz potente que con su carisma definirá, estilísticamente, a la nueva formación con la que el cuarteto reaparece tiempo después.

Los Llopis. Ilustración: Rubén Cabrera (Cabra).

Los Llopis. Ilustración: Rubén Cabrera (Cabra).

En El show de las siete y 30, de Radio Progreso, debutan Los Llopis en 1957. Más tarde llegarán a la televisión, al cabaret y, finalmente, a los estudios de grabación. La aparición en Cuba de la steel guitar había sido todo un acontecimiento para el gran público. Ahora, con el repertorio de rock and roll, su presencia se redimensiona, pues en su sonoridad hay una suerte de referencia a la modernidad electrónica, sin renunciar a los boleros y ritmos caribeños.

Es curioso que en ninguna de las formaciones del cuarteto que se describen en Internet se consigne al ejecutante de la percusión, un elemento tan significativo tanto para el rock como para los números caribeños. Tony Pinelli afirma que la primera alineación incluía a Javier Dulzaides, primo de Felipe Dulzaides, pero no se refiere a su instrumento. Pudo haber sido él quien se encargara de la percusión en la primera etapa de la banda, aunque lo más probable es que —para el segundo periodo— haya corrido a cargo de uno o más de los instrumentistas de la agrupación.

A dos años de aquel debut aparece el primer LP, Chiquita, grabado con la casa Meca, pero la disquera se niega a incluir en el disco temas de rock, prefiere ofrecer solo boleros. De aquel larga duración se destacó No pidas más perdón, una canción aderezada con la sonoridad hawaiana y cercana, de alguna manera, al rock and roll. El éxito de este número en Cuba y su repercusión en México llevan a Los Llopis al país azteca, donde son invitados a grabar por el sello Peerless que también se niega a incluir el rock en el nuevo álbum.

Los reclamos del público, sin embargo, conducen a que, a inicios de 1959, se grabe otro LP que se convertiría en historia: Rockabilidad, un disco con 11 números de rock norteamericano versionados al español y uno de pretendido nuevo género que le dio la vuelta al mundo: La Pachanga. Con este álbum, Los Llopis pasaron a ser el primer grupo en grabar rock en nuestro idioma, ya que sus homólogos en la Isla, México y España, aún no lo habían hecho. Porque si hacemos una breve mirada a la escena de la década de los ’60, en México aparecen Los Rebeldes del Rock y Los Rogers; mientras que en España están Los H.H. y Micky y los Tonys. Todos son una parada obligada para el estudio del rock en español, pero todos, a su vez, son posteriores a este conjunto cubano.

A pesar de que eran muchos lo que pensaban que el género no sonaría bien en la lengua de Cervantes —causa por la cual las disqueras se negaban a llevar el nuevo ritmo anglosajón a los acetatos—, las ventas del disco dirían todo lo contrario. Aunque hay un dato curioso: contrariamente a lo que todos esperaban, de las 12 canciones que conformaban Rockabilidad ninguna de las versiones de rock vertidas al español se llevó el palmarés de resultar la más gustada. El honor correspondió a La Pachanga, de Eduardo Davidson, pieza muy criticada por muchos especialistas.

Justo Rockabilidad sirve al grupo de carta de presentación para actuar en dos de las más importantes salas de fiesta del Madrid de los ’60: Pasapoga y Florida.

A su llegada a la capital española, Los Llopis se topan con un obstáculo: no podían hacer pública la fuente de aquellos rock españolizados que ellos interpretaban. ¿Por qué? Pues porque Franco no gustaba de los movimientos lascivos, los pantalones ajustados al cuerpo y el cabello sobre la frente de Elvis Presley. Lo consideraba nocivo para el espíritu castizo que él quería para su tierra. Sin que mediara prohibición oficial alguna, el ídolo de la juventud en medio mundo había sido satanizado por el franquismo a tal punto que nadie lo pasaba por la radio o vendía sus acetatos. Sin embargo, sus interpretaciones circulaban clandestinamente entre la juventud que los identificaba con suma facilidad. Lo primero que de Elvis Presley se escuchó allí, de manera abierta, fueron estas versiones que popularizaron Los Llopis. Podían ser buenas, brillantes o malas, pero fueron las que dieron a conocer al Rey del rock and roll entre el gran público de la península ibérica.

Los Llopis. Ilustración: Rubén Cabrera (Cabra).

Los Llopis. Ilustración: Rubén Cabrera (Cabra).

Los Llopis son citados por casi todos los que se ocupan del rock en su variante hispana. Pero, al mismo tiempo, son ese referente incógnito, oscuro y reconocido —aunque desconocido— que se queda en nueve letras. Y la causa de todo esto parece estar en el repertorio ecléctico y poco coherente que caracterizó a la agrupación desde su nacimiento hasta su disolución.

Con una sonoridad que no mutó casi en lo más mínimo (tal vez tan solo en la guitarra española que fue sustituida por una eléctrica y más moderna), Los Llopis permitieron que otros grupos hispanos se les fueran por encima con opciones más novedosas y atractivas.

Atentos a los gustos del público, los reclamos de los empresarios y al mercado  —demasiado atentos, diría yo— interpretaban en una misma presentación un bolero, un rock de Bill Haley,  otro de Elvis Presley, un vals peruano, una pachanga, y cerraban con una conga carnavalesca cubana. Algo así como todo el contenido de una discoteca en un mismo cuarteto. Esto, inevitablemente, fue restando fuerza a su propuesta.

En España, por ejemplo, aceptaron un contrato para grabar —¡en una sola mañana!— Rockabilidad en pleno, 12 canciones que se editaron en forma de tres EP’s y un LP, bajo el sello Zafiro. Versiones de temas ya grabados con anterioridad en México a las cuales bien pudieron haber dedicado más tiempo  en la nueva grabación, para revisitarlas y limpiarlas de impurezas que, sin dudas, contenían. No obstante, el disco en tierras españolas tuvo un notable éxito. El gran golpe lo dio Estremécete, que permaneció varias semanas como número uno del programa Discomanía, de Raúl Matas, cátedra de los espacios radiofónicos musicales en la España de aquellos tiempos.

En la propuesta musical de Los Llopis no hay exactamente una fusión de los ritmos antillanos con lo anglosajón del rock, como algunos piensan. El resultado al que llegan es una suerte de mezcla que siempre resulta dispar, lo que también influye en la prematura aparición de la decadencia.

Después del éxito español, la banda hizo diversas giras por Latinoamérica y Europa para afincarse, a finales de los ’60, en los Estados Unidos, una decisión desacertada: se fueron a bailar a casa del trompo. Allí se disolvieron a causa del poco interés que suscitaron entre los hispanos que, alguna vez, fueron sus más fieles seguidores.

Hay muy pocas referencias sobre el destino de los integrantes de la agrupación después de su disolución. Se conoce que Leandro Torres, el saxofonista, falleció en Miami en 2005; que Francisco tenía una orquesta en Los Ángeles que reiteraba el repertorio ecléctico del cuarteto; que su hermano Ñolo vivía en California, no se sabe exactamente haciendo qué. Todos fallecieron.  Hoy el único sobreviviente pudiera ser Manolo Vegas, la voz solista, que lanzó en Miami un disco de nostalgias en 2005, con los mismos conceptos que lastraron a la agrupación durante su exitosa, aunque muy corta carrera. Pero ha pasado demasiado tiempo para afirmar que Vega aún vive y esté en activo.

Solo nos queda disfrutar de las grabaciones de estos pioneros cubanos del rock en español que se han perdido en el tiempo y que no han despertado, siquiera, nostalgia.

Deja un comentario


Más en Artículos

Ayuda a sostener nuestra revista

• Dona •

Become a Patreon