Detalle de la portada del álbum Te lo dije, de Harold López-Nussa.
Detalle de la portada del álbum Te lo dije, de Harold López-Nussa.

Te lo dije/ Harold López-Nussa

11 minutos / Nahela Hechavarría Pouymiró

14.10.2020 / Reseñas

Mi caída fue profunda. Siempre pasa cuando descubro sonoridades que van bien conmigo. Soy ecléctica por naturaleza y cuando entro en un universo nuevo voy hasta la raíz; así me pasó con el rock y el hip hop a finales de los ’90. Musicalmente hablando, hay pocas cosas que no escucharía, al menos por curiosidad.

Sin embargo, al vasto campo del jazz llegué por sedimento y reconocimiento de lo antes oído sin saber qué era. De mi padre heredé el gusto por la música cubana en diálogo con la del mundo. En su colección de LPs convivían las descargas cubanas de Cachao y su combo, Lecuona, Arturo Sandoval, Emiliano Salvador, el GES o Irakere con Los Platters, Glenn Miller y Herbie Hancock. Música que podía sonar junto al filin o el son(go) del momento, lo mismo un domingo en la tarde que un jueves de madrugada. El quid era que él buscaba tiempo para sentarse a escuchar, de verdad, y llenar la casa de música. Cuando niña oí todo eso y más —también en “descargas” familiares alrededor de una guitarra y en carnavales del oriente de la Isla—, pero el jazz como género reconocible lo capté mucho después, cuando estudiaba en España, allá por el 2007. Compartía piso con una fanática chilena que consumía en CDs y nos irradiaba, diariamente, su dosis de jazz para una vida plena. Descubrí entonces a Chick Corea, Thelonious Monk, Pat Metheny, Branford Marsalis o un revolucionario Miles Davis que creía conocer y ni idea tenía. Al regreso traje varios de esos discos de regalo y, a la vez, doné parte de mis archivos digitales de música (popular) cubana. El toma-y-daca de toda la vida.

Ya en la Isla, me reencontré con el jazz cubano, sobre todo en vivo, aunque luego nunca consiguiera el fonograma completo del grupo o jazzista en cuestión o solo salvara uno o dos tracks en mi iPod. He dicho antes que aunque los discos suenen prístinos, sigo disfrutando más que nada el concierto, la jam session. Por eso al trabajo de Harold López-Nussa y su trío (a veces cuarteto) le descargué en cuanta presentación o concierto en teatros y bares pude ir, en festivales y —más reciente— online, en showscases internacionales (como el Tiny Desk Concert de la NPR que recomiendo) o desde su casa vía streaming, a veces a posteriori. Lo cierto es que no tenía discos completos de Harold hasta hace muy poco, cuando su más reciente producción me hizo ir atrás, a escucharlo con calma.

Te lo dije (Mac Avenue Records, 2020) me iba a atrapar, lo sabía bien, y no porque fuera obra de un “clásico” del que se espera maestría y sensibilidad, sino porque lo “popular” vive en él en dosis similares. Desde que el disco llegó a mí a finales de agosto ha estado circulando de mis oídos a mis venas. Ritmo y energía desde el primer acorde, es pura adrenalina que oscila pulsante cual electrocardiograma al corazón de la música cubana.

A inicios de año había disfrutado algunos de los temas en el Jazz Plaza y meses después llegó el videoclip de uno de sus tracks más llamativos, Jazztón, junto a Randy Malcom. Por eso, cuando el 28 de agosto fue liberado el álbum en las plataformas digitales, tenía expectativas de sobra. Conceptualmente hablando este es un disco muy cubano, casi radiográfico. No solo echa mano de referentes asentados en la memoria sonora de la nación, sino que va hacia atrás y hacia adelante, con soltura, sin compromisos, con ganas de pasarla bien. No pensemos que en esa libertad falla el rigor, para nada. El virtuosismo de Harold (piano) y Ruy Adrián López-Nussa (batería), junto a Julio César González (bajo) y Mayquel González (trompeta), comparte energía y sabor con otros fantásticos colaboradores que iremos mencionando.

Abrimos los ojos (oídos) con el bullicio callejero de la mañana en Habana sin sábanas, activados por el piano que anuncia  a la trompeta que viene llegando junto a la batería y el bajo. La conversación va animándose, acelerándose, hasta caer en ese tumba’o cubano que la trompeta alcanza a coronar para que luego, en un alto, el bajo se cuele frenando. El vocear de quien vende “bocadito de helado” resuena al fondo, calle abajo; luego la banda alegre acaba, pero la vida sigue. Este tema, como Jungla (CD Herencia, World Village, 2009), capta la ciudad aunque el tono del actual no sea oscuro y vehemente. Como puerta, Habana sin sábanas es un mood en sí, sienta el espíritu intenso y abierto del disco.

Al escuchar Te lo dije vas a fluir. Ir un poco atrás, a la era del mozambique y advertir que, a pesar del tiempo, sigue aquí en la base sonora de músicos y bailadores es un consuelo. El Mozambique en Mi B de Miguel Núñez que Harold incluyó en  El viaje (Mack Avenue Records, 2016) no nos preparó para este que, más apegado a la esencia percutiva del género, es bomba pura. Voceando “Te lo dije, no critiques, échate pa´ allá  que este es mi mozambique”, el aguajeo va del piano a solazarse en la trompeta cambiando la tonalidad, entre fraseo y fraseo. Los pitos de comparsa aquí y allá como las voces infantiles al final hacen que imaginemos una fiesta sin fin cantando: “te lo digo yo que soy de aquí”.

Sin embargo, y como sucede al cambiar el dial, el tercer track es otra onda, aunque al comienzo uno piense que no. La vibra de The Windmills of Your Mind (del compositor francés, Michel Légrand) te instala en un estado reflexivo que resume evocación por todos lados, alternando del piano al sonido inconfundible del acordeón, del también francés Vincent Peirani. Melodía que, con cierto aire de tango lento y melodramático, va proyectándose también con el bajo, ascendiendo junto a la percusión, a la realización tempestiva de un sonido que encarna en sí la nostalgia. Este tema y Un día de noviembre (del imprescindible Leo Brouwer) mantienen nuestro biorritmo ajustado, nos dejan un time off necesario para pensar, regodearnos, sentir nota a nota que en un día cualquiera de noviembre, grave y gris, todo es medido, suave, armónico. Y el piano, casi una guitarra íntima y confesional —como la banda entera—, atrapa sin remedio.

Pero justo detrás de The Windmills… volvemos al registro musical cubano. En Lila´s mambo la voz de su hija declara con propiedad, un gusto por el género que aligera la gutural onomatopeya del mambo insertándose como puente en las transiciones. La frescura con que se “camina por arriba del mambo” abarca todos los instrumentos para ir del clásico sonido cubano casi al free jazz y volver, usar las vocalizaciones y la digitación, llenando y fluyendo en los espacios. Creando, en fin (teclado mediante),  la “atmósfera” con ritmo trepidante que cierra abrupta la batería.

Ahora bien, entre las múltiples colaboraciones que este fonograma propone, justo a la mitad sobresale una versión de El Buey cansa’o de Juan Formell. Para Harold y los nacidos (o no) en los’ 80 ese tema revolucionario de Los Van Van es oro molido, el sonido de una época. Desde los primeros acordes sabemos qué es, pero también qué no es. El Buey cansa’o de Harold va a la esencia de la métrica del bajo continuo de Formell, aquí un poco más funkeado, junto a la percusión. Y la trompeta, los coros y la voz de Cimafunk se sienten just right, natural. Cadencia, mucha cadencia. Con florituras vocales y la rítmica más arriba, el tema progresivamente se acerca al latin jazz aunque siga latente la referencia percutiva de Changuito, ese vanvanero ilustre. No hay duda: son los ’80 vistos desde el 2020. ¡Sabroso!

Si este disco fuera un LP, la B-side viene arrollando. El sexto track, Timbeando, es una pieza que hizo parte de su primer álbum a piano Sobre el atelier (Harmonia Mundi, 2007) y también fue incluido en Herencia. Orquestalmente hablando, esta carta de presentación basta para que se reconozca a Harold como un clásico también de la timba. Va en serio eso de exhibir a manos llenas las claves de un timbero al piano (aquí teclado noventero). Ir encontrando el acento, el sabor, saber cuándo cargar el tumba’o o bajar la intensidad, y llamar al bailador junto con la trompeta (en la versión actual), el bajo y la batería cómplices, embebidos en la melodía: eso es bomba. Mostrar sutilmente cómo el tempo del ejecutante y el paso del bailador fueron acelerándose en la timba cubana de los ’90  hasta hoy, eso también se siente. Timbeando te lanza a la pista a bailar para que, justo en la coda, puedas recogerte.

Y por si necesitas cool off a bit entra Un día de noviembre calmo y grácil, antes de la tormenta que es Jocosa guajira. Con la voz inconfundible de Kelvis Ochoa este tema es una delicia. No es la primera vez que Harold y Kelvis colaboran, ya en La paz que me domina (CD New Day, Jazz Village, 2013) habían trabajado juntos. Ahora, con Jocosa guajira repiten junto a Ruy Adrián en la concepción de esta suerte de punto cubano socarrón e ingenioso. La estructura de copla-estribillo de la voz y los coros, la síncopa que va de las palmadas al piano que breakea a la par de la trompeta y la batería aciclonada, todo apunta a nuestros pies, a un zapateo imposible de imaginar como no sea entregándonos totalmente a esa felicidad: ¡Guajira!

En unos instantes, arrasando, llega el Jazztón. Para los que creen que es un sacrilegio “contaminar” al jazz con el urbano reguetón, les recuerdo que desde sus orígenes y hasta hoy, el jazz ha sabido felizmente contagiarse (del blues, el rock, los ritmos afroantillanos, la música clásica) para re-crearse. ¿Qué fue si no el cubop, por ejemplo? Y por otro lado, las fusiones en la música cubana son el canon: curiosidades sonoras como Guaseando el rock n´roll o la Chaonda de La Aragón tanto como el songo de Formell son ejemplo de ello. Jazztón tiene un groove tremendo, y no suena forzado ni es gratuito que sea Randy Malcom a un tiempo la voz y el timbal en este tema. Randy fue por una década parte de la Charanga Habanera y su formación como percusionista es conocida antes de su carrera dentro de Gente de Zona. Así, concebido a cuatro manos por los hermanos López-Nussa, este track rompe y casi enseguida el beat de la batería baja marcando junto al piano y el bajo, para que luego el timbal y los metales (porque la trompeta suena más a trombón que otra cosa, ¿o me lo imagino?) se apoderen de ti, sin que te des cuenta. Ritmo y color, la tímbrica se apoya de lleno en esa percusión gruesa, cerradita. Un bop de puro sabor. Bailable y memorable.

Ya casi finalizando, Harold vuelve a sus inicios. Aunque no he escuchado su disco primigenio, Sobre el atelier (Harmonia Mundi, 2007), asumo que el tema homónimo que incluyera en aquel sea este que nos llama a la calma luego del ciclón/jazztón. Pianísimo, este track  es pura melodía. Melancolía. Fluye como un bolero(so)n relajado y amargamente dulce. Hermoso. Da paso a Van Van Meets New Orleans. Cierre ecuménico que cristaliza dos de las tradiciones en las que se asienta el quehacer del compositor. La música cubana y norteamericana colisionando, enriqueciéndose, desdoblándose mutuamente, reconociendo posibles cercanías y especificidades en la manera de tocar el piano, el bajo, ni qué decir la batería o la trompeta que en determinado punto, con sordina y estridencia, casi nos transportan de golpe a The Cat en la Frenchmen Street de Nueva Orleans. Un latin jazz de homenaje pa´ cerrar la fiesta. Y como aquí el que baila gana, no seas tímidx, sal a la pista y tira tu pasillo.

Nahela Hechavarría Pouymiró

Nahela Hechavarría Pouymiró

Curadora curada por el cine, la música y el baile, en ese (des)orden.

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