Ilustración: Román Alsina
Ilustración: Román Alsina

Rumberas matanceras: un canto en la memoria

12 minutos / Roxana Coz

23.03.2020 / Artículos

Al caminar los barrios de Simpson y La Marina recorremos parte de la historia de las mujeres que le dieron vida a la rumba en Matanzas. En casas actualmente abandonadas, con antiguas fachadas de ladrillos a flor de piel, habitaron las rumberas protagonistas de una práctica cultural que acompañaba las celebraciones de cumpleaños de santo, las tertulias de la tarde luego de realizar los quehaceres domésticos o el desfile del Bando Azul en las primeras horas del nuevo año. 

En los diversos espacios del entorno social y familiar las rumberas matanceras delinearon la rumba a tal punto que hasta nuestros días llegan sus pasos de baile y el eco de sus cantos, como una rica herencia guardada por hijas y nietas. Esa fuerte energía ancestral femenina fue la que inspiró una agrupación única de su tipo en Cuba: la Asociación de Mujeres Rumberas de Matanzas (AMR) Estanislá Luna y Yeya Calle, la cual creada el 13 de octubre de 2013 es un medio imprescindible para la preservación de la memoria histórica y el legado cultural de las rumberas desde finales del siglo XIX.

¿Quiénes fueron esas mujeres que desde entonces, al interior de sus hogares, en solares y fiestas, alzaron sus voces y agitaron sus sayas en la más genuina expresión de rumba? Este texto presenta apenas un breve panorama sobre esas figuras paradigmáticas que permanecen en el imaginario popular de la ciudad y viven en la memoria colectiva de la Asociación de Mujeres Rumberas.

La familia Calle-Mesa

La historia de esta familia comienza con la figura de Anselmo Calle, uno de los primeros vinculados al origen de la rumba matancera. De él se sabe que fue organizador del coro de rumba La Lirita y un famoso tocador, cantante y bailador del estilo yambú. Sus tataranietas lo describen como un “viejo satón” que mantuvo una relación estable y duradera con dos mujeres a la vez. De ambas uniones nació una pléyade de rumberas que, sin rivalidad alguna, se reconocieron como hermanas, conscientes de la relación del padre con sus respectivas madres. 

De la unión entre Anselmo Calle y Joaquina Domínguez nacen Manuela, Amadita, Antonina y Regla Calle. De esta última nace Maximina Calle, quien da a luz a Bárbara Jiménez Calle, conocida por Bárbara Calle, madre de Álida  y Miriam Leicea, actuales integrantes de la AMR.

Mientras que de la unión entre Anselmo Calle y Juana Mesa nace Inés Mesa, quien mantendría entonces el apellido de la madre. De Inés Mesa nacen dos figuras sumamente significativas para el origen y desarrollo de la agrupación Guaguancó Matancero, posteriormente conocida como Los Muñequitos de Matanzas: Juan y Julián Mesa.

Esta familia se constituyó como foco fundamental de rumba en la ciudad de Matanzas. Los miembros que mayor popularidad alcanzaron en agrupaciones profesionales, mucho deben a la inspiración e improvisación de sus antecesoras. En la trasmisión de los cantos y la construcción de esa rica madeja sonora fueron los vínculos maternos un eslabón de fuerza mayor. La creatividad halló tierra fértil en los nombres de estas mujeres, semillas de una tradición local.

De Regla (Yeya) Calle solo se conoce que nació un día de 1870 y falleció en 1956, a los 86 años. Organizó muchas rumbas y fue la anfitriona del principal foco de rumba en Simpson, por donde pasaron Esteban Vega (Chachá), Hortensio Alfonso (Virulilla), Esteban Lantrí (Saldiguera) y Félix Campos. A su alrededor también se reunió un importante círculo de rumberas como Estanislá Luna (Tani), Liduvina Miró y Flora Heredia.

Como ama de casa se encontraba al cuidado de los nietos, quienes se fueron insertando cotidianamente en el marco de la rumba a través del ambiente que propiciaba su abuela. Miriam, una de sus nietas, recuerda que en las tardes, al regresar de la escuela, podían encontrar una rumba con los cantos de su abuela, entre los que sobresalían los de jarana, que podían ser acompañados por la clave que tocaba con dos cucharas.

Barbarita Calle. Foto: Cortesía de Roxana Coz,

Barbarita Calle. Foto: Cortesía de Roxana Coz.

Yeya Calle asumió la crianza de su nieta Barbarita Calle cuando la madre falleció. Su casa, en Ayuntamiento entre Daoíz y Velarde, fue sede de la rumba en incontables ocasiones. Incluso acondicionó la sala de la casa para que Los Muñequitos de Matanzas tuvieran un local de ensayo y pudieran reorganizar su actividad artística en la década de los 60.

Barbarita nació el 4 de diciembre de 1918 y 10 años después fue bautizada, su tía abuela Manuela Calle fue la madrina. Se distinguía por la destreza de los movimientos del baile y era reconocida por el mérito de jamás dejarse “vacunar”, un gesto que definía si eras o nobuena bailadora. En las rumbas improvisadas que se daban en su casa, donde tomaban por instrumentos lo que estuviera a su alcance, muchos la recuerdan con un par de cucharas marcando la clave en la puerta de entrada. 

Barbarita Calle fue una rumbera que no tuvo posibilidades de estudiar, pero aprendió de forma autodidacta. Solo después del triunfo de la Revolución fue que pudo concluir sus estudios secundarios. Su muerte, el 23 de abril de 1999, sumió al movimiento rumbero matancero en un profundo luto, reflejado en el silencio y el dolor que impidió una rumba de despedida.

En la familia Calle-Mesa el nombre de Inés se menciona con sumo respeto. Sus cantos de rumba, muchas veces creados en colaboración con su hijo Julián, llegaron a incorporarse al repertorio de las agrupaciones profesionales matanceras. 

Inés Mesa enseñó a cantar rumba a sus hijos y nietos. Fue quien formó a su nieta Martha Mesa tras quedar huérfana de padre a los nueve años, y como parte natural de su crianza le legó todo un arsenal de antiguas rumbas. Martha aún da testimonio de los cantos creados por su abuela junto a Julián. Su padre se inspiraba y sacaba la letra para un canto; Inés le ayudaba con la melodía, tomando como referencia los cantos que conocía de antaño, y de igual modo le entregaba otros para que fueran incorporados al repertorio de Los Muñequitos de Matanzas.

Inés María Mesa nació el 21 de diciembre de 1883. Aunque no llegó a casarse con Martín Gómez, de su unión consensual nacieron cuatro hijos. En su descendencia encontramos rumberos que han tocado y cantado en agrupaciones profesionales de rumba de primer nivel. Sus hijos Julián y Juan (Bosco) Mesa fueron fundadores de Los Muñequitos de Matanzas, y sus nietos Enrique y Pedro Mesa han trabajado en los grupos Afrocuba de Matanzas y Los Matanceros, respectivamente.

Francisco Zamora (Minini), rumbero mayor y director de la agrupación Afrocuba de Matanzas, reconoció el lugar que ocupan las hermanas Calle y Mesa en la tradición popular. Para él “Yeya e Inés Mesa fueron las rumberas que más sonaron aquí […]. Los días festivos, en su casa, no había que buscar a nadie de la calle para formar la rumba. Cuando la gente venía ya estaba formada la rumba por ellos.”

“¡Por ahí viene Tani!”, gritaban los muchachos que jugaban en casa de Yeya. Con los hombros cubiertos por su capote oscuro y el cuerpecito ligero, a pesar de los años se paseaba con gracia por las calles de sus amigas rumberas. Entre las bromas que le hacían los nietos, salía en defensa algún que otro canto de puya, ese que solo podía regalar ella con su desbordante imaginación.

Estanislá Luna. Foto: Cortesía de Roxana Coz.

Estanislá Luna. Foto: Cortesía de Roxana Coz.

Estanislá Luna, por su parte, ha sido una figura significativa en la cultura popular y, hasta donde sabemos, la más longeva de la comunidad rumbera matancera, al nacer el 13 de noviembre de 1881. 

En la rumba sobresalía por los cantos de yambú y la riqueza de movimientos danzarios, los que le valieron una fama que atrajo a muchos de los más reconocidos bailadores rumberos, al punto de que José Rosario Oviedo, el mítico Malanga, llegó a la ciudad de Matanzas con el interés de conocerla personalmente y acompañarla en el baile.

Dentro de la rumba se preocupaba por que se respetara la entonación del canto original, dirigiendo y rectificando a los más jóvenes en las celebraciones. Su conocimiento le permitió que fuera reconocida como “la última reina del yambú matancero”. Gracias a la entrevista que Estanislá Luna concedió a Reinaldo Peñalver y que Bohemia publicó bajo el título Rumbera Mayor, conocemos sus ideas y el modo en que resolvía temas de género y posición social. Refiriéndose al fallecimiento de Malanga, ella comenta: “[…] aquí en Matanzas también lo lloramos… Pero mi marido no fue al entierro y yo no podía ir si él no iba”. Esto puede interpretarse como la subordinación de la mujer a las decisiones del esposo, aunque sus intereses hubiesen sido diferentes. 

Por tanto, Estanislá estuvo obligada a lidiar con las concepciones patriarcales que imponían determinados comportamientos dominantes de la época, pero logró que el matrimonio no le impidiera el disfrute de cantar y bailar la rumba, lo que ocupó un primer plano de interés en su vida. En la misma entrevista, al referirse al esposo, expresa:

“A mí sí me dejaba bailar… Tenía que hacerlo, porque esa fue la condición que le puse cuando nos unimos. Tuve muchos enamorados y a todos les puse la misma condición. Yo nací con la rumba adentro. Nadie podía quitármela. El que me quisiera tenía que aceptar que yo bailara”. 

Las rumberas Álida y Miriam Leicea refieren los ingeniosos recursos que utilizaba Estanislá para no dejarse dominar o controlar por su esposo, Martín Corona. A ella le gustaba compartir a solas con sus amigas lo mismo una conversación que una rumba; si inesperadamente Martín venía a buscarla, ella con la complicidad de las otras se escondía. Luego continuaban la rumba o las jaranas, burlándose del control de Martín o de algún otro de sus compañeros. 

Estanislá demostró una fuerza y autonomía no usuales para las mujeres de su tiempo muchas veces violentadas y subestimadas por los hombres ya fuese en el sentido físico o subjetivo. 

Su muerte en 1987, a los 106 años de edad, constituyó todo un acontecimiento en Matanzas, y su sepelio fue uno de los más concurridos. A través de la emisora provincial Radio 26, la noticia se transmitió varias veces en el día, aludiendo a que la rumba estaba de luto porque había muerto la “rumbera mayor”, como se le conocía. Desde su casa hasta el cementerio fue seguida por el pueblo matancero, que le rumbeó como ella había pedido. Que canten las mujeres fue el yambú de Estanislá Luna, el cual se cantó una y otra vez.

Según el testimonio de Álida Leicea: “A Estanislá la enterramos con rumba, porque ella dio sus cantos y quería que le fueran cantando. Murió en la calle Salamanca, a mediación de cuadra antes de llegar a Zaragoza, y se le llevó en una caja pequeña porque era muy menudita. Fue bailando hasta Dos de mayo, donde entró al carro y después se le rumbeó todo el camino”.  

En el cementerio, aquel 9 de enero de 1987, la rumba continuó hasta el anochecer.

Liduvina Miró. Foto: Cortesía de Roxana Coz.

Liduvina Miró. Foto: Cortesía de Roxana Coz.

Otras mujeres también compartieron la pasión por la rumba y fueron importantes cultivadoras del género en Matanzas. Entre ellas podemos mencionar a Liduvina Miró, quien provenía de una amplia familia de rumberos de Unión de Reyes, fue la madre de Jesús Alfonso Miró ejecutante del quinto en Los Muñequitos de Matanzas y de Regla González Miró, quien se desempeña como coordinadora de la actual Asociación de Mujeres Rumberas de Matanzas Estanislá Luna y Yeya Calle y del Taller Teórico Práctico de Rumba de Matanzas.

Liduvina nació el 13 de abril de 1935. Disfrutaba la oportunidad de rumbear y por eso acompañaba con una rumba cualquier momento significativo en su vida, fuese el nacimiento o la muerte de una persona cercana. Se le recuerda por el modo peculiar que tenía de bailar, por su quehacer en el Bando Azul y por el modo en que participaba en el baile callejero de las comparsas. La rumba estuvo presente hasta los últimos días de su existencia y como era su deseo, los matanceros la despidieron con este ritmo el 9 de marzo de 2015.  

Junto a estas rumberas mayores también se recuerdan los nombres o sobrenombres de Isabel Santiago, Yolanda Curbelo, Elvira Barani, Isabel Urrutia, María Sixta Pita, Flora Heredia, Andrea Gutiérrez, Lina Campos, Carlota Guada, Francisca Rodríguez (Panchita Chamalapo), Dominga Bacallao, Moraima Lausurique, Ana Luisa Piloto (Chacha), Margarita Zequeira (Cundunga la China), Chichí Guasabá y Casilda Uldeber.

Fueron estos los nombres que convirtieron en arterias de vida las calles, los solares y entradas de las casas, defendiendo a todo pulmón el mensaje de Tani, con sus muchos cantos reunidos en uno solo: “Que canten las mujeres, que no les siento la voz…”. Entre guajacos —esa bebida preparada a base de aguardiente, azúcar y zumo de limón— y sopones se atrevieron a contar su existencia a golpe de rumba, hilvanaron sus tristezas y alegrías, unieron sus voces y vidas en celebraciones de barrios con olor a río. Estas mujeres fueron verdaderas guerreras que rodeadas por sus descendientes inculcaron amor a la tradición. Con la fuerza de una sacudida de hombros evitando el “vacunao, así hemos querido alejar el polvo y el olvido de autoras que hicieron, de la rumba matancera, una historia increíble. 

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