Ilustración: Jennifer Ancizar

Remezcla y la necesidad de cambiar los ambientes laborales tóxicos

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El pasado 25 de junio el sitio Jezebel (“un sitio web supuestamente feminista”, como reza en su cabezal) publicó una desgarradora historia acerca del tóxico ambiente laboral bajo el que se ha desarrollado la plataforma Remezcla de la mano de su “creador” Andrew Herrera. Es un extenso reportaje en el que se muestra cómo un emprendimiento que busca dar visibilidad a sectores poco representados es también el escenario en el que salen a flote lo peor de la cultura masculina dominante y los oscuros fantasmas de la precariedad laboral que se esconden tras la filosofía startup.

Desde que leí ese texto no puedo sacarlo de mi cabeza, en particular porque no es otro testimonio random que llega a mi feed. Aunque solo nos conocemos de manera virtual, Nuria Net (una de las víctimas de ese venenoso entorno que ahí se describe) es una persona con la que he colaborado en varios proyectos que involucran a la música y de la que he aprendido mucho siguiendo su trabajo de la última década. Sabía que había trabajado en Remezcla, pero no fue hasta hace unas horas que supe del decisivo rol que tuvieron ella y Claire Frisbie en la fundación de la plataforma.

Como joven periodista musical formado durante los años posteriores a 2010, encontré en Remezcla un espacio esencial para acercarme a la comunidad latina en Estados Unidos y, por ese efecto espejo que tiene la sociedad norteamericana, a la cultura toda de la región. Fue allí donde descubrí muchos de los que hoy son mis artistas de cabecera, fue allí donde primero leí un acercamiento desprejuiciado y complejo al reguetón, que entonces no era tan mainstream y continuaba satanizado en la mayoría de los análisis de la época. Si Pitchfork me abrió las puertas a la diversidad del pop, Remezcla me mostró que la riqueza sonora de la región no se acababa en su tradición sino que incluía a un presente igual de emocionante. Para mí era una historia de éxito que soñaba con emular el día que pudiera hacer una revista de música.

Unos años más tarde aquí estoy, desarrollando una revista de música, inspirado por emprendimientos como Remezcla. Y entonces leo esta historia y mi boca se llena de un sabor amargo. Porque uno quisiera que sus referentes fueran inmaculados, pero mientras envejeces (y mientras se extienden las ondas expansivas del #MeToo) te das cuenta de que son hombres y mujeres con la misma cuota de genialidad, falibilidad y prejuicios que tantos otros hombres y mujeres. Y no queda otra que superar el mal trago, reflexionar sobre lo que pasó ahí y tratar de aprender algo.

Como director de un medio de comunicación pienso mucho sobre la dinámica de las interacciones que tenemos al interior de nuestro pequeño equipo. Conformada en su inmensa mayoría por mujeres, disfruto la vibra femenina que tiene nuestra redacción, y creo que mantengo una saludable relación con todxs, aunque eso no significa que no tenga actitudes y rasgos machistas hacia el resto. Pero todos los días trato de ser consciente de eso, todos los días repaso cómo traté a esta persona o a esta otra. Suena poco creíble, suena agotador, pero más agotador es vivir la experiencia angustiosa y tóxica relatada por las mujeres que aparecen en el texto de Jezebel.

Me gustaría saber cuáles son las experiencias de mis colegas en el ecosistema de medios cubano; creo que es una discusión relevante de la que poco o nada se habla, y me parece que es un momento indicado para eso, ahora que están confluyendo una serie de debates trascendentes. Pienso, por ejemplo, en el caso particular de los medios independientes en Cuba, que al no estar reconocidos legalmente, la vulnerabilidad de las personas que pudieran ser víctimas de acoso se incrementa porque tienen muy poco margen de maniobra, ya que no hay en su espacio laboral un entorno legal sólido al que remitirse.

Confieso que me duele un poco mirar tras bambalinas y descubrir ese horror de baja intensidad en uno de los sitios más valiosos que tiene la cultura latina en Estados Unidos. Pero tan importante como los nuevos medios que narran la realidades de voces alternativas es que estos mismos medios asuman una ética otra que reinvente el tradicional sistema de relaciones laborales. Si no cambiamos nuestro modelo de pensamiento, si no activamos alarmas que nos permitan reconocer cuándo estamos siendo protagonistas o cómplices de situaciones estresantes para nuestrxs colegas, por muy contestatario que pueda parecer nuestro discurso estamos perpetuando la raíz de buena parte de los problemas que vemos expresados en la sociedad, estamos siendo culpables indirectamente de que todo ese veneno esté en el ambiente y termine filtrándose finalmente en nuestras casas, en nuestra comida, en nuestra música.

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