Carnavales habaneros 2018. Foto: Fernando Medina.

¿Quiénes van a los carnavales?

por
PM

Hay dos clases de gente para quienes la vida es una fiesta continua: los muy ricos y los muy pobres. 

Washington Irving

Un lugar sin glamour, sin área de fumadores. Un lugar sin cover. Eso es la Plaza Roja de Diez de Octubre en época de carnavales. Sí, porque la música y las luces ya no constituyen patrimonio exclusivo del malecón y prenden también en los demás municipios de la ciudad. Por descentralizar, descentralizamos el carnaval.

Aquí la gente puede venir en chancletas, en shorts deportivos, con rolos. Aquí el summum de la elegancia está en vestir de blanco, como la orquesta. Hay mucha cerveza en pesos cubanos y cajitas de ron Planchao. Menú tradicional: pan con lechón y pollo frito. Hay muchos policías cuya presencia transmite cierta sensación de seguridad.

Cualquiera puede reconocer el andar errático de los borrachos; consagrados honoris causas de la curda, en su danza unipersonal con la gravedad terrestre. “¿Dónde está la gente de Lawton, la gente de Párraga, Luyanó…?”, arenga el cantante. Como buenos devotos, los vecinos de la periferia cumplen fielmente los tres mandamientos de la timba: mano pa’ arriba, dando cintura, y hasta abajo.

Tras una hora de concierto, el primer grupo se retiró de la tarima. Detrás venía una orquesta de las duras, de las que “calientan”. Todos saben que deben aprovechar ahora, porque si no en la Casa de la Música serán 10 CUC.

Entonces fue al apagón. Hubo un suspiro masivo. Nadie se iba.

Treinta minutos después se hizo la luz, y una exclamación. Un aleluya.

A las once la noche apenas comienza.

Mientras, yo pensaba. He visto bares donde la cerveza Presidente –el plancton de las cervezas– cuesta 3.45 CUC, por encima del doble del precio promedio. Camareros galanes te abren la puerta y sonríen muchachas “de esas que cuando se agitan sudan Chanel number three”. Sitios muy chic, tan populares que hasta se hace cola para entrar. La entrada puede valer, pongamos, unos 5 CUC.

Jamás querría que estos y aquellos usaran la misma ropa ni les gustara la misma música. Solo observo las diferencias. Observo que no se intercambian, no se mezclan. Habitan, por decirlo de manera exagerada, en universos paralelos. No al lado, sino unos por encima de otros.

(En defensa de los bares, que ya han tenido suficiente mala prensa, hemos de aclarar que no tienen culpa. Ellos son la vitrina de otras distinciones. Simplemente ofrecen lo que algunos están dispuestos a pagar.)

Cultura y gustos aparte, lo que cada cual hace con su tiempo libre está en función de sus ingresos. Porque Carlos Marx sabía de qué estaba hablando: el hombre piensa según vive. Los hombres y las mujeres –quisiera añadir– se divierten según ganan. O según tienen.

En lugar de bailar –enajenarme, como me dijo alguien cierta vez–, yo andaba en tales cavilaciones. Veía a la gente sudar y remenearse, gratis y bajo la luna; y no podía pasar por alto el contraste con esa otra noche habanera.

Cuando las investigaciones señalan una creciente estratificación de la sociedad cubana imagino que se refieren a algo como esto.

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