Oscar Sánchez: hoja de ruta de un trovador majadero

por
AM

Entré en la habitación como quien entra a una jaula: cauto, pretendiendo normalidad. Él posaba su espalda en la puerta grande de la izquierda, la que da al balcón recientemente demolido, la que no se puede abrir. Entre sus piernas, como un animal domesticado por los dedos, sonaba la marímbula.

Hay gente que son pobre´ y no comen huevo…

Calienta picadillo, que no comen huevo…

Con la claria, no comen huevo…

¡¿Tú no comes huevo?!

Entonces supe que un cuestionario era inútil, la cordura de este domador dependía del animal, y en aquella ocasión no estaba la guitarra. Tendría que preguntar desde las vísceras, pues. Tendría que decodificar al poeta de lo cotidiano y de lo estridente; de las guaguas y del calor del hambre; de los descalzos en el diente e´ perro y de los educados por gente buena.

Pero se puso en pie y le ordenó silencio a la marímbula. Se puso en pie y mutó su energía, como quien tiene la habilidad de abandonar un personaje tras cada movimiento. Ya era otro.

Oscar Sánchez es muchos artistas viviendo en el mismo cuerpo y expresándose a la vez. Solo él sabe si la próxima canción del concierto será calma y hermosa o estrepitosa y mortificadora. Sentado en la cama con los pies cruzados y advirtiéndome que no tire la colilla por la ventana, podría estar cocinando unas cuartetas para el estribillo de su próximo tema. En una esquina del cuarto está también su minitaller, su rollo de alpaca, sus pinzas, sus piedras. A veces me pregunto si tuerce alambres para regalar esa clase de flores que no crece en la ciudad: sus flores de hierro, como aquella canción de Freddy Laffita que nunca se niega a cantar.

—Los inicios musicales empezaron en la primaria —dice—. Tenía una mochila con una cuerda elástica. La enrollaba en mi dedo meñique, y la metía en mi oído; entonces la pulsaba como la de un contrabajo y emitía un sonido: ‘Tinguirintintín’. Es un juego que recuerdo. La guitarra fue cuestión de curiosidad. Quise una vez hacer las pruebas en la EVA [Escuela Vocacional de Arte], en la especialidad de batería, y me dijeron que no. Entonces mi hermana tuvo un novio, Rosel Estévez. Él tocaba guitarra, canciones de Juan Gabriel y esas cosas. Yo tenía 15 años, y fue quien me enseñó un par de acordes. Ya pintaba también, claro: iba a clases con Miguel Mayán, un pintor que era fundador de la academia de artes plásticas [en Holguín]. Cuando terminé noveno grado hice las pruebas para la Escuela Profesional de Artes Plásticas. Me suspendieron, y la opción que me quedó fue la de Instructor de Arte.

—¿Cómo era Holguín entonces?

—En aquel momento el movimiento cultural de Holguín era buenísimo. ¡Las Romerías de Mayo eran las Romerías! La ciudad, llena de gente; aquello era una máquina. Cuando estaba en séptimo grado escuchaba Backstreet Boys, y en Colorama ponían todos los videoclips del momento; luego pasé a oír Pantera y otras bandas con mi primo. Nos sentábamos en una esquina Paquito, el Chivo, el Güije; ellos lo que escuchaban era rock and roll. La trova no era fuerte y con la música tradicional no teníamos contacto, porque más bien se tocaba en la playa; sin embargo, el rock and roll tenía tremendo auge.

—¿Cómo nace la idea de trovar? ¿Recuerdas la primera canción?

—Cuando empecé a tocar guitarra cogí tremendo vicio con eso. Terminé la Escuela de Instructores y ya tenía mis temas. Allí hice mi primer concierto, mis primeras 16 canciones. La primera que compuse se llamaba En las tardes, para Elizabeth, una novia que tuve. En esa época estaba en el boom William Vivanco, y me influenciaron mucho sus canciones, su onda. En aquel tiempo yo ensayaba con un grupo de rock and roll y decidí dejar el grupo para empezar a tocar solo.

—¿Cuándo entras en contacto con la obra de otros trovadores?

—Me presentan a Alito [Abad] y él es quien me pone en contacto con la música de Roly [Berrío], Ariel Barreiro, Inti Santana, Leonardo García, Yunior Navarrete, compositores que me impresionaron mucho. Empiezo a chocar con ese tipo de canción, a tener ideas. En ese tiempo no conocía casi nada, mucho menos que este tipo de música existía en mi país. En Holguín no había casi nadie, estaba Alito; Ivet Rodríguez y Carlos Pérez, en Báguano; y Fernando Cabreja, en Moa. Alito recién comenzaba; había ido a un par de festivales. De los trovadores que me presentó, Roly me interesó mucho. Aún conservo un casete con la grabación de un concierto que dieron Roly y El Mojón [Alejandro Gary] en la Casa del Joven Creador.

—Eres un trovador distinto. ¿Te dan miedo los lugares comunes?

—Un trovador común es un tipo que tiene sus canciones, su guitarrística, una línea melódica específica. Es un tipo que se deja llevar por un giro armónico y usa acordes similares a otros trovadores. Por personalidad busco ser diferente, es mi manera de ser. En la música también trato de serlo: no quiero ser del montón. He buscado, además de las cosas que hay que hacer, las que no hay que hacer, y eso me ha llevado a la “locura” mía.

Y sí, existe esa trova común. A veces siento que no hay muchos que quieran cambiar eso. Se trata de tener valentía, de saber que te vas a enfrentar al mundo, a la marginación, a la segregación, a que no te entiendan, a que no te den trabajo, a la no aceptación: es más fácil ir como un cordero, hacer lo que se debe hacer.

—En ese intento constante por revolucionar te has aliado a varios instrumentos.

—Yo comencé siendo un trovador típico. Fui viajando por distintas etapas, de experimentación, de movimiento, pero empecé siendo común, con mi guitarra, mis canciones. Lo que hacía Vivanco me gustaba mucho. Vi que ese podía ser un camino. También sentí miedo a quedarme solo con la guitarra.

No recuerdo qué fue lo que me llamó la atención de un tres. Yo tenía uno viejito cuando llegó a Holguín Pedro Luis Ferrer: lo que allí hizo, más que un concierto, fue una clase magistral. Trabajar con la banda Kñenga, una banda que fundé en Holguín, me hizo bien porque no compuse solo para la guitarra, sino también para el conjunto. Era tremenda fusión, y mi parte roquerona, funky, satánica la pude explotar.

La “timba cutiri”, eso que armo en el escenario con la variedad de instrumentos que empleo, y mi proyección escénica, es una estrategia comunicativa, una forma de ganar la atención del público. A mí me gusta payasear bastante. He seguido muchas bandas que son performáticas, y eso puede ser mucho más legible para las personas, porque con los gestos haces más énfasis en lo que estás diciendo.

Una cosa interesante que me ha pasado con el tres y la marímbula es que me di cuenta de que los instrumentos no son para tocar de una manera específica, que uno no puede afrontarlos de una manera cerrada: las posibilidades sonoras son infinitas. Me cuadraría mucho hacer algo con el órgano oriental: quiero cantar, que el órgano acompañe la letra de la canción. Y esa mezcla podría ser muy loca; ahí el público o se va o se queda, nunca medias tintas.

Oscar Sánchez en la Fábrica de Arte Cubano (FAC). Foto: Adrian Fuentes / Cortesía del artista.

—Y pruebas suerte en la capital…

—Sí, vengo para La Habana. Inti Santana y yo teníamos muy buenas relaciones; me invitaba todos los jueves a su peña, e hicimos una investigación: leímos sobre el changüí y otros géneros, y empezamos a tocar mucho tres. En ese juego con el tres conozco a Omar Pérez, otra de mis influencias fuertes. De alguna manera mi lenguaje ha cambiado por el contacto con esa poesía. He experimentado un crecimiento en los modos de escuchar, en los modos de saber qué está diciendo uno y cómo lo pueden interpretar.

—En tus letras es reconocible una fuerte marca de la poesía del coloquio, los doble sentidos, la ironía, siempre jugando con el contexto social y político que te afecta. ¿Cómo explicas esa forma de decir?

—Tengo una influencia muy fuerte de El Guayabero. Logré comprender de qué iba una cosa sin decirla siempre explícitamente. En mi familia también eso es un hábito. Mi padre se pasa todo el tiempo “dando chucho” y de ahí vas haciendo el ejercicio, entrenas la mente. Y a la gente le encanta que “corra la sangre”. Como somos una sociedad de corderos, donde todos tienen miedo, nadie quiere tirarse contra la reja, pero sí verse representados. Saben que el que empuja no se da golpes.

—Poco a poco te has ganado un público…

—Eso de tener un público lo estoy experimentando hace muy poco. Sentir que hay un grupo de personas que va a verme, medir la calidad de esas personas, eso es relativamente nuevo. Para mí lo importante no es que vaya mucha gente, sino qué tipo de gente va. A ellos me debo. Toco tanto para el que va solo a divertirse, como para el que busca más allá de la superficie.

—¿Crees que sería saludable para el movimiento de la trova una mayor comunicación entre los cantautores jóvenes?

—Sería muy saludable, aunque no debe perderse de vista el interés personal, lo que puede distinguir a cada cual. Me da mucha alegría que haya un grupo de personas con una guitarra experimentando, haciendo cosas. Estamos en un momento de empuje; en parte, por la posibilidad de ser independientes y, por otro lado, porque hay lugares a los que puedes ir a tocar, donde se te escucha, y donde, además, te pagan. Eso hace que la gente tenga ganas de hacer, de presentarse. Los muchachos nuevos, los que están empezando y que están aquí en La Habana tienen oportunidades, y muy buenas.

—¿Cómo valoras desde tu experiencia la relación trova-institución en la actualidad?

—Las empresas de la música, los medios de comunicación, todo eso déjalo a un lado: está frito. La alternativa es echarle el pecho. Usar las redes sociales, los medios alternativos para grabar, hacerlo todo en un cuartico pequeño; porque a las disqueras oficiales reconocidas les falta explotar aún más las herramientas para posicionar la música en el mercado. Lo que ellos quieren es grabarte un disco, licenciarte el disco (el disco es de ellos), pagarte tres mil dólares y almacenarlo. Para un video, igual. Los medios de producción están en nuestras manos, ya lo tenemos casi todo, hay muchas más vías de hacernos visibles.

—A la ligera puede pensarse que eres como algunas de las canciones que cantas, pero destacas por tu compromiso y constancia profesionales. ¿Con cuántos Oscares estoy conversando ahora mismo?

—Me preocupa a veces un poco cómo mi personalidad se puede dividir en tres, cuatro: a veces soy un tipo súper lírico, melancólico; pero también puedo ser un loco total, que empuja todo al límite; o el que le mete las manos a la cocina, que hace collares y aretes. Es una cosa de personalidad. Tengo esa capacidad, creo.

No asumo la música como una carrera, simplemente es lo que decidí hacer. Para hacer cualquier cosa en la vida necesitas disciplina, no todo es talento; si no pones orden nada será bueno. Aun así, bajo la disciplina y el rigor, me divierto.

—Las artes plásticas y la artesanía te han salvado más de una vez, en la música y en la vida.

—Por suerte tengo la capacidad de torcer alambres. Hace 10 años lo hago. Fue un oficio que me pasó un amigo chileno, Adrián Cortés, y eso es lo que me hace ser independiente. Es lo que me mantuvo viva la parte de las artes plásticas.

Una caguamaconda (“una liga de anaconda con caguama”) bebé. Foto: Cortesía del artista.

Las cubiertas artesanales de mis discos las hago con pintura de uñas, porque siempre hay, y dura cantidad, además de la amplia gama de colores que encuentro. Hago diez discos por tirada. Cualquiera podría fundirse pintando disco por disco. Yo me lo cojo con calma, le descargo cantidad. Pero a mí me gusta más el lenguaje de la música, ¿sabes?, de la palabra. Para las cosas que quiero transmitir no hay que ir necesariamente a una galería.

—Desde hace poco has venido ampliando tu repertorio con sonoridades que toman prestado de géneros como el trap y el reguetón.

—Me gusta compartir el criterio de Frank Delgado respecto al reguetón. En ese género hay más desaciertos que aciertos, pero ahora mismo está pasando esto de usar ritmos nacionales a través de sonoridades electrónicas, y eso, musicalmente, me parece una de las cosas más interesantes que está sucediendo dentro de la música: desde que se acabó el boom de la salsa no pasaba algo así. No hablo de letras, sino de ritmos, aunque en las letras también pueden encontrarse frases curiosísimas. Hay mucho prejuicio con la utilización de estos códigos. Los más convencionales se disgustan; otros se ríen. Frank me dio una clase de actualidad. Él está encima de lo que está pasando realmente.

—¿Fue eso lo que te llevó a cantar Bajanda en El Mejunje durante el último Longina?

—No solo canté Bajanda en El Mejunje, también lo incorporé a mi repertorio durante un tiempo. De lo que he oído últimamente considero que el reparto, lo que hace Chocolate, o Coquito y Negrito, es el resultado de un proceso evolutivo en la música popular cubana, aunque sé que esta idea puede escandalizar a muchos. Pero específicamente Bajanda, tanto en su coro como en sus estrofas, quitando la guapería del final, me parece un buen tema. Para mí tiene diversos niveles de lectura, todo está en cómo se escuche.

—Sin embargo, es curioso que desde hace un tiempo se te escucha cantar Los dos príncipes de Martí; también has trabajado sobre la obra de otros poetas. Háblame de tu interés por musicalizar la poesía.

—Una madrugada Marilé [Ruiz] y Ray [Fernández] empezaron a recitar poemas de Martí, y cuando llegaron a ese… Aunque parezca lo contrario soy bastante nostálgico, emocional. Soy una persona sensible a los cambios anímicos. Cuando recitaron ese poema la melodía me vino completa a la cabeza. Es un poema muy grande. Me gustaría señalar también que con Andrés Pérez (un poeta con el que he tenido una estrecha relación) tuve una experiencia teatral y de musicalización poética que agradezco mucho. Su poesía ha enriquecido mucho mi repertorio. Andrés es un tipo supercreativo: de miedo, de espanto.

—¿Te preocupa ser reconocido?

—Un camino es el de enfrascarse en una carrera musical solo con el fin de tocar donde paguen más, de tener aceptación social, de llenar lugares. Pero el otro camino es el de crecer como músico, como poeta, como ser humano. Entre estas dos aguas, navego. No son caminos excluyentes. Pretendo que se me respete y se me reconozca por mi trabajo musical. Rechazo la idea de la pose o de la figura artística que busca una gloria, que al final muchas veces es efímera. Pero también me opongo a la idea del artista que justifica su falta de reconocimiento por considerarse un ser superior, un elegido que no puede bajar de su pedestal para integrarse al mundo.

Aunque dejó el vicio del cigarro hace tiempo, después de apagar la grabadora me pide que encienda uno de los míos. “Lo compartimos”, dice, y luego conceptualiza el sarcasmo en una frase que alude a los trovadores. Otra vez se pone de pie y me mira a los ojos con la frente tensa, como si una cejilla en el rostro acomodara el tono de la expresión. De tener una guitarra a mano en ese momento hubiera cantado alguna de Freddy Laffita: Flores de hierro, quizás.

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