Foto: Cortesía de Omar Mederos.
Foto: Cortesía de Omar Mederos.

Olga Cerpa en mi “Vereda Tropical”

9 minutos / Alejandro Aragón

16.11.2020 / Reseñas

Olga Cerpa, la de Mestisay, la que lo mismo te canta boleros y tangos como fados, y fados como boleros (y le sale bien), la que canta junto a Eva Ayllón y Albita Rodríguez en el álbum Mujeres con cajones (Angels’ Dawn Records, 2014), se presenta en el Teatro Miller de la Universidad de Columbia a sólo tres trenes de mi barrio en Brooklyn, Nueva York. Cantará temas de su álbum Vereda Tropical que, según la publicidad en inglés, es un homenaje a “The Golden Era Of Cuban Music”. 

La noche lluviosa de invierno no amedrenta a Yozván, Lenny y un servidor porque escoltamos a Omar Mederos, amigo y colega de la artista, lo que nos garantizará entradas VIP. Sin embargo, la gente de la taquilla, abrumada por el molote de asistentes, ignora su abolengo y nos manda al final de una cola perfectamente cubana. Aquello es casi un suave motín de profesionales cubanos emigrados y exiliados, mayores de cuarenta. Entre el barullo, se distingue predominante el acento del occidente de la Isla. Oh, es este el público secreto y fiel que el ubicuo e inefable Centro Cultural Cubano de Nueva York convoca regularmente a eventos dentro de las zonas más prestigiosas del código de área 212 en Manhattan.  

De súbito, nos vemos destinados a quedarnos vestidos, mojados, helados y sin bailar. Sin embargo, Lenny cubano-estadounidense que hace alarde del legendario entitlement que se atribuye, no sé por qué, al comportamiento de cubanos y ciudadanos de los Estados Unidos exige entradas para “el productor y representante de la artista en México” sospechamos que se refiere a nuestro Omar. El caso es que nos dan entradas en la última fila de la platea, pero en el centro, justo detrás del saxofonista cubano Paquito D´ Rivera. ¡Qué éxito!  

El Teatro Miller está repleto, y no sólo de público. La respetable Banda Sinfónica Municipal de Las Palmas de Gran Canaria ocupa cada centímetro del escenario. Nos preocupa que la artista deba cantar como se baila un danzón, en un ladrillito, o tiesa, como Barbarito Diez.  

Nuestras dudas se hacen ridículas al salir y plantarse Olga en el proscenio, envuelta en un túnico color Babalú Ayé. Domina “el breve espacio en que sí está” con la naturalidad de una gardenia morada que le sigue la corriente a la brisa de un jardín pinareño. En el concierto, Olga le da cuerpo a lo que en el disco su voz logra. Lenny, confundido, pregunta de dónde es ella, ¿no era española? ¿De dónde es este álbum que promueve el concierto?, me pregunto. Ambos emulamos el desconcierto del cubano José Martí ante la identidad de la Bella Otero cuando la artista gallego-española se presentó en el Teatro Eden Musée de esta misma ciudad en 1890.          

Foto tomada de la página de Facebook de la artista.

Foto tomada de la página de Facebook de la artista.

Las canciones que escuchamos fueron compuestas a mediados del siglo XX en Argentina, España, México, Puerto Rico y Cuba. Son canciones de la época en que el son, el chachachá y luego el bolero se fueron de gira y se convirtieron en la banda sonora  de gente de países con orillas o sin ellas. Las interpreta una orquesta canaria. Las canta una canaria peregrina con arreglos más bien cubanos. Su voz, en el disco y aquí, parece caribeña y casi antigua. La claridad del sonido del álbum ya me había revelado que fue grabado en el siglo XXI, luego supe que se hizo en Islas Canarias, México y Cuba con aires de tiempos idos y de otros por venir. En el poema La bailarina española, dedicado a la Bella Otero, Martí pregunta y se responde: “¿Cómo dicen que es gallega? / Pues dicen mal: es divina”. Por costumbre, el migrante curioso indaga orígenes e identidades de quien se le para delante. La hibridez de Olga excita el oído y la curiosidad del migrante que habito. ¿Cómo dicen que es canaria? Pues dicen mal, es terrenal, cosmopolita y tan grata.   

Empieza la artista muy arriba, con canciones felices. Al fondo, en una gran pantalla, a modo de álbum de fotos, pasan imágenes idílicas de La Habana de los ´50. Fotografías y fragmentos de películas turísticas que me recuerdan las páginas de las estilizadas revistas Carteles o Bohemia, incluso la tapa de una elegante caja de tabaco. Para mi incomodidad, estas imágenes soslayan cualquier indicio de la realidad de entonces o de la que sobrevendría luego. 

Poco después de mi niñez puse, entre otras muchas, la canción En un bote de vela en la gaveta de lo imprescindible. La alegría dominguera de este tema regresaba a mis recuerdos cuando, ya fuera de Cuba, alguien me hacía un doloroso chiste de balseros cubanos. “…En un bote de vela a la mar me tiro, que me lleve el viento muy lejos contigo”. Cuando escucho a Olga cantarla y luego seguir con Cachito y Vereda Tropical se abre esa gaveta y se vierte lo que lleva adentro. Sólo entonces sé de dónde proviene esta música. 

Porque se me antoja que viene de la playa de Marianao en La Habana. Son los años ´70. Se las canta una joven divorciada a sus hijos con una sensualidad sin estridencias. Olga es como ella que se aferra a disfrutar el sol, la playa y la maternidad, porque no tiene mucho más. Es frágil y le teme a un mundo ceñudo, fabricado de familias en tóxica descomposición. Ese mundo le teme a ella aún más. Sobreviviendo a una ola de divorcios, los endebles matrimonios de su barrio se resisten a la gracia descarada de su voz seductora. Con sus hijitos canta Vereda Tropical, como Olga: “Y me juró, querernos más y más y no olvidar jamás, aquellas noches junto al mar”. Los niños no entienden la hostilidad de los vecinos; le siguen la rima a mami con una canción que aplaza la ansiedad, aunque no la calma. De vuelta a mi butaca del Teatro Miller, con arena en los ojos, canto a dúo con Olga: “Hoy sólo me queda recordar, mis ojos duelen de llorar, y mi alma muere de esperar”. 

A diferencia de mi madre, la Olga que escucho es mesurada hasta en sus excesos. Canta Rumor de un palmar con la justa delicadeza y respeto al campo de aquellos cuyas manos nunca arrancaron un boniato de la tierra madre. Olga me revela que este tema  es una declaración de amor carnal y no, como pensaba yo, un himno bucólico al alma campestre. La artista también se atreve a interpretar Palabras de Marta Valdés, una canción que no admite más versiones. Sin apartarse mucho de la veta del filin de Marta, Olga la canta a ritmo de suave jazz. Resulta el canto en una sensualidad elegante, sexual y que no he escuchado en otras versiones más contenidas.   

Foto tomada de la página de Facebook de la artista.

Foto tomada de la página de Facebook de la artista.

Durante todo el concierto contengo las ganas de juzgar la meticulosa desideologización del evento y, en consecuencia, de la música del pueblo que la originó. Un pueblo históricamente compelido a politizarse y tomar partido. Re-atribuyo mi incomodidad al feedback hiriente del micrófono de Olga que ya en tres ocasiones nos ha hecho brincar en nuestros asientos. Paquito D´ Rivera le grita varias veces que no baje el micrófono, que lo suba. Ella escucha el consejo, el feedback se acaba, mi incomodidad persiste. No dejo de pensar en cómo el mismo Paquito siempre deja clara su posición, que con frecuencia no comparto, en cada arena musical donde toca. Igual me aquieto, esto no es Facebook, sino un concierto.   

Empieza Olga a contradecirme cuando improvisa en Soy Guajiro. “Soy una isleña que vino a recorrer el camino de canarios ancestrales…”. “Allí se fueron quedando, haciendo Cuba su hogar, guajiro fue el insular que la caña fue plantando…”. Contextualiza así su narrativa. Entiendo entonces que su apego a “lo nuestro”  viene del impacto cultural y económico de la migración canaria en América. Entiendo también que el disco parte de la necesidad de repasar ese vínculo. No es sólo que la música de América vive en Canarias, sino que Canarias vive discretamente en nuestra experiencia americana. 

Inesperadamente, como una cachetada que agradezco, nos canta o me canta a piano Habáname con la afligida honestidad que le faltó a la grabación original de su autor, Carlos Varela. Esta canción nació en mi adultez, cuando La Habana ya me dolía con el mismo desgarrador sentimiento con que le canta Olga. ¿Qué tanto puede dolerle esa ciudad?. Para quitarme las dudas de que es una cantante comprometida con un pueblo tanto como con su música, nos dice o me dice que Cuba debe ser lo que los cubanos decidan. Entonces, hasta Paquito D´ Rivera aplaude. 

Después de Habáname, canción que no está en el disco, se me ocurre un álbum de Olga más contemporáneo y completamente cubano. La imagino entonces cantando en vivo Dicen y Cruzando destinos, de Francisco Céspedes; Décimas infieles y El resto de mis días, de Albita Rodríguez; y La montaña (Me voy de mí) y Vieja Pasión, de Mane Ferret. Este tipo de ejercicio de la imaginación, aunque infructífero, conforta mi “…alma trémula y sola…” en días de aislamiento. 

También me conforta la idea de que replique Olga este concierto en La Habana, como tenía previsto, tras una gira de presentaciones en Las Palmas de Gran Canaria, Nueva York y La Ciudad de México. Me complacería ser testigo del cierre de ese ciclo en un teatro habanero. Ver otra vez, como en Manhattan, que culmine el encuentro en otro abrazo ofrecido por el público cubano, esta vez en territorio nacional, esta vez conmigo repatriado por un rato. 

Alejandro Aragón

Alejandro Aragón

Habanero ahora en Bklyn, en el “húrtase, se quiebra, gira”. Implicado con las feministas en lo social. Es el otro (ateo espiritual, gay, blanco de color). Escucha audiolibros de la biblioteca pública. Escribía poesía y contratos. Escribe misceláneas por encargo o necesidad. Se hace el bilingüe desde 2001.

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    Omar Mederos

    16.11.2020

    Cuando alguien escribe tan bien cosas que uno quisiera escribir, resulta un regalo maravilloso para empezar un día que no se puede predecir ni con el optimismo, como ha sucedido desde unos ya demasiados meses atrás envueltos en la experiencia de una pandemia que no parece tener fin. Y si el escritor es tan amado y se refiere a una artista en toda la extensión de la palabra que se volvió amiga imprescindible algún día de 1989 durante una gira en Cuba de un grupo de jóvenes músicos canarios encabezados por el imprescindible poeta Pedro Lescano que acaba de cumplir 100 años en la memoria de todos los dichosos de haberse topado con sus versos. Cuando todo eso te lo encuentras en AM: PM, el corazón se hincha y no se infarta, porque el amor lo impide para que puedas recordar detalle a detalle, aquellos días del 2019 en Nueva York, cuando el ambiente navideño no protagoniza, sino el cariño y la admiración por Olga Cerpa, por Manuel González, por Leny, Ale y Yoz.
    Vereda Tropical y todas las canciones que conforman este disco, despertaron nuevamente en la voz de Olga y aún le queda mucho camino al proyecto, porque falta La Habana y México que solamente han tenido probaditas de su magia.
    Gracias Ale querido.
    Gracias AM: PM.

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    Manuel González

    16.11.2020

    Estimado Alejandro: Qué bella crónica, qué cariño derramado en tu escritura hacia Olga y qué generosidad! Dios te lo pague!

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    Olga Cerpa

    16.11.2020

    Alejandro, cuánto te agradezco este recuerdo de aquella noche en NY, que tú vistes de una literatura porosa e hiriente, que llama a compartir música y ruido, dolor y alegría, memoria y realidad. La próxima vez, en esa ciudad que nos hace aún más latinos por reivindicar el patio y el solar del que venimos, buscaremos una mesa y un mantel para brindar por la vida y la amistad, la única Patria posible. Invito Yo.

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    Elena

    16.11.2020

    Este es un artículo magistral, de esos que hace honor al buen gusto y a la crítica de excelencia. Mi reconocimiento para el autor. Olga Cerpa es una voz universal, de todos los que llevamos en el corazón la añoranza por la buena música. Palabras genuinas las que con gusto he leído.


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