OKAN. Foto: Ksenija Hotic.
OKAN. Foto: Ksenija Hotic.

OKAN: desnudando el alma desde Toronto

16 minutos / Freddy Monasterio

06.01.2021 / Artículos

Recuerdo perfectamente cuando escuché por primera vez las voces de Magdelys Savigne y Elizabeth Rodríguez. Estaba viajando por la interminable autopista 401, destino a Toronto. Era el verano de 2017. Mi amiga Karen manejaba. En las bocinas del carro sonaban las canciones de La Migra (Made With Pencil Crayons, 2017), el disco que más me gusta de Battle of Santiago. La música estaba cargada de energía. El sonido, experimental, electrónico, rockero, repleto de ritmos y cantos afrocubanos. Ahí, en la percusión, en los coros, se notaba una presencia, una energía creativa contagiosa. Karen y yo nos mirábamos en los momentos en que esa energía se hacía más evidente, más viva. “Pretty cool stuff”, estuvimos repitiendo durante todo el viaje mientras los temas de aquel álbum se sucedían en un loop delicioso, adictivo. Ese día la 401 se sintió más pequeña.

Alrededor de un año después tuve la oportunidad de conocer a Magdelys y Elizabeth en Kingston, Ontario. Era mi último año de doctorado en Queen’s University. Desde que llegué a Kingston en 2012 ayudé a organizar conciertos de músicos cubanos que venían casi siempre desde La Habana o Toronto. Así tuve la oportunidad de trabajar con artistas que admiro y respeto mucho como Carlos Varela, Aldo López-Gavilán y Telmary. Ya en el otoño de 2018, OKAN —el dúo de Magdelys y Elizabeth— tenía un año y pico de fundado. Su visita a Queen’s me ayudó a entender el concepto OKAN de primera mano. Estuvieron en la clase de música y cultura en América Latina de Claudio Palomares donde hablaron sobre los retos de ser mujer en la industria musical y ofrecieron un taller de percusión afrocubana. También tuve la oportunidad de moderar un panel donde conversaron sobre su experiencia diaspórica en Canadá, como artistas y como cubanas. La visita cerró con un concierto a capacidad completa en el Grad Club, nuestro pequeño Brecht. Yo estaba en el cielo. Nunca olvido ese show porque fue mi última noche en Kingston. A la mañana siguiente me mudé a Toronto, para estar más cerca de la música.

Desde que vivo acá he ido a muchos de los conciertos de OKAN, en DROM Taberna, en el Lula Lounge y en otros de mis sitios favoritos de la ciudad. Ha sido lindo ver cómo estas cubanas han crecido como artistas y se han convertido en un fenómeno popular en este país; cómo su trabajo ha empezado a ser reconocido también en otros lugares. Recientemente volví a trabajar con Magdelys y Elizabeth. Karen y yo les pedimos un cover de Qué pasa con el Cha Cha Chá para un episodio de nuestro podcast Cuban Serenade. Quedamos encantados con ese trabajo, un tributo al cienfueguero Chicho Valle, uno de los primeros músicos latinoamericanos que se estableció en Canadá.

OKAN. Foto: Ksenija Hotic.

OKAN. Foto: Ksenija Hotic.

De la música de OKAN me gusta su sonido limpio, elegante, la influencia notable de varias culturas sin perder la esencia cubana, las armonías y los arreglos vocales y, por supuesto, el virtuosismo de Magdelys en la percusión y Elizabeth en el violín, ambas con una habilidad envidiable para navegar entre lo clásico y lo contemporáneo. Talento llama talento. El dúo se ha nutrido de la experiencia y la energía creativa de algunos grandes de la escena en Toronto como Hilario Durán, Roberto Riverón, Pablosky Rosales, Alexis Baró, Jeremy Ledbetter, Bill King, Reimundo Sosa, Danae Olano, Roberto Occhipinti, el turco Selcuk Suna, el dominicano Junior Santos, el maestro Miguel de Armas desde Ottawa, Telmary desde La Habana y de la frecuente colaboración con el joven percusionista Frank Martínez.

En solo tres años de existencia, OKAN ha llegado a ocupar un lugar importante en el universo de la música de la diáspora cubana contemporánea. Del valor artístico innegable de la música que hacen Magdelys y Elizabeth se  ha hablado bastante; sin embargo, menos se ha dicho sobre otras dimensiones de su trabajo. Por ejemplo, ¿qué espacios sociales han sido abordados y desarrollados por el dúo? ¿Qué efecto ha tenido la forma en que Magdelys y Elizabeth han conceptualizado y articulan sus múltiples identidades en el reconocimiento de OKAN? ¿Cómo ha influido Toronto como espacio urbano y multicultural en la trayectoria en ascenso del dúo? Aquí les dejo algunas ideas al respecto.

Elizabeth y Magdelys impartiendo un taller de percusión afrocubana en Queen’s University. Foto: Karen Dubinsky

Elizabeth y Magdelys impartiendo un taller de percusión afrocubana en Queen’s University. Foto: Karen Dubinsky.

¿De dónde son las cantantes?

Magdelys nació en Santiago de Cuba. Aprendió inglés de pequeña, hablando con niños y niñas canadienses que venían a pasar las vacaciones en el hotel donde trabajaba su mamá. Fue estudiante de música en el Isa y en 2007, su segundo año en el programa, fue invitada a estudiar por un año en Australia. A los 19, esa fue su primera experiencia fuera de la Isla. Durante esos años Magdelys vivía en Centro Habana, donde colaboraba con Alami, la banda de jazz de Daymé Arocena, compuesta intencionalmente solo por mujeres. Ahí estaban Danae Olano en el piano, Celia Jiménez en el bajo y más tarde se incorporó Yissy García en la batería. El proyecto musical coincidió con una de las visitas de la jazzista canadiense Jane Bunnett a La Habana y al combinar el talento que había en Alami con los recursos y la influencia de Bunnett, se concretó la oportunidad de grabar y girar en Canadá y los Estados Unidos, bajo el nombre de Maqueque. Con limitadas oportunidades de trabajo en Cuba, Magdelys decidió quedarse a vivir permanentemente en Toronto en 2014.

Mientras ella empezaba a abrirse camino en su nueva ciudad, Elizabeth se mudaba a Boston con su tía. La otra mitad de OKAN creció en el habanero barrio de Los Sitios, rodeada de mujeres de carácter fuerte, que la prepararon para navegar un mundo dominado por hombres. Su familia era pobre; una de esas que sacrifican todo por la superación de los más jóvenes. Elizabeth tuvo la oportunidad de desarrollar su vocación por la música, empezando desde niña a entrenar su voz en un coro. Luego vinieron las clases de violín, el Isa y el honor de trabajar como profesora junto a Guido López-Gavilán. Más tarde llegó a Canadá a través de una invitación que le hicieron para tocar en un festival en Hamilton, Ontario. En Boston no le había ido mal económicamente, pero a cambio de su carrera musical; mientras que Canadá le dio la oportunidad de crear y tocar su instrumento de nuevo, así que decidió quedarse. En 2017 Elizabeth empezó a colaborar con Jane Bunnett y Maqueque pues ya en ese periodo Daymé Arocena tenía una carrera enorme como solista. Melvis Santa, que también cantaba con Maqueque, no pudo ir una vez con el grupo a Chicago y esa fue la oportunidad de Elizabeth, no solo de cantar con Maqueque sino de conocer íntimamente a su futura compañera en el arte y en el amor, Magdelys.

El tiempo que compartieron en Maqueque fue importante para el futuro de OKAN. Ahí se dieron cuenta de lo que querían y lo que no querían hacer musicalmente. La banda liderada por Bunnett las expuso al fogueo de tocar constantemente en todo tipo de escenarios, lugares y temporadas. Les permitió descubrir algunos de los secretos de la audiencia norteamericana y de las expectativas que existen alrededor de la música cubana contemporánea. Por otra parte, fue dar continuidad al concepto de Alami.

La colaboración de Magdelys y Elizabeth con el grupo de post-rock afrocubano Battle of Santiago también fue fundamental. Con esta agrupación exploraron las posibilidades creativas de varios lenguajes musicales, incluyendo el afrocubano, y descubrieron el lado más indie y experimental de las escenas artísticas de Toronto, una importante ruta comercial para la música cubana en lo que va de siglo XXI. El trabajo con Maqueque y Battle of Santiago les dio reconocimiento a nivel de industria —con un número considerable de nominaciones a los premios Juno y Latin Grammy— y con ello vino la cobertura de los medios, y el interés de los promotores y programadores de teatros y festivales en Canadá y Estados Unidos.

Para finales de 2018, Elizabeth y Magdelys estaban listas para avanzar a toda máquina con su propio proyecto musical y tuvieron la suerte de contar con el apoyo de Tracy Jenkins, una de las agentes más experimentadas en la world music de Canadá.

OKAN con Miguel de Armas y Roberto Riverón en concierto en el Grad Club. Foto: Karen Dubinsky.

OKAN con Miguel de Armas y Roberto Riverón en concierto en el Grad Club. Foto: Karen Dubinsky.

Identidades, posicionamiento

Con dos fonogramas nominados a los premios Juno, Sombras (Lulaworld Records, 2019) y Espiral (Lulaworld Records, 2020), OKAN se ha ganado ya un lugar en el competitivo segmento de música global en Canadá. Magdelys y Elizabeth han encontrado un nicho dentro de este mercado saturado de artistas diaspóricos de primer nivel. Su sonido es más accesible que el de otras propuestas de artistas cubanos radicados en este país, que en su mayoría se han dedicado al mundo del jazz puro y duro o a satisfacer la demanda de música salsa —una de las pocas excepciones es Alex Cuba. En este sentido OKAN representa una ruptura estética y generacional con lo que había hecho la diáspora de la música cubana en Canadá hasta el momento. En su sonido coexisten géneros y estilos de otras culturas, incluyendo samba brasileña, merengue dominicano y música folclórica turca. Está producido con códigos estéticos contemporáneos que pertenecen al universo de la música popular global, o sea, al lado más pop de la world music. Esta sonoridad resuena altamente con el público canadiense, especialmente el de las ciudades como Toronto que tienen grandes concentraciones de inmigrantes.

Magdelys y Elizabeth han logrado articular y presentar a este público una combinación única de identidades, críticas en el momento actual que vive la industria musical norteamericana; un momento de reconocimiento a las barreras y la marginalización sistemática e histórica que han enfrentado algunas comunidades artísticas a las cuales ellas pertenecen. Son una pareja de mujeres, afrocubanas, inmigrantes, gays. Estas identidades están explícitamente reflejadas en la música y en las letras de canciones como Laberinto, Desnudando el alma y Águila, un tema que Elizabeth escribió originalmente para su tía y que ahora siempre dedica “a esas muchas mujeres que andan lejos de su tierra, haciendo sacrificios enormes por sus familias, creando oportunidades y un futuro mejor para sus hijos.” En Espiral, el track que da nombre al disco más reciente, el dúo nos cuenta sobre su experiencia migratoria en Canadá, usando la metáfora de San Lázaro o Babalú Ayé, quien luego de ser enterrado logró comenzar una nueva vida en territorio extranjero. Para contar esta historia, OKAN eligió un canto Arará montado sobre una guajira. El video de esta pista cierra con Magdelys y Elizabeth abrazadas, contemplando un arcoíris, símbolo por excelencia de la diversidad.

OKAN ha encontrado una sensibilidad estética poco explotada en Canadá por otros músicos cubanos, desde donde actualizar un bolero clásico o retomar estilos en peligro de extinción como el pilón con códigos sonoros contemporáneos —o “el lenguaje del siglo XXI”, como ha descrito recientemente Elizabeth en una entrevista con World Music Central. Más allá de su cubanía, lo cual es una credencial importante en el mercado de la música popular global, el dúo capitaliza su propuesta al centrarse en la riqueza y el valor cultural de lo africano —trascendiendo el uso común de las religiones de origen africano para posicionarse artísticamente, enfocándose en la africanidad como forma de ser, entender y existir en el mundo. Esto puede apreciarse en la instrumentación de sus canciones, las armonías vocales, así como en la forma de vestir y de llevar el cabello.

Veo a OKAN en una posición de liderazgo para una nueva generación de artistas diaspóricos cubanos en Canadá que ha encontrado algunos espacios abiertos desde donde reclamar su derecho económico de vivir fundamentalmente de su arte. Esta generación, con la ayuda de aliados como Tracy Jenkins, Marilyn Gilbert, Michael Owen, Derek Andrews, Mark Marczyk, entre otros, entiende mejor el sistema de subvenciones que sostiene la esfera artística en la nación canadiense. Las oportunidades que ha tenido OKAN de grabar dos discos, girar por Norteamérica y poder participar en los showcases de algunas de las conferencias más codiciadas en la región, se deben en gran parte al financiamiento de los consejos de las artes canadienses.

Magdelys y Elizabeth cuando formaban parte de Battle of Santiago. Foto: Lucile Chabot

Magdelys y Elizabeth cuando formaban parte de Battle of Santiago. Foto: Lucile Chabot.

OKAN y la diáspora cubana en Toronto

Para triunfar hoy en la industria musical, hay que tener más que talento, acceso a tecnología o capital financiero. El factor decisivo, sobre todo para el artista independiente, es la capacidad de contar una historia. No cualquier historia, claro. Una historia sólida, que enganche, pero que a la vez deje espacios desde los cuales se puedan seguir construyendo sub-historias y, por supuesto, lograr que la gente se vea reflejada. Aquí Magdelys y Elizabeth han sobresalido valiéndose de un recurso sencillo y eficiente: su honestidad para contar su historia, que es la de muchos emigrantes, mujeres, gays, afrocubanos, en Toronto y en toda Norteamérica. Una historia que es accesible musicalmente a un público de todas las edades, que no conoce necesariamente sobre música afrocubana, pero que siente curiosidad y afinidad por la historia de esta pareja de jóvenes feministas que han desnudado su alma hasta en inviernos de -20 grados. OKAN ha servido de puente cultural a ese público, llevando a muchos de sus fans a un lugar donde nunca antes habían estado. En Toronto no solo lo han logrado a base de conciertos y grabaciones. También han realizado un trabajo comunitario y educativo importante, enseñando a muchos niños y niñas —y a otros no tan jóvenes— a explorar y apreciar los recovecos de la percusión afrocubana, el violín clásico y a identificar las oportunidades y los retos del sector.

El teórico estadounidense Adam Krims, en su análisis de la música en los espacios urbanos, escribió sobre el poder de la música en cuanto agente socializador; su capacidad para organizar a nivel social, su rol fundamental como canal a través del cual las relaciones sociales se forman y reproducen. El fenómeno OKAN tiene un impacto que va mucho más allá de lo artístico. También es importante para una comunidad donde la música ha sido el elemento identitario más representativo. Me refiero a la diáspora cubana en Toronto donde la música nos ha funcionado como eje cultural y agente aglutinador, y donde confluyen otras esferas como la religión, la comida, el doble sentido como forma de comunicarnos, el humor como recurso para enfrentar situaciones adversas, el baile y el espíritu emprendedor, empresarial y cosmopolita de los cubanos y cubanas que nos hemos asentado en esta metrópolis.

Con su habilidad para comunicar la complejidad de los procesos diaspóricos contemporáneos a través de sus canciones, su proyección escénica y su imagen, Magdelys y Elizabeth se han convertido también en líderes sociales. Han luchado su espacio en un mundo donde las mujeres, inmigrantes, afrocubanas, gays, lo tienen más difícil. Creo que ese esfuerzo extra que han tenido que hacer para crear su propio espacio las ha motivado a construir un espacio social mayor, donde cabe toda la diáspora cubana de Toronto.

Los conciertos de OKAN —donde nos relacionamos, hacemos networking y expresamos culturalmente— actúan como centros de empoderamiento para los inmigrantes cubanos. Además, el estilo inclusivo, colaborativo y multicultural del dúo, donde frecuentemente colaboran músicos no cubanos, ha jugado un papel importante en el desarrollo de espacios sociales donde la diáspora cubana interactúa con otras diásporas como la africana, la latinoamericana y la de Europa del Este. Ellas no se han dejado encasillar en categorías como “música cubana” o “latin jazz.” Esa libertad permite a Magdelys y Elizabeth moverse en múltiples espacios, y con ellas nos movemos sus seguidores.

OKAN con Jeremy Ledbetter y Roberto Riverón en DROM Taberna, Toronto. Foto: Ksenija Hotic.

OKAN con Jeremy Ledbetter y Roberto Riverón en DROM Taberna, Toronto. Foto: Ksenija Hotic.

Más allá de espirales, laberintos y sombras

Desde hace tiempo se viene diciendo que la fortaleza de la industria musical canadiense está en la diversidad cultural del país, y Toronto es el corazón de ese fenómeno. OKAN, tres años, dos discos y un EP después de su nacimiento, está representando a la diáspora cubana en ese espacio que cada vez gana más fuerza y que se ha ido consolidando como el “sonido global de Canadá”.

Recientemente, CBC Music puso a Espiral en el lugar nueve del top 20 de álbumes canadienses del 2020, compartiendo reconocimiento con artistas de la talla de William Prince, U.S. Girls, Caribou, The Weeknd y Lido Pimienta. Magdelys y Elizabeth colaboraron en el anticipado nuevo fonograma de Bomba Estéreo y en el álbum Miss Colombia (ANTI- , 2020) de Lido, donde en el popular tema Nada, las cubanas grabaron las voces para el coro que acompaña a ese himno feminista. OKAN ha trabajado además con otros músicos importantes como la pianista brasileña Bianca Gismonti. Estas colaboraciones son señal del reconocimiento que están teniendo dentro de la comunidad artística de vanguardia en América Latina. Creo que el naciente viaje de Elizabeth y Magdelys nos está indicando una dirección fascinante para el futuro de la diáspora de la música cubana.

Freddy Monasterio

Freddy Monasterio

Organizador de fiestas, conciertos y festivales, curador musical, DJ, investigador. Vive en Toronto y sueña con La Habana. Actualmente investiga la historia de la música cubana en Canadá.

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    Laura Segura

    06.01.2021

    Totalmente de acuerdo con lo expresado por el autor. Excelente artículo.


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