Manuel Galbán junto a Los Zafiros. Foto: Archivo Manuel Galbán

Manuel Galbán: “Nacieron para cantar”

por
AM

Los Zafiros se habían quedado sin guitarrista y andaban locos por toda La Habana buscando a uno para poder seguir con el cuarteto. Habían trabajado con Oscar Aguirre, hasta que tuvieron no sé qué contradicciones y él pensó que lo mejor era seguir su camino. Probaron a varios guitarristas y pianistas, pero ninguno cuajó por una cosa o la otra. Un día Reynaldo Hierrezuelo, el de Los Compadres, que me conocía de hacer cifarras por ahí les dijo: “No busquen más que el hombre que ustedes necesitan está en el Kasbach”, y me consta que fueron varias veces a buscarme al club, pero no me encontraron. Al otro día me daban el recado, pero nunca hice por localizarlos. Tenía bastante trabajo y muy poco tiempo.

Yo había llegado a La Habana en 1957 y me había abierto camino con bastante suerte. Nací en Gibara, imagínate, qué iba a hacer allá en la música. Aquí comencé a tocar piano en el Panamerican y en el Club Seis, también en el Hotel Regis, de la calle Prado: dondequiera. Llegué a tener tres programas de radio, uno con Evelio Rodríguez, a las 11 y media, de música campesina; con el cantante de boleros Lino Borges a las cinco de la tarde y otro con el grupo Alejandro y sus Muchachos, a las ocho de la noche y que empezaba con una frase “¡Icui cuí cui!” y la cosa sonaba muy bien. Por la noche, trabajaba en el Club Oasis y casi siempre terminaba en el Kasbash, que quedaba en H y 19. Muchos músicos me iban a buscar allí de vez en cuando “si Fulano iba a grabar un montunito, si hacía falta para una grabación con Mengano, un jingle…”, así trabajé con quien menos te imaginas. Me buscaban a mí, vaya, tengo ese privilegio ¿no? ese orgullo, por decirlo así. Porque he tenido siempre buen oído, honestamente, tal vez no he tenido otra cosa, pero buen oído, sí. Porque yo estudié un poco… algo. Pero yo soy más bien autodidacta.

Por fin Los Zafiros dieron conmigo una noche en El Escondite de Hernando, que era un night club pequeño con mucho swing en El Vedado, donde yo hacía instrumentales con la guitarra eléctrica y acompañaba a quien fuera. Los llevó Rolando Vergara, el compositor de He venido y La nada nada inspira. Quedamos en vernos en mi casa, al día siguiente o al otro, no me acuerdo, en la calle Campanario 79, en la azotea. Fue en marzo del año 63. En cuanto empezamos a repasar en el piano dos o tres números —La caminadora, Bellecita, que eran bastante populares y yo me sabía—  enseguida les vi caras de alegría. El Chino empezó a gritar “¡ahora sí, ahora sí!” y Miguelito me dijo: “Mire Galbán, a partir de ahora viene a trabajar con nosotros, usted es lo que estábamos buscando. Va a ser el director”.[1]

Nos fuimos a trabajar a Camagüey donde nos fue mal, muy mal. Sin embargo, cuando volvimos a La Habana con el mismo repertorio debutamos en el cabaret Caribe del Habana Libre con tremendo éxito. Entonces nos contrataron en el Club Costa Sur de Cienfuegos y empezamos a recorrer casi todo el país. Ahí empezó la locura. Era imposible cumplir con todos los compromisos, sobre todo en los carnavales. Nos pedían en toda Cuba.

Ensayábamos en mi casa de Campanario, a partir del año 65 en Miramar y después aquí en esta misma casa donde vivo, en El Vedado. Montamos calipsos, boleros, canciones rítmicas, rumbas, mozambiques, congas. Yo aceleré el ritmo del calipso, que es un poco lánguido, para que además de cantarlo ellos crearan sus coreografías, porque bailaban muy bien. Es como un subgénero de calipso lo que yo hice, para interpretarlo a la manera cubana, un “medio tiempo” pariente de la guaracha.

Los compositores me traían sus números para que los armonizara y montara las voces con la ayuda de Kike. Tú sabes el repertorio de nosotros: nada que ver con el de los demás cuartetos, que eran buenísimos como el de Meme, como el de Aida, el Del Rey… pero nadie se parecía a ellos. Eso de que copiaban a Los Platters es una tontería. Admirarlos es otra cosa, es natural, y aprovechar lo que está bien hecho es el ABC de la música. Lo menos que pasaba por esas cabezas era imitar a nadie desde que se juntaron en casa del compositor Néstor Milí, autor de El yerbero moderno que cantaba Celia Cruz, y quien les dio un primer repertorio, cubano ciento por ciento. Después fue que cantaron My prayer, Banana Boat y algunas cosas brasileñas. También los ayudó el compositor José Robles Díaz. Eran muy jóvenes, 22, 24, 25 años… el mayor era Miguel, y no llegaba a los 30.

Ninguno de los cuatro tenía conocimientos musicales, pero Kike tenía un oído divino. Él montaba las voces al principio y tenía muy buenas ideas que usé a menudo cuando empecé a hacerlo yo. Milí los ayudó siempre que pudo, les conseguía trabajo y gracias a él —que era amigo de Pedro Vega Francia, administrador de la Panart Nacionalizada—, fue que se pudo grabar el primer disco, que hicimos en nada. Fue un escándalo. Grabé con una guitarra acústica a la que pegué un micrófono en la caja con scotch tape, ni pensar que era una Fender como la gente cree. Llamé a Papito Hernández y Cachaíto López para que tocaran el bajo, y pusimos tumbadora y bongó. Las cuatro voces se grabaron con un solo micrófono. En la radio tú oías ese disco de emisora en emisora. Pegaron todos los números.

Los Zafiros. Foto: Archivo Manuel Galbán
Los Zafiros. Foto: Archivo Manuel Galbán

Los Zafiros gustaban a los niños, a los adultos, a los estudiantes, a los intelectuales, a todo el mundo. Cuando cerraron la mayoría de los clubs y cabarets, actuábamos en carpas, a la intemperie, donde fuera. Los músicos de las orquestas de shows estaban sin trabajo, pero nosotros pudimos seguir. No importa que hiciéramos mil veces una misma frase de la misma canción. La gente adoraba aquellas voces. No he visto mujeres tan enloquecidas como las muchachas que iban a ver a Los Zafiros. Era increíble. Yo les decía: aunque estén enojados, mírense a la cara y sonrían. Millones de veces se lo repetí.

Miguelito es el único que no cantaba solo. Nunca quiso hacerlo, sin embargo, distínguelo en el coro: es la verdadera voz falsete del grupo, tenue, muy afinada, que “redondea” la armonía. El Chino se encargaba de casi todos los temas sentimentales (Herido de sombras, Nuestra última cita, Por no comprenderte, Muchas veces), aunque también cantaba muy bien otras cosas movidas.

Kike era la voz eminentemente rítmica, con una manera de cantar fragmentada, destacando cada sílaba de la letra de la canción, eso que llamábamos “picadito”: Bellecita, Y sabes bien, Cuando yo la conocí, Mírame fijo. Y creo que Ignacio era el verdadero sello del cuarteto, el sello definitivo. Algunos impropiamente lo llaman falsete, y no es así, porque no es una voz impostada, falseada, sino natural, tesitura de tenor ligero o tenorino, que equivale aproximadamente a la voz de una soprano lírica (Coloratura soprano). Oye qué agilidad tiene en las notas agudas (Un nombre de mujer, Canción de Orfeo, Mi oración, Canción a mi Habana, He venido). Es algo que no aparece con frecuencia, por no decirte casi nunca. En los buenos tiempos Ignacio alcanzaba un Re sobreagudo.

Ellos tenían sus cosas malas, no lo voy a negar. A veces se ponían violentos. Yo me fui de Los Zafiros como cuatro veces, una vez con el Trío Los Príncipes y luego en el 70 como guitarrista acompañante de Ela Calvo. Pero entonces empezaban a mandar recaditos con amigos, o venían muy serios a tratar de convencerme y a prometerme que no iba a suceder más. Como unos niños. Creo que regresaba por una cosa paternal que tengo dentro. No podía dejarlos solos porque era el único que podía poner un poco de orden en aquel desbarajuste. Si yo decía “hay que hacer esto”, todo el mundo se callaba. Ellos hacían cosas tremendas a espaldas mías, borracheras y discusiones, pero me respetaban.

Resulta que El Chino era esposo de la hermana de Miguel que, aunque era el más tranquilo, estaba casado con la hermana de Kike. Vivían en una tirantez permanente esos cuñados. En una de las peleas de los cuatro, en Varadero, destruyeron prácticamente una habitación del Hotel Internacional donde nos estábamos presentando. Hay quien habla de mariguana, pero yo te digo a ti, a estas alturas que no tengo nada que esconder, que es mentira, rotundamente. Nunca, ni en los peores tiempos los vi fumando yerba. Creo que son inventos de algunos para echar leña al fuego, porque tenían fama de terribles y se comportaban como adolescentes, como muchachos que no sabían madurar.

Sin almorzar, sin comer, sin dormir, en cuanto abrían las cervecerías estaban allí ayudando a levantar el portón para comenzar a beber de nuevo. No hay hígado que resista esa carrera. Nadie soporta eso, ningún organismo. Se estaban matando y yo no podía hacer nada. Una noche Kike y El Chino tuvieron una pelea fuerte, se dieron muchos golpes, casi se matan y alguien del hotel fue a mi habitación a avisarme, alarmadísimo, a la mañana siguiente. Cuando fui a buscarlos para reprenderles, los veo frente a una botella de bebida, vocalizando. Me dijeron, muertos de risa: “¿Qué pasa Galby, viste lo que estamos ensayando para esta noche?”¿Qué podía hacer yo?

En 1965 viajamos a París con el Grand Music Hall de Cuba. No he visto un espectáculo como ese. Todas las figuras de primera: Celeste Mendoza, Elena Burke, la Orquesta Aragón, Los Papines, Pello El Afrokán… pero los Los Zafiros fueron los que causaron gran furor allá, con el mayor respeto por mis compañeros. En el camerino del Teatro Olympia —no una vez sino varias— nos propusieron seguir actuando en Europa y los Estados Unidos si nos quedábamos en esa gira. Te puedo decir que ninguno estuvo de acuerdo, y yo ni siquiera lo consideré. Está muy bien que la película Zafiros, locura azul termine con ese show, porque no hubo un momento más estelar en la historia del grupo.

Ellos sentían que habían llegado al fin del mundo. Decir “París” en La Habana de los años 60 era tremendo, nadie podía llegar tan lejos. Triunfar en Francia era lo máximo. Después uno se fue acostumbrando a ver las cosas de otra manera, más interior quizás, y las capitales del mundo —que yo he recorrido gracias a Dios— ya no parecen, ¿cómo decirte? tan lejanas ni tan grandes. Yo sé que hubieran podido llegar mucho más lejos, esa es una gran lástima, es lo terrible. Los problemas entre ellos eran cada vez peores. Muchas giras al extranjero se cancelaban o mandaban a otros artistas por temor a que Los Zafiros hicieran travesuras por allá.

Grabamos un segundo larga duración y luego el tercero en el 69, por ahí. Por esos años dejaron de llamar a Los Zafiros a la televisión, aunque la gente los pedía mucho. Hacíamos cabarets, teatros y carnavales en el interior. En esa época los jerarcas de Cultura mandaban a los artistas que no querían a Varadero: a Felipe Dulzaides, a Meme Solís, que era también muy popular, pero no lo ponían tampoco en televisión, ni a Martha Strada ni a la propia Celeste [Mendoza]. Hubo periodos de inactividad en los que me iba a tocar con otra gente, pero siempre que Los Zafiros se anunciaban, el éxito estaba asegurado.

El público jamás los abandonó, aunque ya en las voces, cuando trabajábamos en vivo, se sentían los efectos de la mala vida que llevaban. Ya Ignacio no daba aquellos agudos limpios, preciosos como un cristal, muchas veces los demás estaban afónicos y apenas hablaban entre ellos. Sentía que no podía  estar más en medio de aquel torbellino, no descansaba ni siquiera dormido, daba saltos en la cama, era tanta la tensión. El slogan de Los Zafiros era “cuatro voces y una guitarra”. Pero la guitarra no podía más.

En 1972 nos llamaron para el estreno del espectáculo Me caso con una sirena, de Enrique Núñez Rodríguez en el Cabaret Continental de Varadero. Aunque estaban entre los primeros del cartel hubo que montarles un par de números con la orquesta y ya. Yo hacía unos pasajitos breves al fondo del escenario. Me sentí muy triste y que tenía que dejar aquello definitivamente sin tener seguridad de trabajo en ningún lugar, y en tiempos nada buenos para andar errante, porque la cosa estaba fuerte para la música y para todo.

En la primera noche, al terminar el show, les dije: “Tengo que hablar con ustedes”. Pensarían que era un regaño más, de tantos, como casi todos los días. “Esta noche termino con Los Zafiros”, les dije cuando llegaron al camerino, sin introducción ni nada. Kike e Ignacio trataron de convencerme de que no lo hiciera y recuerdo que Miguelito dijo: “Más vale salir caminando por ahí por la playa y ahogarse de una vez”. Entonces El Chino empezó con su guapería: “Déjenlo que se vaya, total, nosotros nacimos solos, nosotros no necesitamos de nadie…”. Y eso fue el puntillazo. Esa misma noche me fui para La Habana.

Foto: Archivo Manuel Galbán
Foto: Archivo Manuel Galbán

Durante un tiempo trabajaron con Enrique Pessino a la guitarra y grabaron con la orquesta del ICRT, pero el resultado fue mediocre, ahí están esos temas donde no encuentras ni la sombra de lo que habían sido. Alguien me comentó: “El Trío Matamoros triunfó con sus guitarritas, nunca hubieran logrado nada con la Sinfónica de Filadelfia”.

Me desconecté completamente de ellos y formé el grupo Batey para hacer música tradicional cubana. Con ese piquete viajamos por medio mundo hasta que me jubilé. En 1998 empecé de nuevo a grabar con el Afro-Cuban All Stars, después con el Buena Vista Social Club y a dos guitarras con Ry Cooder, pero eso es otra historia. O no: yo siempre voy a ser el guitarrista de Los Zafiros, de Los Zafiros de aquella etapa dura, pero brillante, por eso me buscan ahora. En mi disco con Ry Cooder pusimos La luna en tu mirada (Locura azul), de Luis Chanivecky, y me emocioné mucho en el estudio. Cuántas veces habré tocado esos acordes para ellos.

No quería verlos como estaban en los últimos tiempos: Kike y sobre todo El Chino se habían convertido en una ruina y era muy duro ver a Ignacio sin aquella voz… Miguelito se fue de Cuba en el 93. Hubo gente mal intencionada que dijo que yo era el culpable de que se acabaran. No es justo. Si no me hubiera ido de Los Zafiros, hubiera sido el primero en morir. Yo sé que ellos mismos se mataron, pero a mí es al que le duele. Y me duele mucho.[2]

A veces me acuerdo de las cosas simpáticas que compartíamos, de cómo El Chino contaba una película, de los cuentos que hacían, aquella inocencia, sus chistes bobos… No dejaron de ser adolescentes nunca. Tenían buen corazón, yo puedo decirlo porque los conocí profundamente. Los quise mucho y ellos me quisieron también. Nacieron para cantar, pero no supieron vivir.

 

El Vedado, La Habana, 1998-2000

 

Notas

[1] El cuarteto vocal Los Zafiros se formó en 1961 bajo la dirección de Néstor Milí, guitarrista y compositor. Lo integraban: Eduardo Hernández El Chino, Miguel Cancio, Leoncio Morúa Kike e Ignacio Ejalde.

[2] Ignacio falleció en 1982 producto de un derrame cerebral. Poco después, y por la misma causa murió Kike, enfermo de cirrosis hepática hacía unos años. Desde inicio de los 80 El Chino padecía una serie de dolencias graves que le dificultaban el habla y le ocasionaron pérdida de la visión. En 1991 la exhibición del documental Herido de sombra sobre su trayectoria en Los Zafiros, conmovió a la Isla entera al exhibirse una noche en televisión, y la firma Egrem editó apresuradamente un disco de larga duración con doce de sus éxitos. En 1993 Miguelito se fue a vivir a Miami y en 1995 falleció El Chino en el mismo hospital en que Ignacio y Kike dejaron de existir: el Calixto García, en el corazón de La Habana.

Autor de veinte libros de poemas, culpable de intrusismo en varias otras disciplinas: artes plásticas, guiones, periodismo. Obsesión: la frágil memoria de la música cubana.

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