Ilustración: Mayo Bous / Magazine AM:PM.

Los imperios que reinan en Las Vegas

por
PM

Mientras el escenario se ilumina con una luz blanquecina que rebota sobre el telón rojo del fondo, el sonido de las mesas disminuye y una música familiar anuncia que faltan solo unos segundos para que comience el show.

De las sombras emerge una robusta figura femenina, imponente en su vestido azul, cubierta de lentejuelas y provocativamente descubierta sobre los senos. La larga cola avanza tras la cadencia de su paso como las olas de un mar de tul luminoso.

El pelo negro y abundante le cubre una espalda sobre lo ancho, cae en rizos sobre las amplias caderas de la artista, quien deja ver por un instante sus piernas firmes de mujer madura, apoyadas en unos altísimos tacones plateados incrustados con piedras de todos los colores, mientras sube con sensualidad las escaleras del escenario.

Los aplausos eufóricos del público la acompañan durante el ascenso. Ella corresponde con ojos complacidos y una sonrisa soberbia. Sabe que es soberana en su tierra.

Sabe también que cuando sus labios jueguen a cantar y su cuerpo se entregue a las rutinas teatrales del transformismo todos corearán las canciones, que de tanto representarlas en este mismo lugar ya son más suyas que de la mismísima Rocío Jurado: “Cuando supe toda la verdad, señora, ya era tarde para echar atrás, señora, yo era parte de su vida, y él, mi sombra”.

De lunes a domingo, el sitio se llena de personas que llegan hasta Las Vegas, el cabaret gay más icónico de La Habana, buscando un pedazo de este Imperio, que muchos ignoran pero hace ya varios años es el corazón de los espectáculos y el punto de encuentro más conocido de una audiencia sutilmente excluida de otros ambientes nocturnos de la ciudad.  

Hombres cubanos y extranjeros de varias generaciones, con orientaciones sexuales diversas, mujeres trans y curiosos eventuales o habituales, pueblan por mayoría las noches de La Vegas.

Llegan seducidos por lo que anuncia la fachada del lugar, cubierta de carteles con los rostros de estrellas populares como Imperio, el ícono trans de Cuba y Margot, la dueña de la palabra, pero sobre todo por lo que estos rostros representan. El transformismo se ha convertido en el sello distintivo e inequívoco de los espacios seguros para las personas LGBTQ+ (lesbianas, gay, bisexuales, trans y queer) en La Habana.

Quizás esto explica la relación peculiar que existe entre el público y los artistas –interpretados casi siempre por hombres gay que encuentran en esta manifestación artística una manera de expresarse–, marcada por el respeto hacia el papel que juegan los segundos en estos espacios, incluso cuando los temas que incluyen en sus repertorios no siempre son muy conocidos, ni siquiera actuales, entre las generaciones más jóvenes.

Las Vegas, sin embargo, posiblemente constituye el lugar donde la diferencia entre lo que el público prefiere y lo que doblan los transformistas sea menos radical, gracias a la confluencia de varias generaciones y la asistencia de hombres que pasan de los cincuenta años.  

De hecho, la selección musical de cada artista varía en función de diferentes factores entre los que sobresalen su propia edad, la audiencia que los sigue, las condiciones del espacio, las posibilidades que ofrecen los temas para su interpretación y, por supuesto, la caracterización que cada uno hace de la mujer que proyecta en escena, aun cuando se pudiera afirmar que existe un estilo de transformismo capitalino.

Mientras que Imperio se mueve con elegancia entre el Volver de Dulce y las canciones de Juan Gabriel, y Chantal se entrega a la intensidad conmovedora de La Tormenta o La mala costumbre en la voz de la española Pastora Soler, otros artistas como Angela Nefer traen a escena íconos más recientes como la boricua Kany García con su tema Alguien o norteamericanos como Tina Turner y Whitney Houston.

Existen figuras que nunca faltan y canciones que se han vuelto tremendamente populares en las noches de Las Vegas: Te regalo mi vida, de la española Malú, No querías lastimarme, de la mexicana Gloria Trevi y temas como Te equivocaste y Los amigos no, de la también mexicana Yuridia, que parecen haber sido escritos para brillar en los labios de los transformistas de todas las edades y estilos.

Cada una de estas interpretaciones despierta reacciones diferentes en el público, que tiene su propia rutina para agradecer el histrionismo de las dueñas de la noche: la propina, una especie de performance en sí mismo en el que los admiradores suben al escenario, besan a la diva de su preferencia y deslizan un billete en el escote del vestido, tantas veces como su entusiasmo –o los deseos de mostrarse frente a las luces– les mande. Los elogios tampoco faltan y en los momentos de más intensidad es común escuchar desde cada esquina del salón chiflidos de aprobación y gritos de “Dura”, “Reina”, “Diva” y otras variaciones más coloridas y picantes que el contexto favorece.   

Desde que el espectáculo comienza, avanzada la medianoche, la música en Las Vegas se vuelve tan variada como impredecible para quienes no conocen las rutinas del lugar, aunque, luego de un par de visitas, no es demasiado difícil adivinar el esquema de lo que sucederá en el pequeño escenario por el cual desfilarán, durante cerca de hora y media, personajes de los más diversos tipos.

Coreografías de estilo urbano o folklórico, con backgrounds que van desde Beyonce hasta los Van Van, intérpretes en vivo que se desplazan fácilmente entre la potencia latina de Ricky Martin o la pasión de Ivette Cepeda y la actuación siempre dramática de los transformistas, se combinan para ofrecer el que sin duda es uno de los mejores espectáculos de su tipo en la ciudad.

Cuando el show termina y se apagan las luces, a veces entre los gritos de “¡Otra canción!”, el lugar se transfigura una vez más. Se expande por Las Vegas un imperio diferente, que ha estado latente desde el principio de la noche, escondido en las miradas que se cruzan de una mesa a otra, o en el rozamiento accidental de los cuerpos que se encuentran entre la multitud.

Este imperio es fogoso, indomable, casi animal. Extenderá sus dominios hasta las horas más profundas de la madrugada, cuando el DJ apague su consola, de donde salieron repetitivos y predecibles los temas más populares del momento, tan diferentes a la emoción desgarradora que las manos y los labios de la mujer amplia del vestido azul y ojos chispeantes sembrara en los corazones de su público cuando emergió de las sombras por primera vez.

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