Ilustración: Román Alsina
Ilustración: Román Alsina

Literatura feat. Música: Victrola

3 minutos / Angel Santiesteban Prats

10.07.2020 / Artículos

Desde que llegó a la galera se puso a alardear de que se sabía muchas canciones. Que su voz recordara a la de Julio Iglesias fue su desgracia, nunca más lo han dejado callar.

Fue la salvación de los presos para combatir el aburrimiento, las tantas horas de ocio, la desesperación por algo que puede cambiar sus vidas y detenga el flujo de ideas incontenibles, siempre las mismas imágenes, la mujer deseada yendo a encontrarse con otro, la añoranza de caminar sin apuro por un calle cualquiera, compartir con los amigos; y de pronto, este hombre que llega y al cantar les revive la nostalgia, les recuerda lugares, palabras, sienten que regresan al pasado, que al menos unos segundos vuelven a ser libres, y ser libre es olvidarse del presente, de todos esos hombres que miran asustados desde sus camas lo que acontece a su alrededor.

Cuando Chepe, el mandante, pasó por un pasillo y lo escuchó, estuvo un rato detenido, pensando, viendo como los otros le pedían canciones y él los complacía. Alguien dijo que era una victrola y ya nadie supo su nombre; luego, Chepe le pidió que trasladara sus pertenencias para una cama de su pasillo. El cantante se sintió protegido y consideró la acción como un acto de generosidad con su persona y caminó orgulloso por el centro de la galera. El mandante lo esperaba acostado en su litera. Cuando Victrola llegó, Calabaza le enseñó su lugar, quiso tenderle la cama y Chepe le ordenó que lo dejara para después, que primero lo complaciera con varias canciones que quería escuchar. 

En la galera se mantenía el silencio, todos querían oír las melodías para poder escapar mentalmente del encierro. Victrola se sentó sobre su jolongo y preguntó qué canciones les gustaría oír. Chepe dijo que todas le gustaban. Desde ese momento el muchacho no dejó de cantar en varios días, el mandante lo agitaba una y otra vez para que no descansara, no aceptó la justificación de que su garganta se afectaba, ni que tuviera sueño: todo el tiempo estuvo negándole el silencio. A veces el Chepe se adormilaba y el muchacho se iba apagando e inclinaba su cuerpo para dormir, pero el mandante se había acostumbrado a él y cuando no lo escuchaba volvía a despertarse y se molestaba, le gritaba vago, se mordía los labios para golpearlo. Nuevamente Victrola alzaba la voz, hasta donde podía, y Chepe retomaba el sueño; ahora el otro temía callar y volver a ser golpeado, su voz ya no recordaba a nadie y perturbaba el sueño de los demás, a varios presos les hubiese gustado quejarse, pero nadie tenía el valor de contradecir al mandante. 

Por la claraboya comenzaron a entrar los primeros indicios del amanecer. Calabaza se puso la almohada sobre la cabeza para aislarse del ruido, era apenas el sonido de una bisagra oxidada. Chepe tampoco pudo soportarlo y comenzó a golpearlo con los pies, se quejaba de que lo había engañado: no era Julio Iglesias y tampoco una victrola. 

 

Relato del libro Dichosos los que lloran, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2006. Premio de cuento Casa de las Américas 2006. 
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Angel Santiesteban Prats

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