Daniel Muñoz, El Dany. Foto: Tomada de las redes sociales del artista.
Daniel Muñoz, El Dany. Foto: Tomada de las redes sociales del artista.

La partida de “El más duro”

9 minutos / Raúl Medina Orama

20.07.2020 / Artículos


Si el barrio nunca pidió permiso para coronar a sus ídolos, en el homenaje póstumo no sería distinto. Los cuerpos se pegan en una vigilia al pie de un aro de básquet, en una esquina pobre de Cayo Hueso, al ritmo de reguetón y trap criollo. Lloran y cantan. Todo lo filman con celulares.

El sábado 18 de julio, en una Habana sitiada por el coronavirus y la lluvia, miles de personas salieron espontáneamente a rendir tributo al último de sus héroes caídos. Al último y al mejor, dicen los que lo conocieron.

Daniel Muñoz Borrego, el centro del dolor esta noche, había sido sepultado pocas horas antes. Murió en la mañana, a los 31 años. En una historia de su Instagram se leyó durante el día una apacible despedida: “…en un punto todos nos volveremos a encontrar y caminaremos por un mismo sendero”.

Alcanzó el éxito muy joven, pero no llegó rápido. Antes de la estela brillante que comenzó a labrar con su despegue a los 26 años, hubo momentos en que Daniel Muñoz —quien luego sería conocido como El Dany, El más duro, el Sensei del reguetón cubano— debió cantar por casi nada en shows ajenos.

Su historia se asemeja a la de otros músicos icónicos de Cuba que auguraban mucho más de lo que hicieron, cuyas carreras se ahogaron en trágicos destinos que cimentaron sus leyendas en el parnaso  popular.

El Dany creció en esa viva colisión de sonoridades que es Cayo Hueso, entre la rumba, la timba y el ambiente del barrio. Escribiendo canciones con la mano izquierda y, como haría en la vida, pivoteando en la cancha de baloncesto improvisada. Su madre tocó puertas para desbrozarle el camino, pero pocas se le abrieron: “Él se hizo solo”, dijo.

Daniel Muñoz,nacido el 6 de enero de 1989, empezó la carrera de Medicina y la abandonó para brillar o quemarlo todo en la pista. Como él, un Roberto Hidalgo Puentes —tres años menor— pujaba por su lado para alcanzar fama en la música, algo que ambos lograrían bajo el nombre de Yomil y El Dany.

Antes fueron DpuntoD por tres años, se intercambiaron la misma ropa para subir al stage y atravesaron La Habana con centavos en el bolsillo para el autobús. Vista en retrospectiva, la narrativa del dúo es una historia clásica de ascenso al éxito, pero todos aseguran que es rigurosamente cierta. Muchas de las personas que los acompañaban en su equipo de producción crecieron en el mismo barrio.

Luego de bregar juntos un tiempo como DpuntoD, se les acabó el combustible, hubo diferencias y decidieron separarse. No era su momento, y cada cual se arrimó a otros grupos más consolidados: Los 4 (Yomil) y Jacob Forever (El Dany).

En 2015 volvieron con un nuevo concepto adelantado en Tengo y se dispararon en la avanzada del género, que para entonces se resentía de pugnas internas y estancamiento. En el descontrolado y frenético territorio del reguetón hecho en Cuba y sus derivas, Yomil y El Dany representaron una garantía de profesionalidad y sonido sofisticado. Intentaron experimentar con su música y colocarla en el gusto popular desde la Isla, con la vista puesta en una difusión global.

El Dany, armado de carisma y un flow propio y raro entre los exponentes del género, era—tanto en el trabajo de voces como en la proyección escénica— un balance necesario para su compañero de carretera. Juntos fraguaron una conquista del género a base de un estudiado marketing que aprovechó toda vía alternativa a los medios tradicionales para llegar a los públicos, desde el Paquete Semanal, pasando por las redes sociales hasta la copia de pendrive a pendrive.

Doping en una semana impactó en la escena local, con el sampleo de temas de Drake, Nicky Minaj o Snoop Dogg, y tracks completamente nuevos en un estilo que mezclaba el dembow puertorriqueño y el trap estadounidense. Quizás hayan sido uno de los mejores ejemplos de lo poco que ha necesitado el reguetón a la publicidad estatal para «pegarse”.

La autonomía, que no es bien vista por la oficialidad, en este caso llegaba además con la insolencia del lenguaje callejero, directo, y un sonido agresivo que se expandía sin ayuda de la radio, la televisión o entrevistas en los periódicos tradicionales.

Incluso cuando los nominaron al Cubadisco 2017 con M.U.G. (Merecemos Un Grammy), se hizo alrededor de los reguetoneros un silencio en la prensa que gritaba los prejuicios que cunden sobre el género. A pesar del menosprecio constante, cuando no la barrera explícita, el dúo se mostraba deseoso de una legitimidad ante las entidades estatales que le sobraba entre los públicos.

Pero le sería esquiva, mientras fuera del país impresionaban a figuras internacionales como Enrique Iglesias y Daddy Yankee. El importante productor de la escena latina Sergio George, se declaró  un “fanático” de Yomil y El Dany. Y aquí mismo los elogiaron importantes artistas de la movida de la salsa y la timba como Issac Delgado, José Luis Cortés, Manolito Simonet, Paulo FG, Samuel Formell, Alexander Abreu, Haila  María Mompié. Elito Revé dijo que eran “espectaculares”, y David Calzado aseguró, admirado, que no sabía cuál era el estilo de Yomil y El Dany: “No lo puedo clasificar… Si es rock, si es pop, es reguetón, música urbana. Es de todo”.

En julio del 2017 salieron hacia Europa en su primera gira internacional, que incluyó festivales y clubes de Roma, Napoli, Verona, Austria, Barcelona, Madrid. En agosto del 2017, pusieron una pica en la ciudad que se había convertido en el Flandes del reguetón cubano: Miami los recibió en el Watsco Center, entre el escándalo por los altos precios y la fascinación por el empuje del grupo.

Yomil y El Dany continuaron su producción enfebrecida mano a mano con DJ como Italo, Meko y DJ Wongk Beatz. Siete discos en menos de cinco años los mantuvieron surfeando en la ola del reguetón y el trap con su variante de traptón. Sus temas, además del ritmo con un bajo muy acentuado, tienen mayor trabajo melódico que la mayoría de sus compañeros de batallas. Progresivamente fueron incorporando más sintetizadores y arrimándose al rap.

Por el camino llegó el desenfreno y el lujo, y lo que es peor a los ojos de los poderes en la Isla: la exhibición de esa riqueza. El Dany, que amaba la moda, compró compulsivamente zapatos. Alardeó en videos de joyas y dinero —“Sacrificio más sacrificio, es igual a beneficio”, cantan. A fin de cuentas, eran unos muchachos de Cayo Hueso con mucho entre manos y nadie se lo regaló.

En sus canciones muestran códigos que conectan con la juventud de los barrios cubanos, pero además son transversales a otros sectores de la sociedad. Gústele a quien le guste, y pésele a quien le pese, el reguetón es el sonido más influyente en lo que va de siglo XXI y El Dany, junto con Yomil, alcanzó un cenit que habría que ver si Roberto Hidalgo y otros exponentes pueden sostener en lo adelante.

Lograron, de manera independiente, posicionarse en el Top Latin Album Chart de Billboard. Actuaron en vitrinas internacionales como los Premios Juventud 2018 y crearon su sello propio, Trapton Music, para impulsar nuevos talentos. Todo eso con una complicada historia de conciertos suspendidos a última hora en Cuba, videoclips nominados a los Premios Lucas pero obviados en la programación, y una ausencia general de los medios estatales, que en el caso de la televisión comenzó a cambiar gradualmente en el 2019, luego de años con el gusto popular en un bolsillo.

Ahora no está más un lado de esa mancuerna que bombeó oxígeno a lo que comúnmente se llama música urbana. La muerte de El Dany en plena ebullición creativa, a punto de estrenar el disco Los Champions—sin precedentes por el número de exponentes que involucraba (unos 30) —, ha tenido una repercusión masiva. Aun en su partida, cargó con el desdén de un sector de la población que continúa mirando por encima del hombro a los artistas populares, amparado en un elitismo que a estas alturas es poco menos que inmadurez cultural.

La discriminación contra esa música, una discriminación con raíces clasistas e incluso racistas, se expresa institucionalmente en censura y “blanqueamiento” del género, seleccionando a los pocos que les permiten acceder a los medios, mientras los repartos hablan su propio idioma.

No debe asombrar la consternación producida por un hecho como la muerte de El Dany —oficialmente “como consecuencia de un evento cardiovascular agudo”—, en una franja amplia de un pueblo que hace mucho no sigue otra narrativa con mayor deleite que la de los reguetoneros y su glamour. No se le puede pedir a los cubanos, cansados de esperar el paraíso, que no admiren a quienes aseguran haber llegado por sus propios medios.

La prensa estatal, antes esquiva, con la muerte de El Dany le ha dado la vida en sus espacios que el artista no necesitaba. También recibió el reconocimiento tardío de una institucionalidad que lo despreció y defiende un Decreto-Ley 349 que apunta contra los reguetoneros y otros creadores independientes, tradicionales subversivos de lo que la cultura oficial entiende como “buenas costumbres”.

El sábado 18 de julio, nadie autorizó al barrio de Cayo Hueso a homenajear al Sensei que escapó de sí. Ellos saben dónde buscar a sus ídolos. “Nosotros lo hacemos así, sin pedir permiso…”.

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Raúl Medina Orama

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    fernan2

    21.07.2020

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