La guapería según Zenet

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Reseñas

No es que no nos hubieran advertido. Fue una tarde en Barcelona que el poeta Alexis Díaz-Pimienta nos dijo, como si nada: “me han enrolado en un disco de Toni Zenet. Un disco de boleros y canciones”. Vaya, qué bien. “Ha juntado a un montón de músicos cubanos…”. Enhorabuena, Alexis, pásanos eso en cuanto puedas, dale. Y pasó un año, por lo menos, hasta llegó La guapería

Desde Los mares de China lo veníamos siguiendo, en YouTube, en videítos de Facebook, lo que iba saliendo aquí o allá. Le habíamos “puesto cara” —como gustan decir en la península— una vez que apareció inesperadamente hace unos diez años en medio de la desbordada avanzadilla de tanto pop más o menos insulso, tanto calco habitual prefabricado y tanto programa de televisión de aficionados que emula con canciones manoseadas de famosos… en inglés, en el caso de España. 

Zenet trajo aquel primer disco tremendamente bien pensado, agudo, esperanzador, bien cantado y tocado en 2008. Premiado como “artista revelación” fue una anunciación, de verdad esa voz suya escamada, a veces ríspida; la expresión acanallada capaz de acarrear, sin embargo, ternura. Llegaron luego dos o tres de discos más, siempre con letras de un tal Javier Laguna. ¿Quién es este Javier Laguna, autor de esos textos tan buenos, (Estela, Las causas perdidas, Soñar contigo, Amaneció sin querer, Mil veces prefiero…) hechos a imagen y semejanza de este debutante madurillo que venía de regreso de no se sabe bien de qué? Gran cantante no es, pero sabe decir sus cosas. Con eso guapea, como se dice en Cuba. 

Qué gracioso, dijimos, cuando Zenet apareció hace unos años con Toda una vida, de Farrés, que fatigaron tenores, barítonos y mezzos en los años 40 y que vistieron de ropa de andar cancioneros, cancioneras, boleristas, cantantes guapachosos y rumberos en los 50 y 60, claro, del siglo pasado hasta el día de hoy. En España la popularizó Machín, como tanto repertorio cubano. Y qué gracioso nos pareció Zenet hace unos años en Tú no, yo sí, de Matamoros, con Alain Pérez en la segunda voz… Un poco “amarrao”, eso sí, terminando en punta los finales de frase del bolero-son, esquivando ese rendondeo final en los coros que tienen las dos o tres versiones antañonas, matamorinas, con su tempo echado “para atrás”, pero bueno. Era “una gracia”.

Un buen día, no hace mucho, llegó La guapería. Vaya responsable repertorio —dijimos, al enfocar la contratapa del CD—, vaya que es guapo Zenet. No en la acepción de la palabra andaluza por bonito y buen mozo —hace mucho tiempo extendida por tierras españolas y por ósmosis y trasunto, ya por aquí—, sino por animoso, corajudo y esforzado en la pelea; valiente en lucha con el adversario o enemigo*, acepción cubana que se toma también por bravucón o perdonavidas. Vamos a ver qué trae el hombrín. 

Y así habló Pimienta en rima, nada más al colocar el disco ante un tímido guaguancó: “Guapería universal/ tejida por las canciones, / líricas evocaciones,/ sortilegio musical”. Tras ese pórtico tan prometedor (y tan cercano a su protagonista), comenzaba un Estás equivocada de estigma cabaretero, de ventisca profusión, en el cual, la letra esgrimista se convertía en reproche por lo bajo en la mesa a la hora del desayuno, aun cuando termine en un tutti de jazzband. Echamos de menos al Rolando Laserie vibrante con Duarte a la batura, y —si nos remontamos a nuestro pleitoceno— a René Cabell, aún prendido del beguine, pero harto desafiante (en grabación de CMQ), como la versión de Bobby Capó, por el año 42, con el mambo en ciernes, porque Estás equivocada es uno de esos predestinos que concluyen (y que concluyeron en su día, o sea, ya en los 50) en el híbrido bolero-mambo, sin hablar del gran Miguelito Cuní con Arsenio Rodríguez del año 44, son macho mediante. Así comenzamos a extrañar, a sentir ausencias en esta guapería, porque no siempre (casi nunca) resulta eficaz la extracción de un repertorio de su hábitat para modernizarlo o “ponerlo al día”.  El “plante” del guapo de hace medio siglo no es ya reproducible. Demasiado camino nos separa de antes, dijo Gabriela Mistral. 

Resulta curioso que en Es tan difícil, de José Sabre Marroquín e Ignacio Villa, Zenet dependa casi absolutamente de la grabación que tuvo como referencia —la única que existe, que sepamos— de Bola de Nieve en 1960. Difícil, desde luego, resultará desprenderse de tan singular interpretación, cuasi parlando; arduo hallar otra manera de “decir” estos versos irregulares sobre una melodía que parece a trechos, cuando se muestra de lento vals desmenuzado —de la que Pepe Rivero al piano saca todo el partido posible—, mas no era necesario reproducir lo que Bola había ya hecho hacía casi sesenta años. Imitar lo inimitable rinde poco grano, la verdad. Algo semejante sucede con la versión de Devuélveme mis besos, que es una conocida canción de la mexicana María Grever, grabada por muchos intérpretes, desde Nicolás Urcelay a Olga Guillot, no del maestro Sabre y de Bola de Nieve (aunque este la incluyó en su repertorio grabado también en 1960), un lamentable error en los créditos. Si no hubiéramos escuchado a Bola en “esta linda página de la Grever”, como se decía en su época, la interpretación de Zenet nos parecería al menos singular. 

Por otra parte, resultan inexplicables los cambios de letras que el cantante se permite en dos boleros cubanos muy conocidos. El primero es Ansias locas, de Eusebio Delfín, en el cual cambia la línea final de los versos de Rogelio Sopo Barreto, —Eusebio Delfín no escribió ninguna de las letras de sus composiciones— crédito que, además, se omite en el booklet. En lugar de “Cuando bebo mi vino no pregunto si el vaso/ ha saciado la sed de otro buen bebedor”, el intérprete malagueño tuvo la iluminación de sustituir “buen bebedor”, por “mal bebedor”, como para subrayar la bribonada misógina. En No te empeñes más, de Marta Valdés, además de desvirtuar la línea melódica original, (cosa que hace a lo largo del disco en varias ocasiones) Zenet experimentó al parecer el irreflexivo deseo de enmedarle la plana a la compositora, al eliminar el adverbio y añadir un sobrante “por”, también en la línea final de la letra que dice original y correctamente: “Hoy por hoy solamente nos queda decir adiós”. 

Al escuchar La palabra fin, con letra del argentino Chico Novarro y música del español Mike Ribas (no Rivas, como dicen los créditos) volvemos a remitirnos a Rolando Laserie, esta vez en la versión que El guapachoso o El guapo de la canción pusiera en su disco Fania con Johnny Pacheco de 1982, en el cual exclamó su frase identificatoria “¡De película!” que Zenet reproduce, faltaba más. Por el camino hallamos las versiones de Imágenes, de Frank Domínguez —especialmente infeliz— y de Borrasca, de Fabregat y Molina, que hace años y años cantaba Nelson Pinedo con trágico aire tangueado y esta vez resulta poco menos que insípida. Así arribamos a Demasiado, bolero firmado por Gradelio Pérez, José Taboada y el propio Zenet, que fuera novedad —el único track del disco que no es una versión— si no recordara en demasía —por no decir inconcebiblemente— a una canción de Silvio Rodríguez, nada menos, con el mismo nombre por añadidura. La comparación no favorece en ningún punto a la primera. Alguien pudo hacer la caridad de advertirle eso a los autores.

La inclusión de efectos de sonido entre número y número raya en lo que en La Habana llamamos “lo cheo”: hay risas femeninas, rumor de mar, gaviotas, truenos, claxons de autos, conversaciones lejanas y otros ruidos ininteligibles… El poeta Díaz-Pimienta cierra con tres décimas más a modo de serpentinas de carnaval sobre un disco con muy buenos músicos, con lindo sonido, con escasas razones para enorgullecerse y no pocos descuidos. Al final extrañamos al Zenet que no intentaba guapear a la cubana. ¿Pa’qué?

   

* Rodríguez Herrera, Esteban: Léxico Mayor de Cuba. Editorial Lex, La Habana, 1961. Tomo II, p. 61. 

Autor de veinte libros de poemas, culpable de intrusismo en varias otras disciplinas: artes plásticas, guiones, periodismo. Obsesión: la frágil memoria de la música cubana.

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