Ilusración: Mayo Bous y Jennifer Ancizar

Instrucciones para educar a unx melómanx

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Mi hijo hace poco dijo su primera palabra. Es el momento que esperas y que al menos yo, tratando de ser científica y madre a la vez, venía batallando por no confundir con cualquier vocablo desde que empezaron las dadas, tatas, mmm, Rs altas y claras como trenes e incluso algún que otro sonido de puerta unida a bisagra mal atornillada. Esperaba la asociación de la palabra con el objeto, el contacto visual y, por supuesto, en el fondo, también esperaba que ese “objeto” fuera“mamá”. Sin embargo y con dos mamis en su haber, la primera palabra de mi hijo fue “disco” y ocurrió escuchando música.

Entre su mamá y la música quizás mi niño no sabría responder quién ha estado primero. Yo sé que he sido mediadora de la relación entre ambos, he sido mamá como instrumento que ayuda a seleccionar los álbumes de su preferencia, a colocarlos en el tocadiscos, a seguir (ar)rítmicamente las canciones con las manos y el cuerpo. Poco antes de nacer, mi suegra había aprendido una canción en el ukelele de una banda hawaiana llamada Mana´o  Company y estaba muy entusiasmada practicando los acordes. Yo también la aprendí y un día descubrimos que cuando tocábamos la canción, mi niño pateaba aún dentro del vientre. La canción se volvió el exitazo de la familia y todo el mundo terminó aprendiéndola, sobre todo porque la canción hablaba sobre descender, uno de los pasos biológicamente necesarios dentro del útero para el nacimiento. La canción se llama Drop, baby drop y no va de bebés ni de realmente bajar a ninguna parte, pero a Paulo le parecía la canción intrauterina más divertida del mundo.

La música pasó a ser el elemento que propiciaba la relajación ante mi rol como madre primeriza y que fue, además, un ejercicio consciente de adición a esa etapa de espera mientras Paulo iba creciendo dentro del vientre de mi esposa. Mientras íbamos avanzando en las (re)lecturas de las etapas del desarrollo fetal, llegamos a aquella donde de forma seductora, nos decían que ya el niño podía además de reconocer la voz de mi esposa, reconocer otros sonidos provenientes del exterior del útero. Muchísimas más canciones vinieron luego de ese descubrimiento, cantadas, con audífonos sobre la barriga, con ukelele y sin él, muchos, muchos cuentos leídos con rimas y alguna que otra improvisación.

Tocar música para mi hijo o decidir cuál banda, artista o álbum iba a acompañarnos a ambos, devino también en un ejercicio introspectivo muy especial para mí. Un ejercicio que buscaba en mis memorias qué momentos musicales había compartido con mi familia siendo pequeña, qué canciones mi mamá tarareaba para mí o mis sobrinos, cuáles entre esas era yo aún capaz de recordar sin necesidad de escucharla de nuevo, cuáles amaba de verdad. Un ejercicio que además me cuestionaba como hija y que me movía como madre a seleccionar bien, a observar las reacciones de mi niño, entendiendo que era él una personita independiente a mí y que sus reacciones a mis gustos musicales podrían no ser las mismas. Así fue como descubrimos que la Chacarera de los gatos de María Elena Walsh era la canción perfecta para llamar su atención al despertar en las mañanas, y la del espantapájaros la ideal para comenzar a crear el ambiente relajado que le ayudaba a dormir.

Los meses fueron pasando y nuevas voces fueron incorporándose en el camino. La música cobró también mucha fuerza como forma de comunicación entre nosotros. Muchas canciones se volvieron la señal para cambiar entre una actividad y otra, y dejarle saber que íbamos a comenzar una transición, para motivarlo a jugar o prestar atención y para acompañar determinadas rutinas de nuestra vida, incluso exploramos conciertos en vivo al aire libre que, en la medida de lo posible, intentamos hacer parte de nuestra cotidianidad. Pero la verdadera revolución vino a sus seis meses de vida con la llegada de una pequeña maleta a la decoración de la casa: el tocadiscos. Recuerdo que lo primero que reprodujimos fue una banda sonora de Broadway: Un violinista en el tejado. Tras escuchar Tradition su atención quedó completamente atrapada. Se acercó gateando a la mesa, lo alcé del suelo y comenzó a observar el disco. En ese momento supe que había nacido un lazo cuando menos interesante entre mi hijo y la música de una manera en la que ya solo me quedaba disfrutar. A partir de aquel día Paulo se hizo partícipe desde el minuto cero de cada sonoridad compartida en ese tocadiscos.

Para mí también cada vinilo era un descubrimiento, un viaje que decidí emprender junto con él. El comienzo siempre igual: “¿Pauli, quieres poner el tocadiscos?”. Esperar la aprobación que sigo asumiendo en su sonrisa y pedirle que me ayude. Que me ayude no es más que la forma en que él observa el proceso mediante el cual el disco de vinilo se convierte, tras unos instantes de espera, en música. Ese momento, que toma unos minutos y que yo alargo y saboreo con él en mis brazos, es un juego preliminar hermoso. Yo le explico la secuencia de lo que vamos a hacer y nombro cada parte: “Ahora vamos a coger el disco y asegurarnos de que ponemos la cara que nos gusta. Lo ponemos aquí. Encendemos el tocadiscos, movemos el brazo, bajamos la palanca y…”. Mis palabras finales siempre son las mismas mientras nos miramos: “¿Estás listo?”. Siento que con eso lo preparo para algo sin precedentes y que nunca, nunca sabremos qué canciones van a dejarse escuchar. Y de alguna forma quiero creer que esta espera puede ser la base de la paciencia como virtud, él espera, espera tranquilo viendo el disco girar, sabe que en instantes va a sonar algo grande y cuando la primera nota nos alcanza, siempre me devuelve una sonrisa.

No hay espacio relacionado con la música en el que Paulo no me haya ayudado, pues él también ha sido parte indiscutible en la creación de nuestra biblioteca de discos. Los que he comprado vienen acompañados del deseo de reproducirlos por primera vez a su lado. Mis ojos recorren siempre las cartulinas esperando encontrar poemas o canciones infantiles. ¡Y he tenido suerte! Poemas, canciones, himnos, cuentos que ya ni recordaba o que tenía dudas sobre cuál era el final son hoy parte de esa esquina de la sala donde se encuentra concentrada nuestra música.

Ciertamente el tocadiscos ha tenido mucha importancia en la vida diaria de mi pequeño: cuando ha estado molesto, pongo un disco, cuando siento deseos de bailar con él, pongo un disco—lo cargo y lo hacemos juntos—, cuando hemos querido provocarle una risa inmediata, ponemos un disco. Siento que como es una forma muy interactiva de relacionarse con la música, para él significa ver la música hacerse, surgir algo de donde segundos antes no había nada. El tocadiscos se enciende, el disco gira, la aguja baja, él espera, la música arranca. Es un proceso que no funciona por sí solo, que nos requiere a los dos juntos para crear algo nuevo. Y tenemos que disfrutarlo todo, no podemos fácilmente saltar las canciones e ir directo a las que más le gustan a mamá o a él y, en esa espera, la llegada de la canción preferida cobra una dimensión aún más espectacular. Son valores que quiero que le queden, quiero que no deje de sorprenderse, que su criterio apreciativo de la vida no se limite a sentarse y observar; quiero que sea parte, que transite por el mundo alejado de la pasividad. Ojalá Los Van Van y sus crónicas en vinilo me ayuden con eso.

Sobre todo esto fantaseo cuando lo miro y, mientras lo hago, él cumple un año de vida. Son las 10:30 de la noche y una de mis mejores amigas acaba de regalarme el patrimonio musical de su familia en discos de acetato. Pablo Milanés canta “Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas” y mi esposa carga a nuestro niño frente al álbum que gira y le pregunta: “¿Pauli, te gusta el disco?”. Mi niño la mira. Mi niño, que nunca ha dicho nada, la mira y habla.

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