Ilustración: Mayo Bous y Jennifer Ancizar
Ilustración: Mayo Bous y Jennifer Ancizar

Descarga: Gema Corredera

4 minutos / Gema Corredera

22.05.2020 / Artículos

“¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?”.

Alejandra Pizarnik

 

Es un miedo terrible el que me inunda, desde niña, cuando tengo que cantar en público. Miedo porque ahí afuera todos te observan; los zapatos, las manos, lo que dices. De algún modo te juzgan. Hace falta un par de ovarios bien hechos para desnudar el alma en un escenario, da igual dónde y cómo sea. Y puede parecer una contradicción, pero ese mismo terror escénico me transforma, momentos antes de salir a escena, en una leona que va de un lado a otro detrás de las rejas que la guardan. No puedo parar de moverme, con los ojos al menos, girando en el espacio, quedándome fija en una pared o el suelo. Me trago con la mirada a los que están a mi lado en el camerino o al costado de la escena. Agonizo azorada, ciega, hambrienta, con ganas de destrozarlo todo de un zarpazo y escapar. Llegado el momento salgo como en estampida, rujo mientras oigo cómo suenan mis pasos, de prisa hacia la luz de la gente que me espera. Les temo, no puedo dejar de mirarles. Al mínimo descuido pueden dejarme ahí tirada, sola, con todo lo que traigo atarugado en la garganta y debo liberar para seguir viva. Y es que la gente que me escucha es como un domador que me domina y me amansa.

Recuerdo la primera vez que esa leona entró en mí, cuando yo era adolescente. Fue una noche en un festival de coros en Santiago de Cuba. Yo formaba parte del Coro de la ENA y el ISA y me habían asignado un “solo” en el arreglo coral de El día que me quieras. Recuerdo que había mucho frío en el escenario. Comenzamos a cantar: “Acaricia mi ensueño el suave murmullo de tu suspirar…”; todos vestidos de blanco, mangas cortas, mi cuerpo entre dolor y entumecimiento. “… Y si es mío el amparo de tu risa leve que es como un cantar…”; la canción continuaba y yo sentía cómo crecía algo inexplicable, como un cosquilleo de otro mundo, una cosa rompiéndome la carne, un puñal en el pecho. Yo con ese miedo, a punto de morir, como en una película. “…Todo, todo se olvi-i-da…”. A la orden de la directora di un paso adelante para mi “solo” y ahí vino el “desmayo”. Me fui del aire, abandoné mi cuerpo. Viví una vida entera entre aquellas notas, floté en un universo lleno de lámparas encendidas y brisa marina en el verano. Era como correr libre y saltar y dormir con el olor de las flores y las noches con estrellas. Disfruté más de cien primaveras seguidas, una tras otra por todas las regiones del planeta. Terminó la pieza. Súbitamente regresé del viaje y sentí el frío cortante de aquel escenario en Santiago de Cuba. Segundos de un silencio sordo que me parecieron siglos. “Ay, Dios mío: ¿qué hice? ¡Acabé con el coro! ¿Canté o no canté?”. Entonces comenzaron uno a uno los aplausos, in crescendo, hasta hacerse dueños del recinto. Respiré aliviada. El concierto continuó y, al terminar, nos fuimos a celebrar y divertirnos con los amigos. La vida pareció seguir como de costumbre. No dije nada a nadie, pero no volví a ser la misma. Tardé años en verbalizar lo que me había pasado aquella noche. Me acostumbré a la fiera aquella entrando en mí como un ciclón cada vez que iba a cantar, para poner a dormir mi conciencia y hacerse cargo de todos mis temores.

En estos días extraños, de recogimiento cuasi monacal, vuelvo a caminar en círculos dentro de mi casa. Me siento con la guitarra, leo, grabo, pienso, escribo. Regresan esas ganas de romperlo todo de un golpe y huir. Lo distinto es que por el momento no saldré al escenario; hay un virus que nos ha encerrado a todos. Lo he entendido ahora que escribo esta nota. De tantas idas y venidas, con los años, la criatura salvaje que me poseyó siendo una jovencita se fue quedando y ya forma parte de todo lo que soy en cuerpo y alma. Aquellos minutos de “desmayo” marcaron mi vida para siempre. Ese instante eterno en el que supe que mi destino era servidumbre y trabajo duro y que el único modo de seguir viviendo era volverme esclava de ese raro ser mitológico que es la música.

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