Portada de la antología
Portada de la antología Fiesta de Tambores / Manos de Seda. Foto: Archivo Egrem.

Fiesta de Tambores / Manos de Seda

16 minutos / María Elena Mendiola

15.07.2020 / Reseñas

El año 1940 fue el momento decisivo para la conga como instrumento: fue el momento en que uno de los más grandes músicos cubanos de todos los tiempos, Arsenio Rodríguez, transformó el septeto de sones en conjunto al añadirle dos trompetas, un piano y una conga o tumbadora. Hasta ese momento, la conga era un instrumento de baja categoría en la música popular cubana y su medio natural era el de la rumba y las comparsas.

No obstante, cuando en 1948 Federico Arístides Soto decide emigrar a La Habana a probar su suerte, todavía le aguardaban años de vida trashumante: de día, vendedor de revistas, limpiabotas, y en las noches, con la conga a cuestas, de Luyanó al Vedado ganando 10 centavos por una presentación en la radio o cuando mucho más, un peso por tocar bailes en academias como la de Marte y Belona. Eran tiempos en los que los congueros no eran considerados músicos.

En la categorización de este instrumento y para que se considerara a sus ejecutantes como músicos de igual nivel a los restantes, influyeron varios factores. Uno de ellos, muy decisivo, fue la modificación que introdujeron en su construcción los hermanos Vergara, a fines de la década del 40. Antes, los cueros se fijaban clavándolos en la estructura de madera hecha a partir de barriles de vino y había que afinarlos con velas cada dos o tres números. Este inconveniente acabó cuando los hermanos introdujeron el sistema de llaves metálicas tanto para las tumbas, como para el bongó. Otro elemento indiscutible fue la legendaria figura de Chano Pozo, quien antes de emigrar a los Estados Unidos ya era estrella del show de Tropicana, fama que luego se acrecentó a partir de su incorporación a la orquesta de Dizzy Gillespie en 1946 y por recomendación de Mario Bauzá. 

Hijo del tresero Joseíto Alejo, Federico Arístides Soto Alejo nació en el municipio de Güines el 30 de junio de 1930. Desde muy pequeño percutía sin cesar en el pupitre de su escuela, y cuando salía con su cajoncito de limpiabotas se desviaba hacia la esquina de Santa Bárbara donde no faltaba nunca el bembé. Curiosamente, comenzó tocando el bongó y luego aprendió el contrabajo con su tío Dionisio Martínez, que lo introdujo tocando este instrumento en su conjunto Ases del Ritmo. Más tarde fundaría su propio conjunto: el Estrellas Nacientes. Antes de abandonar su pueblo natal ya se había familiarizado con el formato del jazz band, en donde existía una agrupación de este tipo: la Swing Casino.
Ya desde que llegó de su pueblo le llamaban Tata Güines. Ese sobrenombre se lo había puesto Estela, la hermana de Arsenio Rodríguez, en cuyo conjunto tocaba antes de su etapa habanera.

Por muchas agrupaciones pasó Tata antes de convertirse en “manos de seda”: Jóvenes del Cayo, Havana, Sport, la orquesta Sensación, la Gloria Matancera y la orquesta de Rafael Ortega en el cabaret Sans Souci. Ocasionalmente incursionaba en otros géneros a partir de sus actuaciones cada vez más frecuentes en la radio, entre otros, acompañó al grupo de Guillermo Portabales actuando junto a Celina González y Ramón Veloz.

Viendo cómo los propios directores de las agrupaciones discriminaban a los congueros al punto de pagarles menos que a los otros músicos, Tata decide convertirse en un virtuoso, escuchar las grabaciones de las jazz band norteamericanas que pasaban por la radio, asimilar el mundo del jazz, su ritmo, sus acentuaciones y buscar la manera de introducir la conga en ese universo. Estaba tratando de poner en práctica en La Habana lo mismo que su inspirador, Chano, había logrado en Nueva York.
De él ha dicho Leo Brouwer: “Hay un elemento que no hemos valorado suficientemente: él, con las uñas, yemas, dedos y manos, construye una orquesta de timbres que sobrepasa el papel esquemático de la percusión y el ritmo…”. 

Ya la década de los ’50 marca una etapa superior en su carrera. En 1952 integra la orquesta de Fajardo y sus Estrellas. En 1955 viaja a Venezuela, México, y en 1956 llega a Nueva York. Decide probar fortuna y se instala en la Gran Manzana. Toca en el Palladium y allí coincide con Benny Moré, quien hacía una temporada junto a Machito y los Afrocubans, actuando juntos por espacio de dos semanas. Es contratado en el Waldorf Astoria, súper lujoso hotel donde adquiere estatus de solista y alterna en la escena con Josephine Baker, Frank Sinatra y Los Chavales de España. Bien pagado, pero discriminado, nunca se adapta a ese ambiente, el inglés se le resiste y decide regresar en 1960.

No obstante, supo aprovechar esa etapa neoyorquina: cuando terminaba sus actuaciones en el Waldorf, se llegaba a los clubes de Harlem donde se reunía en las madrugadas a descargar… nada menos que con Dizzy Gillespie, Maynard Ferguson y Chico Hamilton.

La presente antología, regalo para coleccionistas, ofrece una panorámica de la carrera de Tata. Su autor, Jorge Rodríguez, reconocida figura de la discografía cubana, ha hecho una rigurosa selección abarcando no sólo las etapas a través del tiempo, sino los disímiles géneros en los que el talento de este singular músico le ha permitido brillar con luz propia.

Cuando a finales de los ’50, las casas discográficas al fin se interesaron en grabar discos con un género que proliferó por varios años como un fenómeno underground (la descarga), ya existía en La Habana una pléyade de músicos all stars que se ganaban la vida en las orquestas de los grandes centros nocturnos (Tropicana, Sans Souci) interpretando todos los géneros de la música popular cubana y de la música ligera internacional: nombres como Guillermo Barreto, Frank Emilio Flynn, Bebo Valdés, El Negro Vivar, Orestes López, Cachao, y Tata Güines.

Es así que entre 1957 y 1958 se graban en La Habana, bajo los auspicios de Orlando López, Cachao, y Chico O´Farril: Cachao y su ritmo caliente y Los mejores músicos de Cuba.
Abre el primer disco de esta antología Descarga cubana, una especie de declaración del ars poética de Tata: en 1957 ya había cristalizado su concepto sonoro del instrumento, así como su discurso polirrítmico, con tema y variaciones hasta el infinito, en combinaciones que siguen hoy causando el asombro y la admiración de percusionistas y seguidores del género.

¿Qué necesita una buena rumba sino un team de “timberos” que mantenga una “marcha” como un tren, un coro y unos bailadores espectaculares? En Estudio de trompeta, como es un espectáculo solo para oír, se ha sustituido a los bailadores con el solo del Negro Vivar (mejor puesto el título de “estudio” no puede estar: se catalogan como piezas para mostrar el virtuosismo). Solo basta con la marcha abrumadora de Barreto, Tata y Tamayo, más el bajo de Cachao. En su momento, Tata “saca” las manos: veintisiete segundos dura el solo, no hacen falta más. ¿Podría usted imaginar por un momento escribir ese solo en el pentagrama y dárselo a tocar al virtuoso más avezado de ese instrumento?

Si Descarga No. 2 hubiera sido una audición en la que el aspirante solo hubiese contado con 30 segundos para mostrar de lo que es capaz, eso habría bastado a Tata para clasificar. ¿Cómo se puede mostrar tal creatividad en un intervalo tan breve? Son facultades reservadas solo a quienes nacieron marcados por el signo del talento.

“La conga es un instrumento de acompañamiento, y con el contrabajo hace las veces de guía. Es importante respetar los conceptos rítmicos y no porque nuestro instrumento goce de una cierta popularidad, hay que actuar como un solista”. Declaró así Tata a Luc Delanoy en su libro CALIENTE! Una historia del jazz latino, lo que viene a expresar sintética y elocuentemente el concepto justo del rol de las congas en cualquier tipo de música, lo que no le ha impedido hacer una brillante carrera, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, y hacer solos memorables en muchos de los fonogramas en los que ha participado, cruzando armas con los demás instrumentistas en calidad de iguales.

Las descargas se basan en su tratamiento instrumental en el mismo principio de los formatos de jazz (lo mismo grandes que pequeños): enunciado del tema, con todos, comenzando luego una sucesión de solos de los participantes en los que, por lo general la percusión (congas y pailas) cierra esta secuencia antes de retornar al tema. Mientras, le ofrece la “marcha” necesaria a los solistas. Solo que, cubanas al fin, centran el protagonismo en el ritmo, no así en la armonía como en los standards del jazz norteamericano. Por otra parte, no hay tema en sí, sino un enunciado muy sencillo, motívico con dos pares de acordes que se repiten hasta el infinito.

En Special de Bebo, grabado en 1955, se suceden los solos de Bebo, Generoso, Tojo Jiménez, (“Ay, Generoso, ¡qué bueno toca usted!”), Cachaíto, y cierra el de Tata. La descarga permite a un conguero tan imaginativo como Tata, introducir patrones rítmicos y diseños de improvisación de la rumba, mientras el bajo y la paila le ofrecen la marcha, entonces él puede “sacar las manos” (a su debido tiempo) en temas como Special… y el que hace junto al pianista Pedro Justiz, Peruchín: La mulata rumbera.

Como resultado de la recurrente confluencia de algunos de los “monstruos” de la base rítmica de cualquier género de la música, a saber: el pianista ciego Frank Emilio Flynn, el baterista y timbalero Guillermo Barreto, el bajista Papito Hernández, Tata Güines en la congas y Gustavo Tamayo en el güiro, cobra vida más o menos estable una formación que inicialmente se dio a conocer como Quinteto cubano de música moderna y luego, con la sustitución en el bajo de Papito Hernández por Orlando López, Cachaíto, como Los Amigos. Entre 1962 y 1982 grabaron varios fonogramas de los cuales los primeros vieron la luz en la era del disco de acetato, bajo el título de Tropicana, volúmenes 1, 2 y 3.

De esas grabaciones algunas han devenido standards de la descarga actualmente: Sherezada cha cha cha, (del dúo autoral de Piloto y Vera), Pa´gozar (de Tata Güines), Sasauma y Gandinga, mondongo y sandunga, de Frank Emilio Flynn. Como se trata de un formato más pequeño, las posibilidades de lucimiento de cada integrante son mayores, a lo que se suma el factor de que ya por esa época se conocían muy bien y ya habían tocado y grabado muchas veces juntos. Los solos de piano de Frank Emilio ya son un referente obligado en varios libros que han visto la luz sobre las descargas y el latin jazz. Otro tanto ocurre con la dupla formidable que llegaron a constituir Tata y Barreto, el loro. Tal parece que nacieron predestinados el uno para el otro desde el punto de vista musical, pues mayores no pueden ser sus coincidencias. Esto alcanza la apoteosis en Sasauma, tema en el plato fuerte son las percusiones: Barreto, Tata y Tamayo.

Andando los ´60 ya Tata era el gran Tata Güines y en 1964 decide crear su propia formación: Tata Güines y sus tatagüinitos, quienes se apropiaron del pueblo que los aclamó enardecido en los carnavales de 1970 con El perico está llorando y Mami, dame mantecao, los más representativos de aquella agrupación y que aparecen como tracks nueve y diez del volumen uno del presente fonograma.

En 1977 Dizzy Gillespie, Stan Getz, Earl Hines y David Amram irrumpieron súbitamente en La Habana procedentes de un crucero turístico. Del concierto que, al conocerse de esta presencia excepcional, se organizó en el Teatro Mella, y en el que participaron por Cuba el grupo Irakere y Los Papines (lo que a su vez propició la invitación de la mítica banda de Chucho Valdés al festival de Newport al año siguiente), la CBS propició en 1978 un “Encuentro Cuba-USA” que tuvo lugar en el teatro Karl Marx durante todo un fin de semana y en el que tomaron parte por los visitantes, entre otros, Stan Getz, Billy Joel, la Fannia All Stars, la Típica 73, el grupo Weather Report, y Billy Cobham, en calidad de asesor de la CBS.
La visita del año anterior de algunos de estos músicos los trajo esta vez un poco más informados de que lo que había en la Isla, era un alud de novedades que en aquel momento ellos desconocían completamente, pero que ya en este segundo encuentro, más nutrido y heterogéneo por ambas partes, se sabía que iban a salir a la luz cosas deslumbrantes.

Paralelamente a las actuaciones en el Karl Marx se produjeron algunas grabaciones en los estudios de la Egrem, entre ellas, una de la Típica 73. Entre los presentes se encontraba el pianista Sony Bravo, el timbalero Orestes Vilató y el violinista Alfredo de la Fé, y en la que además intervinieron por los anfitriones Richard Egües, Juan Pablo Torres, Guillermo Barreto y Tata Güines, entre otros. Entre los temas que se grabaron estuvo su descarga Pa´gozar que aparece cerrando el volumen uno de esta antología, y Fiesta de tambores, que abre colosalmente el volumen dos, temas que constituyen una auténtica joya con solos de lujo que ningún comentario alcanzaría a describir, y en los que Tata cobra su protagonismo como estrella del género. Llama la atención el solo que abre Fiesta…. Si hubiera que escoger en toda esta antología un tema para mostrar quién es Tata, escogería este , y solo es una muestra y resumen de su ilimitada creatividad, virtuosismo, su capacidad de convertir las congas en una orquesta de timbres, con planos dinámicos, contrapuntos y acentuaciones diversas.

No fue a un conservatorio, pero sí estudió como estos músicos geniales saben hacerlo: oyendo a todos los grandes de cualquier género que lo precedieron. Tata sabe ser un brillante músico de sesión, un percusionista virtuoso, que en un all star como el segundo track del volumen dos (Guaguancó a todos los barrios), sabe mantenerse en una marcha que es todo lo necesario para interpretar este clásico de la música popular cubana, máxime cuando toman parte nombres tan monstruosos como los que integran la nómina de ese tema, procedente del fonograma Estrellas de Areíto, producido y dirigido por el gran trombonista, orquestador y productor Juan Pablo Torres, recientemente desaparecido.

Al igual que se ha cuidado en mostrar las distintas facetas de Tata, lo mismo se ha hecho con los temas. Así es como no puede faltar en este fonograma Manteca, su tributo a quien, sin saberlo, fue su gurú: Chano Pozo, en otro all star, esta vez de músicos de la orquesta del cabaret Tropicana. Más virtuoso el solo del comienzo, pero más sustancioso en cuanto a polirritmia el solo central, y bien escueto y evocativo el del final, como diciendo humildemente: “Chano Pozo: ¡Presente!”.

Músicos de todas latitudes y generaciones se han acercado para invitar a Tata a sus fonogramas, en muchos de los casos, tratándose del opus uno de estos, como artista en solitario. Ese ha sido el caso del recientemente desaparecido y muy talentoso conguero, ex Irakere, Miguel Ángel Díaz, Angá, en su célebre disco Pasaporte (1994), y otro tanto ha hecho el guitarrista Pedro A. Justiz, Peruchín, Jr. con su álbum Descargando. Peruchín jr. and the cuban all stars.

Posterior a la grabación de Pasaporte, Tata graba en 1995 su disco Aniversario. Se trata esta vez de un disco de rumba. De ese fonograma se ha seleccionado los tracks del seis al nueve del segundo volumen en los que Tata se reúne con sus hermanos timberos. Maestro del género, nótese que a diferencia de las descargas, los all stars del son, como Estrellas de Areíto, Tata no saca las manos de la misma manera (imposible). Como los buenos músicos “todo terreno”, mantiene su marcha “ornamentando” discretamente por momentos. Atención: está oficiando un sacerdote de los cueros…

Se ha reservado para el final dos de los temas fuertes de Pasaporte: nuevamente Pa´gozar (un obligatto) y el que da título al fonograma Pasaporte: Tata & Angá. En Pa´gozar se dan cita algunas estrellas de la “vieja guardia” como Richard Egües, Frank Emilio y el bajista Carlos del Puerto, más algunos del “relevo”, como los ex Irakere César López (sax alto) y Orlando Valle, Maraca (flauta). En el tema Pasaporte el único “veterano” es Tata, pues los demás son las estrellas del jazz fusión de estos días: el pianista Ernán López- Nussa, César López, Maraca y Juan Munguía en la trompeta. Bien diferenciados el discurso de uno y otro conguero, este track no hace sino obligarnos a hacer una reverencia profunda ante el talento de estos monstruos de los cueros y los músicos que los acompañan.

Cuando usted tenga en sus manos este disco, aún antes de escucharlo, ya va a saber que está ante un fonograma de excepción: tanto por los temas, los géneros, como por los músicos que toman parte en sesiones junto a Arístides Soto Alejo, Tata Güines, quien a lo largo de cuatro décadas de trabajo, logró consolidar la dignificación de su instrumento a la vez que su persistencia y talento lo llevaron a figurar entre los grandes de la música cubana de todos los tiempos. 

Y entonces, amigo coleccionista, depositará este disco en el cofre de sus más preciadas joyas. Cada vez que escuche esta Fiesta de tambores, será un regalo para sus sentidos, que lo disfrute.

La Habana Vieja, 17 de enero de 2008 

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María Elena Mendiola

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