Es la historia de un amor

por
AM

Esta es la historia de un amor, como dice la canción. La historia de una tribu de músicos nacidos en territorio español que se enamoraron de Cuba y su música. Santiago Auserón lo define como una enfermedad, “una enfermedad de amor” en la que él cayó en 1984, su primer viaje a La Habana en plena efervescencia de Radio Futura, su banda, una de las mejores de la historia del rock en España. Radio Futura marcó una época y Auserón, en pleno éxito, decidió hacer una compilación de música cubana tradicional de la mano del poeta y periodista Bladimir Zamora y el musicólogo Danilo Orozco, ambos ya fallecidos. Fueron cinco álbumes editados por BMG entre 1991 y 1992 bajo el nombre de Semilla del Son. Para la presentación, en febrero de 1991, se llevó a Madrid a El Guayabero. Los siguientes frutos fueron el Encuentro con el Son Cubano en 1993 en Madrid, y los Encuentros El Son Cubano y el Flamenco I y II en 1994 y 1995, en Sevilla. Ahí viajó los dos últimos años Compay Segundo, y en noviembre de ese último grabó su Antología de Francisco Recopilado, editada un año más tarde por Dro, a través de la cual Ry Cooder conoció a Compay. En esos encuentros se programaron conciertos de siete agrupaciones de flamenco y siete de son. En la última edición viajaron desde varias provincias de Cuba 46 músicos, siempre acompañados de Zamora y Orozco.

A finales del 94 Auserón grabó durante un mes y medio en los estudios Areíto de la Egrem su primer disco como Juan Perro junto a músicos cubanos, británicos y españoles, entre los que estaban Pancho Amat, quien todavía hoy colabora con él, y el contrabajista de Pamplona, Javier Colina. Raíces al viento (BMG, 1995) fue el primero de cuatro fonogramas registrados en La Habana. Se alojaron en el Riviera, donde cada semana actuaban NG La Banda, La Charanga Habanera, El Médico de la Salsa y Los Van Van con Juan Formell. Colina lo recuerda como un momento crucial: “Mi vida se divide entre antes del disco de Juan Perro y después. Antes y después de ir a Cuba. (…) A mí me gustaba la música cubana, yo sabía canciones”. Su madre le cantaba canciones cubanas cuando era niño y de muy joven había pasado varios veranos en Miami, tocando el acordeón con amigos por los restaurantes de la Calle 8. Pero es Santiago Auserón el que ejerce de Celestina: “Él estaba montando un grupo para el personaje de Juan Perro, y hacía falta un contrabajo que sonara con una tímbrica distinta. Y ya cuando grabamos el disco en La Habana explotó aquello. (…) Cuando ves esa altura musical, esa música tan diferente, cambias la manera de pensar”.

El propio Santiago lo explica así en el texto de presentación del primer disco personal de Colina Si te contara, grabado en 2004 en La Habana con músicos cubanos y españoles, entre ellos  el mismo Auserón: “Tuve el privilegio de asistir hace unos cuantos años en La Habana a su encuentro con la trova, la rumba y el son, con Tata Güines y Pancho Amat. Me acompañó en un viaje en busca de fronteras y se adentró en algunas de ellas hasta empaparse a fondo de sus aromas. A su naturaleza de músico integral, de poeta del sonido, ha ido añadiendo un bagaje de experiencias que le convierte en guía indispensable para la música española, en todos sus géneros”. En esos diez años, desde la primera vez que pisa Cuba hasta que regresa para su disco, graba y gira en cuatro discos de Martirio con repertorio popular latinoamericano —también cubano— llevado al flamenco. Conoce a Marta Valdés en Madrid en 1999, en la grabación de su disco Tú no sospechas junto a Chano Domínguez y Guillermo McGill. Participa en el documental de Fernando Trueba sobre latin jazz nominado a un Óscar, Calle 54, en el que Cuba está representada por Bebo y Chucho Valdés y Paquito D’Rivera. Graba y gira en el multipremiado y superventas Lágrimas Negras de Diego El Cigala y Bebo Valdés, con el que ganan un Grammy.

Marta y Bebo hacen huella en Javier. “A toda la gente con la que he estado nunca le he preguntado nada. Lo que se te pega, se te pega. (…) Bebo me pegó las manías que tenía. Y los gustos”. Para Bebo, Javier era “uno de los mejores bajistas con los que he tocado en toda mi vida, y sin duda el más completo”. Juntos grabaron a dúo un concierto en el Village Vanguard, en Nueva York. Fue el penúltimo disco de Bebo, antes del Juntos para siempre (Sony Music Latin, 2008) con Chucho.

A Marta le dedica su segundo proyecto personal, En la Imaginación (Karonte/ Nuba Records, 2011) junto a Sílvia Pérez Cruz. El repertorio es cubano, a excepción de un tema de la mexicana María Grever, y está compuesto por diez canciones de los años 40 y 50 de desamor lidiado con dignidad. Cuando lo llevan al directo, Javier insiste en presentarlo a su público “natural” y en diciembre de ese mismo año lo traen hasta el Teatro La Caridad de Santa Clara y el Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, con Pancho Amat de invitado final. Sílvia, Albert Sanz —el pianista— y Marc Miralta —el baterista—, quedan prendados de Marta en un encuentro en un bar con piano en la plaza de la Lonja de Comercio. En ese momento Sílvia se conecta con el amor por la música cubana que su padre le había inoculado desde niña. Ella había estado ya en La Habana un par de veces: la primera muy fugaz, en que tocó junto a Pancho Amat y Refree en la inauguración de la restauración de un tramo de la calle Barcelona, y la segunda ocasión, en 2010, en la que actuó junto a su padre  en el teatro Federico García Lorca (actual Teatro de La Habana Alicia Alonso), dentro de la programación del Festival La Huella de España.

Càstor Pérez Diz, compositor, guitarrista y cantante de habaneras, enamorado de Cuba, donde estuvo en más de veinte ocasiones en sus 54 años, además de canciones dejó el que probablemente sea el archivo más importante sobre la habanera. Sílvia le escribió estas palabras de dedicatoria en los agradecimientos de En la imaginación: “gracias por llevarme a Cuba y hacerme escuchar de niña estas canciones (creo que es el disco que te hubiera gustado más de todos los que haga nunca)”. Desde entonces, Sílvia y Colina han seguido tocando juntos ocasionalmente en diferentes proyectos; este verano han estado en los principales festivales de la península con Toquinho. En 2012 repitieron en Reencuentro con el Güito, un espectáculo con el pianista gaditano Javier Galiana creado para el Festival Estival de Igualada.

Javier Colina y Sílvia Pérez Cruz junto a Marta Valdés, en 2012. Foto: Gisela Sais.

Galiana, licenciado en flamenco-jazz, coincidió con Sílvia Pérez Cruz en la recién estrenada ESMUC, la primera universidad catalana de música con sede en Barcelona. Galiana y Sílvia coinciden por la parte del jazz y el flamenco, pero no por la música cubana, que a él le viene por vía familiar —sus padres, ambos médicos melómanos, tienen una discografía impresionante en la habitación de la música, que preside la casa—, y por geografía:“Cádiz es La Habana con más negritos, La Habana, Cádiz con más salero”, dice el poema Habaneras de Cádiz de Antonio Burgos al que Carlos Cano puso música. Javier Galiana pasó por La Habana en marzo de 2006, era el teclista de Manu Chao en esa gira latinoamericana que hizo escala en la Tribuna Antiimperialista. Pero más que nada lo que le enamora a él son las escuchas y las lecturas y se atreve a interpretar a un Bola de Nieve exquisito e histriónicamente moderado en Tomate Trío y Cebolla Canta a Bola de nieve (Underpool, 2014).

Quien acaba de homenajear también al Bola es Martirio, esta vez al lado de Chano Domínguez, con quien vuelve a juntarse tras su Acoplados (Karonte, 2004). Mario Pacheco creador y director de Nuevos Medios, la discográfica que albergó los flamencos que se atrevían a mezclarse con otras músicas, amigo queridísimo y a quien ella le dedicó ya en 1988 la canción El productor, le regaló en 1983 un disco del Bola y otro de María Teresa Vera, insistiéndole en que los escuchara porque tenían mucho que ver con ella. ¿Fue “una premonición”, como afirma Maribel Quiñones, el nombre real que asoma tras las gafas de sol?

Su incorporación a esta gran familia de hechizados fue de más jovencita: “mi relación con la música cubana viene de mi amor por la Nueva Trova, que fue lo primero que aprendí con 19 años, y escuché con auténtica veneración las canciones de Silvio y Pablo”. Años más tarde conoció a Gema Corredera y Pavel Urkiza en Madrid: “me hice asidua a sus conciertos, amiga de ellos y fanática a sus canciones”. Con Gema grabaron coros en el Pensión Triana (Lollipop, 1994) de Javier Ruibal. Después coincidieron los tres en el disco Homenaje a María Teresa Vera, en el que está también la cubana Argelia Fragoso, quien a la vez también grabó un disco con Colina. Fueron Gema y Pavel quienes la introdujeron al mundo de Marta Valdés en 1996, “desde entonces tengo el honor de ser su amiga, a la que adoramos mi hijo Raúl y yo”. En ese momento también le presentan a Compay Segundo, quien la invita a un concierto y acaban cantando Veinte años a dúo. “Ahí empecé a conocer más a fondo la música popular cubana y a escuchar también a través del Semilla del Son, recopilado por Santiago Auserón”.

Viaja por primera vez a La Habana, invitada al 90 cumpleaños de Compay, donde conoce y canta con Omara Portuondo, “cosa que después he tenido la suerte de volver a hacer tanto”; Marta le presenta a Elena Burke, “recuerdo que me pidió que le cantara y de rodillas, sentada a su lado, le canté Ojos verdes, en un momento que para mí fue un regalo de la vida”; y otra vez de la mano de Marta Valdés llega al Club Monseigneur, “donde la figura de El Bola transpiraba y donde pude conocer al increíble Frank Emilio, que me recibió tocando Ojos verdes”.

Su colaboración con Compay se repite en varios conciertos, dos en el Olympia de París que quedan registrados en Compay Segundo. Olympia París, 1998. Su discografía al igual que su vida queda flechada por este amor musical. En Flor de piel está la influencia de Marta y Mucho corazón —nominado a un Grammy Latino en 2002—, está inspirado en El Bola; dos discos en los que el contrabajo es de Colina. Primavera en Nueva York (Calle 54 Records, 2006) son 12 boleros filin de autores cubanos. Un año más tarde de la salida de este último disco conoce a José María Vitier, con quien hace una colaboración primero, para grabar después El aire que te rodea (Sony, 2011). Actúan en la gala de los Premios Cubadisco, en el que le entregan a ella el Premio Internacional. Ahí también viaja Raúl Rodríguez, su hijo, el niño que estuvo en todas, y el árbol dio sus frutos.

Raúl tenía 20 años cuando vio por primera vez a alguien tocando el tres cubano, y fue nada menos que El Guayabero en los Encuentros El Son Cubano y el Flamenco, en Sevilla. “Fue una revelación para nosotros, era una ceremonia de encuentro del son viejo y del flamenco. (…) El impacto del instrumento, de El Guayabero y de lo que estaba pasando… Ahí empecé a labrar la idea de meter este instrumento dentro del flamenco”. Y cuando su madre se fue a La Habana para el cumpleaños de Compay Segundo, le pidió un tres. “Cuando empecé a estudiarlo, no había nadie en Sevilla que me pudiera enseñar, no había YouTube. Teníamos los casetes y los discos para darles p’atrás. Tuve que fabricarme un método propio y fui incorporando técnicas de la guitarra flamenca”. “Empecé a llevármelo a Morón y a introducirlo en las fiestas, en el ambiente más de uso, entre el cante más de las tabernas”. Él había estudiado Antropología y guitarra flamenca según el toque de Morón de Diego el Gastor. Y a partir de 2003 empieza a cruzar ambas experiencias.

Crea Son de la frontera, un grupo de flamenco con baile que hace una lectura de la música de Diego el Gastor desde el encuentro de la guitarra y el tres. Paralelamente con Alexis Díaz Pimienta montan el espectáculo Punto flamenco. Repentismo a compás, en el que mezclan punto guajiro y flamenco. Presenta ambos proyectos en La Habana en el Cubadisco de 2004. “Para mí Cuba sabe a imaginación. Es una tierra hermana, (…) hemos estado 400 años juntos y sólo unas cuantas décadas separados, de manera que somos culturas muy parecidas. Y con aquel tres traído de La Habana, tocando música de Morón hemos pasado grandes momentos”.

En 2014 pare su primer trabajo en solitario, un libro-disco con textos y composiciones propias, fruto de la investigación antropológica sobre los cantes de ida y vuelta, el intercambio entre ambas orillas atlánticas y lo presenta al lado de un instrumento nuevo, el tres flamenco, que le permite “tocar todas las músicas que me gustan desde una postura libre”. Está construido sobre un cuerpo de guitarra flamenca en forma de pera, con maderas y sistema interno de guitarra flamenca, tiene tres cuerdas dobles, como el tres, en las que combina cuerdas de laúd español con cuerdas de guitarra flamenca. Compay Segundo también inventó un instrumento con una sonoridad parecida al tres, el armónico. Tiene cuerpo de requinto —parecido a la guitarra, pero más pequeño, muy usado en los tríos de boleros—, y siete cuerdas, seis de acero y una séptima que dobla la tercera. Hace un par de años Raúl se ha atrevido a darle una vuelta de tuerca más y fabricar el tres eléctrico, con el que conecta flamenco con afrobeat, psicodelia, son cubano, ritmos vudú, rock andaluz, canción de autor americana y blues, en un proyecto llamado La raíz eléctrica.

En esta historia circular, Raúl Rodríguez representa la evolución, el fruto de esa semilla que Santiago Auserón plantó en Madrid y Sevilla, respaldado por las políticas culturales de esa época, a mediados de los 90. Visto ahora, 25 años más tarde, parece imposible que ninguna institución invierta en movilizar a 50 músicos al otro lado del Atlántico para juntarlos con otros muchos, a ver qué pasa. Eso solo da réditos culturales. Javier Colina decía en estos días que los encuentros entre el son cubano y el flamenco “fueron en su día buenísimos, conocí a mucha gente además de El Guayabero y Compay Segundo. Desde la perspectiva actual se ve como una cosa impresionante. Entonces nos parecía de lo más normal, pero tener a toda esa gente era muy notorio porque nunca habían ido por allá”.

Santiago Auserón en un reciente concierto en la FAC, 2019. Foto: Gisela Sais.

Cerrando el círculo tenemos a Santiago Auserón, que sigue con el cordón umbilical conectado a La perla del Caribe. Viene con frecuencia y ofrece conciertos con diferentes formaciones, con sinfónica, su quinteto o en solitario, como la última vez, en julio de este año, en la Fábrica de Arte Cubano. Asistieron cuatro españoles contados que se enteraron por casualidad, además de personal de la Embajada de España, institución que le invitó con motivo del Festival Internacional de Cine de Gibara, donde también descargó. Siempre pasa lo mismo, la promoción es escasa o nula, y, en consecuencia, va poco público. ¿Quién sabe en Cuba quién es Santiago Auserón y los demás protagonistas de este texto, además de Marta Valdés y René Espí? No hablo ya de los más jóvenes o del gran público sino de los músicos o amantes de la música cubana. ¿A qué se debe este desconocimiento? ¿Dónde se ha quedado trabada la vuelta, en estas músicas de ida y vuelta?

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