DJ Cami Layé Okún. Ilustración: María José Sardiñas, a partir de una fotografía de Ingrid Lobaina Ruiz.

DJ Cami Layé Okún: “Lo que nos une es la demencia”

por
Entrevistas

Nunca antes fue tan fácil ni tan solitario el acto de escuchar música. Uno no suele pensar mucho en eso, pero el proceso de desmaterialización del consumo de música —como ha sucedido con buena parte de la industria del entretenimiento—, nos ha convertido en una masa atomizada, sumergida en sus audífonos, con listas hiperpersonalizadas gracias a las cuales no tenemos que interactuar con nadie para construir nuestro universo sonoro. Tenemos los conciertos y festivales, que están en alza por estos tiempos, pero eso solo representa un puñado de horas en el año. En el camino se ha perdido el factor gregario de la música, el reunirse alrededor del único dispositivo disponible y descubrir juntos la melodía que le da sentido estar vivos.

Por suerte existe gente como Camila García Valentín. Ella es la coalición de muchos mundos. El de la antropología y la investigación curiosa sobre los tambores batá; el de la artista trotamundos con una biografía que atraviesa el continente latinoamericano y se da alguna que otra escapada a Europa; el de la amante de los discos de vinilo como soportes de música, pero sobre todo como pedazos de vidas atrapadas en un objeto. Con esos ingredientes, de los muchos cocteles posibles, nació Cami Layé Okún —un juego poético que hace referencia a la brisa del mar—, una Dj que solo pincha con vinilos y cuenta historias a través de la música.

Es Dj en el sentido más clásico del término, el de antes de la revolución de la música electrónica, cuando esta denominación hacía referencia a l@s selectores de música de estaciones de radio y salas de baile. Pensar que el hecho de no componer hace su trabajo menos profesional sería caer en la trampa del simplismo. “Yo no hago la música”, lo define ella, “yo la comparto, especialmente la que está olvidada. Es música que me gusta mucho y no quiero acumularla, sino que otros la escuchen”.

Su primer acercamiento a los vinilos fue a través de los discos que guardaban sus padres, y fueron estos quienes le dieron el impulso inicial al cederle una parte de su colección, pero sobre todo al transmitirle el espíritu de apreciar el acto de recorrer con la vista esa superficie de treinta por treinta centímetros y el ejercicio de poner la aguja a dar vueltas sobre los surcos.

Todo empezó formalmente en 2013, en Bolivia, la tierra de su papá, donde vivió por tres años. Allí comenzó a tocar en fiestas de amigos, esencialmente música jamaiquina, pero esto la llevó a encontrar la punta de una madeja de sonidos que desde entonces está halando. “Lo que me ha motivado a seguir es la conexión que empiezas a sentir”, explica, “una cosa te lleva a la otra; el Caribe te lleva a África y de repente estás metida en las historias. A través de los discos he aprendido historia de cosas que nunca me hubiera imaginado saber”.

Ahí inició un viaje mucho más consciente de búsqueda y aprendizaje, de atender no solo las historias que contienen los discos sino también las de sus propietarios, en ocasiones tan fascinantes como las musicales.

Hace casi dos años volvió a Cuba. “Regresé sin nada; solo traje un bolsito con reggae por si surgía alguna fiesta, pero mi colección la dejé en Bolivia”. Entonces Camila dice algo que hace sospechar que lo suyo no es exactamente el coleccionismo, al menos no de objetos físicos. “Me da un poco de nostalgia tenerlo guardado, pero igual es solamente algo material; aquí hay cantidad de música”.

Desde hace años intenta llevar una doble vida como Dj y recolectora de historias, en donde la búsqueda de álbumes para su set como Dj es apenas una parte de la motivación, el pretexto perfecto para conectar con ciertos espacios y personas que de otra manera le sería difícil. Si no, sería muy raro eso que para ella es tan común de llegar a un barrio, tocar puertas de desconocidos y adentrarse en sus historias familiares mientras le brindan café y le enseñan sus discos. “Solo a través de la música me abren la puerta de su casa”, dice.

¿Cómo es ese proceso de búsqueda de música un día cualquiera?

“Es como emprender una búsqueda del tesoro. Llegas y encuentras un montón de discos y de esos ninguno te sirve, o pasa todo lo contrario y encuentras cosas increíbles. He tenido distintas estrategias. Primero fui a lo fácil que era buscar en Revolico a la gente que vendía discos, pero ya los buscadores de música locales han arrasado, así que tuve que cambiar la táctica y empecé a caminar, a tocar puertas, a hablar con los viejitos y preguntarles. Uno aprende que hay barrios en los que las personas tienen más cosas guardadas, pero también es algo intuitivo, y a veces la persona o familia que menos imaginas tiene una colección. Además, está la suerte de que aquí todo el mundo es tan amigable que te dicen ‘No, yo no tengo, pero mira, ve a ver al vecino’, y terminas encontrando algo”.

El ir a buscar discos es como un trabajo antropológico, dice. “Me encanta ir a las casas de las personas y que me cuenten; muchas veces no hay ninguna historia aparente detrás porque la persona que era dueña de los vinilos ya murió, pero a pesar de eso siempre encuentras algo. Llegas [por ejemplo] a un lugar, y hay 10 discos de un mismo género, y entonces te das cuenta de lo que le gustaba a esa persona”.

En el último año, a su búsqueda de música cubana y funk se ha sumado un nuevo filón: los discos angolanos. “La música siempre ha viajado de alguna manera”, dice; “me interesa mucho el tema de los circuitos de viaje de la música antes de Internet”. Camila descubrió que, tras la guerra, muchos soldados cubanos volvieron con música, no solo de Angola, sino de Guinea, Malí y otros países africanos. “De alguna manera [esto que hago] es un tipo de investigación: ir a las casas de la gente, conversar con ellos, después escuchar y clasificar la música. [Me interesa] el hecho de poder encontrar tantos discos de África aquí, que no responden necesariamente a una relación de herencia cultural, sino a un tema político como lo es la guerra”.

¿Cómo ha sido tu relación con los coleccionistas locales?

“Es increíble, hay una escena de coleccionista local, con un perfil incluso. Hay muchos hombres, la mayoría tiene más de cuarenta años y algún tipo de acceso a las casas de las personas, como los cobradores, por ejemplo. Están también los que pregonan, que son más vendedores que coleccionistas, enfocados en la música cubana o en el rock. Lo que nos une es la demencia”.

El chip motivador del coleccionista está más en lo que no tiene que en lo que posee, y en un país como Cuba —que desde hace décadas dejó de producir e importar comercialmente vinilos— va a llegar un momento en el que este fondo prácticamente se acabe.

¿Te has encontrado algo raro?

“Sí, me he encontrado algunas rarezas, sobre todo discos de sellos privados prensados antes de la Revolución, que son difíciles de encontrar. Pero en lo personal lo más raro que he encontrado aquí son esos discos africanos.

“Cuando estás en esto ya investigas más, y aprendes que hay cosas prensadas en un país que pueden ser más interesantes que si están prensadas en otro. Es mucho más raro tener a Los Beatles editados en Angola que en Estados Unidos, por ejemplo.

“Me importa que un disco esté en buen estado, me interesan las fundas, los sellos, el año, pero al final lo más importante para mí es la música, que suene bien y que pueda hacer cosas con él, que pueda tocarlo, que pueda escucharlo; no me sirve de nada que esté rayado.

“Yo colecciono discos, pero creo que el hecho de tocar hace que busque más bien mi música dentro de mis propios discos, en lugar del afán de tener, tener, tener. Quisiera tener todo lo que puedo escuchar y lo que me gusta.

“No poder tocar aquí más a menudo me genera mucha ansiedad, porque no puedo compartir todo en el momento en que lo tengo y se va acumulando. Para mí cobra sentido cuando lo compartes con alguien en tu casa, en una fiesta, en la radio o en Internet, le das como una revitalización a la música. Si no, lo sacaste de una cueva para llevarlo a otra.

“En cualquier caso, la línea es delgada. A veces peco, hay muchas cosas que quiero tener y sé que no me generan nada, aunque me pueden servir para cambiar con otras personas. Hay muchos boleros que sé que son buenos, pero no los compro porque no tengo dinero; entonces me pongo a pensar que cuando tenga 50 años diré: ‘Todos los bolerones que dejé pasar…’”.

En Cuba, si bien hay una asentada comunidad de Djs, no hay muchas experiencias en la manera en que Cami Layé Okún se acerca al show. En su set no esperes encontrar ningún hit de turno, ni los beats de la electrónica entrecruzándose. Lo de ella es desenterrar canciones —mucha música cubana, aunque también caribeña y africana— y ponerte a gozar con melodías que es probable que nunca hayas escuchado en tu vida.

“El vinilo es otra experiencia sonora total”, dice. “Siento que cuando tú escuchas un vinilo las sensaciones son completamente distintas a cuando escuchas ese mismo sonido en digital, por más buena calidad que tenga este. Lo que me distingue es eso, trabajar con el vinilo, con música que a veces no está ni siquiera en Internet. Además, está la oportunidad de escuchar otra música, con una carga de historia; trabajo con objetos que han sido y están siendo rescatados de convertirse en artesanías o de ir a parar a la basura. Yo no soy supersticiosa, pero siento que ese momento es como revivir un muerto, siento que es una energía y una experiencia distinta, sobre todo en las fiestas.

“Aquí no hay una escena de este tipo de Dj, es como un terreno virgen para experimentar; hay un montón de cosas que la gente nunca ha escuchado, ni está acostumbrada a sonidos tan viejos, y me gusta jugar con eso”.

¿Cómo has ido encontrando un camino o un método para la realidad cubana?

“Es que hay tanta música, hay tantas opciones con las que se puede experimentar… Acá sé que no puedo tocar más de dos o tres [canciones de] salsa seguidas; en cambio en otros lugares del mundo la gente lo que quiere es precisamente eso, porque te estereotipan y lo que tienes que tocar es música tropical.

“Siempre es distinto. Cuando cuentas la historia en la fiesta se trata de subir y bajar. Yo trato de ir por tantos lugares, y para eso me preparo; llevo todo lo que me imagino que puede funcionar para la gente en ese show, pero siempre pasa algo totalmente inesperado. Yo más que Dj soy selectora, yo no mezclo, a mí no me interesa mostrar mis habilidades mezclando un tema con otro, sino más bien la selección musical, la búsqueda, la curaduría”.

¿Cuáles son los elementos para lograr una buena curaduría?

“Es algo muy subjetivo y personal. Lo que yo pongo puede no gustarle a mucha gente. Creo que te tiene que gustar tu música y creer en eso, que tienes ahí el poder y el espacio de compartir algo. En las fiestas, por ejemplo, tiene que ser bailable, no puedo poner un vals.

“Hay ciertos tipos de cosas con las que trato de ser consciente, como no poner alguna letra que pueda ser racista o machista —aunque a veces pongo tanta música que está en otro idioma que se trata más bien del feeling y de cómo se sienten la música y los ritmos, pero por lo menos en lo que es español e inglés trato de ser cuidadosa. En este sentido me pasa que hay voces súper buenas que no puedo ponerlas —del reggae y del dancehall sobre todo— porque en la música popular hay muchos rezagos que no comparto y siguen arrastrándose, y sería contraproducente emitir y reproducir ese mensaje.

“Otra cosa que es súper importante en esto de la selección es que hay que insertar en un mismo set cosas que son desconocidas. Hay clásicos que a todo el mundo le gustan, que todo el mundo conoce, pero creo que si tienes la oportunidad de poner el lado B de un disco, no la puedes desaprovechar. No se trata de mostrar cosas desconocidas porque sí —creo que eso sería algo pretencioso—; es más bien mostrar cosas que suenen y que tengan cierta información interesante, tanto a nivel musical, como sonoro. Como te dije, música que te guste. Hay Djs y selectores que sí están muy metidos en llevar lo más raro, el disco más difícil de encontrar. Puede ser, pero eso no funciona con la gente aquí”.

DJ Cami Layé Okún. Ilustración: María José Sardiñas, a partir de una fotografía de Alejandro Reyes.
DJ Cami Layé Okún. Ilustración: María José Sardiñas, a partir de una fotografía de Alejandro Reyes.

Paradoja: en un país en el que la música prácticamente se respira en el aire, su proyecto ha tenido una tibia recepción. “No me gusta generalizar, pero aquí la gente no está muy dispuesta a escuchar discos que no suenan, cosas desconocidas”, intenta explicarse Camila. “Por ejemplo, yo estoy acostumbrada a tocar muchas cosas tropicales como la salsa y otros ritmos afrocubanos, que en cualquier otro lugar se recepcionan bien, y pasa que aquí no. Siento que está relacionado con el fenómeno del turismo, con que las personas piensan que eso es lo que tocan en los hoteles para los gringos, cuando en realidad es música súper buena, con tremendo feeling, a la que sin embargo mucha gente le hace rechazo”.

Como buena Dj esto no la ha amilanado, sino que ha ido moviendo el espectro y ha descubierto que funcionan en el público cubano cosas como el funk —incluido el funk cubano, ese gran ausente de muchos recuentos—, la cumbia y sonoridades de África. En el camino ha tenido de todo: fiestas inolvidables junto a otras donde la gente no ha entendido lo que está sucediendo. Dice que esto no solo le ha pasado en Cuba, pero cree que poco a poco la gente va entendiendo que es una propuesta y un sonido diferente.

Podría ayudar muchísimo la sistematicidad en la propuesta. ¿Cómo te ha ido en ese sentido, en la búsqueda de un espacio?

“Aquí, para hacer una fiesta con vinilos o para tocar en otra fiesta como invitado, siempre hay que desplegar una logística que implica no solo llevar los discos, sino también alquilar las máquinas y el transporte para moverlas; no existe ningún espacio al que tú vayas y esté todo armado, y simplemente lleves tus discos y toques. No obstante, me va bastante bien con eso; conozco gente que me renta los tocadiscos y ahora me es mucho más simple de lo que era al principio. Ya cuando me toca hacer a mí las fiestas es más complicado”.

Durante algunas semanas, las tarde-noches de jueves en el Bodegón de Teodoro —un bar decadente y subutilizado, al inicio de San Lázaro, muy cerca de la Universidad de La Habana— vivieron un momento de fugaz celebridad animadas por unas fiestas organizadas por Cami Layé Okún, antecedente de su proyecto denominado La Chancleta. Pero hacer La Chancleta —que desde el pasado 18 de octubre parece haber encontrado un hogar temporal en el bar Fajoma—, hasta ahora al menos, solo le ha traído el beneficio de reunir a un grupo de personas para escucharla tocar la música que le gusta. No ha dado con una fórmula para hacerla rentable, y enfrenta el desafío de encontrar Djs a los que invitar, que no solo deben tocar con vinilo sino también desarrollar una línea estética similar. Eso sin hablar del tiempo necesario para producir una fiesta.

¿Cuál sería el entorno ideal para hacer lo que quieres hacer?

“Aquí, aunque no estén todas las condiciones ideales de trabajo. Si no, no me hubiese quedado nuevamente [en Cuba]. Lo que sí creo que hay que tener mucha paciencia, por el hecho de que no existe una escena de vinilos, [pero] es un lugar donde para hacer un soundsystem en la calle lo único que hay que hacer es proponérselo uno mismo y proponerlo; hay mucha gente que está fundida de lo mismo con lo mismo”.

Camila cree que si presentara su proyecto al turismo seguramente funcionaría, por lo de la música cubana y demás, pero no es ahí donde ella se imagina trabajando. En los días que tenía lugar esta entrevista estaba a punto de salir para una serie de funciones en Europa, donde sí existe un circuito de Djs coleccionistas con los que está en contacto y consigue vincularse a festivales y otras actividades. Mientras, sueña: con ahorrar lo suficiente para comprar sus propios equipos y no depender de los rentados, con encontrar un espacio en con el que pueda alcanzar un trato justo para que las ganancias permitan cubrir gastos, con aliarse con otros Djs con los cuales compartir vinilos y que estén dispuestos a experimentar con otros sonidos que no sea solamente la música electrónica. No lo tiene fácil, pero quién sabe si un día La Chancleta se materialice, y sea ese lugar al que podemos ir para que Camila nos cuente una historia distinta cada noche.

Ayuda a que Magazine AM:PM siga siendo un proyecto autogestionado y con indenpendencia editorial.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimos de Entrevistas

Portada del no. 4 de Magazine AM:PM. Ilustración: Mayo Bous.

Magazine AM:PM no. 4

Finalmente, el cuarto número de Magazine AM:PM (y último de 2019) es
es_ESEspañol
en_USEnglish es_ESEspañol
Regresar Arriba