Rosita Fornés en la película mexicana Me gustan todas (1954). Página Oficial De Rosita Fornés en Facebook
Rosita Fornés en la película mexicana Me gustan todas (1954). Página Oficial De Rosita Fornés en Facebook

¡Bravo, Rosa! ¡Bravo!

15 minutos / Julio Cid

12.06.2020 / Articles

La familia la había pensado como profesional de oficina. Condiciones le sobraban: era estudiosa, inteligente, con muy buena ortografía, una letra bonita y elegante. Siempre había sido, además, ordenada, muy exigente con los detalles, educada, disciplinada, perseverante… A todo ello había que añadir unos preciosos ojos verdes, una bella sonrisa y una figura impresionante, realzada por el buen gusto al vestir y al peinar su tupida cabellera. La idea, entonces, era que en cuanto terminara la Escuela Superior—hoy Secundaria Básica— comenzaría los estudios de secretariado.

Pero, en la práctica, el camino fue otro.

Al parecer la familia de la pequeña Rosalía Palet Bonavía no se había percatado de su afición al arte. De siempre fue una niña solitaria que disfrutaba, en la radio o en el tocadiscos doméstico, de las voces de importantes figuras del canto en su momento. Por la línea materna había una cierta relación con los escenarios: un hermano de la abuela había sido actor dramático; una prima, cantante de ópera; y el abuelo materno, empresario teatral.

Tampoco habían tomado en cuenta que, cuando jugaba con sus amiguitas, la niña no ocupaba el rol de la madre o la tía, la costurera o la maestra. No, ella siempre era la artista.

Como si de un regalo de 15 se tratara, la joven pidió a su familia que la autorizaran a presentarse como concursante en La corte suprema del arte, uno de los espacios más escuchados de la radio cubana a finales la década de los ’30 del siglo pasado, dedicado a la búsqueda de nuevos talentos. Hoy se considera que aquella “corte” fue el concurso más famoso en la radio de habla hispana de su momento, en el cual surgieron figuras que luego serían grandes artistas no solo en Cuba.

Cuando se inscribió para participar en el famoso talent show, decidió que sus nombres y apellidos de pila no eran los más apropiados para una artista. Entonces convirtió el Rosalía en Rosita y asumió el apellido del hombre que la había criado desde muy pequeña, y que había sido para ella como un padre biológico: Fornés. Fue así cómo el 13 de septiembre de 1938, cuando la anunciaron en La corte suprema del arte, llegó al gran público cubano por vez primera uno de los nombres que más se han mencionado en el cine, la radio, la televisión, el cabaret, el teatro musical y el dramático… en la casa, en el trabajo, en un autobús, en una boda, en una cola o en la antesala de una consulta médica, en toda Cuba durante más de 80 años: Rosita Fornés.

Los primeros pasos

Nació en 1923, en Nueva York. Tenía solo tres años cuando su madre, la madrileña Guadalupe Bonavía —divorciada ya de Santiago Palet—, la trajo a Cuba, donde, una vez radicada, contrajo segundas nupcias con el valenciano José Fornés. Con ellos viajó la pequeña Rosalía a España en 1933, a intentar establecerse. Pero el inicio de la Guerra Civil precipitó su regreso a la Isla. Durante la travesía harías u primera aparición en público la hija de los Fornés-Bonavía, a bordo del trasatlántico Manuel Arnús, donde cantó para los otros pasajeros el tango Silencio en la noche. Corría el año 1936. Nadie imaginó que tan solo dos años después daría inicio la larga y exitosa carrera de aquella niña.

La carrera de Rosita Fornés se inició con una intensidad que sería, siempre, un signo de su paso por escenarios teatrales, pistas de centros nocturnos, platós de televisión y cine y estudios de radio.

Entre 1940 y1943 actuó en unas 20 puestas de zarzuelas, operetas y teatro dramático. A esto hay que añadir su participación en sainetes y revistas. A menos de un año de su debut en la escena hizo La viuda alegre, la opereta que la consagró para toda su larga vida artística y que, desde su primera función, evidenció que, más que una actriz o una cantante, ella era toda una vedette.

Al cine llegó en 1939 con Una aventura peligrosa, dirigida nada más y nada menos que por Ramón Peón, uno de los más destacados fundadores de la cinematografía cubana. En 1942 repitió la experiencia, esta vez de la mano de otro de los grandes fundadores del séptimo arte en Cuba, Ernesto Caparrós, en la cinta Romance musical.

En esos años se le vio en Casa de muñecas, de Ibsen; Nuestra Natasha, de Alejandro Casona, y otros dos títulos que fueron consideradas pruebas de fuego para actrices y actores de las tablas durante mucho tiempo: La dama de las Camelias, de Alejandro Dumas (hijo) y Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Hizo, además, vodevil, alta comedia, cabaret y comedias musicales.

Siguiendo la tradición imperante en su momento, la principiante —que como “estrella naciente” de La corte suprema del arte recibió conocimientos musicales básicos de parte Zenaida Romeu, Nena Uriarte o Zoila Gálvez; de actuación por Enriqueta Sierra y de danza por Ernestina Lecuona— debió perfeccionar sus mañas en el fragor del trabajo profesional. Con esas armas, y las adicionales de canto que adquirió con Mariano Meléndez, la joven artista se empoderó en el mundo de la profesión que había escogido. Y lo hizo en el fogueo de la labor y la disciplina más estricta.

En 1945 le llegó una propuesta desde México para filmar una cinta bajo las órdenes de Chano Urueta, uno de los más afamados directores, guionistas y actores del cine mexicano, desde la época de oro de esa cinematografía hasta los años 70. Después de concluir la filmación de El deseo regresó a Cuba, donde sería figura central de una compañía de arte lírico encabezada por Mario Martínez Casado.

Estaba actuando con esa troupe, cuando llegó a La Habana el empresario argentino Roberto Ratti, quien buscaba talentos para un espectáculo que intentaba estrenar en Ciudad de México y donde pretendía reunir a artistas argentinos, mexicanos y cubanos. Ratti, por supuesto, se deslumbró con el talento y la belleza de la joven artista y le propuso viajar a México y ocupar el rol de primera vedette de la Compañía de Revistas Modernas que encabezó en la entonces llamada “ciudad de los palacios”.

Si hasta este momento la carrera de Rosita Fornés iba en ascenso, con su debut en la revista Ritmos y canciones de América en la urbe mexicana hubo un salto, una explosión que la catapultó a niveles de aceptación y reconocimiento extraordinarios.

The vedette cubana se convirtió en una diosa, en un ídolo venerado por multitudes de admiradores. En 1947 fue proclamada Primera Vedette de México por la Asociación de Periodistas de ese país y, dos años más tarde, la Prensa Asociada de los Estados Unidos Mexicanos le concedió el título de Primera Vedette de América. Se casó con José Medel, un popularísimo y muy reconocido actor y productor que había comenzado su exitosa carrera junto a Mario Moreno, Cantinflas. De esta unión nació la primera y única hija de la Fornés. La gran pantalla la acogió y filmó una película tras otra, pero esto no le impidió ser cabeza de cartel en revistas y otros espectáculos de variedades. Hizo giras breves a otros países del área y, cuando todo parecía ir a pedir de boca, surgió un grave inconveniente.

El matrimonio de Rosita Fornés con José Medel hizo aguas. Tensiones de la más diversa índole fueron dañando aquella unión que parecía tan sólida. Llegó a un punto tan álgido la desavenencia, que la vedette mimada de México pidió el divorcio. Pero el famoso comediante mexicano se resistía a separarse de ella y, sobre todo, de su hija. Las tensiones fueron aumentando. Tanto, que la Fornés se vio obligada a marcharse de México a escondidas, acompañada por su hija.

Este fue el momento más aciago de la vida personal de Rosita Fornés, en tanto afectó seriamente su carrera artística. Las puertas de su amado México parecieron habérsele cerrado y poco después de arribar a La Habana conoció al actor y cantante Armando Bianchi, con quien inició una relación amorosa que se extendió hasta la muerte de este. La relación fue manipulada por una parte de la prensa mexicana. Una gira al país azteca, acompañada por Bianchi, ahondó aún más las diferencias surgidas entre Rosita y Medel. El conflicto fue agudo y extenso.

Sin embargo, con el paso del tiempo, tanto Medel como la Fornés pasaron página sobre aquel incidente y se reencontraron en más de una ocasión como buenos amigos. La renovada relación entre ellos terminó cuando el actor falleció en 1997, a los 91 años. México también pasó página, y cuando la Fornés regresó dos décadas después del incidente, fue recibida con los brazos abiertos. Para ella el país azteca y su gente siempre tuvieron un lugar muy especial en su corazón y así lo hizo saber. Allí fue madre y eso no lo olvidó nunca.

De nuevo en casa

La actividad de Rosita Fornés al regresar a Cuba en 1952 fue, como siempre, pujante y exitosa. Lo primero que hizo fue volver a la televisión como actriz y vedette. Además, formó parte del elenco de una compañía de zarzuelas y operetas en la que Miguel de Grandy y Antonio Palacios dirigieron especialmente para ella sus éxitos más notorios, mientras los maestros Gonzalo Roig y Rodrigo Prats se pusieron al frente de la orquesta. Mario Martínez Casado la motivó a regresar al vodevil con la compañía que encabezó en el Campoamor. Se le vio, además, en el cabaret Tropicana junto a Bianchi en una producción de Rodney, titulada Las viudas alegres.

La Fornés revisitó el cine, esta vez con cuatro coproducciones cubano-mexicanas, filmadas en La Habana. Y se enroló nuevamente en la televisión, donde apareció en grandes shows como el Casino de la Alegría and Jueves de Partagas, los dos gigantes de CMQ TV; además de Video-Revista La Corona and La canción cuenta su historia en la misma planta. Protagonizó, junto a Bianchi, Mi esposo favorito, un espacio ideado por Joaquín M. Condall, a partir de la comedia televisiva estadounidense I love Lucy que alcanzó altos índices de audiencia.

Toda esta gran presencia en la televisión le aseguró una inmensa popularidad y la condujo a obtener —junto a Bianchi— el codiciado título de Miss y Míster televisión 1953, apenas un año después de su regreso a La Habana.

Una temporada en España

En septiembre de 1957 Rosita Fornés y Armando Bianchi viajaron a España. Debutaron en Barcelona, en el Teatro Calderón, donde se lucieron en Linda Misterio, un musical con piezas originales de Augusto Algueró. Luego de otras presentaciones se fueron a Madrid, donde Rosita causó sensación con Los siete pecados capitales —también con música de Algueró—, un reto para cualquier artista, pues interpretó a siete personajes. La estancia en España se extendió por dos años y medio, y en ese lapso pisó las tablas de los teatros Madrid, Calderón, y Alcázar, hasta que en febrero de 1959 la pareja regresó a Cuba.

Veinte años es bastante; veinticuatro, demasiado

Después de filmar en 1960 la cinta hispano-puertorriqueña Palmer ha muerto y quedarse en la Isla —literalmente— atrapada por circunstancias políticas, Rosita Fornés no volvió al cine hasta 1984, año en que se rodó lo que puede ser considerado —junto a Papeles secundarios, de Orlando Rojas— lo mejor de toda su filmografía: Se permuta, de Juan Carlos Tabío.

Estuvo 24 años sin filmar por causa de imperativos de orden político y una posición discriminatoria de carácter cultural —se intentaba promover un nuevo cine latinoamericano desde La Habana y las vedettes, al parecer, no cabían en él. Pero ella no claudicó: continuó siendo la más viva expresión del glamour, lo demodé, las plumas y las lentejuelas, a pesar de las posiciones quienes catalogaron todo esto como algo demasiado arraigado en el pasado.

La ausencia de la Fornés de las salas de cine no opacó, sin embargo, su carácter de ídolo nacional. En lugar de retraerse por esta absurda situación, la artista encabezó un gran show semanal en la televisión; tuvo presencia frecuente en las selecciones de estrellas del carnaval en casi toda la Isla y apareció además como cantante y actriz en programas radiales de alta audiencia como Alegrías de sobremesa. Estuvo ausente, eso sí, de la programación dramatizada de mayor presencia y popularidad de la televisión. Prácticamente solo el espacio Teatro la llamó y no con la frecuencia con que hubiera podido hacerlo. Si tenemos en cuenta que se trata de un período de unos 40 años, la cantidad de apariciones es real e imperdonablemente pobre.

Una relación difícil

La relación de Rosita Fornés con el público de Miami estuvo marcada por el desencuentro. Y ese público fue para ella muy relevante: lo conformaban quienes en Cuba la habían ovacionado durante años.

Ese desencuentro con Miami y la Florida, en general, fue provocado por algunos sectores políticos del exilio cubano, representantes —en su mayoría— de la crispación que se ha mantenido, en ambas orillas a lo largo de más de 70 años.

Esa distancia terminó cuando alguien tuvo la feliz idea de invitarla a un concierto sin anunciarla previamente. Fue en el Miami Dade County Auditorium durante la presentación del espectáculo Grandes divas cantan a las Diegos. Aquel 10 de noviembre de 2012, cuando de improviso se anunció la actuación de la Fornés, una ovación acompañó su salida a escena. El público, de pie, la recibió con el mismo calor que recibió en Cuba siempre. Ese día se demostró que eran más quienes querían ver a su diva en los teatros de la Florida que quienes la rechazaban. Y desde entonces fue reclamada en varias ocasiones. Sus presentaciones siempre fueron un suceso.

La última aparición pública de la Fornés fue el 19 de octubre de 2019 en el homenaje a Meme Solís por sus 60 años de vida en la música. El compositor, pianista, intérprete, repertorista y creador de cuartetos inolvidables la llevó al Dade County Auditorium como invitada de lujo. Vimos a una Rosa Fornés eufórica, vital, capaz de hilvanar recuerdos con el homenajeado y cantar, acompañada al piano y apoyada vocalmente por él.

Tiempo después se supo que Rosa Fornés había enfermado. Su avanzada edad ya iba apagando la intensa fuerza interior que la había mantenido en pie.

Había salido vencedora de su última pelea contra la adversidad, al recuperar a su público de la Florida que la seguía desde Cuba, donde se mantuvo por más de 60 años dándolo todo para hacer más bonita la vida del cubano de la Isla, llenando los espacios más diversos, adornando la pequeña pantalla, reinando en teatros y coliseos.

Dueña y señora de lo cubano se nos ha ido a los 97 años esta mujer que parecía inagotable. Todos sus públicos, estén donde estén, la despedirán ahora con una frase que coronó todas sus presentaciones y que salía del corazón de sus eternos admiradores, con la marca que solo pueden dejar el orgullo y la sinceridad.

¡Bravo, Rosa! ¡Bravo!

Pero esta vez no ha caído el telón. Se mantendrá siempre en alto, sostenido por esas mágicas palabras. Como homenaje eterno a una mujer que defendió, con bravura, la hidalguía de sus lentejuelas.

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Julio Cid

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