Detalle de la portada del álbum Para la espera, de Silvio Rodríguez, a partir de una fotografía de Daniel Mordzinski. Foto: Estudios Ojalá.
Detalle de la portada del álbum Para la espera, de Silvio Rodríguez, a partir de una fotografía de Daniel Mordzinski. Foto: Estudios Ojalá.

Para la espera / Silvio Rodríguez

8 minutos / Iván Egüed

17.06.2020 / Reviews

Con Silvio Rodríguez tengo una relación sui generis. Llevo un dibujo suyo en la espalda y no me considero un silviófilo. Su cancionero —autografiado, por cierto— es uno de los pocos objetos que siempre me acompañará, aunque nunca lo terminaré de leer. Admiro sus posturas y creo actúa más por convicción que por conveniencia, pero le tengo reluctancia a las excesivas capas de política (con) que lo cubren. Atesoro sus álbumes —en CD y vinilos— y más de 200 temas inéditos que no he escuchado. Por otra parte, a pesar de que muchos de sus trabajos a guitarra limpia me encantan, prefiero aquellos en los que se sale del arquetipo de trovador, como Causas y azares (1986), Expedición (2000) o Second date (2010) en los que explora el formato sinfónico, el jazz o los ritmos afrocubanos.

Para la espera (2020) es, por varias razones, un rara avis en la carrera del cantautor. Es el primero compuesto por maquetas —de ahí que sea él el responsable de todo lo que se escucha. Son, además, temas descartados, pero a diferencia del Descartes (1998) los álbumes de los que fueron excluidos aún no han sido armados. Y, por último, es su primer fonograma lanzado exclusivamente a través de plataformas digitales, pues por el momento no se ha decidido a editarlo en formato físico. Es por ello que recibí con iguales dosis de emoción y escepticismo el anuncio de su primer unipersonal en 24 años.

Al nuevo trabajo de este trovador antiguo lo envuelve cierta oscuridad que, en principio y atendiendo a su portada y dedicatoria, es fácil asociar con la muerte. Sin embargo, sabiendo que La Parca roza apenas algunas canciones, no es justo responsabilizarla totalmente por ello. Es más bien un hálito de decadencia y pérdida que desprenden la mayoría de los textos y, a su vez, es intensificado por arpegios calmos con ausencia de notas altas y una forma parsimoniosa de cantar. Esto, huelga decirlo, no es negativo per se. De hecho, en lo personal me resulta sumamente atractivo y creo que uno de los mayores aciertos de estas obras es que logran, la mayoría de las veces, contagiar las emociones que cargan.

La adivinanza es un tema menor, casi pueril, pero como introducción funciona. A pesar de que su núcleo es una invitación a descubrir el amor, el tono cansino con que se interpreta le da un toque sombrío que pudiera despertar cierta suspicacia en quien la escucha. En Aunque no quiero, veo que me alejo sucede lo contrario. Sonoramente se siente fresca y clara, pero la historia que cuenta es la de una despedida a destiempo —según su creador, a causa de la muerte del protagonista. Es una canción hermosa —de mis preferidas del material—, que bien merece una versión más acabada.

Si tuviera que vaticinar qué tema se convertirá en un clásico, capaz de pararse al lado de Quién fuera or Mariposas, sin duda alguna sería Noche sin fin y mar. Puede que no se trate del mejor texto ni el gran arreglo: es en la unión de todas sus partes donde ocurre la magia. Silvio vuelve a radiografiar fielmente —como lo hiciera en los temas mencionados— un grupo de emociones y sentimientos complejos de forma simple pero estremecedora. En este caso (re)trata la saudade, los anhelos y hasta un poco de la impotencia/resignación cuando un ser querido se nos pierde en la inmensidad. Una canción que, de tan auténtica, se siente como si la hubiese inventado al tiempo mismo de registrarla. Es más, si alguien me dijera que después de escucharla no se sintió tocado en lo más hondo, le aconsejaría que visitara urgente al cardiólogo. La noche en que fue lanzada como sencillo, me resultó difícil dormir. Releyendo este párrafo veo que tal vez me ganó la empatía y el sentimentalismo: no logro desligar esta canción del recuerdo de la partida de mis abuelas.

El quinto corte es una de las que más esperaba(mos) en los conciertos por los barrios. Sin embargo, en su grabación parece haberse diluido parte de su atractivo —y digo parece pues seguramente sea culpa de tanta expectativa. The thing is coming puede ser vista como una antítesis de Unicornio. Si en la canción de 1981 el ser mitológico servía como metáfora de utopías o de lo anhelado, el ente indeterminado de 2016 se erige como representación de una amenaza temida y armada con mentiras. Lo acechante y engañoso reaparecerá más tarde en Una sombra, la pista más corta y minimalista del álbum, quizás de las mejores. No solo letra, música y voz hacen de esta una canción sobrecogedora, el hecho de que su autor sea Silvio añade una importante cuota de desasosiego: el poeta que otrora destrozaba serpientes planteando con un verso una verdad, cae derrotado ante una presencia subrepticia que esta vez ha logrado embaucarlo y devorarle el amor. De unicornios a sombras, de vencedor a derrotado, de lo utópico a lo distópico… Los tiempos han cambiado un poco, ¿no?

A menos que se tenga muy poca edad, todos arrastramos el cadáver de alguna que otra quimera. La fe es una función compleja que depende, entre muchas otras variables, del tiempo. La agridulce Jugábamos a Dios pone el foco en esos sueños primigenios que se nos torcieron con los años bajo el peso de errores que nos empeñamos en no reconocer. Una mirada, atravesada por los remordimientos, a épocas de mayor ingenuidad. Unas ganas tardías de enmendar aquello que, irremediablemente, ya se nos escapó.

Después de vivir es, obviamente, la más directa en abordar el tópico de la muerte. Aunque más bien es una reflexión sobre el justo momento de preparar el equipaje para la nueva travesía. Una suerte de declaración —o ratificación— de principios cuya belleza y emotividad, aun sin alcanzar la grandilocuencia de Fool, son incuestionables. Muy bien ubicada como última canción dentro de la narrativa del disco que cierra con Página final, pieza instrumental tocada por los influjos que traen los atardeceres. Funciona como una especie de coda, que empasta a la perfección con su predecesora.

No es un secreto que, incluso en los mejores discos, hay pistas que sirven solo para completar el tracklist. De Para la espera se podría decir que es buen anti-disco: muchos de sus temas saben a relleno. Claro, no en vano el propio creador ha decidido excluir estas obras de trabajos mayores. Sin embargo, no es menos cierto que, después de unas pasadas —y sobre todo si se leen las letras—, se descubren buenos textos aquí y algunos de estos temas mejorarían tras un buen trabajo de producción —recuérdese que se trata de piezas en bruto, prácticamente recién nacidas. Y es que estas grabaciones piden a gritos un productor que, además de bueno, esté dispuesto a arriesgarse y halar a Silvio todo lo fuerte que haga falta con tal de sacarlo de su zona de confort. Porque en general algunos pasajes dan la impresión de que el trovador de San Antonio ha terminado influenciándose a sí mismo. Resulta poco menos que imposible escuchar este álbum y no recordar la trilogía formada por Silvio (1992), Rodríguez (1994) y Domínguez (1996). Y esto no responde a que sean similares en cuanto a instrumentación, pues no sucede lo mismo al escuchar Al final de este viaje en la vida (1978) ni Mujeres (1978). Ahora, a diferencia de aquellos tres, donde música y poesía fluyen suavemente por nosotros —y viceversa—, en Para la espera la escucha se empantana por momentos, dificultando nuestro avance por sus 13 piezas.

No obstante, este fonograma es lo que es y no se le puede pedir más. Un material interesante —toda vez que permite asomarse al proceso de creación de uno de los más grandes cantautores de todos los tiempos— pero que probablemente termine aburriéndonos tras pocas reproducciones o solo incluyamos dos o tres pistas en nuestro playlist diario. Acaso un divertimento para paliar la ansiedad de una espera que ya se estaba haciendo demasiado larga.

Iván Egüed

Iván Egüed

Melómano coleccionista. Ingeniero automático y otros disparates. Niño empedernido. Adicto a la guanábana. Siempre Feliúz, nunca inFeliúz. A veces con los pies sobre la tierra...

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    No Binario

    17.06.2020

    Buena prosa, sigue así


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