Lucía Huergo. Foto: Cortesía de la Oficina de Liuba María Hevia.
Lucía Huergo. Foto: Cortesía de la Oficina de Liuba María Hevia.

Lucía Huergo, poeta de praderas verdes

17 minutos / Liz Oliva Fernández

08.02.2021 / Articles

Un día le dijeron que cuando se grita, el dolor es menor. Así que gritó. Gritó noches enteras, lo más fuerte que pudo. No fue suficiente. Lucía Huergo había muerto y para Niurka Sánchez, esposa, productora, mánager, amiga, no había nada en el mundo más terrible que esa realidad.

Una realidad que había comenzado meses atrás, cuando el rostro de Lucía se puso rojo —como cuando iba a la playa— y un equipo de médicos le diagnosticó rosácea. Cuando las manchas se expandieron por los muslos y la espalda, y entonces indicaron una giardiasis. Cuando incluso con tratamiento, no mejoró. Lucía se quejaba de que le faltaba el aire al subir las escaleras. ¿Cómo es posible que unas simples escaleras parecieran el Kilimanjaro para alguien cuya capacidad pulmonar era sorprendente, fruto de años consagrados al estudio del saxofón y la flauta? Tenía que ser por el cigarro, pensaron. Lucía solía fumar mucho, aunque esos tiempos habían quedado atrás. Luego de varias pruebas y hospitales, el diagnóstico definitivo llegó: era cáncer. 

“Si es nodular no tiene posibilidades, porque las células se esparcen por el sistema respiratorio”, dijo el doctor. Pero Niurka decidió buscar otra opinión. “¿Qué le pasa a este hombre? ¿Cómo Lucía va a morirse, está loco?”. La confirmación del diagnóstico fue inevitable y comenzó la quimioterapia. Lucía sólo alcanzó a ponerse el primer suero.

Al caer la noche del último día de abril, Niurka sintió que algo no estaba bien. Pensó en llamar a una ambulancia, pero ella la detuvo. Para qué, si tenían todo lo que necesitaban. El cuarto parecía una sala de terapia intensiva y apenas habían pasado 15 quince días desde su ingreso anterior. Le dijo que ya se estaba sintiendo mejor, que solo necesitaba dormir. Pocas horas después, la situación era insostenible. Así que llamó. Bajó las escaleras una y otra vez, se asomó a la puerta, caminó hasta la esquina. Regresó. Volvió a llamar. “Tranquila, no se desespere, ya la ambulancia está en camino”, dijeron. Veinte minutos más tarde, en sus brazos, Lucía se desplomó. “Lucerito, por favor, no me hagas esto”, suplicó. 

Desde un rincón, Jerry —el pastor blanco, regalo de Liuba María Hevia— contempló la escena sin parar de ladrar. Dicen que no lo hizo en toda la noche y, cuando Niurka regresó del hospital, se acostó a los pies de la escalera y murió. 

“Se fue con ella. Los dos me dejaron sola”, recuerda Niurka, para quien su casa ―durante 23 años, el lugar más alegre sobre la faz de la tierra― se ha convertido en un sitio vacío, triste, silencioso. Su casa es, desde entonces, un tormento.

Lucía y Niurka. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

Lucía y Niurka. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

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En la madrugada del 1 de mayo de 2015, murió Lucía Huergo a los 63 años de edad. Cuando le preguntas por ella a Google, lo primero que te devuelve es precisamente eso: su muerte. 

“Murió Lucía Huergo, figura esencial de nuestra música” (Granma)

"Fallece Lucía Huergo, una de las más versátiles músicas cubanas” (El Nuevo Herald)

"Fallece en La Habana Lucía Huergo, luz y virtud de la música cubana” (El Cine es cortar)

Luego, cada artículo hace referencia a la música extraordinaria que era, a su talento y versatilidad. Como artista, Lucía siempre estaba en las nubes. Niurka era su cable a tierra, aunque siempre trató de cumplir sus sueños. Aquellos que empezaban siendo de una y se convertían en proyectos de ambas. 

“Las ideas de Lucía eran maravillosas, era imposible no enamorarse de ellas”, dice Niurka. 

Desde hacía tiempo, Lucía había dejado de lado los instrumentos para concentrarse en orquestar, componer, dirigir y producir música. Esto último se había convertido en su nuevo hobby. Desde el piano lo hacía todo. Tocaba la guitarra, el bajo, la batería, las cuerdas. Era una especie de nerd de la tecnología, en una época en la que no era común que una mujer grabara, mezclara y remasterizara. Pero ella estaba por encima de todo cliché. Austera y auténtica en su quehacer artístico, fue una de las primeras mujeres emprendedoras en los años 90.

Estaba trabajando en México cuando sintió que necesitaba un cambio. Decidió extender su estancia en aquel país. Necesitaba dinero para montar su propio estudio. A Niurka le bastó un comentario de Lucía para sumarse a la idea. “Arriba, vamos a meterle”, le respondió sin pensarlo dos veces. Y fue entonces que, en medio del Período Especial, montaron el estudio de grabación, Lucero Records. Invirtieron casi todo el dinero que ganaron en equipamiento de avanzada. La primera computadora que compraron fue en blanco y negro. Luego vino la consola, los casetes, los amplificadores. Lucía compraba los equipos, los enviaba; mientras Niurka los recibía y montaba en La Habana. Cada año iban cambiando, renovando.

Lucía Huergo. Foto: Cortesía de la Oficina de Liuba María Hevia.

Lucía Huergo. Foto: Cortesía de la Oficina de Liuba María Hevia.

Sara González, una de sus amigas más cercanas, le dijo alguna vez en tono de broma: “Sigue mandando cables y no mandes comida que te vas a comer ʽliteralmente’ un cable”. Sin embargo, con el estudio en marcha, les artistas empezaron a llegar une tras otre: Beatriz Márquez, César López, Robertico Carcassés, Mayra Caridad Valdés, Raúl Verdecia, Sexto Sentido, Telmary, Liuba María Hevia, Maraca y la mismísima Sara, a quien más tarde la saxofonista preguntó, irónica: “¿viste el cable que me estoy comiendo?”. 

Mientras la compositora se ocupaba de la música, Niurka —como productora— se encargaba de planear la agenda, los turnos de grabación, atender el teléfono, responder a los pedidos de entrevista, a las solicitudes de trabajo. Formaron un equipo. En la casa, por su parte, Niurka asumía todas las tareas. Para ella todo estaba muy claro: si lo que Lucía tenía en la cabeza era música, entonces en eso debía concentrarse. Si tenía una idea y estaba componiendo, no le apetecía interrumpirla porque “vinieron los mandados a la bodega” o para alimentar a su mascota. A ella le daba placer dedicarse a esas tareas, para que Lucía no detuviera su trabajo creativo.

Antes, ese rol lo asumieron las antiguas parejas de la instrumentista y su madre, Delia Guitián, quien creó todas las condiciones para que Lucía solo hiciera lo que sabía hacer bien. 

En eso la historia de la Huergo se parece a la de otros músicos exitosos hombres. Lamentablemente, las mujeres siempre han tenido más obstáculos para alcanzar sus metas: la casa, les hijes, el esposo, la familia, los padres… La sociedad fue diseñada para que fueran coristas, nunca solistas. Lucía, desde ese punto de vista, podríamos decir que fue un producto “fallido”.

***

El “bote” de Lucía y Niurka siempre estaba lleno. Si cumplían años, hacían una fiesta; si se celebraba cualquier cosa, hacían una fiesta; si alguien sacaba un disco, entonces el pretexto era reunirse para escucharlo. Siempre había una botella de vino esperando o una de whisky o cervezas. Los domingos, la tradición era comprar costillas y hacerlas en un BBQ traído de Canadá. Con el asado listo, solo quedaba levantar el teléfono e invitar a les amigues. 

Todes coinciden en que Niurka era una excelente anfitriona. Y Lucía era el alma de la fiesta y la promotora del “oye, écha pa´ca´”. 

A su padre, Gervasio Huergo —un cantante lírico español conocido como El Frayón— le debía su musicalidad y el apodo de Lucerito. Cuando pasaban tiempo juntes, él le cantaba canciones mientras ella, de oído, sacaba las melodías en el piano, con apenas seis años. Oído musical absoluto que fue perfeccionando con el tiempo.

Lucía Huergo junto a Carlos Gaitán. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

Lucía Huergo junto a Carlos Gaitán. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

La obsesión por la afinación era algo que compartía con Carlos Gaitán, su pianista y mano derecha. La única diferencia era que a él le apenaba señalar ese tipo de errores a une músique y a Lucía no.  Era extremadamente directa. Era como una niña chiquita, no tenía maldad y su sinceridad era aplastante, sin filtros ni correcciones políticas. Al pan, pan; y al vino, vino. Sin rodeos ni medias tintas. Era indiscreta, y carecía de tacto. Si veía algún defecto en una persona, desde estrabismo hasta la caída de un molar, Lucía se lo hacía notar. Y no importaba cuán famose fuera, si desafinaba una nota, le decía: “No afinaste. Cantaste muy mal”. No fueron pocos los disgustos que causó.

Cuentan que una vez en casa de Sara, la trovadora cogió la guitarra para descargar. Al solo tocar los primeros acordes, Lucía, en tono fañoso, alto, como si estuviera medio sorda, advirtió: “esa guitarra está desafinada”. Marta Campos intentó arreglar la situación, agarró la guitarra, la afinó un poco y se la pasó a Sara nuevamente. Esta comenzó a tocar y Lucía: “esa guitarra está desafinada”. Así sucesivamente se repitió la escena, hasta que Niurka intervino y le hizo ver que no era el momento de ser afinadas. Nadie, en ese momento, se preocupaba por la armonía, excepto ella. Para ella el sonido tenía que ser perfecto. 

Su credo era uno solo: les músiques no pueden dejar de estudiar, al igual que les médiques. Por eso cada mañana se levantaba y cogía el saxofón, luego la flauta, después se sentaba en el piano. Así transcurría su día. Al mismo tiempo le gustaba repasar orquestaciones, arreglos. Disfrutaba mucho la música pop norteamericana, sobre todo la que tenía producciones aparatosas. Guardaba toda la discografía de Céline Dion. Clásica, pero siempre abierta a toda clase de ritmos y estilos.

Lucía Huergo tocando el saxo. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

Lucía Huergo tocando el saxo. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

***

En las fiestas, Lucía se daba dos tragos y comenzaba a disparar poesía. “De mi libro Las praderas verdes…”, decía. Acto seguido inventaba palabras y las repetía una tras otra. Su locuacidad, rima y seriedad eran tales que les espectadores se quedaban atentes hasta que alguien se daba cuenta de que todo era un chiste y reían a carcajadas. 

Así surgió el mito de “el premio Casa de las Américas, Las praderas verdes, de Lucía Huergo”. Sus improvisaciones de “poesía contemporánea” se hicieron tan famosas que durante un concierto en el México de los 90, Amaury Pérez la presentó como “la poetisa Lucía Huergo, quien además toca saxofón y flauta”. El chiste salió —como si fuera cierto— en la prensa de Aguas Calientes. Motivada por el éxito, la Huergo “editó” un segundo cuaderno: Oh Jacobo, en honor a un miembro de la seguridad del Estado que viajaba con ellos en las giras: “¡Oh Jacobo! ¿A dónde vas, de dónde vienes? No eres más que un atril de la vida”. 

Durante la época de los “alumbrones” en Cuba, muchas familias echaban mano del quinqué de querosene y las velas para arrojar un poquito de luz en sus vidas nocturnas. Si la economía lo permitía, entonces pasaban de la luz brillante a las linternas o a las lámparas de batería. Pero ninguna de esas opciones era la ideal para Lucía, cuya madre era una  anciana que necesitaba desplazarse por la casa con las manos libres para maniobrar. ¿Solución? Un casco de minero. Eso le trajo la compositora a Delia, que andaba por toda la casa a oscuras, feliz, con su casco en la cabeza, las baterías en la cintura y la luz que se proyectaba hacia delante como si fuera una locomotora.

En un show en la Sala Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes, en 2012, la saxofonista hizo galas de su despiste, al cambiarle el nombre a la flautista del grupo, a quien llamó Leydis durante todo el espectáculo. Ese tipo de deslices no sucedía solamente con los nombres, sino que abarcaba también objetos, personas y animales. Por eso cada vez que Lucía invitaba a cenar a su esposa, le decía: “Vamos pa´l avestruz”, porque en su cabeza el ave que rondaba por los jardines del Ranchón de Artex Habana era un avestruz y no un pavo real. 

***

A inicios de los 2000, Lucía vivía un momento creativo sublime. Todes querían trabajar con la persona detrás de la banda sonora de la telenovela Las huérfanas de la Obra Pía. Un poco antes nació Sinfonía Hemingway, como parte de un audiovisual; pero Niurka vio ahí la oportunidad para que lanzara un disco en solitario. 

A pesar de su talento, la orquestadora no se veía con la capacidad de hacer algo así. Había fungido como música acompañante de figuras como el argentino Fito Páez, la brasileña Denisse de Kalafe y el puertorriqueño José Feliciano, pero la propuesta de su esposa le parecía que le quedaba grande.

—Dale, tienes que agrandar los temas. 

—No, yo no voy a poder hacer eso. 

—¿Cómo no? Vamos que tú si puedes, tú si puedes…

Al final, inició el proceso: mientras la cantante, poeta y amiga Mane Ferret narraba pasajes de los libros de Hemingway, la Huergo iba componiendo. Y cuando los ocho temas estuvieron listos, ella misma decidió que el noveno sería a partir de fragmentos de los anteriores llevados a formato sinfónico, al estilo de una suite. Fórmula que repitió luego, con canciones de Ernesto Lecuona.  

La idea de armar un grupo también se le ocurrió a Niurka. No bastaba con que Lucía sonara en la radio, tenía que presentarse en vivo. Costó trabajo convencerla, pero llegó un día en que la banda de Lucía Huergo fue una realidad inalterable. 

En 2008, durante el proceso de armar la agrupación, el pianista Carlos Gaitán descubrió una partitura extremadamente compleja. Era la sintaxis de Mereguo. Tenía como cinco o seis hojas y estaba escrita al detalle, con toda la literatura musical que se requiere. Gaitán, temeroso, pidió tiempo para estudiarla. Ella se sentó a su lado en el piano y con naturalidad contestó: “Eso no es tan complejo na’, tú verás”, y empezó a tocar con una destreza que no era normal en alguien que no tuviese aquel instrumento como base. En muy poco tiempo, ya Carlos había descifrado la pieza y descubierto a una Lucía que no sabía que existía. De ella aprendió que es necesario trabajar, insistir, ensayar para que las cosas salgan lo mejor posible. “Siempre le estaré agradecido por eso”, dice.

La Huergo ha dejado huellas en otres músiques, no solo en Gaitán. En los años 80, el compositor y también pianista Hilario Durán, tuvo la oportunidad de colaborar con ella en la producción musical de dos discos de la cantante Miriam Ramos: Canción desde otro mundo (Areito, 1983) y Para tu piel (Egrem, 1989). Ser pianista y orquestador en esos álbumes, y compartir el trabajo con la instrumentista marcó un antes y un después en la carrera profesional de Durán, quien venía influenciado por las grandes orquestaciones como la big band de la Orquesta Cubana de Música Moderna. Entonces se encontró con la superioridad de un estilo de arreglos mucho más sofisticado, en el cual Lucía se paseaba como pez en el agua.

Lucía Huergo junto a su grupo. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

Lucía Huergo junto a su grupo. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

Aunque, si fuéramos a contar bien la historia, la admiración de Durán por Lucerito nació en el Conservatorio Amadeo Roldán. Aunque él era un año menor, coincidían en las descargas de los recesos. Ella estudiaba saxofón, piano, flauta, oboe, clarinete. Él, dirección. Composición-orquestación era una especialidad que compartían. Más tarde, cuando ambos comenzaron el trabajo “en la calle”, Hilario —al terminar de tocar con la orquesta de Octavio Sánchez (Cotán), por donde años antes había pasado la Huergo— saldría corriendo para verla entre les músiques profesionales que, desde la sección de saxofones, hacían el show de variedades del Copa Room.

A finales de los años 70, en la época gloriosa del jazz cubano, Chucho Valdés iba al Río Club solo para ver a Lucía tocar con les jazzistas de Sonido Contemporáneo. Bobby Carcassés también la conoció allí. José Carlos Acosta, Paquito D’ Rivera, Arturo Sandoval fueron algunos de los músicos con que compartió escenario siendo solo una veinteañera.

Después vendría la época en que Lucía comenzó a hacer música afrocubana, sin textos ni cantos africanos. Mereguo surgió así. Luego llegó Síntesis, agrupación donde hizo historia en la década de los 80, al realizar —junto a Carlos Alfonso y Ele Valdés— uno de los trabajos más completos de integración de la música religiosa afrocubana con el rock y las sonoridades contemporáneas.  Hilo directo (Areito, 1984) y Ancestros (Areito, 1987) son muestra de ello.

Lucia junto a Niurka. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

Lucia junto a Niurka. Foto: Cortesía Niurka Sánchez.

***

Titi Laye sonaba en el fondo. Mientras, Niurka esperaba con sus amigas a que comenzara el concierto de Sara González en el Festival de Varadero del 87. Algo en la melodía la dejó completamente fascinada. “¿De quién es esa canción?”, preguntó. De Lucía Huergo, la de Síntesis, respondieron. La misma Lucía con la que había coincidido en múltiples ocasiones. ¿Pero quién era esa mujer? ¿Por qué llamaba tanto su atención?

Una mujer como ella no iba a esperar a que los astros se alinearan y la llevaran frente a la artista que había despertado su curiosidad. Con un par de amigas conspiradoras se las ingenió para coincidir con mayor periodicidad y menos providencia. Primero se enamoró de la música de Lucía, y luego de su carácter de niña inocente, tierna, risueña. Cinco años más tarde, la Huergo finalmente le hizo caso.

El 1 agosto de 1992, Niurka llegó a la casa que El Frayón construyó para su hija de un año.  Desde entonces nunca más se fue. Así comenzó una relación de 23 años en vida y seis después de que su esposa muriera. Para ella nada ha cambiado, aunque ya no sea lo mismo. 

Hoy, al caer la noche, no le cuenta a nadie sobre su día. Tiene un perrito sato que recogió en la calle y es su familia. Ahora piensa en Lucía de una manera sana y sin lágrimas. El tiempo le ha acomodado el dolor, aunque le reprocha a la vida haberle arrebatado la vejez conjunta. Mientras, el estudio se ha convertido en ese lugar donde puede pasar muchas horas. Aún no ha arreglado el reloj que guarda el nombre anterior: Lucero Record. “Ya no se llama así” dice. “Ahora es Lucía Huergo Record. Es mejor, para que pase un poquito de tiempo antes de que olviden su nombre”. 

Liz Oliva Fernández

Liz Oliva Fernández

Periodista el 40 por ciento del tiempo, activista el resto. Viajera en la más mínima oportunidad. Tiene tres adicciones: trabajo, mar y vino. Bad Bunny le confirmó que: perreo hasta el suelo, feminismo hasta el cielo.

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    Carlos y Ele

    08.02.2021

    Maravilloso y emotivo escrito

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    Nirka Sánchez

    08.02.2021

    Gracias Liz, muy lindo escrito, me emocioné mucho.

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    Dagoberto Pedrajs

    10.02.2021

    La conoci en los 70’s tocando con SONIDO CONTEMPORANEO en el Johny’s Dream,alternabamos con mi banda.Luego participe varias veces en su studio de grabacion.Luz para ti Lucy, que debes estar en el cielo con diamantes , una copa de vino y tu risa estrepitosa.

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    Diana Balboa

    10.02.2021

    Gracias Liz Oliva Fernandez he pasado por muchos estados gracias a tu texto. Es muy veraz y bello.Gracias otra vez

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    Angel Mario

    13.02.2021

    Estando enferma pudo grabar con su saxo un tema mio . Junto con mi grupo AM. Hicimos un duo de solos. Ella con el Saxo y yo con mi guitarra electrica. Algun dia lo escucharan. EPD Lucia. Un gran talento de la Historia de Cuba.

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    Alfredo Perez

    15.02.2021

    Lucia mi hermana espiritual,estudiamos juntos y me enseño a amar el piano, he sentido mucho su partida pero estoy seguro que jamas sera olvidada.Luz para tu.espiritu.

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    Lazaro Gonzalez

    28.02.2021

    Tierna historia de amor, de música y de valor humano.


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