Diseño e ilustraciones: Edel Rodríguez (Mola)

Llegando a Capitalia

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Los amigos… los (buenos) amigos siempre te sorprenden con música para vibrar. Porque se trata de eso, de compartir lo que hiciste tuyo, y saber que gente cercana puede disfrutarlo igualmente. Cuando Lorena me wetransfereó el disco de William Roblejo´s Trío, intuía que se lo iba a agradecer.  He de confesar que entre oír la grabación y saborear en vivo la música contemporánea cubana, prefiero lo último, porque en vivo me muevo, me voy dentro del stream melódico, ese cómplice “estar ahí” que da compartir el mismo espacio (aire/ondas sonoras), y la energía, por supuesto. Sensación irrepetible como pocas. 

Sin embargo, Capitalia (Egrem, 2019) llegó a mí por partes, casi diría, fluyendo intermitentemente, y así lo disfruté. Primero, y con escasos días de diferencia, lo descubrí por quien diseñara su imagen, Edel Rodríguez Mola. La portada e interiores estructurados con el tino y la gracia que da saber comunicar, atraen, no ya al reconocer a La Habana y su arquitectura, sino por acercarnos a estos tres iluminados (William Roblejo, Roberto Luis Gómez y Julio César González) que, solos o de conjunto, se entregan a la música, un territorio siempre por explorar.     

Para el que escuche este fonograma desplazándose a pie, en bici o manejando por las calles de esta Habana (casi como la de cualquier ciudad bullente), Capitalia es un regalo. Banda sonora que se siente como una conversación diáfana de instrumentos e intérpretes, géneros, estilos y tradiciones. Una geografía sonora con ecos que van desde la tímbrica irlandesa volando al norte de América para airearse con la síncopa afro(descendiente), de ahí seguir a un barrio carioca, para arribar, finalmente, a puerto seguro, a la isla de la música, a Cuba.

Track a track, seguir las pistas…

Escuché a Roblejo por primera vez en vivo hace ya tiempo, en un festival de jazz por el 2011 o 2012, y luego en muchas colaboraciones con proyectos y géneros musicales diversos. Me sorprendió la capacidad que tiene, como otros talentosos músicos (clásicos) cubanos, de transitar de lo culto a lo popular (por decir un binarismo injustificable en los tiempos que corren), de la música centrada en la partitura a la improvisación más (o menos) espontánea. Porque si sus orígenes están sin duda en la escuela cubana de violín clásico, con el tiempo y expuesto a infinidad de influencias, decantarse por el jazz-fusión diría que le fue natural. Roblejo ―que ha dicho que es “un violinista que hace composiciones”― pasó de un primer volumen (Dreaming, 2012) en el que el peso autoral era bastante coral, a Capitalia donde ocho de los nueve temas incluidos llevan su firma, compartiendo los arreglos con Roberto Luis Gómez (Recuerdos, Cuando ya no estés and Capitalia) y con Julio César González (Amor de loca juventud and Bossanera). 

Nunca pude escuchar Dreaming como se dice, formalmente ―aunque debo haberlo disfrutado quizás en algunos de los conciertos que a lo largo de estos años ha presentado el trío―; pero si muchos coincidían en que aquel volumen inicial luego nominado al Cubadisco 2013 mezclaba con frescura y arrojo temas de consagrados y noveles compositores como él mismo, ahora apreciarán la madurez que exhibe Capitalia, siete años después. Porque este es, no cabe duda, un disco cerra´o. 

Diseño e ilustraciones: Edel Rodríguez (Mola)
Diseño e ilustraciones: Edel Rodríguez (Mola)

Con una Irlanda para tres, cuyo vibrante solo de violín deleita cerca de dos minutos, Roblejo rinde homenaje a una de las escuelas violinísticas más identificables y reconocidas a nivel internacional. Desde los primeros acordes (a)sienta en nuestros oídos la maestría del violín clásico para, instantes después, desdoblarse con el color y veloz ritmo del fidget tradicional irlandés que, más expresivo con sus impresionantes agudos, despliega las infinitas posibilidades que este instrumento puede abrazar. Irlanda, que aquí transpira a mar y acantilados, nos llega en un sonido sinestésico, ese que irradiado del violín dinámico, se eleva o regodea en las notas, las escalas… para ensancharse poco después y dejar entrar rasgueando la guitarra, punteando al bajo, coloreando la tímbrica inconfundible, encrespada… Irlanda que se oye cual viento cuesta arriba, y pareciera que el violinista es no uno sino dos, preguntándose y respondiendo al mismo tiempo.

Y en ese libre fluir, con la armonía como guía, se entiende que el tema Amor de loca juventud, compuesto y arreglado por Rafael Ortiz e incluido en Dreaming y ahora también en Capitalia, hermane ambas producciones, y sea el segundo en escucharse. Este track, como el siguiente, Ida y vuelta, mantienen el tono de divertimento y emoción en dosis tan exactas que francamente atrapan. Ida y vuelta, como buen bluegrass, suena a western y, banjo mediante, nos lleva a la cuna del jazz americano, con ligereza, deshojando nota a nota ese violín protagonista tan caro al old time y al blues, que resume (tan bien) el incierto ir-y-venir del nómada contemporáneo. 

El disco tiene a su favor un balance que va de pasajes intensos a otros más relajados, con absoluta desenvoltura. Sin esfuerzo vamos de la euforia a los Recuerdos, donde el tempo se enlentece, se adelgaza, y el bajo deviene contraparte emotivo-reflexiva, espejo del violín o viceversa. Casi lo mismo que provoca ir atrás, a los cimientos de la música cubana, para re-vivir escuchando un Danzón en Tunisia que nos hace movernos al compás casi sin notarlo. Yo no sé si Roblejo “pasó”  A Night in Tunisia pero quiero leer un homenaje allí donde quizás solo hay alusión, un guiño, más cuando el danzón es un género no tan vehemente como ese standard de jazz de Gillespie.  

Y como del recuerdo a la ausencia no va más que un paso (unos acordes quizás), Cuando ya no estés vendría a cerrar la línea introspectiva que alcanza el disco a la altura del sexto tema. Este track tan íntimo cuenta con un videoclip, y es una conversación personalísima (entre la guitarra, el violín y las misceláneas) de la que seremos seguro testigos y entendidos todos por experiencia. El aire melancólico, inevitable, casi se diluye cuando resuena otra fuerza rítmica, Bossanera, que de inmediato nos transporta. Se siente fluir esa nova samba, breve y cálida, que es pura armonía y gracilidad. La instrumentación elegante sigue el tono intimista, pero el fraseo espontáneo y sincopado de la bossa nova carga de personalidad la pieza (pandeiro a cargo de Edgar Martínez Ochoa). Y si cada músico va entrando, breakeando con soltura y lirismo, casi al final quizás lleguemos a “oír” que alguien vocaliza al compás la melodía, justo lo que quisiéramos hacer.   

Pero como si no quedara tiempo ya, se nos viene encima el track más corto del volumen: Llegando a tierra. Casi un allegrissimo, este tema trepidante es pura expectación, se mueve entre el violín y el bajo, con la guitarra entre ambos. Punteado como quien camina deprisa o tropieza, y cuando más a gusto se está, termina, porque llegamos a Capitalia. Cierre como era de esperar, este tema es un crack, porque es síntesis de los temas anteriores. Suerte de crisol de tradiciones e influencias, como la propia música cubana, Capitalia combina de todo, del clásico violín a la batería moderna (Rodney Barreto), de la guitarra flamenca (Damián Campos) al cajón (Leandro Cobas). Pero también está el sentimiento de un violín gitano, la guitarra del bluegrass y como “it don´t mean a thing if you don´t got that swing”, este track tiene swing, y mucho. 

In Capitalia el timbre y el color conforman la imagen de esta ciudad, La Habana. Que este tema es un homenaje no puede nadie dudarlo, y no porque en el 2019 la capital cumpliera cinco siglos —de hecho fue incluido en un volumen recopilatorio, homenaje al medio milenio de la ciudad, titulado La Habana 500 (Egrem, 2019)— pues el tema creo ya venía desde el 2016 en que fue usado para promocionar el Festival Habanarte, sino por su sonoridad inconfundible. Suena cubano y suena a música del mundo, y todo a través de ese arco personalísimo que va engarzando, leadereando en grupos de tres, cuatro o seis magníficos ejecutantes. No se trata ya si es o no post-jazz o jazz-fusión, este volumen escapa a una clasificación genérica como no sea la de música cubana contemporánea. Y como tal ha de disfrutarse.

Llegando a Capitalia, llegó Roblejo a sí mismo, luego de volar alto y bajo, de salirse y volver sobre sus pasos. La gloria de la música en un acorde, para de ahí crecer, y seguir creciendo.  

 

 

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