Illustration: Mayo Bous.
Illustration: Mayo Bous.

Literatura feat. Música: Yo no oigo heavy metal

5 minutos / Legna Rodríguez Iglesias

06.11.2020 / Others

Cantar como Shakira no me convierte en Shakira, pero cantar como Roberto Carlos sí me convierte en Roberto Carlos.

Los éxitos de Roberto Carlos que a mí me gustan son canciones de amor de los ochenta, por eso no puedo ponerlo aquí.

¿Qué tiene Roberto Carlos que no tenga yo? ¿Qué tiene Roberto Carlos que no tenga Shakira?

Cuando te digo que tú eres mi símbolo sexual no estoy citando a Roberto Carlos, estoy diciendo lo que pienso realmente.

Cuando te digo que esto es una declaración de amor no estoy diciendo que creo en el amor.

No creo en el amor pero podría tener un accidente ahora mismo en la bicicleta y se me podría partir una pierna y en el hospital podrían creer que así vestida como un espantapájaros mi nombre es Roberto Carlos.

Hazte la idea de que me llamo Roberto Carlos.

O por lo menos Shakira Carlos.

No conozco ningún bebé, ni hembra, ni varón, ni hermafrodita, que se llame Shakira Carlos.

Cuando pienso en pata partida, brazo partido y columna rota, nunca lo asocio con Frida Carlos y sí con Roberto Carlos.

A Shakira no la asocio con casi nada en la vida.

A Shakira la he tirado al abandono.

Shakira me decepcionó desde aquel álbum en inglés que tenía que ver con una lavandería.

Nunca antes había ido a una lavandería hasta que puse los pies en Miami.

Nunca antes había ido a un Distrito de Diseño hasta que puse los pies en Miami.

Nunca antes había ido a un barrio que se llamara Pequeño Haití hasta que puse los pies en Miami.

Desde Cuba se puede ir a Haití sin visa.

Esto es falso.

Se necesita una visa para ir de Cuba a Haití y esa visa cuesta un ojo de la cara.

Los cubanos van a Haití a comprar cosas baratas para venderlas en Cuba un poquito más caras y poder comprar cebollas.

Los que no compran cebolla reúnen un poco más para volver a ir a Haití antes de que se les venza la visa.

Y así sucesivamente, como los parques de diversiones.

Riquísimo.

Trabajé en el Pequeño Haití como cocinera del Restaurante Loba.

La dueña del restaurante me contrató porque le di lástima.

La dueña del restaurante se parecía a Shakira en una cosa: ella también era colombiana.

Le puso Loba al restaurante para demostrarse a sí misma que saldría adelante en la vida, como una loba en un bosque.

Cuando dejo de afeitarme las piernas y los brazos me siento como una Loba.

No hay bosques en Miami así que soy una loba frustrada, sin bosque, con restaurante.

Me imagino a Roberto Carlos entrando al restaurante Loba y pidiendo una pierna de cordero.

Que yo recuerde, en el restaurante Loba no hacían piernas de nada. Solo pulpos, pescados simples, ensaladas, vegetales al vapor y cosas por el estilo, deliciosas.

Que yo recuerde, en el restaurante Loba había una sordomuda que preparaba los pulpos y los vegetales al vapor con una mano enyesada.

Aunque tuviera la mano enyesada y no emitiera discurso, como Shakira en los años noventa, la sordomuda hacía unos pulpos que todo el mundo quería probar.

Yo también los quería probar hasta que un día los probé.

Me metí en la boca todos los tentáculos.

Casi me meto en la boca el yeso.

La sordomuda era colombiana y se llamaba Roberto Carlos.

Parecía una persona segura de sí misma, feliz, pero en realidad estaba llena de resentimientos.

Parecía una persona con empatía hacia los demás, pero en realidad solo sentía empatía hacia su yeso.

Acicalaba su yeso y lo dibujaba, y daba la impresión de que era una artista en potencia.

La mayoría de los cocineros del restaurante Loba daban esa misma impresión.

Me acuerdo que un día les dije: ustedes parecen artistas.

Pues sí, me dijeron, somos una banda de artistas contemporáneos llamada Restaurante Loba.

Un restaurante salvaje en el medio del desierto del Pequeño Haití.

Todo esto estaba pasando en el medio del desierto del Pequeño Haití.

En el barrio de Miami llamado de los negros.

A donde los blancos latinos no les gusta ir.

A donde los chinos no les gusta ir.

A donde desplazaron a la gente negra que vivía en el llamado distrito de diseño.

Qué buena es la vida de los diseñadores.

Qué bonita es la apariencia de un diseñador.

La sordomuda Roberto Carlos cocinaba los tentáculos de pulpo en su propio jugo.

No metafóricamente sino literalmente.

Cuando me metí en la boca los tentáculos sonrió y empezó a cantar.

Supongo que mi símbolo sexual es ese: una sordomuda.

Alguien que no hable, que no emita discurso.

Alguien que no oiga lo que digo a sus espaldas.

Alguien con un yeso y un brazo partido.

No tiene que tener bigote como Frida Carlos pero sí cantar en la ducha canciones de amor de 1985 como Roberto Carlos.

Alguien que no sea yo ni tenga las caderas invisibles como yo.

Alguien que tenga caderas.

En resumen, después de cantar, la sordomuda Roberto Carlos me dijo que los tentáculos estaban llenos de HPV.

Así que ahora los tentáculos y yo nos parecíamos en una cosa.

Igual que Shakira y la dueña del restaurante.

Igual que la mayoría de las personas.

Todos nos parecemos a otros en algo.

Todos tenemos resentimientos y virus.

A todos nos han puesto un yeso alguna vez.

 

(Fragmento de novela inédita).

Legna Rodríguez Iglesias

Legna Rodríguez Iglesias

(Camagüey, Cuba, 1984). Trabaja en sus labores. Escribe una Columna Irrelevante en la revista digital El Estornudo. Ha publicado varios libros, entre los más recientes se encuentran Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo (Ediciones Liliputienses, 2019) y Mi novia preferida fue un bulldog francés (Editorial Alfaguara, 2017).

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