Medellín bailó bonito y sabroso

por
AM

Su piel rumbera, que respiraba cubanía y ritmo, cumpliría por estas calendas cien años, de no ser por la cirrosis hepática que se lo llevó la noche del 19 de febrero de 1963. Aquel fue un día de luto para su Cuba natal y para los que admiraban sus grabaciones y presentaciones. Tenía tan solo 44 años bien vividos. Ahora su aliento musical vaga centenario entre decenas de grabaciones y sigue susurrándonos al oído sus inmortales sones, mambos y boleros.

Como los aniversarios son ocasiones para recordar y valorar, este será un pretexto para rememorar los pasos bailados y cantados por Benny Moré en Medellín, una comarca entre montañas a la que su música había llegado, como al resto de Colombia, gracias al desarrollo que en Cuba había adquirido la industria discográfica, difundida por la RCA Víctor, así como por su distribución en el resto del continente y su difusión en las estaciones radiales de gran potencia.

El tenor cubano René Cabel, que residió en el país desde mediados de los sesenta hasta su muerte en Bogotá el 3 de abril de 1998, dijo que había sido su propia iniciativa convencer al empresario radial William Gil Sánchez de invitar a Moré a Colombia. El mismo Cabel hizo los contactos pertinentes con el empresario cubano Eugenio Tito Garrote, y el 4 de agosto de 1955, a bordo de un avión DC-3 de la aerolínea SAM, con el número HK 523, llegó El Bárbaro del Ritmo a la capital de Antioquia.

Moré tenía buenas referencias musicales de Colombia porque años atrás, en 1949, había grabado La múcura, de Crescencio Salcedo-Toño Fuentes; a la que siguieron Pachito Eché, de Álex Tovar, en 1950; y San Fernando, de Lucho Bermúdez, en 1951, con las orquestas de Dámaso Pérez Prado y Rafael de Paz.

Recordó en una ocasión Alfredo Chocolate Armenteros, a la sazón trompetista de la tribu del Benny, que durante su travesía entre Cuba y Colombia, en una parada intermedia en Ciudad de Panamá para unas presentaciones (que resultaron apoteósicas), Moré se dedicó a escribir uno de los boleros que consideró más importante en su carrera: Ahora soy tan feliz.

La conexión de Moré entre Panamá y Medellín se hizo en la ruta de Cartagena. Empresarios locales aprovecharon el paso de Benny por esta ciudad y el 30 de julio de 1955 lo presentaron en los estudios de la emisora Riomar y luego en el teatro Miramar. Al día siguiente en sesión nocturna, a dos pesos la boleta, en el teatro Almirante Padilla ubicado en el barrio Getsemaní.

Anuncio de la presentación de Benny Moré y su Banda Gigante en la ciudad de Cartagena, Colombia. Foto: Archivo personal del autor.

Después de las ovaciones en el Padilla, esa noche cantó en el restaurante Tahití, del cubano Juan González Cornett, propietario y gerente del equipo de béisbol Los Indios. También se presentó en el Teatro Laurina ubicado en el barrio Lo Amador y en el Radioteatro Miramar en El pie de La Popa. Cumplidos los imprevistos compromisos el lunes 1 de agosto en un bimotor pasó a Barranquilla desde donde voló a Medellín.

A su llegada al aeródromo Las Playas de Medellín, la prensa local lo recibió en grande, con despliegue fotográfico al día siguiente en los periódicos. Se alojaron en el desaparecido Hotel Europa, contiguo al también desaparecido teatro Junín. La misma noche de su llegada, La Voz de Medellín los presentó en su espacio La revista Pilsen del aire.

La presencia física de Moré, y en especial los gestos que usaba para dirigir a su tribu, causaron sensación entre los asistentes al radioteatro de la carrera Bolívar con la calle Cuba. Eran pocos los músicos que, para la época, invitaban a su público a corear los estribillos de las canciones. El cubano no tuvo empacho en poner a cantar a las voces locales. Aunque la audiencia no entendía cuál era la magia del sonero, terminó por cantar con él.

Bonito y sabroso, Santa Isabel de Las Lajas, y su versión de San Fernando, eran los temas de combate de Moré y su orquesta en Colombia, para aquellas casi olvidadas presentaciones. Tras la audición radial de la noche del 4 de agosto, que tuvo un lleno absoluto en el radioteatro, amenizaron un “coctel bailable” en el Club Campestre, donde alternó con la orquesta de Lucho Bermúdez.

El cantante Fernando Álvarez, en la biografía sobre Benny Moré, escrita por Amín E. Nasser, contaba lo que ocurrió en “el Deportivo de Medellín” cuando en realidad hacía referencia al Club Campestre, durante la segunda presentación—:

…iban magnates, gente de dinero; entonces empezamos a trabajar, pero nadie de los presentes le prestaba atención a la orquesta, todo el mundo estaba distanciado, no les interesaba nuestro trabajo y Benny se dio cuenta de esto y nos dijo: “bueno, ya que a esta gente no le interesa nuestra música, vamos a tocar para nosotros, vamos a gozar ahora con nuestra música”. Y cuando comenzamos a tocar, y el Benny a bailar, a brincar y a dar esos chillidos que él metía, y los mambos que inventaba en el momento, aquel pueblo vino para donde estaba la orquesta, y aquello fue increíble; lo rodearon, se lo querían llevar para no sé dónde, el diablo fue aquello. Entonces, Benny se sentó y dijo: “Me voy a sentar con mis músicos ahí y voy a tomar con ellos”. Le trajeron una botella de wisky (sic) y decía él: “yo no estoy tomando wisky (sic) estoy tomando Bacardí” y le trajeron una botella de Bacardí. Y se la tomó con sus compañeros de la orquesta.
Anuncio de la presentación de Benny Moré en el Club Campestre de Cartagena. Foto: Archivo personal del autor.

René Cabel, por su parte, contaba que los organizadores debieron montar una tarima adecuada a la estatura de Moré porque “era un mulato muy grande. Siempre se vestía de frac blanco y cuando empezó a tocar, acabó con Lucho Bermúdez y con Pacho Galán”. Bermúdez había invitado como trompetista de su grupo a Galán, ambos exponentes de la música caribeña colombiana en muchas de sus mejores páginas.

Lucho y Moré se conocieron en Cuba en 1952, durante la temporada que el clarinetista pasó en La Habana por invitación de Ernesto Lecuona para participar en un festival de música donde también estuvieron invitados compositores de otros países latinoamericanos. A Pacho Galán, Moré lo conoció esa vibrante noche alrededor de una botella de Bacardí.

Las presentaciones de Benny no fueron, ni con poco, espectáculos baratos. La primera noche la entrada para asociados al Club costaba 30 pesos, en una época en la que el salario mínimo era de 60 pesos mensuales, y cuando el dólar y el peso tenían el mismo valor. Las entradas al baile de gala del viernes 5 de agosto subieron a 40 pesos, y aseguraba baile hasta bien entrada la madrugada. El sábado La Voz de Medellín volvió a invitar a El Bárbaro del Ritmo, alternando con la orquesta de planta con René Cabel. Esa noche fue promocionada como “La fiesta cubana”.

Anuncio de una de las dos presentaciones de Benny Moré organizadas por La Voz de Medellín. Foto: Archivo personal del autor.

Los habitantes de Medellín de entonces eran sumamente respetuosos de los mandatos de las jerarquías de la Iglesia Católica. Hay que recordar, por ejemplo, que por orden de monseñor Miguel Ángel Builes, escuchar y bailar mambos estaba prohibido, so pena de excomunión. Por eso, en los carteles en que se anunció la presencia de Moré por ningún lado apareció la palabra mambo para evitar las censuras y las incomodidades.

Muchas personas no asistieron a las presentaciones de El Bárbaro bajo la observancia de este mandato de la Iglesia, pero otros no lo hicieron porque no entendieron el apodo del cantante. La acepción de bárbaro tiene connotaciones harto distintas en Medellín y en Cuba. Para los colombianos es aquella persona que comete barbaridades, es decir, casi un salvaje; mientras que en la Isla se refiere a una persona que ejerce en forma extraordinaria su ocupación, en este caso la música. Otros pensaron que se trataría de un negro salvaje —hay que sumar las dosis de racismo presentes en la cultura local— y que, en lugar de tocar, se dedicaba a destruir los instrumentos y a provocar y atacar al público.

A la presencia de Benny Moré y su tribu se sumaron en Medellín ese fin de semana de agosto de 1955 otras estrellas de la música afrocaribeña, situación tal vez nunca repetida en la ciudad. El hotel Nutibara presentaba al Quinteto Cornelius y a René Cabel. El estadero Candilejas, en el barrio La Floresta, presentaba a la Sonora Matancera. En el club Mocarí, Arturo Zuluaga y su orquesta con los Ases del Ritmo. El Club Medellín a Ramón Ropaín y su orquesta. Pero, contrario a estos, el Club Unión decidió no programar ninguna actividad especial esos días, según rezaba un aviso de prensa: “para no interferir el baile de gala del Club Campestre”.

El lunes 7 de agosto Benny Moré partió rumbo a Cali, donde días después tomó otro avión que lo llevó de nuevo a Panamá. Su presencia en la capital del Valle del Cauca fue pasajera y, al no conseguir contratos con emisoras, establecimientos nocturnos ni clubes, no se presentó.

A Benny en Colombia se le recuerda frecuentemente, más allá de los méritos de su exitosa carrera, por los tres temas de autores colombianos que grabó. Además, tenía en su repertorio intimista, cuando se acompañaba a la guitarra, el bambuco Las mirlas, de Clímaco Vergara y Jesús María Trespalacios que, afortunadamente, fue grabado días antes de su muerte, usando equipos aficionados, por Luis Ruiz Fernández, su médico personal.

De Colombia se llevó su bolero Ahora soy tan feliz, que terminó siendo otro lazo que lo unió con esta comarca a donde llegó con su singular personalidad y su extraordinario cantar, el que todavía no podemos olvidar.

Ese recuerdo de la visita de Benny a Medellín, de sus costumbres, de su forma de ser y hacer en el escenario, de a poco, se va yendo con las vidas de quienes lo vieron aquellas noches en el Campestre y en las emisoras —de cuya grandeza, también, apenas va quedando el recuerdo.

Con Benny Moré ahora centenario, nos queda su música rodando a revoluciones por minuto y sus genialidades en este Medallo del alma, la que iba en ruta a ser otra cosa, caótica, contaminada y maravillosa.

Ingeniero civil e investigador musical nacido en San Andrés-Isla y residente en Medellín. Autor de los libros ¿Qué es la salsa? Buscando la melodía (1992), Yo Rubén Blades, confesiones de un relator de barrio (1997), Héctor Lavoe, la voz del barrio (2003, 2018) y El inolvidable Tito Rodríguez (2003, 2015), entre otros. Igualmente es autor de los libros Medellín tiene su salsa (2015) en coautoría con Octavio Gómez, y de Mi salsa tiene sandunga (2014). Coautor y coordinador de los libros Lucho Bermúdez, cumbias, porros y viajes (2012) y Benny Moré sin fronteras (2013). Productor de Ediciones Santo Bassilón.

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