Portada del álbum

Elmer Ferrer, sin el básico, somos dirigidos

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Reseñas

Lying down, lights off… entro en zona minada, una guerra de sonidos que invade. Aleatoriamente, porque mi reproductor así lo decide, las pistas de Básico, No Básico y Dirigido (me) impactan sin remedio.

Hace 15 años no escuchaba a Elmer Ferrer hacer de las suyas… y digo 15 porque desde Fango Dance (2005) no había accedido a una producción de su autoría concebida con tales niveles de creatividad y audacia.

Pareciera que a medida que pasa el tiempo se deja llevar más hacia los bordes. Porque si de algo estamos seguros cuando terminamos de escuchar este álbum es que todo cabe en el amplio registro musical que este compositor y arreglista toma y moldea a su gusto. Sin miedo. Porque solo así ha de lanzarse uno a crear.

Desde su título e imagen —a cargo de Daniel Delgado—, Básico, No Básico y Dirigido (2019) nos anuncia que este es un vuelo a cuenta y riesgo, imaginación pura y dura. Un viaje en el que no estaremos en control y nos elevaremos a merced de los vientos en un aeroplano aún por armar, casi como si de su caja lo estuviéramos sacando por primera vez: el cuerpo central cual proyectil estilizado, las alas y su hélice así lo conforman. Imagen que retrotrae de golpe a quienes como Elmer conocimos (y sufrimos) en los “dorados” 80`s  la normalización de la venta de juguetes con aquellos cupones (básico, no básico y dirigido) cuya clasificación intriga hoy y pertenece ya al dominio de lo irrisorio, pero que fue el desvelo de nuestros padres tratando de comprar más (con menos) y que fuéramos “felices aquí”…

Diez años le llevó a Elmer volver a producir un disco casi enteramente de su autoría —en el fonograma, salvo Third Stone From The Sun (Jimi Hendrix) y Santana/L’Isola Misteriosa a partir de arreglos a fragmentos de Santana (Alfredo Varona) y L’Isola Misteriosa (Gianni Ferrio), o Royal Hut compuesto por Elmer Ferrer, Natalie MacMaster y Donnell Leahy, el resto de los temas fueron compuestos y arreglados por el guitarrista en solitario. A pesar de ser uno de los músicos cubanos de mayores colaboraciones en studio sessions, desde su No guitars allowed (2009), del que confieso recién escuché algunos temas online, no se había decidido a ello. Recordemos que parte de su buen hacer se escucha en producciones cubanas nominadas a premios internacionales y en otras no menos magníficas, aunque no tan reconocidas. Dada la diversidad de su tímbrica y los géneros que logra tocar con igual entrega sale de los ritmos (tradicionales) cubanos y llega a ser “individual… [pues a él también] le gusta el rock y le gusta el blues y le gusta el jazz”.

Sin embargo, a diferencia de No guitars… que incluyó la voz y colaboración de la cantante canadiense de origen nigeriano Ndidi Onukwulu, Básico… volvió de lleno a lo instrumental. Y sorprende cómo este disco deviene una suerte de canon melódico, respecto a sus producciones anteriores. De hecho, es posible encontrar trazos de una a otra producción que hablan de diálogo y al mismo tiempo de variaciones estructurales y compositivas.

Porque cómo no seguir los hilos que nos llevan de Bonus track (Apagón) en Fango… a Interludio de Básico…; o del E-blues de Fango… al Here inside del No guitars…; o del Pimpao de No guitars … al Guanibarrana de Básico… ¿Cómo no reparar en los fraseos, la síncopa y las melodías afines, y a la vez diferentes en escala o compás, en temas como los homónimos No guitars allowed, Básico, no Básico y Dirigido y el arreglo de Third Stone From The Sun de Básico…? Como un canon, la reciente producción discográfica es el contrapunto natural heredero de tres décadas de trabajo, en las que este intérprete ha emulado la labor de compositor y arreglista con igual fruición.

Elmer, formado en la guitarra clásica aunque con mente (de) eléctrica, pudiera decirse casi que se moldeó a sí mismo a partir de las más diversas influencias. No es hasta casi mediando los noventas que la ENA, de donde había egresado en 1992, funda la especialidad de guitarra eléctrica y le invita como profesor. Sin embargo, y a lo largo de los 90`s hasta fundar su Elmer Ferrer Band (EFB) en 2004, hizo parte de varias agrupaciones como el mítico Estado de Ánimo (junto a Roberto Carcassés, Descemer Bueno, Ruy López-Nussa), acompañando al gran Santiago Feliú, a Temperamento (a cargo de Roberto Fonseca), Habana Ensemble (de César López), y posteriormente colaborando con X Alfonso, los de Habana Abierta e Interactivo. Sí, en cada una su huella estuvo, pero no es lo mismo.

Pensar y hacer la música propia y que aporte, lleva tiempo. En 2003, Metrópoli (Unicornio) salió de sus manos y como era de esperar fue premiado como Mejor álbum de jazz en el Cubadisco de ese año. Impulso al que seguiría Fango Dance y que cerraría la década con No guitars allowed.

Se me escapa la fecha exacta en que dejé de ver anunciada la EFB en los espacios del jazz de La Habana, no sé si fue antes o después de 2012, lo cierto es que se extraña. Es sabido que el jazz rock y sus derivaciones no han tenido tantos seguidores en Cuba, y la EFB con su calidad inefable prometía (y cumplía) llenar ese vacío. Los nuevos escenarios de producción y circulación de su música, tras radicarse en Canadá, ampliaron más sus horizontes en términos de colaboración musical, visibilidad y condiciones de creación. No es que su hacer no acusara antes la influencia de diversos músicos del mundo con los que compartió escenario dentro y fuera de Cuba, pero escuchando Básico… se siente más amplio ese banco de referencias y sonoridades del que echa mano con soltura y gozo. De los ritmos y timbre cubanos al riff blues/rockero, de los acordes y la métrica celta a un casi-merengue dominicano, todo susceptible de ser di-seccionado, re-compuesto.

Al escuchar cuán híbrido suena este volumen pareciera que Elmer se dejó caer y planeó hasta tocar tierra. Desde el prólogo sucinto (de apenas 47 segundos) sentimos que la estructura va explotar, y así el presunto marco del jazz (el básico) verá, en lo que sigue, detonado sus “límites”. La percusión y el bajo marcando el beat de este track inicial, al que se sobrepone la guitarra clara y precisa casi atonal, se enrarece por un efecto sonoro expansivo cual si fuéramos bombardeados, y cuando menos lo esperamos un cuarteto de cuerdas colorea el fin con precipitados tonos apocalípticos. Para enseguida pasar, sin tiempo de reponerse, al tema que da título a este disco. Como se ha de esperar Básico, no básico y dirigido es una bomba… Jazz (latin) rock del bueno con una síncopa trepidante marcada por las congas y esa batería firme que armoniza ora con la trompeta o la guitarra líder. Dedos que con decisión suben y bajan por ese brazo interminable, eléctrico: la guitarra alterna en solos fuertes con la batería que avanza o retrocede, según se mire (o escuche). Tight, just thight. La orquestación echa mano de todos los “cupones” a su disposición, ajustándonos a su ritmo, guiándonos de lo oscuro a la luz.

Poco después, se nos viene encima Royal hut: un ciclón polifónico que arrastra la clave cubana primero de puntillas para luego hacerla fluir de lleno en la métrica y velocidad de los violines celtas. Tono y color de cada tradición aquí amalgaman sorpresivamente, creando otra cosa. Confieso que cuando lo escuché por primera vez me pareció audaz, casi diría suicida. Porque a ello también sumar un cierto aire sureño que emana de imitar melódicamente el clapping del gospel o el step dancing norteamericanos, para de pronto caer en medio de un ¿circo?: hay sonidos que semejan el trotar de animales, o un elefante ¿gritando? La percusión —como los violines, como la guitarra, como el bajo— pugna por oírse, exhibirse, en esta feria de la música donde podemos también bailar y (des)marcar el t(i)empo. Una verdadera descarga. Eso sí.

Y como si la descarga no debiera parar, A 220 nos pone el siguiente tema, que podrá ser un homenaje a Juan Luis Guerra, pero también a ese Caribe festivo y arrollador, del que somos parte. Aquí el bajo, la percusión y la guitarra también incorporan, aunque no directamente, aires de las steel bands caribeñas. Y el piano se suma al “tumbao” con el timbre especial del Rhodes. Redondo.

Tras semejante liberación, toca nivelar. Y un tema como Donde vive lo que no pasa es un corte inesperado, pero necesario. El tono calmo y grave de los vientos y las cuerdas desde el minuto inicial, sientan el mood que irradiará la pieza por completo. La guitarra, como el bajo y la batería, embebidas en la línea melódica irán suavemente entonando, punteando aquí o allá, pero será la trompeta la protagonista en este desplazamiento hacia lo insondable —ese no lugar (de los recuerdos, quizás) —, y la percusión baja cerrando, como quien toca tierra/puerto. El fin.

A la altura del sexto track, y ya cerca de sí mismo, Elmer llega a casa. Como si nunca hubiese partido, Guilto es ese jazz con el que nos moveremos cadenciosamente en cada “sección”, en que la guitarra pregunta y el piano responde, o la flauta se desgrana con suavidad en diálogo sabroso con el bajo acústico (grueso) de fondo y la rítmica marcada por la batería segura de sí. Todo anuncia una “escuela” aprehendida y metabolizada con gracia… algo que bien podría convertirse en un standard de jazz cubano al que agregará su huella cada nuevo intérprete.

Llegar a casa es para este guitarrista volver a su Sancti Spíritus natal, y Guanibarrana como Trova son pruebas de ello. La primera es un punto cubano de nuevo tipo, porque esta zona de la geografía cubana cuenta con una larga tradición de música campesina, y queda fijado desde el voceo introductorio del tema. Cubanía que se siente en la guitarra y en el tres con su tímbrica característica, aunque la melodía se fragmente, acelere o calme, regodéandose con las cuerdas, batería y bajo detrás. Aquí, métrica y ritmo van des/recomponiendo un paisaje sonoro en el que, al estar inmersos, el zapateo nos cosquillea los pies.

Con Trova bajamos a la ciudad. El sonido limpio pero sentido de su guitarra clásica “perjura” va agasajando nota a nota esa vena trovadoresca que llevamos casi todos dentro. Cuando entran el drums, el chelo y el bajo junto a la filarmónica, sentimos que Elmer recorre otra vez calles y callejones, plazas o plazoletas conocidas de memoria. Y fluimos llevados en la melodía a desandar la tarde-noche o antes que amanezca. Con el alma leve de quien ha visto su oasis.

Y he aquí que cuando más relajados estamos, después de un “interludio” que se siente como coda (o en este caso, transición) pasamos a otro universo en menos de un minuto. Lo que sobreviene es El regocijo del fula, tema que en diálogo exponencial con el prólogo extrema lo que de enrarecido (co)habita alrededor. Psicodélico y dodecafonista este track es digno de un laboratorio de música electroacústica: sonidos de diverso origen e intensidad, repetitivos, sintéticos y percutivos, ejecutados a veces a contra mano, con tremenda mala vibra. Si el júbilo del mal ha de sonar así, he nailed it.

Ya finalizando, degustamos una re-interpretación del Third Stone From The Sun de la Jimi Hendrix Experience, en manos de una “big” band de jazz cubana, donde cada quien breakea su poco (entre ellos, en bajo y voz se escucha a Alain Pérez) y se suma a la rotunda orquestación. El arreglo de Elmer, mucho más armónico que el original de Hendrix, es un homenaje inquietante que la tumbadora (Chendy León), como la batería (Kiki Ferrer), cargan de intensidad sostenida, y que la guitarra y la trompeta (Yumar Bonachea) logran spice a little.

Sin embargo, a pesar que el cierre real de este disco, Santana (Pasacalle Espirituano) – L’isola Misteriosa, es también una reinterpretación emotiva de Elmer sobre la obra de otro compositor —y se entiende en esta tercera parte del volumen, donde se incluye el track anterior— no me cierra. Si se hubiera enunciado como un bonus track, tal como lo fue Apagón para Fango Dance, quizás lo apreciaría bajo otra luz. Para gustos… ya se sabe.

Lo cierto es que en esa isola misteriosa que es la música de la Elmer Ferrer Band, off the basic, somos el target: receptores infinitos donde vibra lo que no muere.

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