Arte del álbum: Marla Cruz

El viaje nuestro de Zule Guerra

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Reseñas

Imagina un modo en el que seas completamente libre con tu voz, tu cuerpo, tus movimientos y sentidos. Eso, cercanamente, es hacer jazz. Dentro de las estructuradas marcas de los ritmos y compases, las formas y tonalidades, todo puede transformarse, como si alcanzaras casi de manera espontánea a convertir la libertad de tus pensamientos en sonidos; girar y arribar a un nuevo universo con otros brillos y colores.

Cuando te entregas a la escucha de un disco de jazz, luego de haber conocido y amado otros anteriormente, deseas que la sutileza de los sonidos, las improvisaciones y su producción musical te sorprendan. Al menos eso anhelo yo. Da igual el estilo, las fusiones o la agrupación. Esperas que, dentro de cualquier forma musical y combinación entre voces e instrumentos, la libertad que caracteriza al género tenga un balance que te permita reconocer y disfrutar el virtuosismo, pero también las demás franjas tímbricas, sus funciones y su riqueza sonora resultante. En ese juego entre temas y solos—más aun cuando no olvidan que, en efecto, no están tan solos— se encuentra la magia.

Comencé a escuchar un nuevo disco y lo más sorprendente mientras lo hacía fue que, a priori, logré deshacerme de mi racionalización, esa que rápidamente responde a su entrenamiento y comienza la búsqueda de asociaciones, influencias y juicios diversos. El Viaje, de Zule Guerra, me aprehendió sin sumergirme a toda prisa en los vericuetos del análisis y la estética musical. Es un álbum que logra presentarse como un amable desconocido, que entra en tu casa, en tus oídos y rápidamente sabes que has ganado (o te ha ganado) un nuevo fonograma para ubicar en tu biblioteca, de esos que escucharás hasta memorizar todos sus sortilegios.

Zule Guerra, reconocida cantante, nos sorprende en El Viaje como compositora. En su pasada producción Blues de Habana constan cuatro temas de su autoría, sin embargo, el reciente álbum —lanzado bajo el sello Egrem— está integrado en su totalidad por obras inéditas de la jazzista. El resultado es un disco que logra una coherencia curatorial, define y consolida un estilo y denota la madurez creativa e interpretativa alcanzada por la artista. Por supuesto, todo esto se nutrió con el extraordinario trabajo de producción musical a cargo de Ernán López-Nussa y los arreglos de Jesús Pupo, quien figura además como pianista. En la interpretación de otros instrumentos sobresalen Samuel Burgos (bajo), Marcos Morales (batería), Héctor Quintana (guitarra), Degnis Bofill (percusión), Alejandro Delgado (fliscorno), Emir Santa Cruz (saxofón tenor) y, en el sonido, Alfonso Peña.

Parte de la magia de El Viaje reside en que sus canciones son una serie de relatos. En diez temas se logran sintetizar recuerdos, pasiones e historias de Zule; las memorias sobre amores, familia y fantasías tienen un sesgo personal, mas la lírica y su poesía permiten apropiarte de estas para imaginar tu propio recorrido.

En esta obra se pueden encontrar una sucesión de géneros musicales diversos que no solo hacen atractiva su escucha, sino que se convierten en el vehículo ideal para la narración de cada una de las historias del álbum. El formato acústico que predomina favorece el intercambio entre ritmos, melodías y armonías tradicionales del blues, el latín jazz, el bolero, la criolla, el tango congo y, a su vez, permite pasear libremente por las sonoridades más contemporáneas del jazz.

En general, el disco goza de un balance muy bien logrado entre texto y música. Sus excelentes arreglos no solo alcanzan el rejuego entre los distintos géneros, sino que apoyan la conducción musical entre todas las partes de cada tema y las distintas formas de acompañamiento a la voz principal.

Montuno fue el primer single que descubrí, y pocas veces está mejor empleado el dicho miel para los oídos. Un bolero-son con todo el romanticismo y misterio que caracteriza la tradición de estos géneros en Cuba. Sencillo, sutil, ahí donde la música equilibra lo tradicional con nuestros días y la escucha te invita a imaginar épocas pasadas, como las de los abuelos, que idealizas con gran cariño.

Y es que en este disco los desplazamientos en el tiempo van y vienen. Así sucede también en Canción para que Luis se duerma, un niño como la famosa negrita de Eliseo Grenet. En ritmo de habanera, una nueva madre acude al canto y al arrullo como la solución universal para lograr que termine el día. El acompañamiento, con un piano continuo como dinámica, acuna esta nana, y crea el ambiente ideal para que sea la noche la única dueña de las próximas horas por vivir.

Lo bueno de poder cantar tus propias creaciones, como lo hace Zule, es que compones adecuándote a tus capacidades y tu potencial técnico e interpretativo. Este principio sobresale en el track que titula el álbum. La melodía de El Viaje, con sus grandes intervalos, cromatismos y un fraseo abundante en contrastes rítmicos, acentuales y timbres de la voz, está llena de  recursos que desde una interpretación retórica reflejan parte de la filosofía del texto: experimentar la libertad de vivir sin que el fin sea el destino, gozar las altas y bajas decada paso que damos. Y es que parte de nuestra historia es movernos al compás de las palmadas que suenan en la Criolla en blues; mientras el incesante ritmo marca los pasos, la voz improvisa con recursos como el scat, todas las transformaciones que constantemente se cruzan en los caminos.

Sin el interés de develar todo sobre El Viaje, finalmente me gustaría conducir la atención a algunos de los solos que podrán escuchar. Leyenda, uno de los temas más enigmáticos que encontrarán en esta producción, utiliza el fliscorno para, entre sencillas escalas y breves melodías atonales, recrear todo el clima fabulesco de la canción y la perfecta conducción entre sus partes. Hay improvisaciones que logran, además de comprobar lo virtuosos que pueden ser sus intérpretes, ser parte de una obra y la inspiración o concepto que la define. Así sucede en Me haces soñar, donde el contrapunto que construyen el bajo, la voz y el drum junto al acompañamiento estilo Alberti del piano, logra la traducción de la pasión que describe el texto con toda la fuerza gradual que va alcanzando e invadiendo los sentidos.

Hasta aquí, estimado lector, adelanto juicios y percepciones subjetivas de lo que deseo se convierta en una invitación formal para la escucha. Padezco la terrible opinión de creer que no son muchos los álbumes que actualmente en nuestra Isla logran ir más allá del ejercicio práctico de la interpretación vocal-instrumental. Por lo tanto, agradezco un disco como El Viaje en nuestro paisaje sonoro, volcado en hallar el elemento arte de la música y capaz de burlar las variables reales de tiempo y lugar que habitan constantemente en nuestros pensamientos.

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Musicóloga y a por más. Tímida pero con carácter. Música, sonreír, arte, bailar, familia y amigos. No pierdo la fe de ser mejor cocinera.

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