Ilustración: Mayo Bous / Magazine AM:PM.

¿El rock está perdiendo el aliento en Cuba?

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Tiempo de lectura: 7 minutos

Desde la década del noventa, el crecimiento de la producción discográfica rockera cubana ha estado ligado a la promoción del “rock nacional”, un término para designar a bandas que poseen un repertorio propio, no importa en el idioma en que se cante. La razón es obvia. Las agrupaciones cuyos repertorios se componen de covers o versiones no tienen una motivación poderosa para invertir dinero en producir un disco de éxitos que todos conocemos y que hicieron famosos a otros, y similares razones asisten a las casas discográficas. Como resultado, muy pocas de estas bandas poseen algo más que maquetas con escasos temas (la excepción es el CD Rock Club de la agrupación Dimensión Vertical, un álbum de 2005 bajo el sello Presto, y  compuesto por catorce cortes originales de bandas como Toto, Tito Puentes, Credence Clearwater Revival, Kansas, y Free, entre otras. El álbum no fue incluido en la Feria Internacional Cubadisco por no considerarse rock nacional, según me comentaron sus integrantes) .
Ahora bien, en la medida en que avanzó la década del noventa, se incorporó una nueva generación a la escena, el rock y la trova encontraron un punto de fusión cada vez más frecuente en el que “se cultivó una profusión de estilos (rock progresivo, jazz rock, pop rock, grunge, rock acústico)” como recurso para diferenciarse sonoramente en el contexto nacional, explica el periodista e investigador Humberto Manduley en su libro Hierba Mala. Una historia del rock en Cuba (La Luz, 2015). El propio Manduley añade que en esos años se incrementó el número de grabaciones y “justo entonces empezó a cobrar fuerza ‘el demo’ como producto terminado”,un fenómeno marcado por la intención de perpetuar la obra personal, y facilitado por aspectos económicos y técnicos que abarataron los costos de grabación.

Durante esos años se presentaron muchos discos cubanos con disqueras independientes y oficiales en formato de casetes y CDs. La mayoría se incluyen en esta lista que ilustra lo variado del rock nacional y el interés de diversos sellos, algunos extranjeros, en ese decenio: Acorralada, Tanya (Egrem); Sin azúcar y Al duro y sin guante, Garaje H (Esan Ozenki); Habana Abierta y 24 horas, Habana Abierta (BMG Ariola); Saliendo a flote, Varias agrupaciones (Compilatorio. Egrem); Verde melón, Superávit (Bis Music); Hijos de San Lázaro, Zeus (Tercer Milenio); Sin mirar atrás, Elévense (Egrem); Pollos de granja y El monólogo del caracol, Perfume de Mujer (Luna Negra); Séptimo cielo, Athanai (Nomorediscos); Cuando duerme La Habana y Mucho cuida’o, Moneda Dura (Egrem); Solitario, Extraño Corazón (Egrem); Pretention, Nelson y la Cámara Gamma (Egrem), El hombre extraño, En los límites del barrio, y Orishas, Síntesis (con distintas disqueras).

Podríamos agregar a la anterior lista algunos discos de trovadores con sonoridad roquera, sobre todo los de Carlos Varela y Santiago Feliú, quien recibió en el 2000 el premio Cubadisco en la Categoría Rock por Futuro inmediato (Bis Music).

También podemos repasar la producción de fanzines —que comenzaron a aparecer en la escena cubana a partir de 1992— para valorar el estado del rock nacional. Entre 1996 y 1998 crecieron vertiginosamente y luego de una caída hacia 1999, en la siguiente década volvieron a aparecer con el reconocimiento de la Asociación Hermanos Saíz, que organizó algunos eventos para el intercambio de especialistas, promotores y editores. Los principales: Hojalata, en Sancti Spíritus —cuya segunda edición despidió de manera contundente y poco elegante esta iniciativa en 2004— y el Rock de la Loma que surgió en Bayamo en 2003, según datos compartidos por el editor Jorge Luis Hoyos en una entrevista. Los editores de fanzines aportaron un periodismo crítico, y coadyuvaron a la motivación colectiva por la creación propia.

Sin embargo, los fanzines no pudieron sostenerse por más de diez años por falta de materias primas, y porque su gestión comercial era ilegal y a sus editores les resultaba cada vez más difícil recuperar la inversión de la tirada. Rock de la Loma aún existe —este año celebró su decimoquinta edición—, pero jamás ha rebasado en expectativas a su primera, y ello tiene que ver con el contexto que ofrece el rock actual. La desaparición del fanzine marcó un punto de inflexión en la crítica del rock nacional, y también cierta desmotivación, porque a pesar de tener limitada circulación, llenaba un vacío en la difusión de las obras de estas bandas.

En la historia del rock cubano, cada década ha tenido su propio encanto y cada generación su mejor fiesta por frugal que haya sido. No hay suficientes fundamentos para plantear que la llegada del nuevo milenio haya marcado el inicio del decenio más importante del rock nacional, a pesar de que en alguna investigación se ha planteado así.

En 2005, en La Habana residían 47 de las 104 agrupaciones activas que había en nuestro archipiélago. La mayor parte incursionaba en distintas variantes del metal, y contaba con un apoyo mayoritario de público. Es este un periodo de auge abrumador de este subgénero, que no suele abusar de los covers, fomenta la creación propia y, por ende, la producción de maquetas y discos, debido a la connotación que le concede al desempeño instrumental y al discurso de auto-reafirmación.

En la medida en que se incrementó el número de grabaciones independientes, también aumentó el de bandas que escribían sus textos en español —aclaro que es una práctica que ha estado presente en la historia del rock cubano a pesar de que no ha sido lo usual como tendencia. Lamentablemente, muchos músicos se han dejado arrastrar por el mito de que el rock es un género que por sus estructuras melódicas debe cantarse en inglés, y si se quiere acceder a un mercado internacional hay que cumplir con este requisito.

En el artículo El rock, el español, el mito y el Tabú, publicado en la revista digital de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños hace más de una década, se desmentía el mito: “Las experiencias en el programa Sabarock, de la emisora Cadena Habana indican que durante los años 2001 y 2002 las canciones más solicitadas fueron Violento Metrobús y La tumba que tumba, de las agrupaciones Zeus y Tendencia”.

Un año después, Confiesa, de Zeus, y Fula, de Tribal, resultaron las más favorecidas, lo cual evidenció una vez más el interés de una audiencia que se identificaba con los textos en español.

En los últimos diez años el panorama rockero ha dado un cambio drástico en el mundo, ha perdido vitalidad ante la ausencia de nuevos movimientos, inyección de vigor generacional y autenticidad de sus jóvenes cultores. Como moda no le resulta al mercado, y como propuesta parece palidecer a los ojos de los más jóvenes que se inclinan por las tendencias electrónicas, el hip hop y el reguetón. Nuestra escena tiene sus peculiaridades, entre las que descata la prevalencia en la última década del número de bandas de rock con un repertorio basado fundamentalmente en covers, por sobre las bandas de metal.

Aquí influye decisivamente un elemento del mercado. Las agrupaciones rockeras locales necesitan tener extensos repertorios de covers e invierten un tiempo considerable en arreglos y ensayos, para satisfacer a distintos públicos y asegurarse así una “taquilla” que genere ingresos económicos. Esto sin hablar de que algunos clubes exigen este tipo de repertorio como requisito para una contratación.

En agosto escribí un texto breve sobre esta problemática en mi página de Facebook que despertó interés durante días. Compartiré algunos criterios a manera de complemento ya que “el debate nos permite pensar de manera colectiva”.

Coincido con Chris Erland, por crudo que parezca, cuando plantea: “Tenemos una mentalidad de colonia, validamos mucho lo externo y a veces olvidamos validar y desarrollar lo propio. La necesidad de vivir de los covers, de tocar covers también surge por la poca necesidad de escuchar el rock cubano”.

Es cierto que existen pocos espacios para mostrar repertorios propios; Hendrix Cruz cita el caso de “…bandas como Collector, Bonus, Luces Verdes, Miel con Limón, Divergentes, Bandera en Blanco y Tesis de Menta, entre otras, también tienen repertorios propios que no se exhiben como debería en la TV o radio…”.

Comprendo que no resulte atractivo a un programa radial o televisivo dedicar un espacio a esta temática si se pone en práctica el cliché de que no es interés de las audiencias. Juan Manuel Camacho agrega, partiendo de sus propias experiencias en el programa Disco Ciudad:

“El delicado asunto estriba también en que existe un sector enorme de público nacional al que no le interesa lo que se hace en Cuba (…). Yo sé de personas que cuando pongo a los artistas cubanos y sus obras, cambian la emisora para esperar a que termine ese segmento…”.

El Submarino Amarillo ha cumplido con el propósito para el cual fue creado en 2011, ofreciendo un excelente servicio, a pesar de que con su política de contratación (las bandas deben tocar esencialmente temas foráneos de los años sesenta al ochenta), pone una mordaza a la creación propia de nuestras bandas. Coincido con el cantautor Osamu Menéndez cuando comentó que “…un lugar como el Submarino [con ese tipo de programación] debe existir en cualquier ciudad. No hay que desvestir un santo para vestir otro. Debemos trabajar bien los músicos, los compositores y los gerentes de los lugares; con buenas ofertas y buenas condiciones de trabajo. La radio y la TV apoyando a las bandas y a los lugares con la promoción”.

Existen otros espacios en la capital para potenciar estos nichos de creación, y en este punto hay que volver el rostro hacia el Maxim Rock que, a pesar de contar con más recursos, no ha logrado socializar su propuesta como lo hizo el Patio de María desde 1987 hasta octubre de 2003. Su gestión de comercialización no ha sido exitosa entre otros aspectos porque no ha tenido una orientación eficaz para atrapar un sector juvenil heterogéneo, su alcance ha quedado reducido a un pequeño público habitual, denotando total falta de ambición como empresa.

Somos una nación con una fuerte raíz musical —a pesar de las influencias foráneas—, nuestros ritmos son auténticos, poderosos y a su vez cadenciosos; aspectos que los han hecho famosos en el mundo. Algunos especialistas señalan este aspecto como una barrera para la penetración del rock en la música cubana, como ha ocurrido en muchos otros países incluso de Latinoamérica. Podría pensarse que a diferencia del comportamiento de las audiencias rockeras en estos países, la cubana se compone de una minoría, y es cierto, pero se trata de “minorías significativas” que merecen espacio y respeto. 

Escribo sobre diversas escenas musicales constantemente, pero ninguna genera debates tan candentes, masivos y extensos como la rockera. Ello indica que sí hay una audiencia, oculta tal vez, pero evidentemente palpitante y dispuesta a saltar si se le encuentra el resorte. No todo está perdido, aunque en apariencia, revertir el proceso que atraviesa el rock cubano en la actualidad resulte una quimera. David Viera, líder de la banda camagüeyana Ántagon expresa con desconsuelo:

“Es nuestra triste realidad y no le veo mucha salida cuando no tenemos ningún amparo que incentive a poder vivir de obras propias, que más uno quisiera, pero aquí también rigen las reglas de mercado (…), en nuestro caso intentamos mantener nuestra creación pero hemos tenido que hacer como cuatro repertorios, según las necesidades, porque si no se te desarma la banda, porque todo el mundo tiene que comer. Es la forma que encuentro de retener a mis músicos para hacer lo que realmente queremos, y así poder sustentar con recurso material y humano el proyecto auténtico, sin embargo, cada vez se nos hace más difícil, el tiempo se acorta y el sucumbir a las necesidades… un peligro eminente.”

Creo, como David, que el panorama se muestra sombrío. Las conductas de las audiencias no favorecen cambios a corto plazo. Este año, cuando pasé a entregar mi voto en los premios Cubadisco, se me consultó sobre la decisión de cancelar la categoría rock por la exigua cantidad de obras presentadas, fenómeno que no había ocurrido antes. El 19 de agosto, en una filmación del programa Cuerda Viva, su directora Ana Rabasa también me mencionó alarmada este asunto considerando la preparación del próximo Festival. 

En la década pasada solía estrenar en la radio, entre discos y demos, un material al mes, que a través del tiempo suma una colección de más de 288 carpetas de grabaciones de bandas cubanas. Lamentablemente, muy pocas de estas carpetas tienen fecha reciente. 

Solo me queda el recurso de recordar que hasta ayer hubo un público y un aplauso cada vez que el rock nacional necesitaba un segundo aire.

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1 Comment

  1. Cuando nos referimos a falta de apoyo, deberiamos verlo mejor como falta de oportunidades por parte del gobierno al crear esa barrera impuesta entre el artista aficionado y profesional definida por unos papeles y la aprobación de unos cuantos q muchas veces ni siquiera tienen q ver con tu música…vaya medidor que tenemos! Eso es lo que ha bloqueado realmente el desarrollo de géneros “alternativos”, no es porque ninguna institución no nos apoye, las bandas en el resto del mundo se tienen q abrir camino por sus propios medios y créanme que no es nada fácil, que porque vivimos en un país latino hay preferencia por otros generos? Cierto pero tampoco definitorio, como explican entonces las escenas de Colombia, Panamá o Puerto Rico? Bien cerca de nuestras latitudes, con otros generos imperantes y con escenas fuertisimas de rock…donde radica la gran diferencia entonces? El tema es complejo y hay mucho por donde cortar, desde la prohibición del rock n roll cuando estaba en su gran auge por ser considerada “musica del enemigo” y forzosamente querer encerrarnos en una burbuja frente a la transculturación demonizada…cuando el resto del mundo y paises de la zona se “infestaban” de estas sonoridades… eso hizo que estuvieramos durante mucho congelados en el tiempo, que una guitarra con distorsion fuera mal vista, que la gente común no acostumbrara su oido a un sonido estridente… Por otra parte la imposibilidad de comercializarte libremente, la cadena de prohibiciones a los clubes privados durante muchos años y falta de iniciativa, flexibilidad y autonomia en los establecimientos estatales..(y que aun persisten muchas), han obstruido también que se pudiera crear una escena que pudiera mantenerse financieramente, es una cadena inmensa y un problema no solo economico sino tambien social y peor aun generacional, tenemos años de atraso en la perspectiva de la realidad y no basta con que unos cuantos ya empiecen a ganar conciencia… Podria seguir hablando y estoy seguro q uds tbien…Nada, a inventar, y sobrevivir, pero sobretodo no colgar los guantes. Ánimo! 🤟🤟🤟

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