Diseño: Jennifer Ancizar, a partir de la portada del álbum Viva la patria.

El disco rayado: Viva la patria

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El disco rayadoReseñas
Tiempo de lectura: 7 minutos

Así va el nombre, sin signos de exclamación; la patria de Fernando no los lleva. Este Viva la patria no es un grito de guerra, es un cortejo; se dice bajito y de noche, con timidez. No es que no haya amor ridículo a la tierra en este disco, porque lo hay, y está bien que lo haya, pero aparece fragmentado, disperso, superpuesto como las fotos de Montevideo en la portada; porque la patria de la que se habla aquí es tanto la “penillanura de Uruguay”, como la vida que hay sobre ella, sobre todo la del mismo Fernando.

Por esta patria no se llega a morir, como sucede en los himnos nacionales, sino que es la propia vida, en la medida en que Fernando nos la va mostrando, la que la configura. Viva la patria es aquí Viva la vida, Viva mi vida. De ahí el desamparo de la décima pista, La vida recién empieza, ante la vejez y la cercanía de la muerte. La 18 de julio, la “orilla” de Santa Lucía, la ruidosa ciudad de Pando, la Escuela Industrial Paso de la Arena, nada de esto tiene sentido si no lo contienen a uno. La patria no es sin mí. Morir por ella, es morir igual. Fíjense cómo se nota esto mismo en dos de las piezas centrales del disco.

En La huella de Montevideo, loa bellísima a esa esquina sudamericana, se escucha: “Lindo Montevideo, te han demorado; / heredaste este paso ensimismado. / Contrabando de gente, vivís pasando. / Yo me afinco, y te pueblo, y si puedo canto”. Antes, en la cuarta pista, obra maestra que titula al fonograma, creemos por el nombre que ahora sí vamos a encontrar banda, caballo y Artigas, puesto que ya habían pasado tres canciones y ni rastro de la patria; pero nananina, descubrimos el tema más autobiográfico del álbum (porque este es un disco autobiográfico, aunque Fernando es tan “mostro” que puede firmar un registro de ese corte sin darnos un solo dato —o muy pocos— sobre su vida; nos da, en cambio, imágenes, señas, sombras, como esta, de Escondido: “La partera dijo ‘¡gauchito!’ / cuando tuve que nacer. / En el rancho los dos solitos, / mi madre y yo, sin saber. / Ella a parir, yo a nacer”). Un tema donde la patria es todo lo que hay entre los hospitales Canzani y Pereira —lugares, los dos, de nacimiento del narrador— y estos últimos versos, capaces de aniquilar al más duro: “… te juro, historia, no creo llorar cuando te hayas muerto. No creo, canción, que llores, también, cuando yo haya muerto”.

A Fernando Cabrera lo descubrí hace tan poco que no me lo creo. Vino a Cuba a inicios de 20 16, dio un concierto en Casa de las Américas, y yo viendo Game of Thrones. Hará no más de tres años que mi amigo de Miami me lo mostró, por eso tengo miedo de sonar ahora como un pepillo quinceañero que viene a contarnos lo genio que es Sabina. Así que no lo haré por ahora. Hablaré, entonces, de mi amigo de Miami, un personaje imprescindible en la trama de mi película, que es un musical.

Supongo que todos hemos tenido esta clase de amigos: amigos-tutores, amigos-hermano mayor; que nos enseñan, como si fuera lo más importante del mundo (y lo es), las cosas buenas a las que deberíamos acercarnos. Mi amigo de Miami fue el mío. Esta clase de amigos solo se pueden tener a una edad precisa: la edad del pasmo y el corazón ventilado, hermosa edad a la que todavía no vence el descreimiento. Si te agarraron los 30y no has encontrado el tuyo, te jodiste; ya no será lo mismo cuando alguien te diga que Alice in Chains es lo más grande, y después, solo, ponches el Dirt para comprobar que sí, en efecto, lo es; ya no acometerás la escucha con la misma gravedad, como si en ello fuera la amistad misma.

Aquí van algunos nombres propios que me mostró mi amigo de Miami por primera vez: Spinetta, Charly, Radiohead, The Doors, Pedro Guerra, Patti Smith, Drexler, Roly Berrío, Ariel Barreiros, Leonard Cohen, la lista es larga. No le agradezco nada por esto —o al menos nada que vaya a decir ahora—, porque no hay nada que agradecer. Él estaba donde estaba cuando estaba, y yo también. Con esos nombres te ibas a topar de cualquier manera, era cuestión de tiempo; lo lindo aquí no son los nombres propios, sino tú y tu amigo de Miami, atacados, recogiendo cabos de cigarros de las macetas en el lobby de la beca de Alamar a las tres de la mañana.

Mi amigo-tutor se fue a Miami en el ocho, y desde entonces nos hemos visto en persona solo dos veces, aquí en La Habana, aunque no hemos dejado de escribirnos ni de mencionar nombres propios. Cuando me dice hoy: “escucha esto”, lo hago con una seriedad que el acto no tiene, como cuando mi padre manda a callar a todos en la sala porque Rafael Serrano va a reproducir, con semblante de director de secundaria enojado, la última nota informativa del Minrex en el noticiero. Cuando hablamos de música él sigue siendo la autoridad, la academia, el superyó. Tendré que matarlo, pobre.

Cuando me mostró a Fernando Cabrera, estábamos en la sala de una casa del Vedado, con más gente: la cantidad de gente que hay en la sala de una casa adonde recién ha llegado alguien desde Miami. Me puse los audífonos. Era El tiempo está después. Pausé la reproducción por la mitad porque había mucha bulla; si mi amigo-hermano mayor decía que había que oír eso, entonces había que oírlo bien. Me separé un poco y me fui a la ventana, que daba a la calle Línea. No era en realidad una ventana, era más bien un espacio en la pared, que convertía a esa parte de la sala en una especie de balcón. Apoyé los dos brazos en el muro, saqué un poco la cabeza, miré hacia la calle, pinché de nuevo el tema, y entonces sí se produjo la magia. Pensé —¡cómo no hacerlo!— en el pasado y el presente míos y de mi amigo de Miami cuando Fernando dijo: “Un día nos encontraremos / en otro carnaval. / Tendremos suerte si aprendemos / que no hay ningún rincón, / que no hay ningún atracadero /  que pueda disolver / en su escondite lo que fuimos; / el tiempo está después”.

Entre los discos que hay en la lista, el Viva la patria, de este crack oriental, fue el último que llegó, y lo hizo vía WhatsApp, tema por tema, a la velocidad irritante de la Wi-Fi del parque del ISDi, en una era que parece ya tan lejana, cuando Nodiel aún no me había dejado usar su cuenta de Spotify y salvado la vida. Me lo compartió mi amigo de Miami, desde allí, unos meses después de nuestro segundo encuentro en La Habana. Luego de haber oído buena parte de la discografía de Fernando, este álbum sigue siendo el que más me gusta; en positivo, por la naturalidad de la poesía, que aquí alcanza un nivel altísimo, por sí misma y por cómo conecta con la música; en negativo, porque me cuesta encontrar cosas que no me gusten en estas 15 canciones.

Fernando Cabrera es un señor poeta. Su palabra no hace trampas, no se le ve el truco. Pareciera que lo que él dice no se puede decir de otra forma, y esto es lo que hacen los poetas verdaderos, que son a los únicos a los que se les puede llamar poetas sin que te salgan ronchas en la piel haciéndolo, como me pasa a mí cada vez que escucho que llaman así a cualquier repentista desafinado. Fernando es la antítesis del pseudopoeta. Un pseudopoeta es un poeta que no te sabe hacer un poema de amor de toda la vida, un poeta de tema limitado, al que solo le sirve la vanguardia. Fernando no solo habla de cualquier cosa, sino que conmueve incluso cuando no sabes de qué rayos está hablando, como sucede en Buena madera, que si andas distraído no te enteras, por eso, bueno que es, nos da una pista en la última estrofa—aunque ya el título lo adelantara—: “¿Dónde está la vuelta de este candombe? / La cuestión está en la madera. / Alguien lustra el alma de los tambores. / Alguien hace las puertas más sinceras”. Ocurre parecido en Canelones, el opening del disco: no hay que conocer la historia o la geografía del Uruguay para entender lo que pasa; ayuda, pero no es necesario.

Lo de Fernando no es lucirse. No necesita un vocabulario extenso, ni ponerse a inventar, ni llevar el diccionario de sinónimos y antónimos bajo el brazo, ni darle demasiadas vueltas. Le sale así nomás. Lo tiene. ¡Sufre Oliverio Girondo! ¡Observen, iniciados de la infladera! Miren lo que hace en el tema que despide el álbum, Nunca te dije te amo: “Vendaval tu abrigo / a tu lado sigo / rincón de incredulidad. / Espigón barrido / feriados de frío / doblados a la mitad. / Nunca te dije ‘te amo’ / ni te lo voy a decir. / Son palabras que cualquiera / dice con certeza, o sin. / Nunca te dije ‘te amo’ / pero te amo como nunca amaré”. Traten de decir eso mismo y verán lo cheo que sale.

Por decir algo y hacerme el inteligente, me habría gustado Mercadería fresca para abrir el fonograma, y no ubicada sosamente como undécima, donde ni pinta ni da color en la narrativa del álbum. Ese pregón “¡llévate quince canciones! ¡Mercadería fresca!”, habría sido buenísimo para ir calentando, pero ya dijimos que a Fernando no le interesa la vanguardia. Tampoco es un centinela de las formas. Lo mismo desdice las pautas métricas cuando le da la gana, que empieza cantando y termina declamando. Estas cosas no lo detienen. Dice primero, y después ya veremos.

Acérquense a este disco con la certeza de que hacen bien, de que no perderán su tiempo. Temazos van, temazos vienen. Fotoestudio es la que menos me gusta, y me gusta muchísimo.

En Caminos en flor encontrarán una historia bellísima sobre esas primeras etapas de algunos artistas, cuando van por ahí de gira, actuando por comida y techo, que siempre añoran después de la fama y el éxito. En Hijos de la abundancia se escucha un sonido diferente al del resto del disco. Pensé que había sido grabado en otro lugar, pero no es así. Suena distinto porque es el único tema del álbum que no firma Fernando en solitario; el texto es suyo pero la música es de su compatriota Jorge Galemire, quien además toca la guitarra y tiene el protagonismo vocal. Futura cumbia es en apariencia el corte más desenvuelto, si hay algo de desenvoltura en esto: “¿Por qué en tu techo ya no hay antena? / Me da el almuerzo Dios, y no llena”; y en Cine Religión Fernando se mete con cierta clase de fieles de actitud pueril: “El viejo canje de los creyentes: ansiosos obedientes”. Cordero Lobo me emociona muchísimo; habla de qué sé yo qué, de Tony Soprano; y la sin par Después del muelle es un encargo para el documental Jamás leí a Onetti, del realizador Pablo Dotta, una seña a esos valientes marineros exploradores, descubridores de mundo, que nos deja momentos así: “Ahora son libres como si lo fueran. / No saben aún que la noche es eterna, / tiniebla sin cambio por más que prendieran / minúscula y breve la tenue linterna”.

Dedicado a Luis Pescetti, este ya está ubicado entre mis discos más queridos, y Fernando Cabrera, a quien conocí ayer por la tarde, es ya un infaltable en mi vida. Viva lo que sea que él llame patria, que seguro será un lugar hermoso.

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