Violator. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
Violator. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.

El disco rayado: Violator

8 minutos / Carlos M. Mérida

19.11.2020 / El disco rayado,  Reseñas

En 1986 los Depeche Mode salieron borrachos de una discoteca y se fueron a dar un paseo al mismísimo infierno. Ese año salió Black Celebration (Mute Records), el disco donde saltan definitivamente hacia la penumbra, donde se tuercen los alambres. Hasta Some Great Reward (Mute Records), anterior larga duración de estudio, lanzado en 1984, la fiesta se venía realizando con relativa normalidad. Había sol, piscina, bebida y jóvenes en traje de baño. Digo “relativa” porque ya desde ahí se nota que Martin Gore y los suyos venían cocinando la expedición al underground. Estaban en el convite, pero no vestían igual, y si les preguntabas “¿Todo OK?” asentían con seguridad, pero entre ellos se guiñaban el ojo. Fue dos años después cuando los azules se volvieron violetas, y rojos vino los bermellones.

Es muy común que los artistas tengan picos creativos, de duraciones variables según el caso. Para mí que el de Depeche Mode va desde 1986 hasta 1993, o lo que es lo mismo, desde Black Celebration hasta Songs of Faith and Devotion (Mute Records, 1993). Me fui por Violator (Mute Records, 1990) hoy por dos razones: es el que contiene Personal Jesus, que no es un tema, es un tomacorriente, y porque fue, de los cuatro álbumes de estudio que abarcan esta etapa, el primero que me combinó contra las cuerdas.

Ya tenía referencias de la banda. Alguien me había dicho: “Oiga, mocoso, no hable más mierda y escuche Depeche Mode”. Lo hice. Escuché la versión single de Personal Jesus, y no puedo explicarles yo aquí lo que fue la zozobra de oír por vez primera ese riff abultado, rotundo, 300 kilogramos de sonido en un paisaje post-apocalíptico con rayos al fondo y cielos anaranjados, balanceándose, huérfanos, encima de un columpio rítmico cuyas cadenas y remaches parecen siempre estar a punto de romperse, pero esto nunca llega a ocurrir. A mí esta columna me va a sobrar si alguien que lee ahora mismo, sin haberse encontrado con el tema antes, va, lo busca, lo reproduce, y se le forman las mismas ansiedades que a mí esa vez.

Hay un momento lindísimo y solo unas pocas veces repetible en la vida del oidor, que es el de chocar en la canción con un estilo ni siquiera antes olfateado. Cuando sabes, con una certeza cartesiana, clarísima y distintísima, que nunca, jamás de los jamases, has escuchado algo como eso. Que ocurra el momento dependerá de cuán lejos esté el oidor del estilo —conscientemente o no— y de cuánto del estilo haya en la canción. Pero cuando se da, la sensación es de que toda una obra, toda una estética particular cabe allí en dos o tres minutos, y que será para toda la vida. Así me sucedió cuando Spinetta dijo: “Temprano el durazno / del árbol cayó”; cuando Charly grita: “¡Están muertos! ¡Están muertos! ¡Están muertos!”; cuando Robert Smith canta: “Standing on the beach with a gun in my hand”; y cuando oí Personal Jesus.

Pero antes de llegar ahí, quien tantee Violator por primera vez tendrá que pasar por World in  My Eyes, donde el ritmo es marcado por un sampleo hueco de lo que vendría a ser la tos perruna de las máquinas; deberá atravesar los maullidos eléctricos que aparecen a partir del segundo 42 de Sweetest Perfection; y sobre todas las cosas, encontrarse con la voz de muerto vivo de David Gahan.

Aquí en el convento todo el mundo imita a alguien. Olvídense de esos discursitos cándidos de “no, yo soy original”. ¿Qué es eso? Original ni original. A usted lo que nadie le ha cazado la cuenta en el collar de las mímesis. Claro que hay gente que respira otro tipo de oxígeno, y detecta el sabor umami mientras tú y yo no pasamos del dulce y el salado. Son, bueno, la gente especial de siempre, los Thom Yorke y los Ornette Coleman del mundo. Pero en sus gestos, por muy vanguardistas que sean, no se descubre una intención de originalidad (aunque realmente la haya, fíjense). Un artista solo podrá ser original mientras no se le noten las ganas de serlo; de lo contrario su tren se habrá detenido en una de las estaciones más populosas del ridículo: la vanguardia pujada. Ahí ha caído mucha gente buenísima, no se crean. Cortázar escribió una novela que se lee de dos formas distintas; Lars von Trier, en Nymphomaniac, desdice completamente la caracterización de un personaje que había trabajado durante, no una, ¡dos películas!, para asegurarse el impacto final y seguir siendo Lars von Trier, el rompedor danés; y nuestro monstruo zurdo Santiago Feliú dice “dimensionalmente distintos”, que como ven es una construcción feísima pero suena culto y conmociona las aulas universitarias. Volviendo al trillo, Stone Temple Pilots imita a Pearl Jam y Pearl Jam a Sonic Youth. Melendi imita a Ricardo Arjona, Arjona a Sabina, Sabina a Bob Dylan y Bob Dylan, bueno… no me voy a meter ahí, a Dios, debe ser. Pues bien, no he encontrado a quién imita David Gahan, ni en el territorio de los hombres, ni en el de Zeus, ni en el de Hades. No hay registro hasta ahora de otra voz como esa. Estoy por pensar que no es real, que es otro ruido de los sintetizadores, y David solo mueve los labios, dobla, como Milli Vanilli.

Uno de los secretos mejor guardados por Depeche Mode es la separación en segundo plano de los discursos rítmico y armónico. Quien no esté haciendo nada ahora mismo, que vaya a las pistas sexta y séptima, Enjoy The Silence y Policy of Truth. Si tú dejas nada más que la dimensión rítmica de estos temas, te puedes poner a bailar sin mucho conflicto. Ahora, basta que suene un acorde para que vuelvas a tu silla inmediatamente, con pesadumbre de custodio a las seis de la mañana. Ritmo y armonía solo hacen coro en una primera lectura, y por eso la banda funciona en la pista de baile, pero si rayas solo un poco la chapa, sabes que el idioma del ritmo está dirigido a un sujeto, y el de la armonía a otro. Lo mismo si decimos que uno habla la lengua del cuerpo y la otra la del alma.

No hace falta hacerle mucho caso a las letras para disfrutar este disco. Depeche Mode no es ese tipo de experiencias. El paquete completo siempre es mejor, obvio, pero lo que estoy diciendo es que el terremoto aquí no lo producen las palabras. Lo que pasa con el grupo británico es que  nadie, nunca, ha escuchado ni escuchará algo como eso. No hay, en la web sonora del mundo, una dirección estética igual a Depeche Mode. Y en esas condiciones, las letras, lógicamente, pierden relevancia. Dicho esto, el álbum contiene pasajes líricos muy logrados, como este: “You wear guilt like a halo in reverse”.

Violator no debe ser escuchado una vez, ni dos, ni tres, y ya. Debe ser tomografiado. Después de aprenderse las melodías, que están flotando en la superficie, desmenucen todos los ruidos accesorios. En Blue Dress, por ejemplo, no sé si me gusta más el tema que la frase de teclados del outro. Es una melodía extraña esa. Está en una zona entre la dulzura y el miedo, que son dos zonas lejanas, pero, no sé cómo, los de Essex se inventaron un Eurotúnel que las acerca. A pesar de esto, no me cae muy bien en el álbum la sobreexplotación del outro instrumental. De nueve pistas (estoy hablando de la primera edición, de 1990, que termina en Clean) se utiliza en cinco, lo cual le resta singularidad. La reiteración excesiva de esa herramienta provoca que el oyente cuestione la inevitabilidad de su uso. Las tácticas expresivas, como se sabe, son las vías de materialización del discurso en los procesos comunicativos como la música; y hay muchas, claro.  Pero el empleo de un recurso específico solo se justifica si el receptor se traga el tupe de que solo de ese modo el discurso puede ser emitido. Es un “engáñame que me gusta”. Al repetir tanto el truco, Depeche Mode lo banaliza, y el oyente no lo percibe ineludible, que es lo que debería ocurrir.

Bueno, me fui, que ya sonó la alarma. Oigan esto, caballero. Si no me creen a mí, y conocen a algún gen X británico, pregúntenle qué pasaba en las discotecas de Londres en los últimos meses de los ’80, cuando todo el mundo estaba de lo más entretenido intercambiando secreciones y, de pronto, un DJ cómplice pinchaba eso de “Reach out and touch faith!”.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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