Téster de violencia. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
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El disco rayado: Téster de Violencia

4 minutos / Carlos M. Mérida

27.08.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Hay dos imágenes en La luz de la manzana, la cuarta pista de esta obra maestra, que uno no debería permitirse repasar en este tiempo oscuro de pandemia si quiere mantener sus nervios en orden. La primera evoca: “una calle despejada / donde ya no queda nada / donde volverá solo la lluvia…”; y la otra es la primera estrofa del tema: “Sé que estoy vivo y vuelo en reposo/  bebiendo la linfa de la soledad. / Mientras el mundo todo se va hundiendo/ ya no deseo esta cruz de lactal”.

Me cuesta hablar de este disco. Me parece que cualquier cosa que diga será escasa. Lo que hay aquí es la invasión del sentimiento; una ofensiva musical, poética y sonora que no da respiro, que nos empuja y empuja hasta que verificamos el acantilado a nuestras espaldas; una “instancia emocional límite”, utilizando palabras del mismo Spinetta cuando describía lo que fue para él tener a Cerati como invitado en su concierto de las Bandas Eternas. Un álbum que coquetea con la perfección, que no aburre por más que se escuche, susceptible siempre de una nueva lectura, universalmente usable.

Lo sabemos desde el inicio, desde que rompe el sonido cariñoso y juguetón de los teclados del Mono Fontana en Lejísimo, que se vuelve ácido en Al ver verás, lo cual no significa una alteración importante del paladar, pero sí lo prepara, por contraste, para recibir después la melodía fresca de por la mañana que canta el Flaco en El marcapiel.

A mí me da una alegría tremenda encontrarme en canciones (y en cualquier obra, la verdad) con ideas que me han acosado de siempre, de esas que creemos nuestras y que nadie más ha pensado, como si las ideas tuvieran dueño, como si fuesen siquiera algo más que un matorral de reacciones químicas e impulsos eléctricos en el cerebro. Así me pasa con Tres llaves y la noción siguiente: ¿dónde están las cosas que se pierden?

No hablo solo de objetos, también de personas, lugares, sensaciones, olores, sabores. Es una desazón muy grande esa de no saber qué fue de estos entes comunes que nos rodearon una vez, perdimos por cualquier motivo y ya es imposible rastrear. Y, claro, lo que está detrás de esa inquietud es el anhelo humano de continuidad; la estúpida e impotente, pero natural pretensión de omnisciencia de la que el hombre no puede zafarse; el hombre queriendo ser Dios, necesitando la metáfora, porque no le sirve vivir solo consigo.

El Flaco nos dice en Tres llaves: “Lo que se ve, se ama, se pierde, todo espera mansamente allí”, y vuelve a esta idea casi 20 años después, en el álbum Pan (Universal Music, 2006), cuando sentencia: “Todas las cosas que se pierden las tiene en un bolso Dios”. Silvio también le dio vueltas al asunto en su bellísima A dónde van, allí canta: “¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos? ¿A dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?”.

La identificación es una de las claves de la emoción: te gusta cuando el otro pensó en lo mismo que tú, o dijo algo que tú no habías pensado antes, pero en lo que, ya que lo haces, te gusta pensar. Es un proceso esencialmente inofensivo, humilde, cándido, infantil, y se encuentra en la zona opuesta a la pedantería y la jactancia, porque no es más que la celebración de una idea compartida. No es necesario estar de acuerdo, basta con haber pasado por allí al menos una vez, conocer el terreno, para que se produzca.

No me largo sin antes hablar de La bengala perdida, el tema más descomunal de este disco. Aquí la emoción no me llega solamente por identificación, también por un hecho más sencillo: el reconocimiento del talento y la unicidad. La lágrima salta como consecuencia de la pregunta-reclamo: ¿cómo es posible que alguien en este mundo sea tan bueno? No hay una canción, de nadie, no hay una música que me guste más que esta. Tanto sí, muchísimas, pero no más. Hay que oír al Flaco cantando: “… y la espiral que me habrá de llevar no es mejor que todas estas vueltas que di, buscando un amanecer”. Ahí quedé. Ese es mi tope emotivo, ya después viene el infarto. Yo no sé de las otras cosas, a mí búsquenme ahí en ese verso cuando me pierda.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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