Ten. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
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El disco rayado: Ten

5 minutos / Carlos M. Mérida

10.11.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Había un amigo de la facultad que soñaba con el día en que los Pearl Jam tocaran en Cuba. Dos jornadas antes del concierto montaría su casa de campaña cerca del escenario para asegurarse una posición que le iba a permitir, sin muchos problemas, subirse a cantar con Eddie Vedder y tener el momento más feliz.

Mi amigo era uno de los guitarristas de la banda que armamos con el mismo formato que Pearl Jam: dos guitarras (una solista y una rítmica), bajo (en realidad otra viola haciendo esa función con la ayuda del multiefectos), batería y voz. Entre nosotros, durante los ensayos, a veces nos llamábamos por los nombres de los integrantes del grupo de Seattle. Todos menos el batero, que era mucho mejor músico que el resto, se definía repa, le gustaba la timba, y ni había escuchado a Pearl Jam ni estaba pa’ las fantasías groupie de los otros. Mi amigo era Stone Gossard, y yo era Eddie, en la misma cantidad, calidad e ilusión que había sido uno de los Backstreet Boys en quinto grado.

De las cuatro bandas estrella del grunge, Pearl Jam es la única que no tiene un elemento sobresaliente, distintivo, claramente señalable. En Soundgarden destaca la ferocidad vocal de Chris Cornell, en Nirvana el misterio zurdo de Kurt, en Alice in Chains los hermosos arreglos vocales y el timbre inigualable de Layne Staley. ¿Qué tiene Pearl Jam? Les voy a decir: Pearl Jam no es una banda grunge, o lo es solo debido a una casualidad histórica. Cuestión de lugar y de momento, pero nunca vocacional. Digamos que cuando les tocó arreglarse y salir a la calle, en la tienda de enfrente solo vendían vacío existencial, desprecio por California y camisas a cuadros, así que agarraron lo primero que vieron en la percha y se fueron corriendo. Era muy temprano para las definiciones y no iban a quemar su juventud en eso. Sin embargo, las décadas siguientes demostrarían que Pearl Jam es una banda. Ya. Por eso fue la única que sobrevivió al grunge.

Eddie Vedder es el principal responsable. Cuando él no está, el grupo se clasifica mejor. No estuvo, o estuvo muy poco, por ejemplo, en Temple of The Dog (A&M Records, 1991), un proyecto fonográfico de la banda con Chris Cornell de vocalista, para mí un manifiesto del estilo, con sus guitarras heavy, sus solos extensos y su regodeo melódico. Lo que pasa es que Eddie no necesita al grunge. Es más hombre que personaje. No le hace falta la oscuridad, la compunción, el mito. Los usa, pero no lo definen como figurante en el cuento de hadas del rock and roll. Por eso es visualmente más plano que Kurt Cobain, Chris Cornell y Layne Staley, y al que mejor le queda la guitarra acústica. Estos tres corren; él trota.

Al principio, en la época de Ten (Epic Records, 1991), todavía trataba de emular el rol de cantante excéntrico de banda, de llenar el hueco que dejó Andy Wood, estrella chiflada y sexy de Mother Love Bone, grupo esencialmente ochentero del cual Pearl Jam es descendiente directo. En esta primera etapa se le pudo ver encaramado en las estructuras de hierro encima del escenario, y lanzarse hacia la multitud desde allí. Luego, poco a poco, se fue pensando y entendiendo más bien como un anti-rockstar. No es que le falte rabia, tristeza o autodestrucción, es que no ES eso. No sé si tenga que ver, al menos directamente, pero recuerden este dato: entre los vocalistas del género que he mencionado hasta ahora, Eddie es el único que sigue vivo. Andy murió de sobredosis, Kurt y Cornell se suicidaron, y Staley hizo quizás las dos cosas, lentamente. Eddie sigue siendo solamente un hombre que hace canciones —muy buenas— y las canta  —muy bien.

Este disco, para muchos el mejor del grupo sin dudas, está repleto de himnos noventeros. Once, Alive, Even Flow, son algunos. Oceans, séptimo corte, es otra de las canciones que me cayó mal históricamente, solo porque va detrás de Jeremy, y es el primer descanso luego de la intensidad de los seis primeros. Yo quería más de eso, y Oceans me lo quitaba. Pero la pieza más especial de Ten es, sin discutir mucho, Black; por lo menos para los chiquillos taciturnos fanáticos a sí mismos y a sus bellas heridas. Estos, que se enamoran de la más linda del aula aunque esté completamente fuera de su liga, son los que luego se desgañitan, y se babean por abrir tanto tiempo la boca mientras cantan: “I know you’ll be a star in somebody else’s sky. / But why, why, why can’t it be, can’t it be mine?”.

No ha pasado tanto desde que mi amigo de la facultad y yo dejamos de vernos, pero en términos de sucesos, han ocurrido los que hacen falta para que ahora mismo, si me dan a escoger entre ir a un recital de Pearl Jam o comerme un bife de chorizo, me lo piense, y eso ya es bastante. No sé en qué variables se habrá dado su vida desde entonces, pero estoy seguro, segurísimo, de que cuando suena el Ten siempre habrá, en mi sala y en la suya, algún objeto que haga de  micrófono o de guitarra rítmica.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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