Diseño: Jennifer Ancizar, a partir de la portada del álbum Rico y Famoso.
Diseño: Jennifer Ancizar, a partir de la portada del álbum Rico y Famoso.

El disco rayado: Rico y Famoso

5 minutos / Carlos M. Mérida

09.07.2020 / El disco rayado,  Reseñas

No escuché el álbum completo hasta hace muy poco en Spotify, pero conocí a Sergio Makaroff hace ya unos años por una carpeta de canciones sueltas donde estaban casi todas las de este disco de 1997. Por eso lo quiero (al fonograma, a Makaroff también, pero no hablaba de eso). Si alguien que lee planea darse una vuelta por Barcelona en el futuro cercano, ya sabe lo que me puede traer de souvenir.

En el año 2006, acabaditos de salir del pre, como una especie de viaje de graduación, nos fuimos un grupo a la Isla de la Juventud. Por la noche, en la glorieta del parque central de Nueva Gerona se reunía toda una fauna diversa, la crema de la alternatividad pinera. Allí conocimos a un chamaco que era el vocalista de una banda de rock. Muy buena gente y que cantaba bastante bien. Recuerdo que en su voz escuché What’s up por primera vez, el mega hit de 4 Non Blondes que deberás montar con tu banda de covers si quieres tener éxito en el Submarino Amarillo. Era mayor que nosotros, aunque no creo que llegara a los 30, y se convirtió en nuestro cicerone de la escena underground local.

Una de esas noches en la glorieta nos presentó a Pescao, un personaje singular de ese ecosistema. Mulato sucio con dreadlocks (o quizás trenzas comunes) y un aliento etílico insoportable. Era de esa gente que quieres desde lejos: te caen bien, pero a dos metros de distancia; y sin embargo, por no sé cuál contrapeso de la naturaleza, son los más cariñosos, los que te ponen el brazo alrededor del cuello para hablar contigo. Es una Ley de Murphy.

Pescao era poeta. Trabajaba en la Casa de Cultura de Gerona y todos parecían quererlo. Esa noche de la que hablo cantó a capela Corazón desabrochado, de Boris, medianamente afinado y casi sin abrir los ojos. Mientras lo hacía, el cicerone, que escuchaba en silencio, nos dijo bajito: “No le hagan caso a Pescao; pero háganle caso”. Eso exactamente es lo que hay que hacer con Sergio Makaroff.

Ni porteño ni catalán, pero las dos cosas, este maestro de la trompetilla me dio un par de señales para entender y entenderme (Sabina y Krahe también lo hicieron, pero ahora hablamos del argentino). Me enseñó que lo más serio del mundo es no tomarse uno mismo en serio, o por lo menos hacerlo solo cuando sea necesario; que el verdadero vicio es esforzarse por no tener ninguno.

El mayor de los hermanos Makaroff hace de la contradicción virtud, belleza, honestidad. Se aprecia claramente en Flores invisibles, la segunda pista del álbum, que cuenta un poco lo que fue para él emigrar a España desde Argentina. La estructura de la letra es muy enunciativa. Tiene dos estrofas iniciales que constituyen el antes: Buenos Aires, Sudamérica; dos finales que son el después: España, Barcelona; y un estribillo que podríamos ubicar en medio del Océano Atlántico y que funciona como pivote, aplica para los dos momentos.

En el antes dice: “Horizonte en bandolera / crucé el mar, bucanero / No era el oro mi quimera / despreciaba el vil dinero”. En el después, con su cara de palo, desvergonzado, niega lo anterior: “Cultivé el jardín del alma / con muy poético esmero / Ahora busco la calma / esa paz que da el dinero”.

Está clara la incoherencia. Él lo sabe mejor que nadie, pero también sabe que eso no es lo importante. Lo único que le interesa, lo que sobrevive al antes y al después es el estribillo, que dice: “Traje flores invisibles / de pétalos quebradizos / y colores imposibles”.

Así es la gente que más me gusta. La gente que no teme a sus contradicciones, que no trata de ser congruente, que sabe al ser humano un bicho demasiado complejo para ser coherente todo el tiempo. Putearse no, eso nunca. Ser la mejor persona que uno pueda, pero si en el camino sacrificamos la congruencia, pues bueno, tampoco se va acabar el mundo. Por eso es que Makaroff dice: “No quiero la gloria / ni la santa verdad / porque la realidad / al final me supera”.

Hace poco discutía en un grupo de WhatsApp con un socio del pre (él dijo que conversaba, y yo también, pero en realidad discutíamos; ¡qué manía con la moderación! Estuve a punto de decirle: “¡bróder, discute y bien! ¿Qué hay de malo en eso? ¡Gesticula, suda la axila, rocía de saliva al auditorio, di pinga y cojones, que tú no eres danés!”; pero no lo hice). Se hablaba de política, y en algún momento él sacó la carta de que había que ser consecuente con los actos propios.

Aquí entre nosotros, caballero. ¿Qué es eso de ser consecuentes? La gente es contradictoria por naturaleza. La contradicción es tan humana como el pulgar oponible. El hombre es muchas cosas, pero en el centro, en el núcleo, en el meollo de la complejidad, es solo un organismo que sabe que existe, y que por lo tanto, va a morir. Piquete, no hay una contradicción mayor que esa. Así que no me vengan con que hay que ser consecuente, porque existir y saberlo es una jodida inconsecuencia.

 

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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