Diseño: Jennifer Ancizar a partir de la portada de Peace and Noise
Diseño: Jennifer Ancizar a partir de la portada de Peace and Noise

El disco rayado: Peace and Noise

4 minutos / Carlos M. Mérida

17.09.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Desde la portada (donde aparece ella, una mujer hermosa y libre que escribe) y el título (que nos sugiere lo que estamos a punto de experimentar), hasta los últimos reclamos de la banda: “Don’t be led away”, este álbum es pura fibra, carne, músculo. Aquí no cabe la envoltura, la cocción. Esto hay que comérselo así, crudo, te guste o no el sabor. La culpa no es de Patti Smith. Ella te da el mundo tal cual es; si lo encuentras feo, pues mira, es lo que hay; no busques más; esto es lo único: “the beat of your feet hammering the earth where the great ones tremble”. ¡Qué grande lo de esta niña, Dios mío!

La conocí mediante un CD (que acabo de botar a la basura porque ya ningún lector lo admite)  que traía una pequeña compilación de temas suyos. El primero que salía era Dancing Barefoot, y ya desde ahí mismo te enterabas del swing que tenía la bruja esta. Mi corte favorito de esa caldosa era 1959. Entendía muy poco, y recuerdo que por mi cabeza cruzó la idea de que algo tenía que ver con Cuba, con esa costumbre enfermiza que nos metieron de creer que todo gira en torno nuestro. Pero la sensualidad del rock and roll sencillo que escuchaba me enganchó enseguida. Después, cuando tuve toda la discografía, lo primero que hice fue buscar el álbum que contenía el tema, y por eso es que estamos hoy aquí, pero a mí me gustan absolutamente todos sus discos. No hay otra como la Patti Smith.

El CD también tenía una versión de Gimme Shelter y otra de Sweet Jane, esta a dúo con Leonard Cohen. Fue la primera vez que escuché ambos temas, que han sido mil veces versionados, pero en el lugar de mi cerebro que no es razón, estos siguen siendo los originales, y no los de The Rolling Stones y Lou Reed, respectivamente.

Historia.  Jugando a lo de los personajes una tarde en la casa de la Feu, yo puse a Patti Smith en uno de mis papeles. Entre los participantes había una jevita que era de las de mi talla; de las que me servía perfecto, sin dobladillos ni nada. No la conocía; le había echado el ojo antes de que se integrara a mi piquete a jugar, pero no sé cuál fue el enlace. Empieza el juego. Ella está en el equipo contrario, sentada en el piso. Sale el papel. El muchacho que escenifica no tiene ni idea. Se habla de apellido común, de Pérez del yuma, de Patti La Belle, hasta que ella extiende su mano derecha, enérgica, reclamando el papel, adivinando finalmente lo que estaba escrito allí.

La cosa estaba querida. En mi cabeza, en el segundo que pasó antes de que yo abriera la boca, ocurrieron varias cosas: primero sonaron las trompetas y salió la caballería; después imaginé la próxima encerrona, que tendría lugar cuando terminara el juego de los personajes; luego me preocupó que no tenía condones en la billetera; y por último me angustié pensando que ella podría querer una relación seria y yo no estaba buscando nada por esa cuerda. Entrecerré los ojos, puse voz de hombre, ladeé un poco la cabeza a mi derecha y al mismo tiempo hice un gesto afirmativo con ella, anticipando la respuesta de la muchachaa mi pregunta: ¿Te gusta Patti Smith? Ella dijo que no, que no sabía quién era, que le sonaba el nombre de algún lado. No eché pila esa tarde, pero no porque ella no conociese a Patti Smith, es que yo nunca le eché pila a nadie, al menos fuera de mi cabeza.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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