Oktubre. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
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El disco rayado: Oktubre

7 minutos / Carlos M. Mérida

17.11.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Hace rato estaba por hablar de este álbum, que es hablar de la banda (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, considerada por mucha gente la más grande de la nutrida historia del rock argentino), que es hablar a su vez del Indio Solari, letrista, cantante, rostro del grupo, y una de las expresiones artísticas más especiales del continente y el idioma. No lo hice antes porque quise terminar de leer sus memorias, publicadas el año pasado por Sudamericana, en formato de entrevista y con el título Recuerdos que mienten un poco. Total, para darme cuenta de que no voy a decir ahora nada distinto a lo que habría dicho antes de leerlas.

A uno le atrae el chisme, claro; y está bien. Siempre es rico asomarse a ver qué disco de Los Beatles prefería Borges, o lo que dijo Lezama a cualquiera de los groupies que lo visitaban en la sala de su casa de Trocadero, pero en rigor, el único sitio donde habrá que buscar lo que un autor tiene que decir sobre sí mismo, y sobre cualquier cosa, es en la obra. La obra, si es buena y verdadera, es el único espacio donde al autor se le puede sorprender sin máscara. Se le descubrirá siempre, aunque se esconda en el argumento o en los personajes. El autor-persona, que es quien da entrevistas, tendrá el disfraz a mano, y lo usará a discreción. El autor-autor no. El autor-autor le podrá decir la mentira que quiera al terapeuta, que siempre se va a deschabar cuando le cuente el sueño, a menos que sea un autor malo, que hay muchos.

Las letras del Indio son conocidas por su tono enigmático, cifrado, simbólico. Él mismo se ha referido a su estilo como “ambiguo”. Pero no se mareen. No se dejen engañar por el Indio-persona, que sabe tanto del Indio-autor como cualquiera de nosotros. La ambigüedad es más un atributo de los discursos políticos que de los artísticos. A mí, por lo menos, la idea de lo ambiguo me tira más hacia lo indefinido. El arte verdadero se define siempre, y lo de Patricio Rey es verdadero arte popular. Que una misma línea alcance resonancias distintas dependiendo de la sensibilidad donde se pose, no significa que sea ambigua. Si las letras del Indio fuesen ambiguas, no meterían 300 mil personas en una ciudad de 100 mil (como sucedió en Olavarría hace unos años), ni llenarían la cancha de River. En los conciertos de Los Redonditos todo el mundo sabía de lo que se estaba hablando. Si a las letras de Solari usted les pone imaginación, y un poco de contexto, si se limpia bien el cristal del espíritu antes de ver, se dará cuenta de que son más claras que una nota informativa.

En Música para pastillas, tercera pista de Oktubre (Del Cielito, 1986), se dice, en uno de los momentos más emocionantes del álbum: “Rockeros bonitos, educaditos / con grandes gastos, educaditos / Emboquen el tiro libre / que los buenos volvieron / y están rodando cine de terror”. No hay nada de ambigüedad ahí, ustedes perdónenme. Estamos en 1986, en Argentina, tres años después de que regresara la democracia, en pleno proceso de destape —ese jolgorio cultural que viene después de cualquier dictadura. El Indio es en esa estrofa, con su acidez, el clásico aguafiestas pesimista, recordando a los contentos borrachos que al final habrá que pagar la cuenta. Pero no cerremos la ventana de las significaciones. Agitemos el almanaque y el mapamundi. En Buenos Aires, en La Habana y en Singapur, siempre habrá a quien ponerle el traje de rockero bonito, educadito, y siempre habrá los que dicen ser buenos, y en realidad ruedan cine de terror. Eso no es ser ambiguo. Eso es ser poeta.

La melodía pop, su coreabilidad, es una de las llaves del éxito de Patricio Rey. A veces, como en Música para pastillas, la guitarra, el saxo y la voz, en ese orden, hacen líneas diferentes, cada una más pegadiza que la otra. Se puede tararear cualquiera de las tres, que el de al lado reconocerá de qué canción se trata al momento. Casi todos los temas tienen al menos uno de estos segmentos coreables, que funcionan como carné de identidad. De aquí se entiende que no son melodías complejas, si no el público no las cantara como si fuesen la hinchada del Liverpool.

Los espectáculos ricoteros (misas, les llamaban), fueron un incidente cultural único, por lo menos en América Latina. A mí me falta información, pero jamás vi una propuesta musical con ese tipo de carga lírica alcanzar los niveles de masividad de Los Redondos, y, además, de manera independiente (porque no firmaron para ningún sello en más de dos décadas de duración). Ni Almendra, ni el mejor Charly, ni Silvio cuando llenaba estadios. Nadie, desde la poesía, desde la lírica que juega más para el equipo de lo sensorial, movió tanta gente nunca. Uno de los momentos cumbre de los recitales llegaba con Jijiji, la séptima pista del disco. La locura se desataba en el estribillo, que, sí, está marchoso, pero tampoco es el de Smells Like Teen Spirit para que se arme tal desbalance. Y, además, tampoco es que diga: “¡Arriba, a brincar y a sudar!”. Lo que dice el estribillo de Jijiji es: “No lo soñé / Ibas corriendo a la deriva / No lo soñé / Los ojos ciegos bien abiertos / No mires, por favor / y no prendas la luz / La imagen te desfiguró”. Cien mil personas vueltas locas. Eso solo puede ocurrir en la República Argentina.

Oktubre fue mi primer álbum de Los Redondos. Busqué la discografía después de que un muchachón porteño me mostrara su tatuaje con devoción fundamentalista, en el que se veía el logo del grupo (el de las letras P y R, y la corona). Era escéptico, yo, por dos razones. Primero porque, creyéndome ya en ese momento el más sabio del rock argentino en Cuba, nunca me había cruzado con la banda. Segundo, porque ya tenía edad para desconfiar de las devociones fundamentalistas. Por eso, en vez de entrarle a la colección fonográfica por el principio —que es lo que hago casi siempre—, fui directamente al que era considerado el mejor trabajo. Si no me gustaba, chao Redondos. En esos términos puse a girar la placa.

El taxi era uno de esos Willys reconvertidos que juntan gente detrás, pero yo iba en el asiento copiloto prime. Pude mirar hacia ningún punto específico por la ventanilla y atender solo a lo que ocurría en mis oídos. El primer corte, Fuegos de octubre, pasó sin más ruido que el de las explosiones del inicio. Lo que ocurrió después, que es la razón por la cual hablo de esto ahora, comenzó, como casi siempre, con un riff de Skay Beilinson, maestro de la mano derecha, y con el Indio diciendo: “Una vez le hice el amor / a un Drácula con tacones”. Nunca más he vuelto a escuchar este disco con la misma cara de golpe.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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