Diseño: Jennifer Ancizar a partir de la portada de Nubes.
Diseño: Jennifer Ancizar a partir de la portada de Nubes.

El disco rayado: Nubes

8 minutos / Carlos M. Mérida

13.10.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Cuando hace poco hablaba de Santiago Feliú con algunos amigos, les decía que de forma gradual, sorprendente y triste, me ha ido dejando de gustar. Hay canciones suyas que me rompieron el alma una vez y ahora ya no me trago. Con Carlos Varela ha venido sucediendo más o menos al revés. Mi relación con él ha sido esta: ignorancia / descubrimiento-sacudida-amor adolescente / hastío / olvido / renacer.

Lo quemé a la edad en que lo hicimos todos, pero tanto, que me aburrí muy rápido. Quizás fue porque me encontré con el desenfado, la herejía, la cara de palo de Sabina, todo lo contrario a lo que El Gnomo es: un tipo grave, luctuoso, católico irlandés con sombras, que va en serio, que le cuesta el sarcasmo. Entonces debí decir: “es por allá y no por aquí”. O fue tal vez la costumbre boba —pero natural para el púber esnob que yo era— de alejarme tanto como pudiese de lo que escuchaba la mayoría, un hábito que me dio mucho, pero me quitó otro tanto. Hay una edad en la que no se está listo para ver al más cheo del aula cantando Como un ángel y decir que a ti también te gusta. ¡Qué va! Algún veneno tendrá para que le cause gracia al imbécil analfabeto ese. Por lo tanto, yo paso. La vida no te vuelve a dar luego esas primitivas definiciones, por eso la adolescencia es la edad más hermosa.

Cada vez que escucho este álbum el tiempo me devuelve a Varela acabado de salir de la ducha, oloroso y con talco, sobre todo al letrista, y esta palabra va sin sinónimos.

Es un error pensar que los cantautores tienen que ser poetas. Aunque, ¿qué coño es ser poeta, verdad? Pero lo digo pensando en que tal vez me fui con la de trapo en el pasado al buscar en Carlitos imágenes más trabajadas como las de Silvio, o tan elegantes, tan de erudito impostor como las de Sabina, asumiendo que los trovadores tenían que ser necesariamente grandes ilusionistas de las palabras que, además, sabían cantar y tocar la guitarra. Los hay, por supuesto, pero no es una condición sine qua non para categorizar como cantautor. Cuando tú no le pides a Varela que sea Leonard Cohen, entonces te das cuenta de que como letrista está a un nivel altísimo. Díganme obvio y viejo chocho, pero voy a repetir que la canción no es un poema musicalizado. El autor de Habáname no es un gran poeta (al menos tomando como referencia solo el costado lírico de sus temas, porque cuando vienes a ver el tipo es tan crack que tiene unos poemas buenísimos guardados en la gaveta), pero no le hace falta, porque es un hacedor de canciones extraordinario, primera clase.

Si tú naciste con un sensor especial para captar tonadas del aire, procesarlas, armonizarlas, juntarlas con otras y convertirlas en líneas melódicas imborrables (y lo fuiste mejorando en el camino), entonces te puedes permitir un poquito de vagancia lírica. En este género, quien domine el terreno melódico con la maestría que lo hace Varela tiene más de la mitad de la batalla ganada; habría que ponerse muy burro para echar a perder una canción.

Observemos este fragmento de la letra de Muros y puertas: “De qué sirve la luna si no tienes la noche / De qué sirve un molino si no quedan Quijotes”. Eso, puesto así, es un fracaso, una postalita con fondo de rosas que deberás enviar a 10 contactos; sin embargo, el tema no se pudre por eso. Uno se da cuenta, sabe que hay sitios mejores en el disco, pero lo deja pasar, porque el conjunto tiene otras fortalezas. El revés poético no es de una entidad suficiente para destruir la pieza en su totalidad, como sí les pasa a otras canciones por ahí, que tienen construcciones melódicas muy logradas pero las letras son un horror. Quizás el ejemplo más evidente de Carlos Varela como poeta normalito y letrista excelso sea la sin par Una palabra. Quítale la música, publica la letra en un cuaderno mudo y blanco, y tendrás un poema, no espantoso, pero peor que los que hacía mi profe de Español-Literatura de octavo grado, aunque a mí en aquella época me pareciese una bestia. Ahora bien, basta con que El Gnomo abra la boca para que esas mismas imágenes alcancen otras resonancias. Es que no se supone que las letras de canciones deban cruzar solas el puente de la comunicación. Los poemas sí lo hacen, porque los poemas son lenguaje crudo, pero las letras, en principio, son solamente parte del equipo, aunque algunas se lo echen al hombro, como Maradona en el ’86.

No sé quién produjo este registro, pero lo hizo requetebién. Tiene un equilibrio conceptual acabadísimo. Quitando Nubes y Lucas y Lucía (no por nada sino porque tienen otro tipo de marcha), pareciera que el álbum no es tal cosa, sino una misma gran canción que ha sido dosificada por razones puramente mecánicas. En lugar de abrir con el tema-título —ya por la fuerza de la costumbre, ya por tener más gancho que el resto—, la producción prefiere romper el hielo con uno que traduzca mejor la temperatura del fonograma, su acento emocional. Más allá, el opening, y también Tarde gris, la pista siguiente, hablan de una mujer que se fue y un hombre que la extraña. Ese es, un poco más, un poco menos, el tono de estas 12 piezas. Distancia, huida, exilio, ausencia. De La Habana, de la cama o de la vida, pero distancia, huida, exilio, ausencia. El humor de la placa es casi en su totalidad consecuencia de que ella se haya ido de la ciudad y él se acuerde cuando hay tardes grises. Por eso no es una locura suponer que las canciones (al menos en su mayoría) nacieron antes de la decisión de hacer un disco acústico, y no a la inversa. No me imagino a Carlitos cantando “… y ella fue cuatro lunas más adentro de mi alma” con la banda detrás.

Los arreglos que se escuchan aquí clasifican como uno de los trabajos más lucidos (así, sin tilde en la u, aunque igual sirve con ella) que haya hecho el más popular de Los Topos en su carrera; de las mejores guitarras que se han tocado en la historia discográfica de la trova cubana (no encontré los créditos por ninguna parte, pero asumo que él mismo se haya arreglado su instrumento). La viola ocupa un escaño activo en la dramaturgia de las canciones. Tiene voz y tiene voto. No es, solamente, una neutral surtidora de armonías. Se mete en la conversación. Esto se nota en Sequía del alma y Apenas abro los ojos, por decir dos ejemplos. Varela estaba tan encendido por esos años, tenía el moropo tan alborotado, que se permitía regalarnos líneas melódicas paralelas en espacios mínimos. Cantaba una y tocaba otra, que también tarareaba a veces.

Cuando salió el álbum en el 2000 tenía solo 37 años, pero ya era un consagrado, y uno podría pensar, equivocándose, que no tenía necesidad (esa necesidad vanidosa de los artistas inquietos) de demostrar nada. Sin embargo, viene y se aparece con esto, que es de lo más grande de la cancionística cubana de todos los tiempos (para no mandarme a correr y decir alguna barbaridad), con lo cual pagó, justamente, su retiro. Por eso uno, después de que Siete no haya sido lo mismo, de tolerar que hiciera sopa con Los hijos de Guillermo Tell antes del desencanto de No es el fin, de la sequía que vino luego, todavía pregunta si hay una edición en físico de su último trabajo El grito mudo, incluso antes de escucharlo en variante digital, y a pesar de que no espera sacar mucho de ahí.

Me voy con Nubes, el primer tema de Varela que escuché. Cántico de gesta sub-17, croquis de los violeros aprendices, deberían hacerle una placa de bronce en el lugar donde está la estatua de Salvador Allende en la calle G, como hicieron con la partitura del Himno Nacional en el parque Céspedes de Bayamo. Es un tema, al final, optimista. Ahora mismo todo está nublado, nubladísimo, el cielo es una masa gris uniforme. Pasará, pero sepan, como lo sabía El Gnomo, que cuando eso ocurra, cuando vuelva el celeste, todavía tendremos algunas de esas nimboestratos dentro por bastante tiempo más, y eso no debería ser un problema, siempre que sepamos acomodárnoslas bien y seguir el combate.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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    Yoander

    13.10.2020

    Más que nimboestratos creo que quedarán algunos cumulonimbus con rayos incluidos.


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