Diseño: Jennifer Ancizar, a partir de la portada del álbum No me pidas.

El disco rayado: No me pidas

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El disco rayadoReseñas
Tiempo de lectura: 2 minutos

Yo llegué tarde a la discografía de Pablo, aunque, claro, ya me sabía de memoria decenas de canciones suyas antes de eso. Hay gente de la que uno no se puede escapar. La verdad es que no sé por qué paisajes andaba mi cabeza binaria adolescente cuando decidió: Silvio sí, Pablo no.

No era que no me gustasen sus canciones, era que le gustaban también a mucha gente que no me gustaba. Creí tal vez que Pablo era Yolanda, y quizás por eso no me apuré en buscar su discografía y repasarla, como sí hice con la de Silvio. Ella es la culpable. Yolanda, digo. Lo que le ocurrió a esa canción es muy triste. Es un arbusto seco. Nos la esquilmaron los gentiles. Una tonada que ya escuchaste cuando la escuchas, por eso es incapaz de conmover. Esto es un poco a lo que se refería David Gilmour cuando lamentaba ser una de las personas más infortunadas del planeta porque nunca iba a poder disfrutar el Dark Side of the Moon por primera vez, como hicimos todos un día hermoso; ya lo había manoseado mucho como para que lo pudiera sorprender con la guardia baja. Pero retomemos el hilo.

El tiempo no es tan hijo de perra na’. Lo digo porque si yo hubiese oído este álbum de Pablo siendo un chiquillo preuniversitario, muy probablemente no me lograra emocionar al día de hoy como lo hace. Hay demasiado optimismo de boina y estrella ahí, demasiada épica miliciana, más de lo que me hubiese permitido tolerar en esa época, cuando aún me dolía el fracaso de ese sueño común. Probablemente lo habría condenado a la gaveta y al moho. Sin embargo, hoy esa estética real socialista me estremece la zapata.

Había un socio de la universidad, sorprendentemente católico para tener 20 años y vivir en Cuba en el siglo XXI, valedor de instituciones de cemento viejo como la Iglesia o el matrimonio, al que se le podía ver emocionarse hablando de Contigo—la canción de Sabina— y de cómo le gustaba a pesar de que toda ella iba de una visión de la relación de pareja totalmente opuesta a la suya. Y esto es bastante lo que me pasa a mí con el Pablo que todavía usaba espendrú.

Yo detesto el entusiasmo revolucionario masivo de los ’70 y ’80, que tanto daño hizo y sigue haciendo, pero no a los civiles que participaron, sino al hecho en sí, y al manejo político vil que lo produjo. Pero de esto me di cuenta después, cuando pude separar las cosas, cuando el sueño fallido dejó de dolerme. Exactamente así me ocurrió también con la Serie Nacional de Béisbol. Hubo un tiempo en que no podía aguantar cinco minutos frente al televisor viendo aquellos terrenos desérticos y esos pitchers supersónicos de 80 millas por hora, hasta que la serie dejó de dolerme y ya pude ir al Latino con tranquilidad a sacar lo que fuera que pudiese sacar de allí.

De este disco se saca mucho. El Pablo que dice en Día de Reyes: “Sin magias y sin leyendas, / y con lucha y con amor,/ vendrá la revolución,/ sin santos llenos de estrellas./ Guarda tu risa para mañana/ y seca hoy tu llanto,/ en tanto/ llega la libertad”es un Pablo bello, hondísimo, conmovedor. Se habla aquí de hombre y de sueño. Solo eso. Y es una hermosa conversación; aunque, desde la ventaja que da el futuro, se sepa que el hombre ya no es ese hombre y el sueño tampoco es el mismo sueño.

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