El disco rayado: Naughty Little Doggie

4 minutos / Carlos M. Mérida

14.07.2020 / El disco rayado,  Reseñas


La primera vez que vi a Iggy Pop fue también la primera vez que lo escuché, y me enamoré de él, más por la imagen que por el sonido. Hay gente que posee una visualidad tan poderosa que capturan al mirón de forma instantánea. Así eran el Bola, Bowie, Michael Jackson. La lista es larguísima. A veces la clave está en la indumentaria, otras en algún detalle especial del rostro: la nariz, el labio, un ojo, un peinado. En ocasiones la singularidad se puede sacar fácilmente (como en el Pibe Valderrama, por ejemplo); en otras es más difícil (pienso en Snoop Dogg ahora, que es tan flaco, tan alto, tan negro y tan rapero como tantos, pero nadie luce como él). Unos se la curran más y construyen todo un concepto visual para sí; otros sencillamente lo tienen, y se dejan llevar. Iggy es de estos últimos. Su rostro tiene de niño y de anciano; de hombre bueno y de nazi motherfucker; dice y oculta a la vez. Es un entrañable, en cualquier caso.

Fue en casa de mi amigo Nodiel cuando lo conocí, por medio de una multimedia de música utilísima en tiempos pre Internet, que me permitió ponerle imagen a mucha gente que nunca había visto. Cantaba I Wanna Be Your Dog, seguramente con los Stooges. Llevaba su atuendo habitual: descamisado y con pantalón de cuero negro, y hacía unas contorsiones rarísimas que después imitó Johnny Rotten, como dándole el rostro al público y el culo al baterista, terminando el performance en el suelo, pies cruzados y brazo derecho levantado hacia arriba, como la serpiente que alza la cabeza saliendo del canasto, encantada por el pungi. Ahí no supe todavía lo que era Iggy Pop. Tampoco cuando oí este disco después, creo que ese mismo día. Y es que entender lo que significa este hombre como mínimo para el rock, como máximo para la historia de la cultura, no sucede en un solo momento. Es un lienzo que hay que ir trabajando suave, cuidando con la misma fijeza tanto los primeros planos como el paisaje de fondo.

Nadie es más sincero que el Iggy. Es una sinceridad de loco, de inadaptado, que es la única forma de ser cien por ciento sincero. Una sinceridad que deja de ser virtud; porque la virtud está en ser todo lo sincero que uno pueda, no en ser todo lo sincero, a secas. Lo demuestran temas como Pussy Walk y Look Away, abiertamente efebófilos. No era nuevo el tema de su afición por las púberes. Lo sabíamos desde la hermosísima y setentera Sixteen, cuando decía: “That’s not normal, but I love you, Sweet Sixteen”. No le importaban tanto los juicios en la época de Lust for Life. Sin embargo en este álbum, 20 años después, admite ser más cuidadoso. No porque su inclinación haya desaparecido, sino porque tiene que serlo. Entonces, en Pussy Walk, dice: “[…] I see them smiling at me with their young girl clothes and, while I smile back, I never say anything but inside I’m thinking: ‘can your pussy walk…?’”. No es que no le importe o que no se dé cuenta de que está rozando el límite de lo permisible, es que no puede dejar de contárnoslo; su vocacional transparencia se lo impide.

Mientras el disco gira y avanza, vamos acercándonos a este Iggy de los ’90, tembón, curtido, que ya lo ha visto todo, incapaz de sacudirse sus demonios pero lo suficientemente maduro para aprender a vivir con ellos y mostrarnos cómo lo hace. Hacia el final de Look Away, que es también el cierre del fonograma, con voz suave nos dicta el testamento moral de aquel presente suyo de fin de siglo: “So now that I’m straight / I’m settled, too / I eat and I sleep / and I work like you / I got lots of feelings / but I hold them down / That’s the way I cope / with this shitty town / I look away…”. Si no es esto, ¿qué es vivir?

 

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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