Camel. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
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El disco rayado: Mirage

9 minutos / Carlos M. Mérida

01.09.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Segundo álbum de Camel, de 1974, cuando el rock progresivo era la bomba. Una banda y un estilo que he ido dejando de querer, pero que hace 10 años me hacían muchas cosquillas.

Camel no es la música que te fractura el normal estar. Te gusta cantidad, pero puedes pensar en otra cosa mientras escuchas. En la conversación alguien menciona el nombre; tú saltas: “¡Ohhfff, buen piquete ese!”, y sigues tomando tu cerveza. No como cuando dicen “Radiohead” y te quieres morir. Un día en la universidad, en una clase tan aburrida como el profesor que la impartía, mientras mis párpados y yo luchábamos por resistir el vientecillo húmedo que a las dos de la tarde, solo un momento después de que terminaste de almorzar, ataca la Loma de Aróstegui por varios frentes, pero sobre todo utilizando, desde el mar, el corredor que le brinda la calle San Lázaro, me entretuve haciendo una lista con las bandas de rock progresivo que más me gustaban, por orden de preferencia. Recuerdo que detrás de Camel coloqué solamente a Genesis. Sin embargo, le tengo un cariño especial a este álbum. Está bastante arriba en mi archivo fresita de momentos la música-me-cambió-la vida. Les cuento.

Iba un día rumbo a la facultad desde Caimito. Debió ser en cuarto año porque tenía las clases en la sesión de la tarde. Estaba enojado. No recuerdo ahora el origen del enojo; quizás había discutido con los viejos antes de salir de mi casa. De cualquier forma, el origen del enojo no es importante cuando te has montado en un P14 a medio llenar en la que se supone es la primera parada, y luego, dos más adelante, se monta todo San Agustín al mediodía, con 30 grados de temperatura y 70 % de humedad relativa. En días  así el enojo es como la energía: no se crea ni se destruye, se transforma. Poco importa de dónde salió.

Montado, apretujado en ese P14, tuve un instante de esos que más o menos todo el mundo ha vivido en una guagua alguna vez: el instante no-aguanto-más-este-país. Si rebasas el instante te salvas ―entras en un estado como trascendente donde te ves a ti mismo sudando la gota gorda y procurando inútilmente ser tocado por la menor cantidad de gente posible―, y finalizas tu viaje sin más problemas, pero mientras sucede eres un completo infeliz, desde donde empieza la i latina hasta donde termina la zeta española. El reverso, el negativo de este momento está en el cañón del río Yumurí en Baracoa ―que es el lugar más hermoso de Cuba―, cuando te dicen, mientras te bañas con el agua a la altura del pecho, transparente que te ves los pies en el fondo, que por 70 pesos unas señoras traen el almuerzo al río; almuerzo que incluye filetes de atún fresco y mariquitas. Uno se pasa la vida en la región vastísima que demarcan esos dos instantes, aunque justo cuando están ocurriendo pareciera que no existe más suelo firme fuera de esas fronteras cenagosas.

No pude rebasarlo. Interrumpí mi ruta habitual y me bajé en La Lisa, antes de cruzar el puente, con la idea de coger la 222 desde el inicio, sentado. La idea era buena en principio. Y siguió siéndolo cuando, no más salir del P14, vi cómo se iba una vacía, con asientos libres y todo, pues, según me dijo un minuto después la única persona que había en la parada ―una muchacha que esperaba a su novio―, se acababa de ir otra guagua antes. El inconveniente estaba en que, al decidirme por la 222, le apostaba todo a ella, renunciaba a otras rutas, porque la parada no estaba en la avenida principal. Pero tenía tiempo aún. La idea dejó de ser buena 40 minutos después, cuando ya había una cola importante, de la que yo era el segundo, detrás de la muchacha y su novio (que ya había llegado), seguía apareciendo gente y ni rastro de la 222.

Fue un momento crítico, en el cual alcancé un pico de rabia e impotencia. Todo por dentro, valga decir. Si dejaba la cola y me iba a probar suerte nuevamente a la avenida principal, quizás, con el viento a favor, llegaría 15 o 20 minutos tarde al primer turno, pero aún sería posible jinetear la asistencia, que era lo único que importaba; pero si llegaba la 222 en ese instante, podría arribar a tiempo al inicio de la clase. Decidí irme. Le dije a la persona que iba detrás de mí que se guiara por la pareja que tenía el uno en la cola, pero después de 40 pasos regresé. Mi corazón no estaba listo ese día para ver, desde la calzada, cómo se me iba la 222 por segunda vez, mientras la pareja de novios me saludaba desde la ventanilla, acomodados en los asientos premium del vehículo. No quise correr ese riesgo en favor de mi estabilidad emocional.

Ahí fue, derrotado, habiendo perdido el pulso con el suceso, cuando me puse los audífonos por primera vez en el día.

Había copiado la discografía de Camel unas semanas antes, del archivo musical de unos de esos tembas roqueros nostálgicos y tiernísimos, con los que puedes pasar horas conversando, y te dicen que nada como los ’70, y qué Hendrix ni Hendrix, que Frank Marino es el mejor guitarrista de esa época. Él me había recomendado la banda y le hice caso. Aquel día en la parada ya había escuchado sus tres primeros álbumes varias veces. No muchas, pero suficientes para saber los momentos justos en los que la caja de la batería de Andy Ward iba a interrumpir, con descaro de vecina chismosa, con esos latigazos incómodos, el paso puntual del bajo y el bombo en el intro de Freefall, el corte inicial de Mirage (Janus Records, 1974). Mientras eso sucedía en mi reproductor MP3 chino, afuera yo parecía tener dos tics nerviosos: uno en el pie derecho, marcando el tiempo sobre la acera, y otro, el más visible, en la cabeza, que ladeaba bruscamente cada vez que venían los trastazos atravesados de la caja. La guagua llegó 30 minutos después de Freefall, cuando ya casi se acababa el disco y ya no iba a poder marcar tarjeta en el primer turno, pero se me había pasado la bronca.

Para mí Camel siempre fue Mirage, a pesar de que escuché toda la etapa setentera de la banda en esos años finales de la universidad, pero nada me enganchó como esta placa. Hay pasajes que amaba y que ahora ya no me dicen tanto, como el sonido pastoril de la flauta de Andrew Latimer en el solo de Supertwister, o cuando aceleran el tiempo en el minuto 3:45 de Nimrodel / The Procession / The White Rider y se quedan dando vueltas esperando esa melodía tan bella que traen los teclados de Peter Bardens en el 4:22, o las pausas a partir del 2:34 de Earthrise. Pero hay tres episodios que sí continúan produciéndome mariposas, y lo que tienen en común es el cambio súbito, el pivoteo, la sorpresa. Uno es el intro de Freefall del que hablaba. Otro llega al minuto 7:00 de la tercera pista, cuando venimos siguiendo el solo de guitarra dulce de Latimer y todo es felicidad, verdor, el mago de la luz cabalga en su blanco corcel y su calor de viejo sabio y bueno nos arropa; pero de pronto ya no hay tanto oxígeno en la atmósfera, las nubes negras de Mordor cubren el cielo de Tierra Media y Sauron saca a su ejército de orcos. (La analogía no es gratis. El tema va de Gandalf. En la escena de Canterbury se hablaba de estas tallas, por eso cuando llegaron los Sex Pistols y dijeron: “¡Que se pudra la Reina! ¡Viva la anarquía!” los pepillos se volvieron locos). El mismo recurso se utiliza en Lady Fantasy, casi al final del tema y del disco. Tú estás medio hipnotizado, por fuera haces cualquier cosa, pero de la epidermis hacia dentro te vas durmiendo, manso, y las voces suaves de Doug Ferguson y Latimer son tus edredones, mientras dicen: “[I] Saw you sitting on a sunbeam / In the middle of my day dream / Oh, my Lady Fantasy! / I love you”. Pausa breve, fin del embeleso, pinchazo de guitarra y arrebato. A cabecear, a sacudirse y a meterse en la rueda de mosh invisible.

Hay que decir, sin embargo, que el rock progresivo no funciona sin la nostalgia, salvo algunas excepciones, como es habitual. A Camel y otras bandas del género siempre habrá que conjugarlas en pretérito. Están amarradas a una época, no les queda el presente. No es que no hayan trascendido. No hablo de eso. Supongo que sí lo hicieron (aunque, aquí entre nosotros, no tengo muy claro qué es eso de “trascender”), pero, en cualquier caso, viajaron hacia el futuro cargando con sus pelos largos, sus pantalones campana y sus órganos Hammond. No como Billie Holiday, por ejemplo, que, cantando Strange Fruit, te destruirá lo mismo en una vitrola del 40 que en un iPhone XR, aunque ya no cuelguen negros de los árboles sureños. O como Dylan, que se podría agenciar ahora mismo una gorra de lado y un diente de oro, que igual funcionaría cuando dijese: “How does it feel to be on your own?”. De eso hablo.

Este es un disco corto, se va en una fregada. Háganme caso y escúchenlo, ahora que la vida se está portando tan mal. Me cuentan luego si se les aplacó el berrinche.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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