Medio Lento. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM
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El disco rayado: Medio lento

9 minutos / Carlos M. Mérida

06.08.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Creo que la primera vez que vi a Ariel Barreiros fue el 30 de noviembre de 2007, en el Parque de J y 23; aunque si me dicen que no, que no puede ser, que ese día Ariel no logró salir de Aguada de Pasajeros por cualquier motivo, también lo creo, pero ustedes síganme la rima. Era viernes, y el movimiento de la Nueva Trova ―dijeron― cumplía 35 años. La víspera yo había cumplido 18, hacía tres meses había entrado a la universidad y, unos días antes, en el lobby de la beca de Alamar, mi amigo de Miami me había pasado su Discman un momento, para que escuchara Niña, de un trovador cienfueguero desconocido.

La Asociación Hermanos Saíz, para celebrar el aniversario, había organizado ―en los lugares de siempre― las cosas de siempre: talleres, coloquios y más palabrejas de esas que escuchamos cada vez que se reúne gente seria a hablar en serio sobre algo; ventas de libros, conciertos, todo sobre la trova. Yo andaba por La Rampa que no cabía, contentísimo, estrenando mi adultez, caminando con la felicidad y el embeleso de un chiquillo que todavía cree en las cosas “importantes”, en los lugares y los momentos en los que uno “debería” estar. Lo mismo entraba al Pabellón Cuba y copiaba en una memoria prestada la discografía (o lo que fueran esas carpetas) de tipos como Pável Poveda, que me sentaba en el portal del Yara a oír a Gerardo Alfonso presentando su álbum A orillas del mar, el cual compraba luego a 40 pesos ―olvidando que la semana entrante no tendría para fumar―, que me llegaba donde la estatua del Quijote desnudo a escuchar y ver por primera vez a gente que después escuché y vi mucho, y a otra que no vi ni escuché más porque así lo decidí, o porque ya no pude hacerlo.

Ese día Adrián Berazaín y Mauricio Figueiral eran considerados “alternativos”, Oscar Sánchez tenía más pelo, Yaima lo llevaba corto, Silvio Alejandro no usaba pulóveres de sí mismo, Ray no estrenaba su peña del Tun Tun, Fidelito estaba tan desafinado como ahora, y yo supe que Ariel Barreiros era un trovador distinto, y que lo amaría para siempre. Ni me pregunten qué cantó aquella tarde. No me acuerdo. Solo que lo supe, a pesar de que, sabiondo, le comenté a alguien de al lado que el aguadense se me parecía demasiado a Pedro Guerra ―incluso físicamente―, y ese alguien de al lado asintió, ignorando que yo a Pedro Guerra lo había visto una vez de perfil, y había escuchado, como mucho, tres canciones suyas.

El recuerdo que tengo de esa tarde es un recuerdo completamente sano, ya nada me lo puede manchar. Mañana puede venir una amiga de aquellos años y decir que me levanté al mediodía con flojera en las rodillas de la resaca, que vomité en el P11 hacia El Vedado y que a cada rato tenía que dejar el concierto para pedir, por favor, un vaso de agua en alguna casa o cafetería cercanas, no importaba si era de la llave o estaba caliente. Sería igual. Esos accidentes ya no forman parte del recuerdo. En todo caso podrían crear uno de cero, pero no decorar el que ya existe. A este, por alguna razón, la memoria decidió archivarlo así como de lejos, como un cuadro impresionista.

Después de aquel día escuché al autor de Paula alguna vez más, haciendo tiempo de máquina en la Discman de mi amigo de Miami. Era ese demo que anda por ahí, que empieza con Sobregirados. No fueron muchas veces. Me parece que ni siquiera llegué a oír el demo completo. Sí recuerdo María, la canción que Ariel compuso para ver, desde el escenario, cómo la mitad del público se despelota y la otra rompe en llanto cuando él canta: “¡Mira, qué carnaval ni carnaval! / Si tú no te emborrachas conmigo”. Luego mi amigo de Miami se fue y entre los discos compactos que me dejó no estaba el que contenía aquella unión de grabaciones amateurs. Le perdí la pista al cienfueguero. Salvo una vez en un programa de radio, y sin contar las que canté Niña en los parques, no lo volví a escuchar. Se convirtió en una de esas cosas que quieres pero no buscas, porque en realidad no sabes bien cuánto quieres, hasta que te las encuentras. Yo a Ariel Barreiros me lo volví a encontrar en el disco Medio Lento, y ya no lo suelto más.

Después de haber escuchado el álbum en vertical, horizontal, diagonal, largo, ancho y profundidad; después de haber llorado y haber tenido ganas de irme a abrazar a Ariel y sostener su cabeza con las dos manos y decirle “me muero”, de preguntarme mil veces por qué un tipo así decide quedarse en el pueblo de mierda ese, en un país donde sitios como Aguada de Pasajeros son aún más pueblo y más de mierda; no puedo decir que me gusta como me gustan las canciones que contiene, y la culpa es de los arreglos, que en algunos casos no están a la altura de aquellas. Se siente una ligera vagancia del arreglista al interpretar la sustancia de los temas, y trasladarla de la guitarra trovera a la orquesta.

Esos casos son, principalmente, Niña, Medio Lento, María y Ágape. Me jode mucho, porque son de las que más me gustan, sobre todo la que titula el disco, que es la que peor suerte ha tenido fuera de Ariel, a veces por causa de la Egrem, a veces por causa de Kamankola, quien posee una voz y una actitud escénica bárbaras para decir “Esto es Cuba, carajo y cuentapropismo”, pero fatal para “Lo que pasa es que no te le pensé ventanas a tu beso”. El arreglo en Medio Lento pone primero al trombón y luego al bandoneón (o quizás la detestable versión eléctrica de su sonido) a perseguir la voz de Ariel como si creyese que esta no es lo suficientemente emotiva. Llega el momento en que ya quieres que se callen y dejen al pobre hombre cantar. Lo mismo pasa en María con la flauta, que sobreparticipa, como si fuera la monitora aventajada y pedante, sentada sin mucho que hacer en el repaso de los brutos, haciendo tiempo hasta que su mamá la venga a recoger.

Otra cosa: se tiende demasiado al son y a la pachanga en varios momentos del fonograma. En María y Brujería bien. Claro. Son temas que lo piden. Pero, bróder, ¿en Niña? El chiquillo protagonista de esa canción está solo, llorando, acostado de canto sobre la cama con los pies encogidos, ¿por qué me le pones una maraca en cada mano, y lo subes a cantar con el conjuntico del pueblo en el matutino de la primaria? En Ágape parecido. A las primeras estrofas les han encasquetado una marcha de bolero plana y aburrida, que está lejos de alcanzar la rajadura sísmica que se produce en la cabeza del oyente cuando llega la parte de “(…) ni estas asmas que me entran cuando tú te me espantas, corazón, rumbo a mujer que ya no estuvo más en la ventana”. No sé a ustedes, pero a mí me sobra el bongó para decir lo que dice este tema. ¡Ojo! que no pasa nada con el bongó y el bolero. En Paula, por ejemplo, traducen muy bien el susurro y la noche fresca de campo que hay en el centro de esa hermosísima pieza, pero en Ágape no le dan al tema el puntico de duda y desconcierto que pide. Fíjense que cuando sube la intensidad el arreglo tiene que soltar el bolero y agarrar un palo menos liso, pa’ ver si la audiencia deja de bostezar.

Cuando escuchas Un hombre, la única pista donde solo están Ariel, su voz y su guitarra, no puedes dejar de pensar en qué hubiera sido del álbum sin o con menos orquesta. Porque al autor de Quinto regimiento, sinceramente, no le hace falta. Lo único que necesita es una producción medianamente eficaz, que le cuide la afinación y el tiempo, y a llorar, a cerrar los ojos y a reservar mesa en La casa de la bombilla verde cada vez que se le antoje venir a La Habana. ¿Que Silvio tampoco necesitaba la orquesta para Causas y Azares? Claro que no. Pero Afrocuba es Afrocuba, mi chino.

Ustedes no se guíen por mis quejas de groupie fastidiado. Nada de esto desdice la clase de joya que es el disco, ya solo por agrupar 12 de las canciones más bellas que la vida le tiene reservadas a uno. Ariel Barreiros ―nadie lo duda, pero igual lo voy a decir― está en otra liga. Pocos están a su nivel, y todo el mundo sabe quiénes son; pero nadie, absolutamente nadie, es más bueno, ni más tierno.

La última vez lo vi en enero de este año, durante el Festival Longina, invitado por Roly Berrío a su peña del patio del Museo de Artes Decorativas de Santa Clara. Ya era de noche. La gente le pedía Niña y él se hacía un poco el duro. Antes de cantarla ―no él, todo el mundo, porque esa canción hace rato ya que no la canta nadie solo― dijo algo en broma sobre el chasco que se llevaría quien viese a la niña ahora, y el público rio, pero nadie creyó una palabra, porque las niñas nuestras no crecieron; las niñas nuestras siguen allí tan lindas como siempre, en

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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