Master of Puppets. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
Master of Puppets. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.

El disco rayado: Master of Puppets

7 minutos / Carlos M. Mérida

08.10.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Este primer párrafo es el último que escribo, después de releer y advertir que se habla muy poco del álbum aquí. Entonces, en favor de justificar la categorización del texto como reseña, diré que Master of Puppets (Elektra Records, 1986) es la prenda más valiosa de la discografía de Metallica. Nunca más volvieron a estar allí, a pesar de los exitazos que vinieron después. El riff que se ejecuta en el segundo 22 del tema que titula al registro es quizás, junto al tritono del inicio de Black Sabbath (la canción), el momento más importante de la historia del metal. En esta banda hay dos bandas. Una es fuerte, agresiva, huraña, y bebe Jack Daniels sin hielo; la otra es melódica, sabe cerrar los ojos cuando hace falta, y no le importa salir a tomar el sol californiano. En este fonograma es donde mejor se llevan. Dicho esto, hablemos de mí.

Yo fui roquero. De los que iban a festivales con la manada cargando pepinos de ron transparente que parecía agua, y ponían Sepultura bien alto en el parque del pueblo para que todo el mundo supiera con quién estaban tratando. Me inicié oyendo Metallica, y oyendo Metallica entregué el carné.

Era pobre. Nunca tuve pulóveres de bandas, salvo uno desteñido de Led Zeppelin que encontré en una tienda de ropa reciclada y que me quedaba grande, pero nunca lo arreglé porque si lo hacía perdía la letra “L” inicial del nombre del grupo, y no había ningún glamour en eso. Pulóveres negros sí tuve muchos. Hubo una época en que era el único color que me interesaba. No importaba demasiado el cartel siempre que la pieza fuese oscura. Conseguí uno Levi’s, la prenda estrella, de salir, que mostraba una motocicleta Harley dorada, y otro de mangas rojas donde se veía una calavera con dreadlocks y una hoja de marihuana. Todavía la vieja me dice a veces que no sé quién, amiga suya, está vendiendo unos pulóveres negros ¡más lindos! como los que me gustan a mí.

Me moría por tener uno de Metallica. No lo decía, y además había desarrollado todo un discurso ético coherente sobre el acto narcisista, inmaduro y esencialmente snob de usar pulóveres de bandas. Las palabras de escudo, siempre. Tanta verborrea terminó por convencerme y entonces, para cuando tuve algo de dinero, ya no me interesaba comprar el pulóver. Esa idea no ha desaparecido por completo, pero por suerte, a medida que uno envejece se va librando del humo, se va desenredando, va tirando hacia lo sencillo, hacia lo espontáneo; por eso espero muy pronto comprarme mi mejor tícher de Metallica y ponérmelo con orgullo.

A diferencia de casi todos mis amigos, que habían crecido hacia la oscuridad en la secundaria, cuando entré al pre tenía cuatro casetes: uno de Buena Fe, uno de Arjona, otro de Alex Ubago y otro de los hits del momento ―Felina y esas cosas. En todo albergue preuniversitario cubano de mi época, las batallas entre roqueros y reguetoneros fueron un clásico. Yo estaba primero en la esquina roja pero la gente que más me interesaba competía para el otro bando, así que me asomé a ver.

Pepo, el socio muerto de mi vida y de las de varios de mis socios del pre, fue quien me presentó a Metallica, en una de las escenas imborrables de mi historia personal; la primera imagen que me vino a la cabeza cuando mi amigo Leyat, archivero hermoso de mis días, me llamó 10 años después para decirme, en serio, que el Pepo se había ido y que lo velaban a no sé qué hora en la funeraria de San Antonio de los Baños, su pueblo.

Ocurrió más o menos así. El Pepo oía S&M ―el disco con la Orquesta Sinfónica de San Francisco― en una Walkman, mientras comía algo sentado en su litera, probablemente galletas con mayonesa. Me acerqué. Pausó la reproducción. Le piqué una galleta y pregunté si después me podía prestar la Walkman para escuchar uno de mis casetes. Si él quería, para su tranquilidad, lo hacía ahí mismo en una esquina de su cama, sin problema. Me dijo que no, que en ese aparato solo estaba permitido reproducir rock o trova, que mi música le contaminaría los cabezales. Iba en serio. No en sentido literal, claro; en el sentido “No te la presto porque no eres de mi tribu. Ordinario”. Me reí y le dije que, bueno, entonces me dejara oír cualquier cosa que él tuviera, no importaba, que lo mío era mojarme los oídos. Se sorprendió. No dijo nada. Preparó otra galleta, se quitó los audífonos y me los dio.

No recuerdo qué tema sonaba, pero pudo ser Master of Puppets, ya que estamos. Cuando terminé de oírlo, el Pepo me preguntó si me había gustado. Le dije que no, que no entendía cómo se tragaba el griterío ese. Se enojó un poco. Subió dos decibeles el volumen de su voz y me aclaró que eso sí era música, que cuándo yo había visto a un reguetonero tocando con una orquesta sinfónica.

Más o menos un año después mis padres, no sé cómo, se las arreglaron para comprarme un equipo de música. La vieja, además de echar pa’alante el dinero que no tenía, se aseguró de guardar 100 pesos y me llevó a una casa donde se dedicaban a quemar discos, imprimir, hacer fotocopias, ese tipo de negocios. Fue lo que costó copiar en un CD, el primero que tuve, la discografía de Metallica.

Ya ese compacto no existe. Qué va a existir, si lo escuché con voracidad de guajiro hambriento. Me la sé completa, la discografía. Puedo tararear varios solos de Kirk Hammett a capela. Más los de esta placa, que fue la que más duro me dio. En la época en que uno tiene cosas preferidas, que duran un tiempo en primer lugar hasta que aparecen otras que las sustituyen, y así hasta que ya no tienes más cosas preferidas, Orion, la séptima pista, ocupó el sitio privilegiado de la categoría “canciones” por un lapso nada despreciable. Fue la misma época en la que, entre mis conocidos, había dos clases de hinchas de Metallica: los ochenteros y los noventeros; los de Kill’em All y Master of Puppets, y los del álbum negro y el Reload. Yo era de los primeros, los duros, trashero a muerte, aunque también me gustaba lo otro.

Así fue hasta que sacaron Death Magnetic (Warner Bros. Records, 2008), ya estando en la Universidad. Tuvo bastante buena acogida entre los fieles de ambos bandos, pero a mí ya no me produjo las mismas cosquillas. Entendía mejor las letras y me parecían sumamente ridículas, como la estética metalera en general. En mi clóset ya no colgaban tantos pulóveres negros, me había dejado el afro, usaba pantalones anchos de tela a rayas y chancletas metedeo, y si una colegiala fresa preguntaba si yo era roquero, respondía, insolente y engreído, que no, que yo era Carlos, mucho gusto. Sin embargo, tendrían que haberme visto esta mañana ―mientras me preparaba el desayuno y escuchaba el disco a ver qué me decía― poseído como si estuviese en alguna rockoteca de provincia.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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