Diseño: Jennifer Ancizar, a partir de la portada del álbum Machine Head.

El disco rayado: Machine Head

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El disco rayadoReseñas
Tiempo de lectura: 2 minutos

Dipéipol, como les dice el puro, la banda del órgano. Rock duro, piquete. No duro-fresa-voz líder femenina pálida como vampiresa haciéndose la gótica, ni duro-oscuro-death metal ridículo; duro desde dentro, desde las púrpuras profundidades; duro de dolores de cuello intensos, de guitarras y baquetas invisibles, de bolígrafos que son micrófonos, de labios mordidos y expresión severa en el rostro; duro de arteria tensa y desgañite, y de tu mamá tocando a la puerta del cuarto a ver si todo marcha bien ahí dentro.

Había copiado la discografía de Deep Purple y la venía oyendo despacio, en orden; pero vi un capítulo de la serie documental Classic albums dedicado a este fonograma, donde se contaban en primera persona historias fascinantes sobre el proceso de grabación y producción. Entonces tuve que violar la norma y dar fast forward hasta 1972. Allí me encontré con un sonido grueso, sin rodeos, que me puso el cerebro en ebullición y atormentó a los vecinos del barrio.

Cuando Jon Lord toca su órgano Hammond la atmósfera se carga, la densidad del aire aumenta. Sus manos le pesan. No a él, al teclado, y por eso este grita, estridente.

Todo pasa muy rápido en los 37 minutos del Machine Head (EMI/Purple, 1972). Cuando comienza la cabalgata de la guitarra de Ritchie Blackmore en Highway Star, la primera pista, tomamos una gran bocanada de oxígeno que vamos a contener todo el rato, hasta que termina el riff de Space Truckin’, el último corte (eso si lo que estamos oyendo es la versión original del álbum). Es siempre ascenso, no te da un break. Afortunados quienes lo escuchan en formato long play, que pueden ir al baño a orinar cuando termina Never Before y, de regreso, darle vuelta al vinilo. No tiene intermezzo, ni coda, por eso cuando termina la hipnosis nos descubrimos en la punta de la loma después de haberla escalado como zombies, y no sabemos cómo diablos bajar de allí. Esa es la razón por la cual, a petición de los millones de varados en la altura, fue añadida When a Blind Man Cries, esa balada hermosa, a modo de epílogo, en la reedición CD de 1997, para así ir descendiendo suavemente, y exhalando el aire contenido hasta que el ritmo cardiaco se haya normalizado.

En Lazy, la sexta pista, los Deep Purple pudieron parar en el 4:19, inventarse un cierre decoroso, dejarla como instrumental, dar el carpetazo y pasar al próximo tema, igual seguiría siendo mi corte favorito del álbum. Pero no, Ian Gillan tiene que cantar: “You´re lazy, you just stay in bed / You´re lazy, you just stay in bed / You don´t want no money, you don´t want no bread”, y después tomar la armónica y meterle aire adentro. Aire y una cierta disposición del ánimo, suficiente para recordarnos que a ellos también les había hecho daño, daño del bueno, el hecho de que casi un siglo antes un negro cansado en el sur de los Estados Unidos, sentado en el portal de una casa de madera, con la silla inclinada, apoyada solo en las patas traseras y el borde superior del respaldar contra la pared, haya agarrado una guitarra y se haya puesto a cantar sus tristezas.

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