Diseño: Jennifer Ancizar a partir de la portada del álbum.
Diseño: Jennifer Ancizar a partir de la portada del álbum.

El disco rayado: London Calling

4 minutos / Carlos M. Mérida

29.09.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Un archivo musical que se respete deberá tener esta entre sus piezas más caras, y yo no seré menos. Fíjense que lo han metido históricamente entre los mejores álbumes de rock tanto de los ʼ70 como de los ’80 (se lanzó en territorio británico en diciembre de 1979 y en Estados Unidos en enero de 1980). Lo cual, bien mirado, es una metáfora perfecta, un guiño de la cultura; porque pocos discos interpretan como este lo que fue aquella transición decenal, y las resonancias que tuvo en el baile de disfraces del género. Es el post-punk desde el punk.

Otra casualidad histórica, que pudiera leerse como una pista sutil para interpretar la narrativa de las músicas populares del siglo XX, es que el fonograma abre con London Calling: agresiva, intensa, visceral, furiosa, y cierra con Train in Vain: un tema más bien bailable incluido a última hora, que remite antes a Off the Wall (Epic, 1979) que a Never Mind the Bollocks, Here´s the Sex Pistols (Virgin Records, 1977), como si Michael Jackson se hubiese granjeado a Johnny Rotten, Glen Matlock y familia de banda de sesión. Esta conversación de estilos, fortalecida cuando salió el single de Train in Vain en Estados Unidos, con London Calling como lado B, tiene una carga enunciativa de guion cinematográfico. Ya era hora de dejar la bronca y ponerse a mover el esqueleto, que era en lo último que pensaban los muchachones enojados que asistían a los clubes londinenses del fin de los ʼ70. El punk había muerto.

La sensibilidad disidente que hacia este estilo factura el dúo Strummer/Jones ―aunque siempre estuvo ahí agazapada detrás de los pantalones de cuero negro y sus pintas de chicos malos― aflora sin complejos en este disco. Fijémonos en Spanish Bombs, la sexta pista; un punky de verdad no cantaba en español (o lo que aquello fuese) y con voz de padrino de bautizo: “… yo te cuero [quiero] infinito, yo te cuero [quiero], ¡oh! ma’ [mi] corazón”. No importaba que The Clash estuviese hablando de la guerra, la ortodoxia punk no iba a estar de acuerdo. Habían madurado, ya no les interesaban los “motines de blancos” de su álbum debut, y no les daba pena decirlo. A los chamaquitos de secundaria que los idolatraban y en ese momento ensayaban con sus bandas de garaje, se lo dijeron bien claro en Death or Glory: “In every dingy basement / on every dingy street / Every dragging handclap / over every dragging beat / That’s just the beat of time / beat that must go on / If you’ve been trying for years / We already heard your song”.

Pero hablemos de London Calling, el tema. Seamos sinceros, el registro completo está muy bien, descomunal, master piece y todo, pero de faltarle este corte el bajo que Paul Simonon está rompiendo en la foto de la portada, no estaría en la exhibición permanente del salón de la fama de Cleveland. Me atrevo más, a lo mejor tampoco diríamos “discazo” si esa canción no fuese el opening. Es una de las obras de arte más hermosas e impactantes de todos los tiempos. Así. London Calling es tanto como eso que acabo de decir. Vas por la pista siete u ocho y todavía estás pensando en los martillazos de la guitarra y la batería del principio. Ese riff inicial es una aplanadora. ¡A correr que nos están tumbando la puerta! Cuando se encuentren por ahí a alguno de esos funcionarios trémulos, delegados del materialismo bruto, científicos del arte,  que creen poder explicar su componente emotivo y misterioso, ese no-se-sabe-qué que todos conocemos pero nadie ha podido ponerle nombre ni tirarle una foto, háganle escuchar el riff del que hablamos, a ver qué dice. Porque ¡a mí que no me jodan! ¡Lo que hay ahí es una caja y dos singaos acordes a tiempo!

La letra es una de las serenatas más bellas que se le han cantado a una ciudad jamás. Cuando Joe Strummer empieza a cantar Londres se pone cachonda, se pintorretea toda, su famosa neblina se dispersa y sale al balcón orgullosa, sonriente, con los codos en la baranda y el rostro entre las manos a escuchar lo que le cuenta este chico que, según dice, vive cerca del río. London Calling no es un tema punk. Con el punk se suda y se escupe, no se llora.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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