Diseño: Jennifer Ancizar, a partir de la portada del álbum Jar ofl flies.
Diseño: Jennifer Ancizar, a partir de la portada del álbum Jar ofl flies.

El disco rayado: Jar of Flies

3 minutos / Carlos M. Mérida

02.07.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Supongo que siempre me atrajeron los timbres vocales especiales, pero fue Layne Staley quien me hizo percatarme del placer que me producía encontrarlos.

Hay voces que son impares, otras primas, y hay otras a las que no les sirve conjunto alguno, con las que la aritmética no puede, porque son errores de la creación, excepciones en el curso normal de los destinos; por eso cuando uno las encuentra se pone frenético, como los fieles que vivencian milagros. Billie Holiday tenía una de esas voces, y Layne Staley también. Son timbres tan singulares que no les sirven adjetivos de tipo evaluativo como “bellos” o “feos”. Hay que amasar bien el lenguaje hasta encontrar la etiqueta que más se les acerque, aunque ya sabemos que les quedará chiquita y apretada, porque hay cosas con las que el lenguaje simplemente se rinde, tira la toalla, y mira a ver tú cómo te las arreglas.

Yo, qué decir, voy a intentarlo: es un lindo ejercicio para una tarde de pandemia.

La voz del cantante de la que para mí es la banda más interesante de la escena grunge y del rock noventero —pasándome el Brit Pop por el forro—  no te gusta, no es placentera como el helado de chocolate o la flauta de madera, es un chute, es adictiva. Una voz interna, ventrílocua. La voz normalmente surge en la garganta, es impulsada por el diafragma y sale. Esta no. Esta se forma más abajo, más adentro, ya tiene todos sus atributos cuando Staley abre la boca; hacerlo es solo un trámite que no la define. Se arrastra, o por lo menos viaja más cerca del suelo, le pesa al aire. No es solo voz, está contaminada, carga con otras incontables sustancias, impurezas que la vuelven tóxica. Es un cuchillo romo y oxidado que abre la carne hondo y causa una cicatrización defectuosa. La “herida” Layne Staley nunca cierra.

Novio del dolor, es uno de mis intérpretes favoritos de cualquier género. Lo escuché primero en el MTV Unplugged (Columbia Records) de 1996, con Alice in Chains, cuando ya estaba bastante jodido, sin saber que esa había sido una de sus últimas actuaciones en vivo. Recuerdo que me gustó mucho la versión acústica de Angry Chair, pero meses después, con el Jar of Flies (Columbia Records, 1994), específicamente con Nutshell, la segunda pista, llegó la certeza de que esto no era otra banda más. Aquello de “We chase misprinted lies / We face the path of time / And yet I fight this battle all alone…” lo probaba. No entendí esta letra inmediatamente. No hizo falta. Supe, sin embargo, que algo no andaba bien con ese sujeto. Luego leí su biografía y vi un concierto donde aparecía cadavérico, sin dientes, usando mangas largas y guantes para que no se le viesen los brazos picados: un lamento de ser humano. Debieron decírselo: el cuerpo no aguantaría su voz; porque lo que sostiene a la fiera, lo que la alimenta, es la pena, la herida, el desconsuelo. Nadie con semejante banda de tristezas habría podido salir vivo del lance.

PD: Para la próxima, Jerry Cantrell y el Dirt (Columbia Records, 1992). Hoy solo me salió pensar en Layne Staley.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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