Love To Admire. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
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El disco rayado: Our Love to Admire

8 minutos / Carlos M. Mérida

03.09.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Cuando yo escuché Specialist, una de las primeras grabaciones de Interpol con Matador Records, su sello de toda la vida, me encontré un sonido. La pistaera parte de una carpeta desordenada en mi computadora, que contenía temas de los discos tempranos Turn On The Bright Lights (2002) y Antics (2004), así como rarezas piratas y bonus tracks. No puede decirse que era la primera vez que oía la carpeta o la banda. Por ejemplo, ya había leído que a Paul Banks lo comparaban con Jim Morrison; y ya había protestado porque cómo alguien, al escuchar Interpol, podía pensar en The Doors y el Rey Lagarto antes que en Joy Division e Ian Curtis. Pero fue oyendo Specialist cuando levanté la huella dactilar del grupo y la registré en la base de datos de mi sonoteca privada.

Encontrarse un sonido es, en términos de alegría, como cuando encontrabas a tu grupo de socios después de llegar tarde al concierto de 50 mil personas, en la época en que nadie tenía celulares (al menos ni tú ni tus flacos menesterosos). Ese momento vale cada bandita mierdera que escuchaste antes, cada hipster compungido, cada Lisandro Aristimuño que ―dijeron―te iba a volar la cabeza. Así es la ruta del oidor. Perseguir rostros en un concierto de 50 mil personas, aunque con una diferencia esencial: no se sabe exactamente qué se busca. El melómano tendrá que agarrar por el hombro, voltear al desconocido estupefacto para comprobar que no es ninguno de sus socios. Siempre sabe lo que no está buscando pero tiene solamente una idea pixelada de lo buscado. Hasta que justo en el instante memorable del encuentro la imagen se define, y es cuando reconocemos el objeto como si lo hubiésemos estado viendo toda la vida.

Pensemos en qué coño es lo que hace a Interpol sonar a Interpol. Es un lindo paseo, aunque no habrá respuesta al final, porque esa respuesta, en caso de que exista una, se rige por las reglas de la geometría espacial, se expresa en normas que podemos comprender solo a medias ―a tres cuartos, como mucho―, donde triángulo y cuadrado serán siempre pirámide y cubo. De cualquier modo, si alguien cree dar con ella, quédesela para sí, por favor, no me estropee el cuento. En la lengua donde viven los seguidores de esta banda neoyorquina, las preguntas siempre son más atractivas.

Podríamos hablar de la voz de Paul Banks, bajo de alma, presa en un cuerpo barítono. No importa dónde estés situado, ella vendrá desde arriba, o de atrás, o de adentro, pero siempre desde donde vienen las voces que escucha la gente que escucha voces. Si nos fijamos bien notaremos que tiene el reverb integrado, por defecto, vino así. Por eso, y por el reverb real de las guitarras, es que hay poco espacio en blanco en el lienzo sonoro de Interpol. Esta no es la música que quieres oír cuando te duele la cabeza. Es una pared mudéjar: hay mucha información en solo un metro cuadrado. Cuando das playa tu equipo de música, el sonido secuestrará tu sala, metiéndose en todos sus recovecos. El teléfono fijo se podrá desgañitar, que tú no vas a oír una mierda.

Pero más que en el cantante y líder de la banda, la respuesta a la pregunta “¿Qué es lo que hace a Interpol sonar a Interpol?” estará en el timbre de la guitarra de Daniel Kessler. Debe haber una adorable historia para ese sonido. Este violero nacido en Inglaterrala habrá contado ya en entrevistas y documentales sugeridos por YouTube si escribimos en nuestro navegador web: “¿Por qué la guitarra de Daniel Kessler suena así?”. Así es, para mí, grumosa, malherida, que mella más que corta, pero ni a Safari ni a Chrome se les puede pedir tanto; pongan así, que ellos entenderán. O no pongan nada en el buscador. Vayan, en cambio, al minuto 2:56 de Mammoth o al riff inicial de All Fired Up y atorníllenle los adjetivos de su preferencia, según esté el día.

Es en Our Love to Admire, tercer álbum de estudio del grupo, lanzado en 2007, donde la guitarra de Daniel Kessler termina de conseguir su soberanía, su independencia política, conceptual. Forma parte de la comunidad sonora pero se expresa en sus propios términos. Por eso, principalmente, creo que este es el mejor trabajo de Interpol, superior a Antics, que es, de igual modo, superior a su ópera prima discográfica. Escúchenme bien. Si tú estás haciendo una playlist bien filtrada con las canciones de tu corazón y de un álbum de 11 temas escoges 10, es hora de ahorrar un poco y pensar en agenciarte la edición física del disco, sea vinilo, CD o casete. Y es que la banda no paró de mejorar en sus primeros diez años de vida, hasta alcanzar la cresta del cerro con esta placa, un terreno que ya no han vuelto a pisar.

Los riffs de guitarra tienen en Our Love to Admire tanto gancho como los estribillos. Los escuchas incluso cuando no están sonando. Esa es una de las mañas que, si bien ya habían sido utilizadas anteriormente (en Length of Love por ejemplo, el penúltimo corte de Antics), se consolidaron con la llegada del nuevo productor Rich Costey y el nuevo sello Capitol Records (este es el único disco oficial de Interpol fuera de Matador Records). Una vez que nos montamos en el riff y nos acomodamos, ya después será muy difícil bajarse. Nunca te bajas en realidad, lo que haces es montarte en el siguiente, hasta que termina el álbum. Ellos, que conocen bien su pegada, siempre buscarán un momento, en algún recodo del tema, para dejar solo a Kessler ejecutando el riff. Una invitación, un brazo extendido desde el vehículo. Esto ocurre, por poner dos ejemplos entre varios, en el inicio de Pace Is the Trick y, sobre todo, mírenme, sobre todo, en The Scale, la pieza que más me rompe de la ya extensa producción de Interpol.

Otra de las novedades que trajo este registro tiene que ver con el tratamiento del tempo y de los silencios. Yo no sé de quién fue la idea, pero a la persona que se le ocurrió atenuar un poco la marcha habitual, y además sugerirle, digamos, a Paul Banks que en la octava pista, después de decir: “Tonight I’m gonna’ rest…”, se tomara dos cafés y respirara antes de seguir: “… my chemistry”, a esa persona, deberían estarle pagando ahora mismo algún tipo de regalía especial.No estoy diciendo que a la altura del tercer disco Interpol haya descubierto la lentitud y la pausa como recursos, pero sí que son utilizados con más frecuencia. Este ligero alivio del frenesí no significa para nada que haya disminuido la intensidad de la banda, aunque tampoco puede decirse que haya aumentado o, siquiera, que se haya mantenido con el mismo amperaje. La intensidad mutó. Es la de los treinta y pico, una intensidad, quizás, prudente.

Me encanta cómo la banda abre sus discos. Los temas iniciales, al menos en estos tres primeros trabajos a los que me he estado refiriendo, no llevan intención de choque, no buscan sacudir al oyente desde la primera nota. No pasa como cuando, en el Museo Nacional de Bellas Artes, entras a la sala correspondiente al surgimiento del arte moderno en Cuba y nomás abrir la puerta ya estás frente a la Gitana tropical, y mueres del impacto.“Ya habrá tiempo” ―dirán ellos.

Observen que ninguno de esos tracks fue lanzado luego como sencillo, ni forma parte de las piezas centrales de su respectivo fonograma, ni es interpretado entre los últimos cincoen los conciertos. Son openings que, por sus propiedades dramáticas, también podrían funcionar perfectamente como cierres de álbum. Y esto habla de la función narrativa que se les ha asignado. Son obras que, individualmente, no son capaces de capturar un fan; solo muestran, convocan, tientan. Podría pensarse que con esta práctica los Interpol sacrifican tiempo y espacio fonográfico, pero en realidad se trata de una estrategia similar a la que utilizan los vendedores de helado, cuando regalan cucharaditas a todo el que pasa, para que pruebe. Pioneer to The Falls, por ejemplo, es una muy bien trabajada presentación formal. Comienza con un arpegio de guitarra de Daniel Kessler, que es la anfitriona del banquete y la que te va señalando en cada vuelta nueva a un miembro de la familia. Tú estás nervioso. Piano. Mucho gusto. Teclados. ¿Qué tal? Voz de Paul Banks. Ríes. Por último se suman, al unísono, el bajo, la segunda guitarra y la batería, que son los primos jodedores. Cuando termina el protocolo ya estás cómodo, desenvuelto, porque sabes de lo que se trata. Ahí ya estás listo para ser capturado.

Interpol me llegó en el mismo bulto que traía también un buen número de bandas indie. Casi todas me suenan igual ahora. Pero ellos, con Our Love to Admire, pagaron membresía en mi club de campo. En el solo de guitarra al final de The Scale, ahí está su ficha.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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