Giros. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
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El disco rayado: Giros

7 minutos / Carlos M. Mérida

22.10.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Ya hablé del puro y de sus cosas. Aquí va otra. El viejo es una de esas personas que puede construirse una verdad invariable a partir de la opinión de alguien. Basta con que sea emitida en el momento y lugar justos, y él esté con el ánimo preciso para acogerla eternamente. Cuando eso pasa, olvídate. Los hechos podrían golpearle la cara, el mismísimo emisor podría retractarse de su opinión, que ya sería tarde si él llegó a procesarla en modo mandamiento.

Una de estas verdades que se armó fue que Fito Páez era un hombre adelantado 15 años a su tiempo. ¡Ojo! ¡No son 20 ni 10! ¡Son 15! Que no se confundan los evaluadores de tipos precoces. ¿De dónde lo sacó? No sé. Habría que revisar las secciones de cultura de los periódicos de 1987, y ver si se dijo algo parecido con motivo del primer concierto del rosarino en La Habana, o rastrear a los más de 5000 asistentes al Karl Marx (entre los que estaba mi padre) y ver si alguien recuerda haber dicho eso en el pasillo o en el baño de hombres. Lo cierto es que si tú lo arrinconas y le pides que te defina a Fito como artista, me juego la vida a que va a soltar el latiguillo “Un hombre adelantado 15 años a su tiempo”.

Este disco no me era tan desconocido cuando lo escuché por primera vez. Ya me había encontrado con 11 y 6 y Cable a Tierra en dos trabajos en directo: Euforia (Warner Music, 1996) y Trovadores (CBS, 1986), respectivamente, el primero del propio músico argentino, el segundo de su colega cubano Santiago Feliú, con quien también compartía escenario allí. Son dos temas a piano, que tienen una sonoridad diferente al resto. El sonido general del álbum es más el de Taquicardia o Narciso y Quasimodo, y se nota el cambio en la secuencia de las pistas, como si la cuarta y la sexta viajaran de polizones. Nunca me molestó mucho eso, seguramente porque ya me eran familiares, lo cual produjo que quedaran fuera del proceso de descubrimiento y apropiación. En consecuencia, no me vienen a la cabeza cuando pienso en Giros (Emi, 1985), como si no formaran parte de él.

11 y 6 es, como el mismo Páez ha afirmado, su Yesterday. Cuando me siento a bobear con la guitarra en el sofá, primero la afino y, acto seguido, como parte de ese mismo ritual, toco rápidamente dos canciones que, de tanto haberlas ejecutado, a fuerza de conocer cada una de sus curvas, cada uno de sus lunares, ya se han convertido en el molde que me indica cómo debería sonar mi viola. Una es Pequeña serenata diurna, del genio de San Antonio acomodado en La Habana, y la otra 11 y 6. Es el típico tema que sus autores llegan a aborrecer. Yo ya no podría decir, convencido, que me gusta, o acaso que no me gusta. Está ahí, es parte del cuerpo. ¿Cuándo se ha visto que alguien dice “¡cómo me gusta mi pie!” o “¡qué aburrido estoy de mis manos!”? Uno no piensa en esos términos sobre su propia estructura. Pues así mismo me ocurre con la historia de los chicos que se vieron por casualidad en un café.

Nunca me pude aprender Cable a Tierra con la guitarra, y entonces en los parques la cantaba a capela. Empezaba con los ojos abiertos: “Si estás entre volver y no volver…”. Ya después me creía que estaba en el estadio de Obras. Los volvía a abrir en la última estrofa (que es la misma del principio, pero con más sudor, más voluptuosidad, más sangre en la cara), después de haber gritado, ferviente: “¡Si estás como cegado de poder…!”. Durante el curso de la interpretación, siempre temía que mis amigos, bárbaros insensibles, preciosos nerdos sacrílegos, por joder, me dejaran solo haciendo el ridículo y se llevaran la botella.

Giros es otro tema que ya tenía registrado antes de copiar la discografía de Fito, aunque de una forma menos convencional. Había visto en algún programa vespertino de variedades a un Páez novicio, más pelo y gafas que gente, escondido detrás de los teclados en el costado izquierdo de un set de televisión argentino de los ’80, interpretándolo. Era muy chama yo, pero supongo que ya tendría la fibra medio blanda, lo bastante lista para el accidente de la seducción, porque la imagen y la música me produjeron esa fascinación atonal, quieta, que ocurre cuando solo observamos lo extraño, unos minutos antes del juicio. En ese momento la boca de los ojos se abre, se desmonta del asombro, y el cerebro no está procesando, nomás recibe, arrellanado, hasta que termina el espectáculo. El impacto es tan fuerte que no puede hacer las dos cosas al mismo tiempo.

Debe estar entre las canciones que más he escuchado en la vida, y todavía no me aburre. Si pienso rápido en otras así, se me ocurren Promesas sobre el bidet, de Charly o Bacalao con pan, de los Irakere. Son obras que tienen anticorrosivo, antihongos y manta, podrían almacenarse en el rincón más húmedo, o permanecer años a la intemperie, que ahí no entra ni herrumbre ni cardenillo. Este es un discazo, desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí, pero después de la obertura, ya ninguna de las ocho piezas restantes alcanza el mismo nivel (ni siquiera Yo vengo a ofrecer mi corazón, que es un tema entrañable, a pesar de todos los esfuerzos que está haciendo la televisión cubana de pandemia por convertirlo en un tono de celular). Es que Giros, el tema, tiene la delicadeza, el señorío citadino del tango, pero también la reciedumbre gauchesca del folclor pampero. Es todo lo que era Fito en ese momento: un provinciano acostumbrándose a la vibración leve del subte en sus calcañales.

No puede decirse que esta placa se escuche bien, ni que tenga una producción exquisita, como sí ocurrió con la mayoría de lo que hizo Fito en los ’90. Por ejemplo, la batería de Daniel Wirtz suena a palo seco, apagado, como si tuviera miedo de sonar, y además le añadieron este efecto raro, buscando impacto, que desequilibra la performance, haciendo parecer que lo único que suena es la caja. Sin embargo, me encanta el timbre del álbum. Creo que si sonara bien ya no sería lo mismo. Es personal. Mi enlace con ese timbre va más allá de sus cualidades técnicas. Este es el Fito que yo prefiero. El de los ’80, el del regreso de la democracia a la Argentina; a pesar de lo que significaron El amor después del amor o Circo Beat (para su carrera y para medio mundo hispanohablante), y de haberme despachado Abre con flema de asesino en serie. Este Fito, que es un poco más poeta, que dijo en 1987 “Rayos de sol, a la hora del sol”.

Cada vez que escucho el disco pienso en el viejo, y en que quizás, por una vez en la vida, tenga que hacerle caso. No porque el argentino haya roto algún paradigma, ni haya encontrado el secreto de la Coca Cola 15 años antes, sino porque en 1985, a punto de cumplir 22 años, había alcanzado este estado de madurez lírica: “Suena un bandoneón. Parece el de otro tipo pero soy yo, que sigo caminando igual, silbando un tango oxidado”. Esa es la relación de Fito Páez con el tiempo.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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