Del amanecer, José Mercé. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
Del amanecer, José Mercé. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.

El disco rayado: Del Amanecer

6 minutos / Carlos M. Mérida

01.10.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Una mutación flamenca casi 20 años antes de Rosalía; desde dentro, desde la mismísima nobleza gitana. Quizás lo que la de Barcelona está haciendo hoy (no con el flamenco, porque ella al flamenco no le ha hecho nada, como creen muchos, más bien el flamenco le hace a ella) no habría sido posible si un día José Mercé hubiese hecho otra cosa en vez de telefonear a Vicente Amigo y Carles Benavent. Lo digo por el fenómeno de masas que significó este álbum de 1998, convirtiendo al de Jerez de la Frontera en un artista superventas ya no solo en el ámbito del género.

No voy a intentar explicarme por qué sucedió con este trabajo y no con otro, sería exigirle demasiado a alguien que no sabe diferenciar una bulería de una soleá. Tal vez fueron las melodías más pegadizas y el uso de estribillos (como en el track homónimo, Te roza y te quema, y en Luna de la Victoria), que acercaron los temas al canon pop radiable, o la libertad con la que se mueve el bajo eléctrico por todo el fonograma, algo que detestan los clérigos del flamenco y a mí es de lo que más me gusta. No sé. Pero lo que está claro es que no hay que haber nacido en San Fernando o en el Puerto de Santa María para entender lo que pasa, y disfrutarlo. Es un chance discográfico bárbaro para iniciarse en el universo musical cañí. En la carátula, debajo, a modo de subtítulo, debió decir: Flamenco for dummies. Con jondura y sin putería.

Así me ocurrió. Tropecé con el álbum casualmente. Estaba agazapado en un CD variopinto que heredé a mi amigo de Miami cuando se largó en 2008. Un CD de rock, básicamente (recuerdo, para que tengan una idea, que allí estaba el Matando Güeros de Brujería, la banda chicana), donde al parecer había sobrado espacio a la hora de la quema y a su propietario, futuro escucha, le dio por enriquecer su cultura musical y preguntar al dueño de la computadora si tenía algo de flamenco. Este buscó en sus 20 gigas de música, que en aquel momento con eso te creías Zero Freitas, y lo más cercano que encontró fue Fito & Fitipaldis, el primer Melendi y —uno de tres— Del Amanecer.


Creo que fue una suerte entrarle al género por aquí primero, porque luego agarrarle el golpe a gente especial como Camarón se vuelve un proceso más acojinado. A mí Camarón me costó. Le tuve que dedicar varias escuchas, prestarle atención diferenciada y consciente antes de que aparecieran los primeros hormigueos. Quizás si no hubiese oído este álbum antes habría desistido de plano.

No crean a quien les diga que en arte (en sentido amplio) las cosas o te enganchan a la primera o no te enganchan, que esforzarte por que algo te guste (ya por ser un clásico, ya por gustarle a alguien que te importa y admiras, o, como sucede casi siempre, porque una minoría selecta cool a la que quieres pertenecer lo ha legitimado) es un acto superficial y frívolo, como cuando intentábamos fumar de adolescentes a pesar de que no nos gustaba el sabor del cigarro. Quien dice eso lo hace desde su propia, aplastante, burguesa, mediocre y creyentísima superficialidad. Esos son los mismos que presumen —como si fuera algo por lo cual presumir— de haber llorado cuando leyeron por primera vez “Lento es el mulo. Su misión no siente”, frase que, gracias a los ánimos trastornados de esta gente, pareciera ser lo único que dijo el pobre Lezama. No se dejen intimidar por los caguetas esos. No se acomoden. Fájense con lo difícil, siempre que vean allí, mínimamente, algún gesto que gatille sus voracidades. Borren de su mecanismo de apropiación cultural locuciones así: “arte de élite” o “música para músicos”. (Esta última se la escuché hace poco en un material televisivo a José María Vitier, cuando hablaba, orgulloso, de lo que quería conseguir con cierto disco suyo. A cualquiera se le va una frase, pero, la verdad, hay que llegar a un punto de jactancia aristocrática tremenda para seguir tan campante y no pedirle luego a alguien relacionado con la producción que edite esa parte). Lo peor que puede suceder por persistir en que algo te guste es que, en definitiva, no te guste, y en ese caso no pasa nada, estarás en el mismo sitio donde comenzaste.

Del Amanecer se oye fantástico, muy equilibrado; las palmas, la guitarra, los coros, la voz, la percusión, el bajo de Carles Benavent que no me canso de alabar. No tiene mucho, pero lo que tiene puede ser fácilmente escaqueado, tomografiado y superpuesto de nuevo en el conjunto, una maniobra auditiva que a veces es muy difícil realizar cuando el espacio sonoro se satura y uno no puede distinguir nada en la neblina. Eso está muy lejos de ocurrir en este registro.

Me gustan todos los temas. Los que ríen y los que lloran, los que dicen “la primavera ya llegó” y los que reclaman una “serenidad que busco y no encuentro”. Todo se hace bien aquí; se canta, se toca y se escribe. Es recomendable siempre no intentar repetir la experiencia en la ducha, porque no hay nada más patético que las emulaciones legas del cante, y los vecinos podrían asustarse. Escúchese, llórese, ahóguense las ganas de irse a vivir a Cádiz o de abrir un tablao en Centro Habana, pero sobre todo váyase a la octava pista, a la guitarra desconsolada de Vicente Amigo y al quejío cierto de José Mercé cuando dice: “Sendero de mi esperanza / Hay días que no lo encuentro / Sendero de mi esperanza / de carbón y de suspiros / soleá que en mí se cansa, ay / y loco yo me retiro”.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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