Diseño: Jennifer Ancizar, a partir de la portada del álbum Alma de Diamante
Diseño: Jennifer Ancizar, a partir de la portada del álbum Alma de Diamante

El disco rayado: Alma de Diamante

4 minutos / Carlos M. Mérida

16.07.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Mi jevita es mi esposa, pero la voy a llamar mi jevita porque mi esposa sabe viejo, hace rato dejó de ser solo mi novia, y mátenme si me ven un día llamándola mi mujer.

Mi jevita estaba en México cuando, por causa de la pandemia de la COVID-19, la última aerolínea que estaba volando desde allí a La Habana dejó de hacerlo. Estuvo varada por un mes. Lo primero que vimos juntos cuando regresó a casa fue el capítulo dedicado a Spinetta de la serie Bios de National Geographic. Ese show no es nada del otro mundo. He visto varias entregas y es más o menos lo mismo de siempre. 

La que le dedican al Flaco tiene dos partes y hacia el final de la segunda toca hablar de la muerte. Su hija menor, Vera, nos cuenta —o intenta hacerlo hasta donde se lo permite el nudo que tiene en la garganta—de las últimas palabras que le dijera su padre, seco ya por un cáncer de pulmón que se lo llevó en seis meses. Mientras Vera habla, como si lo que ella dice no fuera suficiente, como si la hija de puta amarillenta reduciendo a Luis no fuera suficiente, la producción añade una melodía estruja corazones de fondo para asegurar la lágrima de la teleaudiencia y el aplauso final. Yo, que lloro con La Bella y la Bestia, claro está, me rompí.

Al llanto actual seguramente lo sostenía el tiempo de incertidumbre que habíamos pasado mi jevita y yo, esperando que apareciera un vuelo que la trajera de vuelta. Sin embargo, creo que lloré por la muerte de Spinetta, ocho años después, como si se hubiese acabado de morir y lo estuviésemos velando en la sala de la casa. Muy fuerte. La relación que tengo con el Flaco no la tengo con ningún otro artista; ni con Silvio, ni con Lezama, ¡y mira que esos dos me dieron duro! Lo amo como se aman a las personas buenas. Un amor parecido al que se le tiene a Martí, o al Quijote, por buenos.

La bondad conmueve, más que el bien. El bien es fijo, la bondad se adapta, se transforma. El bien es una estructura, la bondad una agencia. Uno dicta, la otra tolera. La bondad es, siguiendo a Gilberto Gil, “del orden de los misterios”, el bien lo es “del orden de los ministerios”. La bondad, a diferencia del bien, pertenece a los hombres.

Pero voy a hablar del disco, que me entretengo.

Si buscan en Google conocerán que estuvo influenciado por las lecturas de Carlos Castaneda que Luis había hecho unos años antes; que se añade un segundo teclado al ensamblaje, y por eso podemos disfrutar de un solo de Juan del Barrio sin sacrificar la atmósfera del tema; que casi todas las pistas se grabaron en primera toma. Cosas así. Lo que no aparece en la red son los codazos al aire que uno da cuando llegan los bloques de Amenábar; el pie inquieto y los ojos cerrados que produce el sonido del bajo en Con la sombra de tu aliado; ni los dos segundos de silencio que transcurren en Alma de diamante, entre el falso fadeout de teclados del intro y la irrupción de la batería de “Pomo” Lorenzo. Eso hay que buscarlo en el disco.

Comparto dos imágenes que me encantan. La primera llega en la cuarta pista. El narrador le habla a un personaje que está en el desierto: “solo con raíces te nutrirás, con la sombra de tu aliado”. ¡A recogerse! La otra se encuentra en el tercer track: “Abre tus viejas cosas. Junta tu maquillaje. Alguien se acerca, cierra los ojos, siéntate. Dale gracias por estar. Dale gracias por estar cerca de ti”.

Me voy a darle un beso en la boca a mi jevita.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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