Regueton cuba
Ilustración: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.

El diablo los cría y el pueblo los junta

12 minutos / Berta Carricarte Melgarez

16.10.2020 / Artículos

Una muy estimada periodista, conmovida por la prematura muerte de Daniel Muñoz Borrego (integrante del dúo Yomil y El Dany), expresaba en un apasionado post en Facebook que no haberlos escuchado nunca nos convertía en ignorantes. En su efusivo texto afirmaba: “Decir que no nos gusta el género o el subgénero en el cual se inscriben denota incluso mayor ignorancia”. Ese era mi caso. O casi.

Me quedé estupefacta. No porque me sintiera ofendida o algo semejante, sino porque ella y otros jóvenes cuyos criterios sobre diversos temas he compartido muchas veces, me estaban demostrando, con su defensa al popular dúo, que un fenómeno tan mal mirado desde las atalayas de la cultura nacional podía hacer tambalearse, llegado el caso, tanto a la cultura como a la nación. Ella aseveraba que: “Desconocer a Yomil y El Dany es desconocer cómo funcionan sus millones de seguidores, en su mayoría jóvenes; cómo se comunican y relacionan”.

Siempre he pensado que el reguetón es un grito desesperado de la juventud, una válvula de escape, un cóctel de rabia, enajenación, alegría y esperanzas, todo junto. Es una de las formas en que la sociedad cubana actual comunica sus experiencias cotidianas. No me refiero, por supuesto, al cubatón, una variante, quizás más noble, o más light, que fusiona reguetón con otros ritmos tradicionales del país, y cuyo máximo exponente es Gente de Zona; grupo que no solo prestigia la música cubana a nivel nacional e internacional, sino que ha puesto bien alto el listón con sus producciones de incuestionable calidad.

En otro momento del post la periodista alegaba: “Quien no sepa de dónde provienen las expresiones ʽjala jala’, ʽcogiendo el último y pa’trá’, ʽasere, cómo te descargo’, ʽrica perry’, (…) ʽnormalmente, niña’, no puede entender una parte fundamental de Cuba porque no conoce su lenguaje y sus símbolos”.

Es probable que los reguetoneros sean autores de algunas frases que popularizan en sus canciones, pero, no quieran meterme el chupa chupa en la boca: también es casi seguro que sus textos se nutren del contenido oral que circula por todos los barrios habaneros, periféricos o no.

Días antes del lamentable deceso, las redes sociales se habían caldeado con el premio al Mejor Compositor del Año, entregado por la Sociedad Estadounidense de Compositores, Autores y Editores (Ascap) al boricua Bad Bunny. Ese fue el pretexto que me incitó a ver quién era este personaje que provocaba ácidas expresiones y descalificadoras protestas de sus detractores, que no son puros haters.

A partir del controvertido premio otorgado a Bad Bunny, y en mis intentos de alfabetización reguetonera, seguí la pista a René (Residente) de quien soy fan, y he descubierto y gozado con Bellacoso; he aplaudido la denuncia contenida en Afilando los cuchillos. Llegué hasta Yo perreo sola, que reavivó en mí intensos deseos de perrear, movimiento pélvico interesante que ya practicaba como calistenia diaria en la ducha. Otras composiciones del Conejo Malo aplaudidas por sus fans me resultaron indiferentes. Entiendo y me solidarizo con el insulto que mucha gente expresa al hablar de él como compositor. Pero eso no me saca los pines.

Para el mí el reguetón no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Es decir, depende. A veces la frase “territorio libre de reguetón” me hace sentir aliviada. Es un lema usado entre la élite culterana, como contraseña de que se puede estar en el lugar con confianza, la chabacanería no irrumpirá allí. El repudio al reguetón no es un fenómeno exclusivo —tal vez de la mayor parte— de la intelectualidad cubana. He escuchado a varias personalidades de España, por ejemplo, condenar y hablar con ironía sobre ese género. Para mí solo hay dos cosas peores que el reguetón: los corridos mexicanos y la música campesina. Lo sé, podrían lincharme por decir eso, pero a juzgar por la velocidad y variabilidad que la pandemia de la COVID-19 ha puesto en sucesos mucho más importantes y globales, pronto lo olvidarán.

Sin embargo, me fascina oír a Rocío Dúrcal cantando cualquier ranchera. Tampoco me disgusta escuchar un ratico una controversia guajira bien montada. Del mismo modo recuerdo que me gustaba la magnífica voz de Elvis Manuel, a quien  mi hijo escuchaba cuando era niño, y canciones de gente que no identifico porque en su mayoría las oigo en la calle, en la guagua, en un centro recreativo u otro lugar público. Que yo en mi casa no escucho reguetón está escrito en la Biblia. Y que el reguetón está en todas partes, también.

A follankele, no es obligado, es si tú quiere

No estoy muy segura de que si entendemos el reguetón, si lo aceptamos y pactamos con él, podamos comprender ciertos fenómenos que acontecen hoy en la cultura y la sociedad cubanas. Opino que es al revés, que el reguetón no está reflejando sino clonando la realidad y/o los sueños y elucubraciones mentales de una buena parte de la juventud.

Digamos que tengo mi versión personal de por qué los jóvenes y otros grupos sociales se identifican con el reguetón, pero puedo estar errada. Y si de escuchar y ver videos de reguetón depende alcanzar esa verdad nirvánica escondida en esa forma musical persistente, si allí reposa la esencia de lo que es ser cubano o cubana hoy en día, temo quedarme desnacionalizada, porque no concibo la vida como sacrificio. Y para mí es un martirio escucharlo (al menos cierto tipo de reguetón) fuera del sagrado templo que son las discotecas. Para una bailadora como yo, ese género no es frontera, sino desafío, provocación y reto; la pista es el único espacio de placer y entendimiento entre su versión más heavy y yo.

El periodismo oficialista se ha caracterizado por abrirle fuego intenso al reguetón, que ha hecho oídos sordos y sigue su mecánica a contrapelo como si no hubiera un mañana. En mi criterio, hay composiciones buenas, regulares y malas, como en cualquier otro género musical. No obstante, aunque a primera vista pareciera que el reguetón hecho en Cuba ha tenido que conformarse con una visión reduccionista de lo que en términos de prestigio pueda significar esta música dentro de la cultura insular, hay que aplaudir lo que han logrado hasta aquí estos muchachos. En 2017 los Premio Billboard de la Música Latina incluyeron entre sus nominados a los dúos Yomil y el Dany, y Gente de Zona, junto a otros cubanos que desarrollan su carrera allende los mares como Osmani García y Pitbull.

Otro de los pretextos para acercarme al reguetón, amordazando mis prejuicios, fue la muerte de El Dany, no tanto por el dolor de la pérdida de alguien a quien casi desconocía hasta ese momento, como por la profunda emoción que me produjo ver en YouTube a montones de jóvenes entristecidos, cantando, haciendo vigilia; rindiendo espontáneo homenaje a quien logró sembrar admiración y alegría en sus corazones. Sin contar que él tenía la misma edad de mi hijo y que ambos se criaron en el mismo barrio, por así decir.

Pero, para ser sincera, mientras más miraba los videos del tándem cubano, menos me gustaban y más me entristecía. Para decirlo rápido y con dolor, me parece le falta producción a nivel de imagen, originalidad, creatividad, aura, fantasía, impacto y hasta morbo. Está claro que su juventud ayuda a que enganchen al público, y no carecen de la gracia natural y el talento necesario para clasificar en el estándar del género; no obstante, en mi opinión, ellos solo estaban empezando a coger la cola. Pero, sin dudas, habían marcado en la cola correcta.

Métele sazón, batería y reguetón, que lo demás lo pone Calderón

¿Por qué triunfa el reguetón entre los jóvenes? En primer lugar, porque se asume como un fenómeno identitario. Viene de afuera, pero al propio tiempo es el resultado de mezclas caribeñas a las que también es posible yuxtaponer la propia música cubana.

Según el sociólogo, etnomusicólogo, periodista y DJ mexicano, Bruno Bartra, la base del reguetón es una variante del tresillo, figura elemental del ritmo conocido como habanera; presente, a su vez, en la contradanza. O sea, que, el género ha sido amamantado por el mismo seno que la contradanza, el danzón, el chachachá, el mambo y la salsa.

Se ha dicho que el reguetón involucra en su génesis al hip hop y al rap neoyorquino. Por lo tanto, su origen, además de multicausal, es marginal, aunque su consumo desborda esos límites. Con una entrada principal en Puerto Rico con Don Omar, Tego Calderón y Calle 13, el protagonismo del reguetón en sus diferentes modulaciones es tan grande que arrastra a artistas de otros géneros como el mismo Justin Bieber, Madonna, Beyoncé, Jennifer López, Shakira, Enrique Iglesias, Juanes o Paulina Rubio. Si en Puerto Rico una clase media aliada al gobierno intentó descaracterizar en principio a los pioneros del género, asociándolos con la marginalidad, su actitud ha cambiado a raíz de su impacto en la industria disquera. Hoy es el más importante producto de exportación musical puertorriqueño.

Los cultores del género se alimentan de patrones de comportamiento que observan en la realidad, y que llevan al plano de la creación sin mucho trasvase tropológico. Como existe tan poca distancia entre la vida cotidiana y la música que hacen, no hay que esforzarse para entrar en sintonía con ella. Al mismo tiempo muchas letras, en el caso de Cuba, expresan la inventiva natural criolla de toda la vida.

El reguetón se convierte así en un grito que pareciendo sádico es, a lo sumo, masoquista. Con frecuencia oculta dolor, frustración, desesperanza, rabia. Maquilla un desafortunado estado anímico; es una droga que confunde histeria con euforia. El triunfador es quien tiene dinero, y el dinero es poder, y es la vía de escape de la realidad. En esa ilusión de banalidad productiva se sumerge toda la tristeza de la vida. Por eso sus ritmos y sus letras parecen producir una especie de narcótica efervescencia.

Otro aspecto que hace del reguetón un estigma es que es una música de simiente negra, en el sentido en que se produce y consume en principio, desde un universo que recuerda con claridad el hip hop nation cosechado en el vientre de una afroamericanidad indiscutible. Una mentalidad clase media en Cuba, y otros estratos similares han hecho hincapié en tal condición para relegar al escaño de seudocultura el gusto por esa música.

El rechazo que se expresa de manera más o menos oficial hacia el reguetón, mirado desde la náusea de quienes alimentan o se alimentan de la llamada alta cultura, lo convierte, sin autoconciencia de ello, en un arma de permanente ofensa, ataque, disentimiento, subversión y resistencia cultural. Cuántas insatisfacciones, sueños frustrados, miedos y mordazas se disimulan en su lenguaje (des)enfadado, que a fuerza de parecer simple es sumamente críptico.

El reguetón en Cuba ha sobrevivido al rap, su hermano de sangre, y goza de mejor salud, quizás porque se intenta refuncionalizarlo como una herramienta de despolitización. El rap se alimenta de la crítica social, el reguetón va a la my love, a la gozadera y al descontrol hormonal, a lo más básico del instinto humano. El fenómeno de la digitalización global de la música también ayuda a que el gusto por el género se recicle y se fortalezca, en medio de un mundo cada vez más caótico y brutal. Todos los pronósticos indican que habrá reguetón para rato.

La última presentación de Yomil y El Dany fuera de Cuba fue, por casualidad, en Toronto, ciudad en la que me sorprendió la pandemia. Además de ser una metrópolis multicultural, durante el verano (me cuentan) hay aquí infinidad de festivales de música que toman literalmente las calles; este año suspendidos todos, por causas obvias.

Entonces, me tocó joderme en esta aburrida urbe con alma de cartón. Después de que recorriste sus parques y bosques, la parte del lago Ontario que toca; después de que le echaste maní a las ardillas, te hiciste una selfie con un mapache y huiste de una mofeta; después de que tuviste sexo y locura azul y todo lo permisible bajo el arco bíblico de la pandemia, lo que te queda es aburrirte, lo que sobrevive es la sordera por ausencia de música. Puedes soltar la suela de los zapatos recorriendo el downtown, entrar en sus malls, cafeterías, bares, kioscos, o atravesar sus plazas y sus infinitos puentes, y no escucharás más que el mutismo de una ciudad que respira ruidos, pero no canciones. Toronto es un salvaje niquelado que escupe rascacielos. Mi nostalgia por La Habana sería menos intensa, si Toronto no fuera territorio libre de reguetón.

Berta Carricarte Melgarez

Berta Carricarte Melgarez

Maratonista, antimachista, industrialista y fan de Michael Jackson. Aspirante a tiktokera.

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Anay

16.10.2020

Muy sincero este artículo. Normalmente no leo nada sobre el reguetón, hay demasiada apología en torno a un género que para mi jamás ha valido la pena y que hallo corto de todo, hasta de esa malicia y sensualidad que todo el mundo le asocia. Me ha parecido muy interesante tu perspectiva.


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