Ilustración: Mayo Bous

El arte perdido de escuchar – Vol. 3: Prestar más atención

por
Artículos

En estos tiempos de aislamiento y reconfiguración (quién sabe si definitiva) de nuestro sistema de relaciones producto de la COVID-19, Keith Jopling, fundador del sitio de curaduría de playlists The Song Sommelier, ha publicado en colaboración con la agencia dlmdd una serie de reflexiones bajo el nombre The Lost Art of Listening (El arte perdido de escuchar), en las que examina el papel de la música y la escucha en nuestras vidas (entendiendo la escucha como el ejercicio de oír atenta y conscientemente la música), y cómo el impacto de esta pandemia global puede remodelar de manera permanente los oídos y mentes de las audiencias a lo largo y ancho del planeta. Nos complace compartir con ustedes —martes y jueves, durante las próximas tres semanas— esta provocadora colección de ensayos traducidos al español, con el permiso de su autor.

(Si quieres leer el vol. 2 pincha acá)

En esa época en que solíamos ir a shows en vivo ([email protected], ya regresará), ¿con qué frecuencia te encontraste en un concierto y te preguntaste por qué las personas que están detrás o a al lado tuyo parecen pasar más tiempo hablando (en voz alta, como para ser escuchados por encima de la música real) que escuchando? Supongo que muchos fanáticos van a los conciertos buscando una mayor interacción social, pero siempre me ha desconcertado que no quieran simplemente quedarse quietos y tomar un trago mientras dura la presentación. Bueno, como ahora todo eso está en pausa, quizás esta sea una oportunidad para simplemente reproducir más discos en casa y realmente escuchar.

Escuchar música es una habilidad y una disciplina, realmente lo es.

Este excelente trabajo del blog Brain Pickings resume el libro de 1982 Music: Ways Of Listening que describe siete claves para escuchar mejor. Este libro fue el precursor de muchas otras buenas lecturas sobre el tema, desde el bestseller de David Byrne Cómo funciona la música hasta This Is Your Brain On Music, de Daniel Levitin. En Music: Ways Of Listening, el autor y compositor Elliott Schwartz argumenta que nuestras habilidades de escucha colectiva han sido “atenuadas por nuestra costumbre incorporada del siglo XX de desconectarnos”. Nuestra capacidad de escuchar música ha ido disminuyendo gradualmente desde los conciertos de cámara del siglo XIX. No puedo evitar pensar que la amplia gama de distracciones del siglo XXI solo puede degradar aún más nuestros poderes de escucha.

Una cosa que me sorprende es la desconexión que hay entre el proceso de creación de la música y el consumo de la misma como producto. Los artistas pueden pasar mucho tiempo trabajando en la creación de un disco, con equipos de personas involucradas: compañeros de banda, productores, ingenieros. Las historias de cómo se lograron sonidos específicos en el estudio de grabación son legendarias, desde grabar voces en el inodoro (Big Time Sensuality de Bjork) y grabar el motivo principal de la guitarra con el ukelele de un niño (Last Lion Of Albion de Neko Case) hasta usar como percusión el sonido de las baquetas golpeando en los radiadores, justo fuera del estudio de grabación y sus condiciones adecuadas (Mistaken For Strangers de The National). Cuando escuchamos las pistas, somos en gran medida ajenos a estos detalles.

Algunas de las mejores canciones pop jamás grabadas son aquellas que contienen pequeños errores: las pequeñas imperfecciones wabisabi que quedan (a menudo por insistencia del productor). El meteórico camino al estrellato global en 1979 de Blondie y su clásico atemporal Parallel Lines tiene bastantes de estos pequeños errores, ya que fue grabado apresuradamente y con una serie de técnicas no convencionales. Dado que el productor Mike Chapman nunca podría resolver completamente todos los problemas musicales de la banda, insistió en dejarlos para agregar algo de carácter al pop demasiado pulido. Reproduce el tema y escúchalos.

Cualquier forma simple de incorporar ese contexto a la experiencia auditiva puede mejorar radicalmente esa experiencia. Song Exploder [un programa donde los músicos desmontan sus canciones y, parte por parte, cuentan la historia de cómo fueron hechas] es un excelente ejemplo. El podcast, uno de los primeros en establecerse antes de la “fiebre del oro”, es sencillamente una delicia para cualquier persona interesada en el proceso de creación de las canciones. Lo genial de esta iniciativa no se agota en el programa en sí, buena parte de su encanto se debe también a los efectos secundarios de poder apreciar mucho más esa canción en particular cuando la escuchas de nuevo. Resulta muy agradable el detalle de reproducir completamente el tema al final de cada episodio. Mi favorito hasta ahora es el de Jim James (de la banda Among de Living) y la canción My Morning Jacket’s Spring, del sublime álbum The Waterfall. Intenta elegir un episodio de una canción que conoces y luego de una que no. De cualquier manera, funciona.

Los servicios de streaming están haciendo todo lo posible para embellecer sus vastas bibliotecas de música con este tipo de contexto, desde las funcionalidades de “historias de canciones”  y el “álbum mejorado” de Spotify, hasta el enfoque editorial más directo de Apple Music, incluidas las obras de arte a medida. La inserción de letras y de información del estilo de “radio visual” también aportan más a la música, sin embargo, de alguna manera, nada de esto se compara con la información que puede obtenerse de Song Exploder, ni con una buena reseña de Pitchfork, ni con la calidez que transmite un presentador de la radio. La afirmación gruñona de Paul Weller de que un iPod era como “una nevera sin jodidas cervezas” ya se ha solucionado, pero ¿todavía tiene gancho?

Si bien las plataformas de streaming hacen un mayor esfuerzo para proporcionar contexto, también podemos simplemente crear el nuestro. A veces, una falta absoluta de contexto también podría funcionar mejor. Un método para escuchar mejor es aprovechar tu yo adolescente y apagar las luces, evitando las distracciones obvias (mmm, tal vez esta técnica es realmente genial para los adolescentes de ahora, de hecho). Yendo más allá en este tema, podrías intentar la experiencia de Pitch Black Playback (una vez que finaliza el periodo de aislamiento y todo vuelve a la normalidad, rezo para que todavía exista). A través de este proyecto vas (físicamente) a un sitio y escuchas álbumes reproducidos a través de un sistema de audio de alta calidad, en la oscuridad, con otros. Cambiará tu perspectiva sobre las grabaciones que escuches de esta manera.

El entendido en las experiencias de escucha contextual (nuevamente, cuando todo vuelva a la normalidad) debería probar otro evento como el Classic Album Sundays. En estas sesiones frikis pero auténticas, una breve entrevista es el preludio de la reproducción del lado 1, seguido de un breve intervalo, luego el  lado 2, de un álbum clásico. En vinilo, por supuesto, y generalmente en un sistema de audio muy decente.

Hasta que estos placeres regresen, todos podemos probarlos en casa. Por un tiempo, reservé las noches de los jueves como noches de música: nada de eventos sociales, nada de Netflix, solo unos audífonos decentes y un sofá, elegir solo un álbum y quedarse en él. Recientemente reanudé el hábito, y si quieres probarlo recomiendo encarecidamente, KIWANUKA de Michael Kiwanuka. Puedes sumergirte completamente en esa grabación y dejar el mundo exterior detrás. Te sentirás mejor con eso.

(originalmente publicado en The Song Sommelier)

Ayuda a que Magazine AM:PM siga siendo un proyecto autogestionado y con independencia editorial.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimos de Artículos

Rafael Bassi junto a Eddie Palmieri en Barrranquilla. Foto: Archivo de Rafael Bassi / Jacoviche Melomanía.

Bassilón

Se llamó Rafael Bassi Labarrera pero de su apellido derivó un apodo
es_ES
en_US es_ES
Regresar Arriba